La pandemia a ambos lados de la barrera sanitaria

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MONOGRÁFICO COVID-19
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La pandemia

a ambos lados
de la barrera sanitaria
Vicente Baos, Médico de familia
En cada paciente, sobre todo si está claramente afectado, me reconozco a mí mismo

L

a pandemia del coronavirus SARS-CoV-2 ha
impactado en nuestras vidas de todas las maneras posibles. Nadie ni nada es ajeno al impacto,
pero sí hay dos situaciones en las que la presencia del
virus y su enfermedad COVID-19 es muy evidente:
por un lado la de aquellos que la han sufrido en sus
propias carnes (en sus diversos grados), y por otro la
de los sanitarios encargados de atender la avalancha
de pacientes, de gestionar sus fases clínicas y de realizar el seguimiento de las secuelas. Y yo, lamentablemente, puedo hablar desde los dos lados de la barrera
sanitaria, como enfermo y como médico de familia de
la atención primaria pública madrileña.
El trabajo clínico también ha cambiado mucho.
Antes de marzo de 2020, las consultas de medicina
de familia de los centros de salud públicos eran un
hervidero de gente. Con unas citas de 45-50 pacientes
diarios en un turno de 7 horas, por cada centro pasaban cientos de pacientes de todo tipo. Juntos los que
tenían síntomas respiratorios —febrero es una época
con gran número de catarros, bronquitis y gripes—,
los pacientes crónicos —sobre todo ancianos—, y
con ellos numerosos acompañantes sanos, niños, etc.
El médico de familia, el pediatra, las enfermeras, los
administrativos, todos compartíamos un entorno muy
infeccioso, y por supuesto lleno de aerosoles contaminados. Siempre había sido así, pero nadie se planteaba los contagios de los numerosos virus respiratorios
en centros con tanto tránsito de personas. No era tan
grave sufrir varios catarros sin complicaciones, nadie
se planteaba otra opción. Llegó el nuevo virus, se difundió en pocas semanas en muchas personas asintomáticas o con síntomas indistinguibles de otros virus
respiratorios, aunque había algún dato alarmante en
personas más afectadas de «gripe» que ingresaban en
anuario 2020

Imagen de Anthony Shkraba en Pexels

mayor número que otros años. Y con los antecedentes
de Italia, el tema era alarmante.
A mí no me dio tiempo a pensar mucho más. El 8
de marzo me sentí mal, el 16 ingresaba en el Hospital
Puerta de Hierro, y tres días después estaba a punto de
ingresar en la UCI para ventilación mecánica. Usaron
todos los medicamentos disponibles, los que han demostrado ya su inutilidad y los que sí sirven de algo
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(corticoides), y el 26 de marzo salía del hospital muy
tocado, pero vivo y sin haber estado en la UCI. Mi experiencia como enfermo de COVID ya la he contado
anteriormente1.
Mis compañeros del centro de salud estaban desbordados por la cantidad de pacientes de todo tipo,
por la atención a las residencias de ancianos de la zona
donde ya era vigente la orden de no trasladar a los
hospitales a los que tuvieran mal pronóstico, y porque
estábamos de baja varios compañeros y enfermeras
por la COVID-19, aunque yo fui el único que requirió
ingreso. Todo con un confinamiento domiciliario duro
donde solo trabajaban los servicios esenciales.
Afortunadamente me recuperé sin secuelas, y cuatro semanas después de salir del hospital estaba de
nuevo en la consulta. Una consulta diferente, donde
los pacientes no estaban, hablábamos por teléfono
y se tomaban decisiones de visitas presenciales y a
domicilio en los casos imprescindibles. La primera
consulta que atendí tras mi incorporación fue en un
domicilio donde encontré a una paciente mía de muchos años en estado preagónico. En pocas horas había
entrado en ese estado. Murió a causa de un probable
tromboembolismo pulmonar secundario a una trombosis venosa profunda, para la que no habían pedido
ayuda antes porque entendían lo mal que estaba la
situación y no querían «molestar». Las víctimas secundarias a la pandemia, los muertos por «exceso de
mortalidad» de otras patologías no directamente relacionadas con la COVID-19, son de las más olvidadas
de la pandemia. Son una estadística mal definida en
un conjunto trágico.
Cuando se vio una luz al final del túnel fue en el
mes de junio. Los nuevos casos bajaban, los pacientes
y los sanitarios nos habíamos adaptado a las nuevas
formas de comunicación (teléfono, envío de fotos de
lesiones por el correo electrónico) y se iban recuperando las visitas presenciales a los pacientes con síntomas imposibles de valorar por teléfono o a las personas más vulnerables que te pedían que les vieras en
«persona» como el mayor favor que les podías hacer.

Permitir el cara a cara entre un médico y sus pacientes, lo que antes era lo normal, se había convertido en
algo inalcanzable.
Avisamos a las autoridades sanitarias de que teníamos problemas con las líneas telefónicas, muy escasas
para la gran cantidad de llamadas entrantes y salientes
del centro de salud, convertidas ahora en eje asistencial. Hasta el mes de noviembre no se han aumentado
en mi centro con nuevos terminales. Usábamos nuestros propios teléfonos para no colapsar las líneas de
entrada. Pedimos ayuda y refuerzo de profesionales
(residentes que habían finalizado, contratos estables).
No llegó nada y la necesidad de tener vacaciones para
descansar era importante. El verano fue una pesadilla.
Desde mediados de julio, la «segunda ola» comenzó
en forma de marea alta, cada vez más casos nuevos,
sin rastreadores, sin refuerzo. Cada vez más hasta
llegar a finales de septiembre, con Madrid en la más
alta incidencia nacional. El verano, la «nueva normalidad», el «hay que fomentar la actividad económica»,
las fiestas, los desplazamientos masivos, nos volvieron a meter en la vorágine que seguimos viviendo.
Los centros de salud trabajan al máximo ritmo, y
cada vez se atienden más pacientes «presenciales».
No hay duda de que la comunicación cara a cara es
mejor, pero también es cierto que la consulta telefónica agiliza y facilita acciones que antes provocaban
un desplazamiento innecesario al centro: información
de resultados normales, comentarios sobre evolución
de patología sin riesgo, acciones burocráticas… Hay
pros y contras, pero creo que se está encontrando un
equilibrio que no perjudica a la población ni a los profesionales.
Mientras la incidencia de la enfermedad siga siendo tan alta, debemos seguir con este modelo que busca reducir la interacción de numerosas personas en espacios reducidos compartidos entre enfermos y sanos,
posibles o COVID confirmados, niños y ancianos.
Esto hay gente que no lo reconoce, pero es inevitable
que sea así.
Los pacientes de COVID se diagnostican rápida-

Todos compartíamos un entorno muy infeccioso,
y por supuesto lleno de aerosoles contaminados.
Siempre había sido así, pero nadie se
planteaba los contagios de los numerosos virus
respiratorios

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Imagen de Francisco Àvia_Hospital Clínic en Flickr: www.flickr.com/photos/hospitalclinic/albums/72157713528815433

mente gracias al acceso ilimitado a pruebas diagnósticas, algo en lo que hemos avanzado enormemente.
En primavera solo conocíamos los casos graves, ahora vemos la enorme variabilidad de daño del virus.
Desde el asintomático al leve, moderado, severo, a la
muerte. Un virus capaz de tal espectro de incidencias
e imprevisible en sus manifestaciones, salvo en lo tocante a la edad y las enfermedades de riesgo, es una
terrible amenaza. Y sigo atendiendo pacientes que no
eran de alto riesgo y acaban en la UCI, así como a
ancianos que sobreviven sin secuelas, como es el caso
de un paciente mío de 93 años.
En cada paciente, sobre todo si está claramente

afectado, me reconozco a mí mismo. El otro día, revisando las radiografías de un paciente mío ingresado
en la UCI, reconocía mis propias radiografías y pensé
en lo afortunado que fui.
Nos queda bastante por ver, sufrir y aprender.
Como sociedad, como individuos y como profesionales. Reconozco una gran excitación intelectual ante
esta enfermedad y sus consecuencias. Conocer, entender, comprender y aplicar es el reto para los que amamos el pensamiento crítico, y este tiempo está lleno
de nuevos retos.
1 https://www.vozpopuli.com/altavoz/next/Covid-19-relatomedico-propia-expe...

Los muertos por «exceso de mortalidad» de
otras patologías no directamente relacionadas
con la COVID-19 son de los más olvidados de la
pandemia. Son una estadística mal definida
en un conjunto trágico

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