Coronavirus, cuando el enemigo está en casa

Sección: 
MONOGRÁFICO COVID-19
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Coronavirus,
cuando el enemigo
está en casa
Andrés Carmona Campo

@acarmonacampo Licenciado en Filosofía y Antropología Social y Cultural. Máster
en Filosofía Práctica. Profesor de Filosofía en un Instituto de Enseñanza Secundaria.
Coautor del libro Profesor de Secundaria, y colaborador en la obra colectiva Elogio del
Cientificismo junto a Mario Bunge et al.
Artículo publicado originalmente el 18/07/2020 en el blog Filosofía en la Red:
https://blogfilosofiaenlared.blogspot.com/2020/07/coronavirus-cuando-el-...

Una aproximación antropológica al fenómeno de la pandemia

L

a pandemia de COVID-19 es un fenómeno
complejo que requiere de la complementariedad de puntos de vista muy distintos: médico,
económico, político, etc., y también antropológico.
Vamos a intentar aproximarnos aquí desde esta perspectiva.
A estas alturas, y aunque todavía (y siempre) nos
faltará mucho por conocer1, ya sabemos bastantes
aspectos importantes sobre el coronavirus y los factores de riesgo en su contagio. Se transmite por las
gotículas que expulsamos al aire al respirar, hablar o
toser, y nos infectamos por contacto directo con ellas
al respirarlas o a través de las manos si nos tocamos
los ojos, nariz o boca.
El contagiarse depende de muchos factores que
pueden elevar o disminuir su probabilidad. Es menor en espacios abiertos que cerrados, porque el aire
dispersa las gotículas, y por la misma razón, en espacios cerrados bien ventilados que mal ventilados.
También es menor por contacto con superficies por la
carga viral: que una superficie tenga coronavirus no
implica que tenga suficiente virus como para provocar
la enfermedad. Otros factores son la distancia (de ahí
los 1,5 m de seguridad), el tiempo de exposición o la
densidad de gente en un espacio. Lo anterior hace que
la probabilidad de contagiarse en la calle o hablando
un rato con alguien sea bastante pequeña. Si añadimos
el uso de mascarillas y el lavado de manos, la probabilidad se reduce mucho más (y más todavía si tenemos
en cuenta la población inmune y la inmunizada).
Sin embargo, sigue habiendo rebrotes. Estos se dan
principalmente en espacios cerrados, con alta denanuario 2020

sidad, mucho tiempo de exposición y en donde no
se guardan medidas de seguridad como la distancia
social, las mascarillas o el lavado de manos. Uno de
estos focos de alto riesgo son los espacios hacinados
donde mal conviven trabajadores explotados como
los temporeros. Ha sido el caso de Huesca2. En parte
pasa también en las residencias de mayores, repletas
de población de riesgo por la edad y la comorbilidad
con otras enfermedades.
Pero otro de estos focos son las reuniones con familiares y amigos alrededor de la comida y la bebida:
bodas, comuniones, bautizos, cumpleaños o meras visitas. Juntarse con familiares y amigos a comer o beber es una actividad de alto riesgo de contagio y propagación del coronavirus (o de otros virus, como el de
la gripe común). Lo es porque, por su propia esencia
y dinámica, estas reuniones son incompatibles con las
medidas de seguridad: distancia de 1,5 m, mascarilla,
etc. Y más si se hacen en espacios cerrados y pequeños (alta densidad). Imagine ir a comer con sus padres
o hermanos sin besos, abrazos, sin tocarse, bajando la
mascarilla solo para ingerir el bocado o sorbo y ponérsela justo después, a 1,5 m unos de otros, lavándose las manos cada dos por tres, etc. Es algo antinatural
(además de incomodísimo). Como antinatural es no
hacer este tipo de reuniones sociales.
Y aquí es donde está el elemento antropológico de
la cuestión. Las reuniones familiares y con amigos,
pese a ser de altísimo riesgo, no son percibidas así ni
se toman las medidas de seguridad proporcionales a
su riesgo. Lo que contrasta con la desproporción en
las medidas de seguridad que tomamos en otras situa41 el escéptico

ciones de riesgo mucho menor. Por ejemplo, somos
capaces de estar mucho tiempo hablando y comiendo
sin mascarilla y cerca de unos parientes en un espacio
cerrado (altísimo riesgo de contagio), pero ponernos
inmediatamente la mascarilla y guardar la distancia
social con un extraño que se nos acerque por la calle y
con el que intercambiemos unas pocas palabras (muy
bajo riesgo). Es algo así como ponerme el cinturón de
seguridad para aparcar el coche y quitármelo cuando
voy a 200 km/h por una carretera secundaria de doble sentido y adelantando en las curvas por el carril
izquierdo.
Esa paradoja tiene que ver con lo que en Antropología se conoce como «Nosotros y Ellos» (mejor: nosotros versus ellos). Es la conciencia, que se remonta
a nuestro pasado paleolítico cazador-recolector, por la
que nuestro grupo de referencia es bueno y seguro,
mientras que los demás, los extraños, los de fuera, son
malos y peligrosos. Esta conciencia explica nuestra
tendencia (o prejuicio) al racismo o la xenofobia, o
simplemente a desconfiar de los desconocidos, pero
también nos sirve para entender cómo resuelve nuestra mente la disonancia cognitiva en la que consiste la
paradoja anterior.
Sabemos que las reuniones con familiares o amigos
son muy peligrosas porque en ellas se juntan todos
los factores objetivos de riesgo. Pero nuestra mente,
simplemente, ignora o minusvalora ese riesgo a la
vez que sobrevalora el riesgo (objetivamente mucho
menor) de contagio con extraños. Se produce así una
(falsa) sensación de seguridad al estar con los «nuestros» que se compensa con otra (falsa) sensación de
inseguridad al estar con los «otros». Esto se acrecienta con el sobresfuerzo que hacemos para protegernos
de un posible (y más improbable) contagio exterior
(mascarilla, guantes, limpiar las suelas de los zapatos…), lo que nos tranquiliza pensando que ya hemos
hecho bastante y que con los «nuestros» podemos relajarnos (pese a que el riesgo de contagio es mayor).
También contribuye la presión social: intente mantener medidas de seguridad en una comida con amigos y cuente cuántos minutos pasan hasta que uno de
ellos le diga: «¿Es que no te vas a quitar la mascari-

lla?» Tiene su lógica (antropológica): nuestra mente
ve normal protegerse de los «otros» pero no de los
«nuestros». Es más, es insultante: una muestra de desconfianza o una forma de tratarlos como sospechosos
o sucios: ¡como si fueran extraños! Haga este experimento: invite a familiares a su casa y establezca y
haga cumplir las medidas de seguridad. Su casa será
un lugar muy seguro… pero recibirá pocas visitas,
¡qué ironía!
Nuestra mente coloca el peligro en el exterior,
en los de fuera, los otros, mientras que se tranquiliza cuando estamos con los «nuestros». Es lo mismo
que le sucede a la mente del racista o el xenófobo:
su mente solo registra (y se escandaliza) ante delitos
cometidos por extranjeros y desatiende los cometidos
por compatriotas (incluso aunque se le muestren los
datos objetivos sobre número de delitos, proporciones y otros datos contextuales y estadísticos sobre la
cuestión).
Compare usted mismo lo que hace al ir a trabajar
y cuando se junta a comer con familiares o amigos.
Medido objetivamente, los factores de riesgo son mayores en esa comida que en el trabajo, pero seguro que
usted toma más precauciones en el trabajo que en esa
comida. Si le pasa algo similar cuando tiene que tratar
con un compatriota que con un extranjero, hágaselo
mirar.
Sucede algo parecido con las violaciones y abusos
sexuales. Objetivamente, según los datos, la gran mayoría se producen en entornos cercanos y por personas conocidas (parientes o amigos). La típica escena
del extraño que viola a alguien por la calle es mucho
menos probable que la de un amigo o pariente. Pero
las medidas de seguridad se hacen pensando más en el
violador extraño que en alguien cercano. Los padres
educan a sus hijas diciéndoles que no vayan solas por
calles desiertas ni oscuras, pero no les advierten de
que tengan cuidado con sus tíos, por ejemplo. Paradójicamente, decirle a la hija que no venga sola por
la calle y que procure que la acompañe un amigo, la
puede estar lanzando dentro de la boca del lobo. Es
curioso, por ejemplo, que entre católicos haya tan
poco miedo a que curas o catequistas violen a sus hi-

Nuestra mente coloca el peligro en el exterior, en
los de fuera, los otros, mientras que se tranquiliza
cuando estamos con los «nuestros». Es lo mismo
que le sucede a la mente del racista o el xenófobo

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Imagen de Gerd Altmann en Pixabay

jos (pese a los datos disponibles3) en contraste con el
miedo a que los viole un extraño o una «manada» de
menas4 inmigrantes y musulmanes (más improbable
comparado con la probabilidad de que lo haga un sacerdote si atendemos al número de abusos cometidos
por unos y otros).
Si seguimos a este ritmo de rebrotes, dentro de
poco se descontrolarán los contagios de nuevo. Otro
confinamiento masivo sería una medida eficaz (tal
como lo demostró el confinamiento pasado). Pero tal
vez sería más eficiente (igual de eficaz pero a menor
coste) prohibir las comidas sociales: cumpleaños, bodas y celebraciones así, incluidas las comidas familiares (especialmente con abuelos). Pero ¿qué gobierno
se atrevería a hacer algo así? Nuestra mente moldeada
durante miles de años en el esquema «Nosotros vs.
ellos» no lo admitiría. ¿Cómo voy a pensar que mi
familia es más peligrosa que los extraños? ¿Cómo va
a ser más peligroso comer en una habitación cerrada
con mis padres durante dos horas que hablar con un
desconocido en la calle durante unos minutos? Al final no quedará otra que el confinamiento masivo, que
no es sino una forma encubierta de matar moscas a

cañonazos: prohibir los focos de más riesgo (como las
comidas familiares) prohibiendo todo tipo de contacto independientemente de su riesgo (y de las consecuencias económicas). Otra paradoja: nos es más fácil
no hacer esas reuniones familiares de alto riesgo si
nos confinan a cada uno en nuestra casa que si simplemente nos prohibieran hacerlas permitiéndonos lo
demás.
¡Ojo!, no estoy pidiendo la prohibición de comidas
familiares o entre amigos. Aunque solo sea porque no
se cumpliría. Pero es que somos humanos y nuestra
mente funciona así. Si fuésemos robots, seguramente
haríamos las cosas de otra manera. ¿Acaso cree que
los sanitarios que han sufrido en primera línea no hacen lo mismo que usted cuando visitan a sus padres,
hermanos o amigos? También son humanos.
Por otra parte, acabar con el coronavirus es urgente,
pero la vida social y familiar también es importante,
y ambos objetivos debemos ponderarlos y asumir los
riesgos de tal ponderación. Sin comidas familiares tal
vez estuviéramos más seguros, pero, ¿queremos vivir
así (aunque solo sea hasta que haya vacuna)?
No obstante, tampoco estaría de más pensar que,
cuando se nos pide responsabilidad individual, no
solo se refiere a medidas ante extraños sino también
(y sobre todo) hacia conocidos y familiares, por contraintuitivo que nos parezca.
Mientras tanto, siempre podemos consolarnos comiendo y bebiendo sin mascarilla ni distancia de seguridad en una habitación cerrada, mientras despotricamos de los chavales que hacen botellón al aire libre
y que, por supuesto, son los «verdaderos» culpables
de los rebrotes. Especialmente los hijos de los demás,
por supuesto. Ah, y los inmigrantes, claro.
1. https://blogfilosofiaenlared.blogspot.com/2020/05/y-sifernando-simon-san...
2. https://elpais.com/sociedad/2020-06-23/el-brote-entre-temporeros-de-arag...
3. https://elpais.com/sociedad/2019/02/18/actualidad/1550503933_869630.html
4. https://www.europapress.es/epsocial/migracion/noticiaincorrecto-decir-70...

Siempre podemos consolarnos comiendo
y bebiendo sin mascarilla ni distancia de
seguridad en una habitación cerrada, mientras
despotricamos de los chavales que hacen botellón
al aire libre

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