GABRIEL ANDRADE ESCEPTICISMO Y CIENCIA DEBEN IR DE LA MANO

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Gabriel Andrade:

«Escepticismo y ciencia
deben ir de la mano»
Gabriel Andrade (Maracaibo, Venezuela, 1980) es el autor que más títulos ha
publicado (seis) en la colección ¡Vaya timo!, publicada por Editorial Laetoli,
dirigida por Javier Armentia y con la colaboración de ARP-SAPC . Esta entrevista por correo electrónico, realizada a primeros de mayo de 2019 para
El Escéptico por Serafín Senosiain, editor de Laetoli, tuvo lugar entre Dubái
y Pamplona.

Desde tu formación filosófica, ¿que es para ti el
escepticismo? ¿Te consideras un escéptico?
La palabra escepticismo se presta a confusión y es
importante aclararla. En un sentido filosófico puro, es
la postura que niega la posibilidad de cualquier forma
de conocimiento. Este es el tipo de postura que defendió Pirrón en la Antigüedad y que ocasionalmente algunos filósofos defienden hoy. A veces me entretengo
contemplando hipótesis escépticas, como la del genio
maligno de Descartes o, más recientemente, la idea defendida por Nick Bostrom, según la cual vivimos en
una simulación virtual similar a un videojuego. Pero, a
pesar de que es sano plantearse estas hipótesis escépticas y pensar sobre ellas, no les doy mucho crédito y
mantengo confianza en que es posible el conocimiento. En los últimos tiempos, los posmodernos defienden la idea de que no es posible ningún conocimiento
porque todo es una construcción social, no es posible
la objetividad, todo discurso científico obedece a intereses particulares, etc. Yo escribí un libro en contra de
los posmodernos, en el cual me oponía a esa postura.
En este sentido, no puedo considerarme un escéptico.
Pero si entendemos escepticismo en un sentido más
coloquial, sí me considero un escéptico. Bajo esta definición, es la postura que postula no aceptar creencias
sobre la pura base del dogma o la autoridad. Un escéptico postularía que una creencia es aceptable solo si
tiene el respaldo de la evidencia y no viola ninguna ley
de la lógica. Es cierto que, como postuló el escéptico
David Hume, nunca podremos tener absoluta certeza
a la hora de respaldar una creencia con evidencia emVerano 2019

pírica (Karl Popper también opinaba algo parecido),
pues nuestra experiencia del mundo es limitada. Pero,
a efectos prácticos, podemos asumir que el respaldo
empírico es suficiente para aceptar juicios que se pronuncian sobre el mundo.
Insisto en que esta distinción entre escepticismo pirrónico y escepticismo en un sentido más coloquial es
importante. Pues, además de los posmodernos, hoy están en boga los teóricos de la conspiración, que apelan
a un escepticismo extremo (parecido al de los pirrónicos) para promover sus ideas absurdas. Estos teóricos
de la conspiración asumen que el escepticismo implica
dudar de todo, y así terminan postulando que el hombre nunca llegó a la Luna, que los Illuminati gobiernan
tras las sombras, etc. Esta es una versión perjudicial
del escepticismo, y yo no me adscribo a ella. La mía,
supongo, es mas afín a la de santo Tomás, el discípulo
que se negó a creer que Cristo había resucitado hasta
que él mismo puso el dedo sobre la llaga (de más está
decir, por supuesto, que esta historia es ficticia, pero
ilustra bien la sana actitud escéptica).
¿Tienes la impresión de que la postura escéptica, e incluso la ciencia, está en retirada en grandes
capas de la población, donde dominan todo tipo de
creencias absurdas?
En los últimos años, Steven Pinker ha defendido
la idea de que, al contrario de algunas apariencias, el
mundo ha mejorado en muchos aspectos (menos violencia, mayor expectativa de vida, menos desigualdad,
etc.). Es fácil creer que el mundo ha empeorado en el
siglo XX al considerar el Holocausto, el genocidio en
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Ruanda y cosas por el estilo, pero Pinker ha demostrado con datos muy precisos que, en realidad, ha habido un progreso significativo. Estima que los medios
distorsionan nuestra visión del progreso (o, más bien,
ausencia de progreso) al concentrarse en historias que
resaltan hechos violentos, dejando de lado las tendencias de mejoramiento de nuestra sociedad.
Pienso que lo mismo se aplica a las posturas escépticas y a la ciencia. Los medios continuamente hablan
de «idiotas» que creen en la homeopatía, teorías conspiranoicas, el creacionismo, etc. Eso no está mal y es
necesario que se reseñen en los medios para ridiculizarlos y aumentar la presión social, a fin de que corrijan sus visiones erradas del mundo. Pero, al concentrarse en homeópatas, creacionistas y demás tontos,
los medios dejan de lado el hecho de que en el último
siglo ha habido un enorme progreso en el cultivo de
la mentalidad científica y escéptica entre la población.
Por ejemplo, el psicólogo James Flynn ha documentado que, en el siglo XX, ha habido un aumento significativo en la tasa de cociente intelectual de la población
mundial. En otras palabras, somos mas inteligentes
que hace cien años, y en esto la mentalidad científica y
escéptica (cultivada por la educación) ha sido un gran
factor. De forma tal que yo mantengo mi optimismo
y no creo que la ciencia esté en retirada en grandes
capas de la población. Si de verdad nos detenemos a
pensar lo ignorante que era la población hace medio
siglo, estaremos muy agradecidos de vivir en 2019, y
asumiremos que, en líneas generales, la ciencia y el
escepticismo van en crecimiento.
Uno de tus libros que más ha gustado es El posmodernismo ¡vaya timo! ¿Qué relación estableces
entre posmodernismo y escepticismo?
Acá es nuevamente importante destacar la diferencia entre el escepticismo en un sentido filosófico puro
(es decir, el de Pirrón), y el escepticismo convencional. Pues los posmodernos terminan defendiendo posturas muy similares al primer tipo de escepticismo y
merecen la crítica del segundo tipo de escépticos. El
posmodernismo es un movimiento muy variado, pero

una de sus características más firmes es su oposición a
la posibilidad de un conocimiento científico y objetivo
del mundo. A pesar de que su aproximación es muy
distinta a la de Pirrón, los posmodernos terminan por
llegar a una conclusión muy similar, a saber, que el
conocimiento no es posible porque la verdad no existe.
A la larga, los posmodernos terminan convirtiéndose
en los tontos útiles de aquellos que promueven teorías
pseudocientíficas o sencillamente irracionales.
Por ejemplo, Paul Feyerabend es frecuentemente
citado por los defensores del creacionismo, la homeopatía y demás disciplinas pseudocientíficas. Como se
sabe, Feyerabend fue el tipo que decía que en el conocimiento «todo vale», y que la ciencia no es mejor
que cualquier otra disciplina a la hora de conocer el
mundo. Tipos como Feyerabend se presentan como
grandes pensadores críticos que aparentan ser muy
escépticos, pero no se dan cuenta de que su escepticismo desmedido termina ayudando a promotores de
ideas que son tremendamente ingenuas e irracionales.
Por eso, yo diría que el posmodernismo es un enemigo
natural del sano escepticismo, que invita a emplear la
razón y a sustentar los juicios con evidencia empírica.
Anteriormente me preguntabas si pensaba que la
posición escéptica va en retirada en grandes capas de
la población, y te decía que no. Sin embargo, ahora
debo matizar, porque sí pienso que el posmodernismo
ha crecido (y por ende, la ciencia ha retrocedido) en
un sector específico de la población: las universidades. Lamentablemente, el posmodernismo sigue en
boga en los departamentos de filosofía y ciencias sociales, y muy especialmente entre los estudiantes más
jóvenes, que quedan impresionados con la verborrea
ininteligible de mamarrachos como Derrida o Žižek.
Mucho más que homeópatas o creacionistas (que, a fin
de cuentas, son personas con muy escasa educación),
pienso que los escépticos deberían concentrar sus esfuerzos en combatir a los posmodernos, pues estos con
su educación refinada tienen más poder persuasivo.
Tras varios libros académicos centrados sobre
todo en la religión y la evolución (La crítica litera-

Los teóricos de la conspiración asumen que el escepticismo implica dudar de todo, y así terminan postulando que el
hombre nunca llegó a la Luna, que los Illuminati gobiernan
tras las sombras, etc.

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Gabriel Andrade (cortesía del entrevistado)

ria de René Girard, El darwinismo y la religión, Breve introducción a la filosofía de la religión), te has
dedicado a lo que podríamos llamar «divulgación
escéptica». De hecho, eres el autor que más títulos
ha publicado en la colección ¡Vaya timo!, seis hasta
el momento, sobre asuntos como la inmortalidad,
el citado sobre el posmodernismo, la teología, las
razas humanas, el islam o la Biblia, por el momento. El primero fue el libro sobre la inmortalidad.
Algunos piensan que recientes descubrimientos en
el campo de la genética pondrían en duda algunas
de tus afirmaciones. ¿Te parece que esto es así?
Quizás ese libro no debió haber tenido el título La
inmortalidad ¡vaya timo!, sino La vida después de la
muerte ¡vaya timo!, pues son dos cosas distintas. En el
libro, yo me ocupo exclusivamente de refutar los alegatos religiosos, parapsicológicos y metafísicos sobre
la existencia de una vida después de la muerte. Pero
eso no implica que la inmortalidad sea imposible. En
efecto, los transhumanistas contemplan la posibilidad
de alcanzar conocimientos científicos y tecnologías
que nos permitan suspender indefinidamente la muerte. En el libro yo no me ocupo de nada de esto, y en
torno a este tema dejo abierta la posibilidad de que
en un futuro, efectivamente, la humanidad alcance la
inmortalidad. De hecho, pienso que sería estupendo,
pues al contrario de lo que opinan algunos filósofos,
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no pienso que la inmortalidad fuera moralmente objetable. Con todo, debo decir que mantengo mi escepticismo respecto la plausibilidad de la inmortalidad
prometida por los transhumanistas.
Michael Shermer (famosísimo escéptico) ha escrito
recientemente un muy buen libro examinando algunas
de las aspiraciones transhumanistas, y llega a la conclusión de que, en líneas generales, esto es mucho ruido y pocas nueces. Detalla las dificultades técnicas de
muchos de esos proyectos transhumanistas de inmortalidad, y parecen insuperables. Además, Shermer señala que muchos de los proyectos transhumanistas no
resuelven satisfactoriamente el problema de la identidad personal (¿cómo seguimos siendo el mismo ente
ante los cambios?), y de este problema sí me ocupo en
el libro; yo postulo que los modelos religiosos, parapsicológicos y metafísicos de la inmortalidad no logran
explicar cómo seguimos siendo la misma persona en el
más allá. Shermer destaca que esto también es un problema que afecta a las aspiraciones transhumanistas.
De forma tal que no me retracto de lo que escribí en el
libro sobre la inmortalidad.
Ahora bien, aprovecho esta oportunidad para destacar que sí estaría más dispuesto a retractarme de lo
que escribí en otro libro, Las razas humanas ¡vaya
timo!, precisamente sobre la base de algunos descubrimientos en genética. En este libro yo enfatizaba mucho
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el argumento de Richard Lewontin, según el cual hay
más variedad genética dentro de cada población que
entre distintas poblaciones, y así no tiene sentido segmentar a la humanidad en razas, pues cada segmento
sería en sí mismo muy heterogéneo. Pero ahora empiezo a considerar que quizás estaba equivocado. Pues, a
pesar de que Lewontin aporta datos correctos, hizo su
análisis estudiando genes separadamente. En cambio,
si se estudian conjuntos de genes, los resultados arrojan que sí es posible segmentar nítidamente a la humanidad en grupos raciales. En el libro yo también decía

que la noción de razas es incoherente, porque no hay
una línea divisoria clara entre una y otra. Pero ahora
también empiezo a cuestionar un poco ese argumento,
pues en el mundo hay muchos conceptos que no tienen
líneas divisorias claras (por ejemplo, el espectro de los
colores), pero no por eso debemos prescindir de ellos.
Tanto en tus primeros libros como en algunos de
los publicados en la colección ¡Vaya timo!, la religión es un tema constante: La inmortalidad ¡vaya
timo!, Jesucristo ¡vaya timo!, El islam ¡vaya timo!,
La Biblia ¡vaya timo! ¿De dónde viene tu interés
por la religión (o contra ella)? ¿Crees que el movimiento escéptico se interesa en ocasiones por temas
banales o nimios, mientras que deja a un lado el
«gran tema» que continuaría siendo la religión?
Supongo que ese interés por la religión viene de mis
experiencias en la infancia. Mi padre es un ateo declarado, pero puesto que la educación pública venezolana es pésima, me envió a estudiar con los Hermanos
Maristas. Por su parte, mi abuela materna, quien estuvo muy cercana a mí, practicaba un catolicismo muy
estricto. Yo sentí mi infancia como un fuego cruzado
entre el ateísmo de mi padre y la religiosidad de mi
abuela. En el colegio nos hablaban del Limbo, la morada de los niños no bautizados. A mí nunca me bautizaron, y recuerdo vívidamente no tanto el pánico ante
la idea del Limbo como la vergüenza por ser el único
niño no bautizado de mi clase. Extrañamente, sí hice
la Primera Comunión. Cuando el cura del colegio preguntó quiénes no estaban bautizados (se supone que
para comulgar es necesario estar bautizado), yo opté
por no decir nada, pues sentía mucha vergüenza.
Luego, en la adolescencia, vivimos un tiempo en
EE.UU., y allí estuve en contacto con el islam. Me interesé mucho por esa religión, quizás por su supuesto énfasis en combatir el racismo (luego descubrí que
esto tiene muchos matices), y contemplé la idea de
hacerme musulmán. En fin, nunca lo hice (¡afortunadamente, pues en la sharía el castigo por la apostasía
es la muerte!), supongo que fue una de esas cosas que
los adolescentes hacen tratando de buscar una nueva
identidad. A medida que me hacía más cosmopolita
con viajes y libros, fui entendiendo qué diversa es la

A la larga, los posmodernos terminan convirtiéndose en
los tontos útiles de aquellos que promueven teorías pseudocientíficas o sencillamente irracionales.

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experiencia religiosa en la humanidad. Y así, ingenuamente, llegué a creer que todas las religiones tienen
algo de verdad.
Cuando empecé a estudiar filosofía y comenzaba
a entender lo irracional que es el relativismo, entendí que no todas las religiones pueden ser verdaderas
(pues tienen creencias contradictorias entre sí) y empecé a pensar que, de hecho, probablemente ninguna
es verdadera. Así pues, empecé a preguntarme si muchas de las cosas que mi abuela y mis maestros me
habían enseñado tienen asidero. Y, por supuesto, descubrí que no lo tienen. Pero debo decir que tuve una
infancia feliz. Yo adoraba a mi abuela y disfrutaba el
colegio de los Maristas. De forma que no tengo ningún resentimiento particular contra la religión. Quizás
estas experiencias plácidas hayan cultivado en mí una
valoración de la religión, pues pienso que cumple importantes funciones psicológicas y sociales. Pero la
verdad es la verdad, y creo que no debemos admitir
creencias irracionales por el simple hecho de que quizás tengan un valor pragmático.
William James opinaba que ese valor pragmático
hace a la religión verdadera, pero yo discrepo. Es cierto que el movimiento escéptico a veces se interesa por
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temas nimios y deja de lado el «gran tema». He visto
a algunos escépticos argumentar que la ciencia y la religión pueden coexistir, pero yo no estoy muy seguro
de que eso sea posible. Ciertamente, ha habido grandes científicos que a la vez fueron religiosos (Galileo,
Newton, etc.), pero yo diría que, al estudiar detalladamente lo que la ciencia enseña, caemos en cuenta
de que contradice los alegatos religiosos. Por ejemplo,
considera la evolución: si Dios existe, creó el mundo
con un propósito, pero todo indica que en la evolución
no hay propósito. Algunos, llamados «evolucionistas
teístas», quieren hacer la cuadratura del círculo diciendo que, si bien no hay apariencia de propósito en la
evolución, de algún modo Dios sí dotó de propósito a
su creación. Eso a mí no me entra en la cabeza. Y creo
que los escépticos deben dedicar más atención a este
tema, pues parece que la tendencia hoy es conformarse con decir, como alegaba Stephen Jay Gould, que la
religión y la ciencia se ocupan de cosas distintas y, por
ende, que no se contradicen, cuando en realidad esto
es muy dudoso.
En Laetoli publicaste también un libro muy hermoso, Filosofía para Victoria. ¿Cuáles son tus filósofos favoritos?
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Te resultará extraño, pero yo diría que mi filósofo
favorito es uno que no incluí en ese libro: Derek Parfit.
Decidí no incluirlo porque no es tan conocido, y ese
libro tenía el objetivo de presentar los grandes filósofos de la historia. Parfit me fascina no tanto por lo que
enseña (no estoy muy seguro de aceptar las cosas que
dice), pero sí por las preguntas que hace. Parfit se hace
preguntas tremendamente intrigantes sobre la identidad personal o la responsabilidad hacia las futuras generaciones, y admiro la forma tan original que tiene de
plantear escenarios.

Tengo dos o tres más filósofos favoritos. Sócrates
está en mi lista, no tanto por su filosofía, sino por su
personalidad. Yo siempre simpatizo con los tipos irreverentes y con cierto humor negro, y Sócrates era sin
duda uno de ellos. Incluso a veces me veo retratado
en su relación tormentosa con Jántipa, su esposa. Ella
era la primera en hablar pestes de Sócrates, pero le fue
fiel hasta la muerte. Mi esposa no ha leído ningún libro mío y peleamos continuamente. ¿Por qué no me
divorcio? A Sócrates le hicieron la misma pregunta, y
él respondía que otra gente tiene gallinas que molestan
con su cacareo, pero aún así las conservan. Alcibíades
le decía a Sócrates que al menos las gallinas dan huevos, y Sócrates respondía que Jántipa le daba hijos.
Lo mismo digo yo de mi esposa, de forma tal que, a
pesar de años de peleas y gritos, nunca he pensado en
divorciarme.
Otro irreverente y maestro del humor negro era Voltaire, y también está en mi lista de filósofos favoritos,
a pesar de que no formuló ninguna idea filosófica que
me haya impactado. Antes me preguntabas por los escépticos y la religión. Yo diría que la mejor forma de
acercarse a la religión no es arremeter contra ella al
estilo soviético (en el cual había mucho resentimiento,
y ciertamente esto no fue efectivo, pues hoy Rusia es
un país muy religioso), sino al estilo de Voltaire: reírse
del mundo, incluso hasta el punto de que los objetos de
burla terminan riéndose también. Por eso mismo, dos
de mis películas favoritas son Religulous (de Bill Maher) y La vida de Brian (de los Monty Python), pues
en medio de las carcajadas uno se pregunta si lo que
nos enseñan los sacerdotes tiene siquiera un ápice de
verdad. Ambas películas son muy voltaireanas.
Por último, incluiría a Mario Bunge. De nuevo, mi
simpatía por él no está tanto en su filosofía sino en su
estilo irreverente. Creo, además, que pertenece a una
vieja estirpe de filósofos latinoamericanos que está
desapareciendo y que debemos rescatar. La gran obsesión de los filósofos latinoamericanos ha sido el rechazo del imperialismo y la construcción de una identidad
cultural propia en Latinoamérica, separada de Europa.
A mí todo esto me parece un síntoma de resentimiento
y complejo de inferioridad. Bunge, afortunadamente,

He visto a algunos escépticos argumentar que la ciencia y
la religión pueden coexistir, pero yo no estoy muy seguro de
que eso sea posible.

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nunca se unió a esta ola y, frente a la vorágine posmoderna en el mundo universitario, que es muy notoria en
América Latina (incluso más que en Europa), defendió
valientemente los valores ilustrados y racionalistas, y
eso merece mi admiración.
Eres un filósofo muy interesado en la ciencia,
como se ve en tus libros. ¿Qué relación hay entre
ciencia y filosofía? ¿Y entre ciencia y escepticismo?
Espero que, en un futuro, la ciencia y la filosofía terminen por estar unificadas, aunque, a decir verdad, no
he dedicado suficiente atención a este tema y aún no
lo tengo claro. Digo esto porque el positivismo lógico
siempre me pareció la postura filosófica más razonable
(el positivismo lógico aspira a eliminar de la filosofía
todo lo que no sea científico), pero estoy al tanto de
que el positivismo lógico tiene sus críticos. No me he
sentado a pensar detenidamente sobre estas cosas, de
forma tal que por ahora me conformo con decir que la
filosofía debe acercarse lo más que pueda a la ciencia,
pero suspendo el juicio a la hora de considerar si la
filosofía debe ser exclusivamente científica. Aún no he
resuelto la cuestión de si la moral reposa o no sobre
hechos, y si la ciencia puede enseñarnos qué es lo bueno. La relación entre ciencia y escepticismo sí la tengo
más clara: deben ir de la mano, pues ambos reposan
sobre la necesidad de formarse juicios sobre el mundo,
a partir del respaldo de la evidencia empírica y el uso
de la razón.

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