CIENCIA Y ANTIPSIQUIATRIA EN EL SIGLO XXI

Sección: 
DOSSIER LUCES Y SOMBRAS DE LA INDUSTRIA FARMACEUTICA II
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Dossier

Ciencia y
antipsiquiatría

en en siglo XXI
Iria Veiga
Psiquiatra. ARP-Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico

De tesis revolucionarias a teoría de la conspiración

E

n los últimos años estamos asistiendo a un nuevo auge de posiciones contrarias a la medicalización de la salud mental, en un amplio abanico que va desde las críticas parciales a la excesiva
prescripción de psicofármacos o la patologización de
los problemas de la vida cotidiana hasta enmiendas a
la totalidad de la psiquiatría en cuanto disciplina. A
esto contribuyen el desconocimiento acerca de qué es
y cómo funciona la psiquiatría, y el estigma que gravita sobre todo lo relacionado con las patologías mentales, fundamentalmente sobre los pacientes y usuarios,
pero también sobre los profesionales.

1. La psiquiatría como disciplina
La psiquiatría es una de las especialidades médicas de más reciente aparición. La primera vez que se
emplea este término con su significado actual es en la
obra del alemán Johann Christian Reil Sobre la medicina y sus ramas, con especial consideración sobre la
psiquiatría, en el año 18081. Reil fue, también, uno de
los primeros catedráticos de esta rama de la medicina.
Sin embargo, la enfermedad mental se conoce desde
la Antigüedad. Tanto Hipócrates2 como Areteo de Capadocia3, en el mundo clásico, incluyen en sus obras
médicas descripciones de entidades conocidas hoy
en día, especialmente la melancolía (depresión endógena) y la enfermedad maníaco-depresiva (trastorno
bipolar). Se asumía que la enfermedad mental era un
padecimiento del cerebro, si bien la etiopatogenia se
buscaba en la teoría humoral imperante en este parael escéptico 54

digma médico, según el cual sería el desequilibrio de
los distintos fluidos corporales o humores el que desencadenaría las enfermedades. Así, un exceso de bilis negra afectaría al cerebro provocando melancolía,
mientras que un exceso de bilis amarilla produciría
un estado colérico que podríamos identificar con un
episodio maníaco.
Al margen de lo erróneo de la premisa, similar en
muchos puntos a la filosofía oriental del yin y el yang,
es interesante destacar la búsqueda del origen de la
enfermedad en procesos orgánicos y naturales, sin
recurrir a explicaciones de índole sobrenatural o divina. Por otro lado, en el mundo clásico tampoco se
descartan los factores ambientales como causa de las
enfermedades mentales, identificando tanto estresores
psicológicos como circunstancias relacionadas con la
dieta, calidad de las aguas, etc.
Es en el siglo XIX cuando finalmente la disciplina se separa de la neurología, por un lado, y de la
institución asilar con carácter de régimen meramente
reclusivo, por otro, para postularse como rama propia
de la medicina, con sus propias entidades nosológicas
y cuadros clínicos característicos. Es en este contexto
en el que Kraepelin describe su demencia precoz4, que
hoy llamaríamos esquizofrenia, y Falret y Baillaguer
aíslan entidades a las que denominan locuras circulares o locuras de doble forma5, que corresponderían
al actual diagnóstico de trastorno bipolar. Kraepelin,
particularmente, pone de relieve la importancia del
curso evolutivo de la enfermedad, y diferencia caVerano 2019

tegóricamente estos dos cuadros (demencia precoz
y enfermedad maníaco-depresiva o locura circular),
fundando así el inicio de la moderna nosología psiquiátrica.
2. El psicoanálisis y sus derivados
Paralelamente a la irrupción de la psiquiatría como
disciplina médica, el psicoanálisis comienza a ganar
predicamento como tratamiento de los trastornos
mentales. Cabe introducir varias salvedades en esta
dicotomía. Por un lado, el tipo de pacientes de los asilos de Kraepelin y de la consulta de Sigmund Freud
eran esencialmente diferentes. Si bien este último se
aventuró tentativamente en el análisis psicoanalítico
de las psicosis6, su teoría está orientada al tratamiento
de lo que podríamos clasificar como neurosis: cuadros
en los que el síntoma fundamental es el sufrimiento
psíquico en forma de ansiedad, fobias o tristeza, y que
no comprometen el razonamiento ni las funciones superiores. Así, Kraepelin realiza su clasificación sobre
cuadros severos, que limitan gravemente la funcionalidad y la supervivencia de quien los padece, mientras
Freud se centra en aquellos estados que podríamos
considerar una variante del sufrimiento psíquico normal. Una excepción podría ser la extravagante presentación de la histeria (hoy fragmentada en la clasificación de cuadros conversivos y disociativos), que al
remedar signos del orden de lo neurológico (parálisis,
amnesias...), se encontraba en tierra de nadie entre
ambas especialidades emergentes. De esta dicotomía
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neurosis/psicosis se extrae fácilmente la comprensión
de ambos abordajes teóricos. Por otro lado, Freud procedía de la neurología y se había formado con Charcot, el gran anatomista del cerebro. Su visión psicoanalítica, por tanto, tenía pretensión de conocimiento
científico falsable, si bien posteriormente su teoría no
fue corroborada en estos términos.
3. La antipsiquiatría de los años sesenta y setenta
Tras la II Guerra Mundial, el paradigma psicoanalítico era el imperante en el tratamiento de la enfermedad mental en el mundo occidental. Los pacientes
graves, recluidos en manicomios, eran tratados con
una serie de técnicas inspiradas en el modelo médico, pero de escasa eficacia, como la insulinoterapia o
las «curas de sueño». Continuaban en vigor también
las lobotomías y la terapia electroconvulsiva, que si
bien se emplea hoy en día con buenos resultados7, era
utilizada sin una indicación clara y sin procedimiento
anestésico previo, lo que la convertía en extremadamente peligrosa y dolorosa.
En este contexto, ocurren dos hechos que modifican
completamente la práctica psiquiátrica, y cuyas interrelaciones son múltiples y complejas, prestándose a
numerosas interpretaciones. En primer lugar, en 1952
se sintetiza el primer fármaco con efecto antipsicótico,
la clorpromazina8. Desarrollado en primera instancia
como antihistamínico y anestésico, posteriormente se
descubren sus propiedades antipsicóticas, particularmente sobre los llamados síntomas positivos: aluci55 el escéptico

naciones y delirios. Previamente, en 1949, se habían
descrito los efectos de las sales de litio en el trastorno
bipolar, siendo hoy en día el estabilizador del ánimo
más eficaz conocido.
Paralelamente, en los años sesenta surge una fuerte crítica a la psiquiatría entendida como especialidad
médica que trata los padecimientos mentales como
enfermedades biológicas, causadas por desequilibrios
bioquímicos.
El primero en acuñar el término antipsiquiatría fue
David Cooper9 en 1967. Este psiquiatra sudafricano y
su colaborador, Ronald Laing, que se convirtió posteriormente en la figura más destacada del movimiento
antipsiquiátrico, postulan que el origen de la enfermedad mental radica en la sociedad en la que está inserto el paciente y en las relaciones disfuncionales que
este establece con su familia en la primera infancia.
Thomas Szas, otro de los más famosos representantes
de esta corriente, afirma que la enfermedad mental no
existe en cuanto tal, sino que es una forma de «etiquetar» y por tanto neutralizar a individuos socialmente
inadaptados o disidentes. Esta corriente de pensamiento se enmarca dentro de movimientos como el
que da lugar a las revueltas estudiantiles del Mayo
francés, y muchos de los pensadores de este período
participan de ambos movimientos, siendo particularmente relevante la obra de Michel Foucault, Historia
de la Locura10, y las aportaciones de Jacques Lacan11.
4. Dos discursos entrecruzados: moral y evidencia científica
En el argumentario de la antipsiquiatría coexisten
cuestiones de órdenes diferentes, y esta es parte de la
dificultad inherente para analizarlo. Por un lado, en el
momento en el que se genera existe una corriente de
opinión en contra del trato que reciben los pacientes
psiquiátricos, privados de derechos y en muchas ocasiones en condiciones de total indefensión y sin que
se respete la dignidad básica de las personas, tanto en
cuanto a entorno material como a cuestiones de inti-

midad, poder de decisión, etc. Además, los regímenes
fascistas italiano y español emplearon los manicomios
y a los psiquiatras afectos al régimen como parte de la
maquinaria represiva contra los disidentes políticos12.
De esta manera, la antipsiquiatría abandera el movimiento de la desinstitucionalización psiquiátrica, que,
bajo el lema «el paciente en la comunidad», trata de
acabar con los grandes centros de reclusión psiquiátrica y devolver a los pacientes a sus hogares o a otro
tipo de dispositivos que no supusieran su aislamiento.
Cabe decir que, no por casualidad, este movimiento
acontece en el momento en el que comienzan a existir psicofármacos eficaces para controlar los síntomas
más disruptivos, de manera que esta reintegración en
la sociedad se hace posible en muchos casos.
La desinstitucionalización era un proceso necesario y moralmente inapelable, y la antipsiquiatría
siempre tendrá el honor de haber elegido el bando
correcto, mientras que mucha de la psiquiatría supuestamente científica se atrincheraba en posiciones
de poder que hoy nos parecen indefendibles. Por lo
tanto, esta posura parte de una aproximación apriorísticamente más ética y más cercana a los derechos de
los pacientes.
Sin embargo, es posible, como decía Sartre, hacer
lo correcto por motivos equivocados. Si bien la visión
de tratar al sujeto con enfermedad mental como persona íntegra, con dignidad y poseedor de derechos, es
una máxima inapelable en la práctica médica actual
(con todas las salvedades individuales que se quieran
objetar, y que en todo caso serían punibles por ley),
la tesis de la que parte, la de la enfermedad mental
como producto de la sociedad, y a veces de la propia
institucionalización, resulta hoy indefendible. Desde
los años setenta, la evidencia científica acumulada a
favor de una base biológica del trastorno mental grave, siguiendo un modelo de diátesis-estrés, en el que
sobre una vulnerabilidad biológica se suma el efecto
de factores ambientales, es difícilmente rebatible13.
Especialmente, desde 2004, con el Proyecto Genoma

En los años sesenta surge una fuerte crítica a la psiquiatría
entendida como especialidad médica que trata los padecimientos mentales como enfermedades biológicas, causadas por desequilibrios bioquímicos.

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Humano, y en los últimos años en los que son posibles secuenciaciones masivas de genes con escaso
coste (estudios GWAS)14, la carga genética de entidades como la esquizofrenia o el trastorno bipolar se
cifra en torno a un 80 %15.
Por otro lado, la desinstitucionalización tuvo resultados irregulares, dependiendo en muchos casos de la
administración que la aplicara y con qué criterio. En
el Estado español, aún hoy persisten grandes centros
psiquiátricos de corte manicomial, con enfermos de
larga estancia; no se llegó a crear nunca la completa red de asistencia comunitaria que permitiese realmente atender al paciente en su comunidad, aunque
hay grandes diferencias entre comunidades autónomas. Es fácil pensar que, para una administración que
quiere recortar gasto sanitario, las tesis antipsiquiátricas son un argumento extraordinariamente útil: si
estas personas no son enfermas, sino socialmente
inadaptadas, no es necesario tampoco que sean atendidas dentro del sistema público de salud. Aunque no
se enuncie de esta manera, la idea inconsciente que
está detrás de muchas actuaciones en cuanto a planificación sanitaria es que ni las enfermedades mentales
son verdaderas enfermedades, ni los enfermos mentales son verdaderos enfermos.
5. Negacionismo y conspiranoia: por qué creemos en cosas raras
Sin embargo, la mayor parte de los ataques a la
psiquiatría que vemos en el momento actual no parVerano 2019

ten de posiciones abiertamente antipsiquiátricas en el
sentido de la desinstitucionalización y la lucha por
los derechos de los pacientes. Este paradigma estaba conformado en su mayor parte por profesionales
de la salud mental con un conocimiento profundo de
su campo que, si bien a día de hoy ha sido superado con mucho por las modernas investigaciones, era
coherente con su época y el «estado del arte» en ese
momento histórico. Lo que nos encontramos hoy en
día es más bien un totum revolutum de posiciones anticientíficas en las que se aúnan antivacunas, negacionistas del sida y conspiranoicos de la industria farmacéutica. Se niega la enfermedad mental no desde
una posición filosófica, sino desde la desinformación.
De hecho, es frecuente que las personas que niegan el
origen biológico de la enfermedad mental sostengan
además otras ideas erróneas sobre la salud, como por
ejemplo la asociación entre autismo y vacunas. No
se trata, por lo tanto, de la postura antipsiquiátrica
clásica, sino más bien de la fascinación que provocan
las teorías de la conspiración en el público contemporáneo.
Como toda buena conspiración, algún elemento de
verdad permite cimentar mejor la mentira. Las críticas a la industria farmacéutica por sus intentos de
influir en el diagnóstico y el tratamiento, que en ocasiones ha producido problemas de sobrediagnóstico
(véase el tdah, pero también el asma bronquial en
la década de los ochenta y noventa), no quiere decir que estas entidades patológicas sean inexistentes.
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Por otro lado, en los argumentos de quien sostiene
que existe una enorme conspiración de la industria
farmacéutica para vender psicofármacos subyace un
profundo desconocimiento de cómo funciona el sistema nacional de salud español, bastante restrictivo con
los fármacos que se aprueban y que concede al clínico una amplia autonomía como prescriptor, primando
incluso la no prescripción o la mínima posible. Al tratarse de un sistema público y universal, su lógica es
la opuesta de la de los sistemas de seguros de Estados
Unidos o países de su entorno, en los que las compañías aseguradoras y farmacéuticas tienen mucha más
capacidad para influir sobre los clínicos.
El problema de la excesiva medicalización de la
vida cotidiana es otro argumento clásico de las teorías antipsiquiátricas. De nuevo, un poquito de verdad
aliña bien una mentira. Si bien es cierto que la tendencia a tratar con medicamentos estados afectivos
normales (el duelo por la muerte de un ser querido, el
estrés...) es un problema que todos los profesionales
de la salud mental reconocemos, esto no quiere decir
que los estados depresivos graves no existan o que la
esquizofrenia sea simplemente una reacción al estrés.
De hecho, en muchos casos la tendencia a medicalizar esos procesos normales satura las consultas de
salud mental e impide que se atienda correctamente
los casos de verdadera patología.

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Con el Proyecto Genoma Humano, y en los últimos años en
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escaso coste, la carga genética de entidades como la esquizofrenia o el trastorno bipolar se cifra en torno a un 80%.

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