DE CHUPACABRAS A MAPINGUARÍ

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ANUARIO 2018
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De Chupacabras

a Mapinguarí

Fernando J. Soto Roland
Profesor en Historia por la Fac. de Humanidades, UNMdP (Argentina)
Existen aún animales a los que se supone de la época jurásica,
monstruos que derribarían y devorarían a los más feroces y grandes
de nuestros mamíferos. (…) ¿Que cómo lo sé?, me preguntan ustedes.
Lo sé porque yo he visitado sus ocultas guaridas. Lo sé porque he visto
algunos de esos animales con mis propios ojos.
Arthur Conan Doyle
El Mundo Perdido

Conversaciones con un criptozoólogo
Introducción
A mediados del mes de julio de 2018 tuve la suerte
de concretar un encuentro que venía posponiendo ―
por un motivo u otro― desde hacía más de siete años.
Finalmente, y gracias a la magia de Facebook, la cita
con Luis Jorge Salinas y su hermano Sergio se convirtió en una realidad concreta, pudiendo así acceder, de
manera directa y sin intermediarios, a unos de los relatos más extraordinarios en la historia reciente de la
tan cuestionada criptozoología. Una historia que nos
habla de monstruos supuestamente extintos hace más
de 10 000 años, pero que numerosos testigos juran
y perjuran haberlos visto deambular hoy día por las
selvas de la Amazonía brasileña. Luis Salinas es uno
de ellos. Pero a diferencia del resto, este marplatense
aventurero, amable y generoso asegura haber sido testigo no de uno, sino de una manada entera de dichos
monstruos, a lo largo de veinte noches consecutivas,
hacia mediados de la década de 1980. Toda esta asombrosa experiencia está plasmada en un libro que Luis
y Sergio Salinas escribieron y publicaron digitalmente recién en 20101 (y que gentilmente me enviaron
por mail un año más tarde). Desde la portada misma,
el escéptico 50

advertían a los posibles escépticos de que los eventos
allí relatados no eran producto de la ficción literaria,
la exageración o la mentira:
Doy mi palabra de honor que todos los acontecimientos que se evidenciarán en este libro son reales.
Claro que el monstruo en cuestión resultó ser un
viejo conocido: el mapinguarí. Ya había escrito algo
sobre él a poco de regresar de la expedición que me
llevara al Perú a fines del siglo pasado2; y si bien el
diario La Capital de Mar del Plata se retrasó un buen
tiempo en publicar mi artículo ―redactado aproximadamente hacia fines de 1999―, la «noticia de la bestia» me era familiar3.
Al releerlo hoy, después de casi 20 años, solo suscribiría una parte de aquellas páginas. La verdad es
que ya no me veo reflejado en esas líneas. Hay en ellas
más deseos que realidades. Más fantasía que hechos
concretos. Y cuando me pregunto por qué escribí sobre ese tema del modo en que lo hice, no puedo más
que contextualizar ese lejano acto y encontrar solo una
causa: la influencia de la inmensidad de la selva sudamericana. Ese Infierno Verde del que habló el desaparecido explorador Percy Harrison Fawcett, y que me
Anuario 2018

Artículo del autor en el diario La Capital de Mar del Plata (4-2-2001)

acogiera en su seno por espacio de casi un mes.
Pero no nos dispersemos. La verdad sea dicha, no
tenía idea de la existencia de criptozoólogos en nuestro país y mucho menos de que alguien se dedicara
a investigar la leyenda del mapinguarí tan cerca de
casa. Leí con ansiedad las 80 páginas del escrito y
noté que estaba ante una crónica que superaba con
creces las experiencias narradas anteriormente por
David Oren. Contrariamente a este ornitólogo yanqui
(que siempre habló por boca de terceros), Luis Jorge Salinas daba su testimonio en primera persona. De
partida, no encuentro ningún motivo que lo llevara a
mentir deliberadamente, lo que no significa que esté
convencido de que la bestia en cuestión haya sido el
animal que él sugiere.
Su historia es fascinante. Por esa razón, y a fin de
tener una composición de lugar lo más completa posible, la comentaré en estas páginas, basándome en
la charla que tuve personalmente con Luis y las vicisitudes expuestas en su interesante libro. La cordial
conversación que mantuve con él hace solo unos días
fue, como convenimos de entrada, «a calzón quitado». Cada uno sabía desde dónde hablaba el otro (amAnuario 2018

bos conocíamos nuestras posturas) y si bien en ningún
momento nos propusimos modificar nuestros tan disímiles pareceres, su seguridad me impactó. Una cosa
es leerlo y otra muy distinta compartir unos mates y
charlar mirándonos a los ojos. Conozco a los chantas.
He pasado meses enteros en Capilla del Monte conversando con personas que dicen tener contactos con
alienígenas o poseer poderes especiales. Por eso de
algo estoy seguro: Luis no miente. No tiene (ni tuvo)
por qué hacerlo. Es un hombre honesto consigo mismo. Un hombre que tuvo una experiencia anómala,
totalmente fuera de lo común, que le marcó la vida.
Solo por eso tiene mi más profundo respeto.
El problema ―si así podemos llamarlo― es que
partimos de posturas epistemológicas diferentes. Mi
escepticismo y formación me impiden sostener una
conclusión tan rotunda y «revolucionaria» como la
suya, apoyándome únicamente en su testimonio o en
el de tantos otros. Puede que suene antipático, pero así
funciona el conocimiento científico. Incluso la técnica de la historia oral requiere de pruebas concretas.
No bastan los dichos o las experiencias personales,
por más vívidas que estas hayan sido. La cuestión,
en estos casos, no es creer, sino probar que lo que se
cree haber visto es real. En un juicio por jurado, no
creo que su postura saliera ganadora. Al menos por
ahora. Como él mismo me dijo: «No tengo pruebas
de nada». Claro que eso no impide que en el futuro alguien encuentre al tan mentado y elusivo perezoso gigante (ojalá sea Luis) y, en ese caso, yo sería
el primero en reconocer mis errores. Hasta tanto eso
ocurra, hay muy poco de donde agarrarse firmemente.
Nadie puede probar que algo no existe. La carga de
la prueba es responsabilidad de quien afirma respecto
de la existencia de algo (ovnis, marcianos, fantasmas,
monstruos); y me consta que Salinas le dedica al tema
mucho tiempo.
Así todo, como historiador abocado al estudio del
imaginario, la leyenda del mapinguarí es por demás
rica, interesante y digna de ser estudiada. El aporte
que Luis Salinas me dio en su convencida exposición
hizo que me desayunara con muchas variantes que
desconocía; y que me permitirán escribir un estado de
la cuestión sobre la búsqueda e historias derivadas de
tan elusiva criatura.
Locuras de juventud
Hay viajes que marcan un antes y un después en
nuestras vidas. Viajes iniciáticos de los que regresamos siendo otros y que muchas veces determinan lo
que haremos durante el resto del camino. Sin duda, el
que Luis emprendió a mediados de la década de los
ochenta fue uno de esos.
Con solo 24 años de edad y un evidente espíritu de
51 el escéptico

aventura a cuestas, 1985 sorprendió a Salinas viajando y trabajando por Brasil; empleado temporalmente
en una granja dedicada a la cría de gallinas, 38 kilómetros al sur de la ciudad Manaos, sobre la ruta amazónica AM-10. Y fue allí, en ese paraje exótico para
un marplatense acostumbrado a las inmensidades del
mar, donde sin proponérselo entró en contacto con lo
extraño; con una leyenda que desconocía y que terminó ―según me comentara― quitándole el manto
de escepticismo que había cargado desde siempre.
Cuenta Luis que al anochecer, cuando las tareas
diarias se relajaban y los empleados de la granja compartían los últimos momentos de esparcimiento del
día, podían escucharse ―especialmente en las noches sin luna― unos aullidos estremecedores, provenientes de la selva vecina y que los locales atribuían ―contrariando la leyenda clásica― al lobisón,
u hombre lobo (lobisomem, en portugués).
Curioso por naturaleza, Luis decidió ―no sin cierto sarcasmo― esperar al personaje a la vera del camino por el que creían oírlo. Armado con un rifle que
le habían dado para que matara los gatos salvajes que
atacaban a los pollos, se agazapó, completamente a
oscuras, a un costado del camino que pasaba por delante del portón de entrada a la granja y esperó. Fue
así que vio a la criatura por primera vez.
Al principio oyó los mentados aullidos y algo que
se le acercaba. Suponiendo que era algún bromista,
esperó tenerlo cerca, disparar al aire y ahuyentarlo.
Pero lo que se le puso por delante, a solo ocho metros de distancia, fue algo totalmente inesperado: una
silueta semejante a la de un gorila que caminaba, balanceándose de un lado a otro, en clara posición bípeda. Tenía 1,70 metros de altura, cabeza pequeña en
relación con el cuerpo, hocico corto y ojos brillantes.
Sus enormes brazos colgaban por delante, con grandes garras, y sus patas traseras, cortas y anchas, lo
mantenían erguido. El cuello parecía delgado e inclinado hacia adelante, mostrando una joroba en la

espalda y todo el cuerpo cubierto de pelaje que, por
la oscuridad, percibió de color negro, excepto en el
pecho que le pareció lampiño. Lo definió como un
gorila con cabeza de perro.
Cuenta que, sin más, decidió dispararle. El animal
recibió el impacto de frente y cayó al suelo, pero a
poco de hacerlo, se volvió a reincorporar de espaldas
a Luis, con la cabeza «colgándole como un colgajo»
y sus patas delanteras apuntando hacia arriba. Segundos después, a cuatro patas, salió corriendo hacia
las sombras, chocándose contra varios árboles en su
huida, como si estuviera ciego. Sorprendido, Salinas
dice que lo oyó trotar y, tras un corto galope, escuchó
cómo se desplomaba en algún sitio.
Dada la situación, no se animó a buscar el cuerpo y
regresó junto a sus compañeros de trabajo que, desde
lejos, dijeron haber atisbado ―a poco menos de una
cuadra de distancia― una silueta oscura.
Excitados por la experiencia, y sin dejar de referirse al lobisón, permanecieron hablando sobre el tema
un par de horas. Finalmente, cuando el cansancio los
alcanzó, se fueron a dormir. Pero aquella noche tenía
aún más por ofrecer.
Transcurridas unas tres horas de los hechos, un
nuevo aullido, esta vez más poderoso que el primero,
resonó en las inmediaciones. Luis saltó de la cama,
tomó el rifle y se asomó para ver qué ocurría. Una
nueva silueta, esta vez de unos tres metros de altura, parada sobre sus dos patas y rugiendo a más no
poder, parecía amenazarlo desde el alambrado de la
entrada a la granja. Pasados unos pocos minutos, el
animal se retiró del lugar4.
A partir de entonces, todas las tardes después de
oscurecer, me sentaba a mirar hacia la ruta en plena
oscuridad y realmente las sombras grandes continuaban pasado, pero ya sin aullido ni ruido alguno (…)
De acuerdo con su relato, Salinas tuvo tiempo suficiente (veinte noches) para reconvertirse y pasar de
cazador a etólogo. Sus observaciones le permitieron

Hay viajes que marcan un antes y un después en nuestras
vidas. Viajes iniciáticos de los que regresamos siendo otros
y que muchas veces determinan lo que haremos durante el
resto del camino.

el escéptico 52

Anuario 2018

Florentino Ameghino, en su depósito arqueológico, hacia 1902. Foto: Archivo General de la Nación Argentina.

recolectar una información preciosa respecto de las características físicas del animal y su comportamiento.
En la primera edición del libro, resume las siguientes
(amén de las señaladas arriba):
 Se comunican entre ellos gesticulando y vocalizado, estirando la cabeza hacia arriba y emitiendo lo
que se parece mucho al croar de los sapos.
 Sus aullidos, cuando los emiten terminan como
en un eructo.
 Olfatean como lo hacen los perros rastreadores.
 La hembras (a las que supongo identificó por la
falta de un pene, aunque no lo señala explícitamente)
son más pequeñas de los machos y las encargadas de
alcanzarles el alimento a las crías.
 Les gusta comer hojas de los árboles de mango.
 No evidencian miedo alguno a los seres humanos.
 Son extremadamente elusivos.
 Se trasladaban por el medio de la ruta AM-10
(que por entonces ―1985― permanecía la mayor parte del tiempo sin circulación).
 No eran agresivos, no atacaban a los pobladores.
Una interpretación pleistocénica
Frente a este extraño panorama, y sin poder definir o
catalogar certeramente a semejantes criaturas, Salinas
se limitó a llamarlas especie desconocida; no asociánAnuario 2018

dolas sino hasta mucho más tarde con el mapinguarí.
Pero, ¿en qué momento el marplatense tomó por el
camino que siguiera Florentino Ameghino, casi un siglo atrás5?
Con fecha 20 de agosto de 1993, la revista Goeldiana Zoologia publicó en su fascículo 19 un singular
artículo, escrito por un desconocido ornitólogo estadounidense llamado David C. Oren, titulado «¿Los
perezosos terrestres sobrevivieron a tiempos recientes
en la región amazónica?»6. Oren, por aquellos días
destacado en el Departamento de Zoología del Museo
Paraense Emilio Goeldi ―en Belém, Estado de Pará,
Brasil―, lanzó una verdadera bomba al sugerir que el
mapinguarí ―un monstruo mitológico presente en el
imaginario de los aborígenes amazónicos desde hacía
siglos― no era otra cosa que un residual perezoso terrestre de regular tamaño, considerado extinto desde
fines del Pleistoceno.
Que una persona con formación científica, hasta
ese momento inscripto dentro de la ortodoxia, lanzara semejante afirmación (tanto por escrito como por
televisión) tuvo sus costos. Demasiados caros, según
se deja entrever en su artículo de la revista Edentata
del año 20017. La credibilidad de Oren decayó en la
misma proporción en que aumentó su desprestigio; y
nada pudo hacer para revertir el proceso. Incluso la
ilustración que decoró la tapa de la revista Edentata
53 el escéptico

(única dedicada al estudio especializado de osos hormigueros, perezosos y armadillos) denota una cierta
actitud irónica por parte de los editores.
Pero, ¿cómo se metió Oren en semejante berenjenal? ¿Qué fue concretamente lo que dijo? ¿Qué pruebas aportó?
Tradicionalmente, los habitantes de la Amazonía
hablaban de un monstruo terrible que habitaba en el
interior de la selva. Lo llamaban mapinguarí y era
descrito como una criatura bípeda, con los pies vueltos hacia atrás, cubierto de pelo color rojizo y capaz
de emitir un alarido (rugido o aullido, según el caso)
que helaba la sangre. Pero eso no era todo. La leyenda
también contaba que tenía un solo ojo en la frente,
a modo de cíclope, y grandes garras en sus manos,
amén de ser resistente a las flechas, poseer una segunda boca en el abdomen y la capacidad de emitir un
fuerte y nauseabundo olor, que utilizaba para atontar
o ahuyentar a sus enemigos, como hacen los zorrinos.
Sus hábitos eran nocturnos y su mayor capacidad, la
elusividad8.
Este bicho tan difícil de encontrar es uno de los
tantos ejemplos de la fauna fantástica del aborigen
amazónico, muy productivo a la hora de idear seres
con capacidades sobrenaturales (propias de la cosmovisión mágico-religiosa- animista que los identifica)
y útil, según dice el propio Oren, a la hora de asustar
a los niños, evitando que vaguen por el bosque. Un
Cuco selvático, pedagógico y temido. Pero nadie antes de Oren había asociado al mapinguarí con el perezoso terrestre gigante.
Con la seguridad de estar frente a un milodón que
vivía en la selva, Oren se lanzó en su búsqueda. Metió unas cuantas imágenes publicadas en libros de paleontología en una carpeta y salió a recorrer distintas
comunidades indígenas, mostrándoselas y averiguando si habían visto al animal de los dibujos. Como era
de esperar, «cada testigo que he entrevistado ha dado
descripciones muy similares (a ellos)»9.
Sensibilizado por su creencia, David Oren es el
portador de un estereotipo que quiere hallar a toda

costa en el relato de los demás; y es así como los
contamina con su juicio previo, encontrando lo que
quiere encontrar; identificando los rasgos comunes de
su criatura en todos los dichos. Oren pone el pensamiento al servicio del deseo10, proyectando eventos
extremadamente poco probables en términos creíbles,
sosteniendo todo el andamiaje en dichos imposibles
de constatar.
En su artículo de 2001, Oren se limitó a repetir
algunas de sus ideas previas y agregar siete nuevos
testimonios, esta vez relacionados con supuestas cacerías exitosas practicadas en distintos estados amazónicos de Brasil. Pero todas resultan imprecisas. De
todos modos ―a partir de estos y otros testigos― el
ornitólogo reajustó el modo de caracterizar al mapinguarí, señalándolo como un animal veloz, y algo más
chico de como lo imaginara al principio: a lo sumo
de dos metros de altura en posición bípeda (amén de
todos los rasgos antes señalados). Es que estudios paleontológicos realizados en el Caribe ―Cuba y Puerto Rico― en 1997 establecían una alta probabilidad
de que un perezoso terrestre «relativamente pequeño
y semi-arborícola», hubiera evolucionado allí en épocas pleistocénicas.
En resumidas cuentas, David Oren seguía sin tener nada entre sus manos. El mapinguarí se le escurría una vez más. Tal vez por eso acudió al principio
de autoridad ―siempre bienvenido en estas lides― y
citara como crédulo antecesor a don Florentino Ameghino y su amigo Ramón Lista11.
Según consigna en su libro Salinas ―escrito en
2010, 25 años después de los eventos― recién en
2003, tras la lectura de los artículos de David Oren
empezó a relacionar su ignota especie con el legendario mapinguarí del Amazonas y, por ende, con los
perezosos terrestres gigantes12.
Muchos recuerdos, ninguna prueba
Según observo, recién entonces la historia empezó
a cobrar importancia, y de simple anécdota viajera se
convirtió en el privilegiado testimonio de un aparente

Tradicionalmente, los habitantes de la Amazonía hablaban
de un monstruo terrible que habitaba en el interior de la selva. Lo llamaban mapinguarí.

el escéptico 54

Anuario 2018

El sucarato, bestia imaginaria de la Patagonia, en un grabado de André Thevet (1558)

evento criptozoológico, como también en una cruzada
personal para el autor. ¿De qué pruebas dispuso Salinas a la hora de escribir sobre su experiencia?
Físicas, ninguna. No hay fotos (ni una sola a pesar
del largo período de observación), no hay dibujos de
la época (el retrato hablado del monstruo se hizo recién en 2010/2011), no hay testimonios de otros testigos (sus compañeros de la granja) que hayan visto con
tanto detalle las bestias y, obviamente, tampoco hay
restos óseos o de algún otro tipo. Entonces, ¿cómo
avalar todo lo que hemos leído? ¿En qué se apoya el
relato? El propio Salinas lo explicita: «Solo lo que yo
guardo [guardaba hacia 2010] en la memoria»13.
Es aquí donde encuentro uno de los puntos más
flacos de todo el asunto: la extrema confianza en los
recuerdos de hechos acaecidos 25 años atrás. Está
probado que la memoria es selectiva. Que recrea los
recuerdos. Que estos cambian según las circunstancias y contextos en que se las rememora; y que detalles determinantes de la historia se quitan y se agregan
inconscientemente, sin una clara voluntad de mentir.
Somos fabricantes, a la postre, de falsos recuerdos.
Nos pasa a todos. De ahí mi pregunta: ¿hasta qué punto lo rememorado por Salinas no se amoldó a lo que
leyó en los artículos de David Oren? ¿Qué seguridad
podemos tener de que su testimonio (honesto, por
cierto), pero después de dos décadas y media, refleje
Anuario 2018

la verdad tal y como él la cuenta?
Que vio algo extraño, de eso no hay dudas. Pero,
¿realmente se ajusta tanto a las descripciones de dio
Oren? ¿Acaso no se está reproduciendo lo que creemos sucedió con los aborígenes cuando el ornitólogo
Oren los entrevistó años atrás mostrándoles dibujos
de bestias pleistocénicas? Es solo una posibilidad, con
la que Salinas, seguramente, estará en desacuerdo.
Pero yo también soy honesto intelectualmente y no
puedo dejar de plantearla.
Por fortuna, Luis volvió a escribir al respecto. En
2012 ―a dos años de la primera edición de su libro―
publicó un breve artículo en el que se evidencia una
clara reelaboración de la idea inicial14. En él se plantean algunos aspectos que, en principio, no encontramos en sus primeros dichos. Estamos, pues, ante una
hipótesis ―por probar― que, no por ser en extremo
original, nos resulte fácilmente aceptable.
Una de las primeras cosas que me llamó la atención fue la intención que el autor expuso a la hora de
mover su pluma: esclarecer, entender y ―por sobre
todas las cosas― alertar a las autoridades y ciudadanos, en especial a niños y jóvenes, respecto de animales desconocidos, nocturnos, con grandes garras y
una defensa química (fuerte olor pestilente), tan o más
peligrosos que los grandes felinos. Debo confesar que
metía miedo. Pero, ¿se estaba refiriendo al mismo ani55 el escéptico

mal «no agresivo» de 1985, con el que había compartido el mismo espacio, a escasos metros de distancia y
en plena oscuridad?
Inquietaba. Máxime si se tiene en cuenta la indiferencia con que fuera recibida su hipótesis por parte de
autoridades, instituciones y órganos científicos. Todos
―según Salinas― habían hecho oídos sordos a sus
consejos. Una vez más, la ciencia parecía conspirar
contra el bienestar general, desatendiendo opiniones
heterodoxas y dejando los dichos de Luis al mismo
nivel de los cuentos que las madres de la Amazonía
relatan a sus hijos con el fin de evitar que se metan en
el bosque. El Cuco reaparecía, pero esta vez asociado
a mutilaciones de ganado y ataques a seres humanos,
desde Tierra del Fuego a Estados Unidos.
Salinas había dado un gran salto, pero con solo
pruebas circunstanciales difícilmente lo iban a tomar
en serio. Según su nuevo parecer, el lejano mapinguarí amazónico había extendido su área de influencia a
tal punto que muchos de los rumores referidos a seres
del folclore ―publicitados cada tanto en periódicos
locales y revistas sensacionalistas, noticias extrañas
y relatos de fogón― aludían a la misma bestia: un
megaterio de talla mediana, posiblemente ―según
Luis― un Megalonix wheatleyi (o uno muy similar);
aunque sin descartar que otros megaterios de diferentes contexturas pudieran también ser los responsables
de los sangrientos ataques. Escribe:
Hay que entender a los testigos casuales, sus reacciones ante lo desconocido y la asociación, por así
decirlo, que hizo en su mente, en un instante inesperado. Para entender las apreciaciones testimoniales
hay que tratar de saber cómo define cada observador
a una especie animal desconocida, bajo presión, distancia, ángulo e iluminación y qué información mítica o periodística asoció en ese instante en su mente,
de los cuales puedo ofrecerles varios ejemplos15.
Acto seguido despliega un larguísimo listado de
críptidos y criaturas folclóricas que vincula con su
aparentemente violento Megalonix:
Humanoides, lobisón, chupacabras, hombre-lobo,

Recreación de un megaterio (Wikimedia)

perro-grande, mono-grande, chancho-perro, shulliachaque, diablo, mulánima, comecabras, más 20 denominaciones regionales en distintos países de habla
hispana. Lobisomen, paca-lobo, cape-lobo, homenlobo, Mapinguarí, curupira, mula-sem-cabeca, boyde-ouro, chupa-chupa, pé-de-garrafa y otras 10 en
lenguas nativas o regionales de Brasil; (…) luisó/
luisón, más 3 definiciones legendarias en lengua guaránpi; y swampy-beast, skunk-ape, wolf-man, dogman, fouke-monster, Jonesville monster, wendigo, bo-

Una vez más, la ciencia parecía conspirar contra el bienestar general, desatendiendo opiniones heterodoxas.

el escéptico 56

Anuario 2018

Caricatura de un mapinguarí (Paulo Magno, behance.net)

Portada de la revista Edentata, dedicada al «descubrimiento» del mapinguarí

ggy creek, etc, en EE.UU. y Canadá)16.
Pero este fructuoso listado de seres extraños estaba
incompleto. En julio de 2018, Luis Jorge Salinas me
dijo personalmente que detrás de las barrocas historias
del Hombre-Gato17 de Brandsen (provincia de Buenos
Aires) y de los aterrorizantes sucesos protagonizados
por el Payaso Asustador18 se asomaban las garras de
un depredador pleistocénico que se creía ―erróneamente― extinto desde hacía miles de años.
En pocas palabras, los avistamientos registrados a
lo largo y ancho de América, así como la mayoría de
los animales mutilados ―que cada tanto los periódicos publicitan con bombos y platillos (voladores, incluso) relacionándolos con el chupacabras― tenían a
un único responsable: un elusivo mamífero de la extinta megafauna americana, perfectamente adaptado a
los tiempos que corren y con una capacidad extraordinaria de supervivencia. Un peligroso e inteligente
depredador, cuyo aspecto, según Salinas, se resume
en 2,30 metros de altura en posición bípeda, 500 kilos
de peso, un aullido aterrador y la capacidad de atontar
e inmovilizar a sus víctimas haciendo uso de una toxina, cuyo olor es parecido a una mezcla de amoníaco y

azufre (lo impediría que otros animales se acerquen a
las presas muertas/mutiladas)19.
Pero, ¿dónde están las pruebas que demuestren todo
esto? Salinas es consciente de que no las tiene y que,
sin ellas, es imposible probar su hipótesis. Así y todo,
guarda la esperanza de poder encontrar ese bendito
Santo Grial de la «zoología». Bueno sería ―incluso
para un escéptico como yo― conseguir, como antaño,
un pedazo de piel fresca, un hueso o una muestra de
sangre. Algo que, análisis de ADN de por medio, permita zanjar la cuestión de una vez por todas20.
Por el momento, los defensores de la bestia tienen
que conformarse únicamente con testimonios que
―como ya apuntamos y no nos cansaremos de repetir― no constituyen prueba de nada. No al menos en
el campo de la ciencia. Esta exige la presencia de un
holotipo21, no de rumores.
Convengamos algo: el universo de la criptozoología se mueve en un terreno complicado y resbaladizo. Es sencillo darse un patinazo y quedar mal parado
para siempre. El sacrificio de años de estudio no puede
tirarse por la borda persiguiendo una meta romántica,
por más emocionante que esta sea. Ni llamar ciencia a

Anuario 2018

57 el escéptico

lo que no lo es. En caso contrario estaríamos construyendo bestiarios más parecidos a los medievales que
a los catálogos científicos de la zoología. Y esto no
significa tener una mente estrecha, sino manejarse con
prudencia y seriedad. Así es como el conocimiento
científico ha construido el edificio que hoy nos cobija.
Dudando, cuestionando, elevando al máximo el sentido crítico, sin dejarse llevar por las esperanzas del
público en descubrir mundos perdidos o por el sensacionalismo periodístico que condiciona, como ningún
otro factor, las creencias contemporáneas.
Los testimonios no bastan. Una disciplina que busca la verdad no puede apoyarse en la confianza que el
investigador pueda tener de un testigo, por más calificado que este pueda resultarle (todos podemos fallar,
equivocarnos o mentir). Un relato, dos relatos, mil relatos, no revelan la verdad ni tienen valor probatorio.
La percepción es muy influenciable, distorsionadora
y selectiva. Las pareidolias están al pie y al orden con
cada paso que damos; especialmente a la hora de analizar las fotografías de supuestos monstruos (siempre
nebulosas, movidas, fuera de foco). Manchas inconexas que, guiadas por la imaginación, se transforman
en aquello que se quiere ver22.
A pesar de todo lo dicho, creo que la «hipótesis del
Megalonix» es una solución especulativa mucho más
digna y menos diabólica (como diría Umberto Eco)
que aquellas que atribuyen a los animales mutilados un
origen extraterrestre o paranormal. Como lectura diferente, es bueno tenerla en cuenta. «Acá no hay marcianos ni seres interdimensionales ―me dijo Luis―. Lo
que tenemos es una animal que nadie (o muy pocos)
están decididos a creer que existe». No cabe duda de
su convencimiento. Tampoco de su altruismo. Salinas
pretende ayudar a la comunidad denunciando lo que él
cree es un peligro latente para todos. Tanto es así que
le ha atribuido al «animal» la responsabilidad de numerosas desapariciones y muertes humanas, muchas
de ellas sin resolver hasta la fecha.
La imagen de los actuales perezosos, pequeños, arborícolas, lentos y simpáticos, no debería conformar-

Recreación de un chupacabras

nos ni dejarnos tranquilos. Salinas indica que nuevas
investigaciones paleontológicas prueban ―a partir del
análisis de restos óseos de miles de años― que los Megalonix eran veloces y omnívoros. Comían de todo,
incluso carne. Aunque la cuestión está en debate23.
La dispersión territorial de las distintas especies de
perezosos gigantes, de los que se han encontrado restos antiguos, es enorme. Desde Puerto Rico y Cuba,
México, Perú y Brasil, Argentina y Chile, en América
del Norte, Sudamérica y el Caribe, la paleontología

Por el momento, los defensores de la bestia tienen que
conformarse únicamente con testimonios que no constituyen prueba de nada.

el escéptico 58

Anuario 2018

ha dado con sus huellas por todos lados, indicando un
alto grado de adaptabilidad. Y he ahí, según Salinas,
el gran peligro que corremos. Todo el continente estaría bajo la amenaza de esta enorme bestia, en la que
nadie cree. De ahí la urgencia por probar con material
confiable su supervivencia.
Una garra
―Lo peor de todo es que sabemos que la prueba
está ―me dijo―, pero nadie hace nada al
respecto.
―Pero, ¿qué prueba es esa? ¿En dónde está? ―inquirí.
―Es una garra y la tienen en la provincia de Entre
Ríos.
(…) Un vecino de la zona rural, denunció el sábado [2 de octubre] en la Comisaría de Colonia Elía
que desde hace 20 días observa la presencia de este
ser con características anormales merodeando su vivienda (...) Tendría pelo amarillento de considerable
extensión, uñas tipo garras y deja huellas de pisadas
grandes. (…) Se trataría de una cosa con características muy extrañas ya que caminaba sobre sus patas
traseras como si fuera un hombre (…). El personal
policial, este martes [5 de octubre], se hizo presente
y efectivamente observó varios rastros como pisadas,
pelos de gran tamaño —de entre 6 y 10 centímetros de
largo— e, inclusive, una garra-uña que estaba clavada en el tronco de un árbol...24
En conversación telefónica con Daniel Padilla (primer investigador en llegar a la chacra de los Restaino
y responsable del retrato robot más temprano de la
bestia), este expresó:
Yo la garra no la vi, pero la familia me dijo que
la policía se la había llevado. Después supe, por intermedio de un policía conocido, que la jueza María
Cristina Calveyra ―a cargo de la investigación por
aquellos días― tuvo la garra en su poder, pero que
la tiró a la basura. El caso no era relevante. Estamos
hablando sólo de unas gallinas muertas y al no haber
víctimas (humanas) no le dio importancia y cerró la
causa25.
Seguimos como estábamos.
Palabras finales
Tengo un amigo muy querido, especialista en asuntos «extraños», que siempre me dice: «La verdad no
importa demasiado en este tipo de relatos. Lo más
probable es que nunca la conozcamos. Lo que sí son
valiosas son las historias en sí mismas». Tiene razón.
Son ellas las que ―reales o ficticias― le dan sentido a
la vida. La argumentan. Le proveen un guión digno a
seguir, quitándonos de la monotonía y ofreciendo ―a
veces― un motivo por el que luchar.
Anuario 2018

Escépticos y creyentes estamos embarcados en el
mismo bote. Mantenemos un diálogo de sordos que
se perpetuará hasta tanto aparezca la prueba definitiva
que zanje de una vez por todas la disputa. Aunque, tal
vez, tampoco ocurra en ese hipotético momento. Los
sistemas de creencias son duros de roer. Dogmáticos.
Resistentes al cambio (de un lado y otro de la barca).
Pero necesitamos embanderar la autocrítica. En lo que
a mí respecta, estoy dispuesto a admitir errores y prejuicios (ya lo he hecho antes).
Ojalá que algún día el mapinguarí y otros críptidos puedan ser capturados física o fotográficamente
sin inconvenientes técnicos. Estoy cansado de fotos
movidas y fuera de foco que dan paso a mil interpretaciones distintas. Las pareidolias me saturaron. La
voluntad de creer la agoté en mi adolescencia. Porque
en aquellos días, claro, creía en monstruos.
¿Quién no se sintió atraído por las historias del Yeti
o Nessie? ¿Quién ―con sólo una pizca de espíritu
aventurero― no soñó con emprender una expedición
tras las huellas de Pie Grande o el Mokele Mbembe26?
Yo sí lo hice. Pero pensaba al revés. Creía que un
monstruo era auténtico, mientras no se demostrara lo
59 el escéptico

contrario. Eso me lo enseñó la prensa sensacionalista
y la lumpenliteratura, acrítica y escrita por creyentes
militantes, que por entonces consumía. Por lo demás,
tampoco era (es) lógico argüir, como esa literatura
propugnaba, que todos los asuntos imposibles del pasado hayan sido más tarde posibles. No siempre ocurre eso. Hay imposibles que permanecerán imposibles
por siempre. A menos que condimentemos los cuentos
con una adictiva dosis de ficción y posverdad27.
En mi caso (y no digo que a todos les pase necesariamente lo mismo) la universidad fue la que me
encauzó en el sendero de la Modernidad. En aquellos
claustros dejé el pensamiento mágico. Lo que no significa que haya dejado de interesarme el tema. Basta con mirar hacia atrás para advertir que siempre ha
sido parte de la humanidad. Siempre ha estado, ganando o perdiendo fuerzas según el contexto histórico
y la emergencia de ciertos protagonistas que saben
aprovecharlo.
Nuestra herencia literaria es densa y duradera. No
siempre lo tenemos en cuenta. Somos lo que leímos y
el modo en que leímos. Y resulta dificultoso romper
ese molde con el que le dimos forma a la realidad.
Los juicios previos y las fantasías de escritores como
Arthur Conan Doyle, con sus verosímiles (y no tanto)
mundos perdidos, nos marcaron. La Otredad se nos
coló por cuanto intersticio halló en su camino. Recreó
la mirada. Apuntaló una cosmovisión permisiva a la
fábula y al deseo de seguir creyendo.
Pero lo que algunos miramos con ojos críticos, otros
lo proponen como solución y salida a los problemas
contemporáneos, intentando rescatar para ello la intuición, la magia y las maravillas, en un claro emerger
de neorromanticismo potenciado; muy en boga entre
los que suelen unir criptozoología con parapsicología,
ovnis y misticismo.
No es este el caso que nos ocupó en el presente artículo. La búsqueda que criptozoólogos como Ameghino, Oren y el propio Salinas emprendieron está bien
lejos de las heterodoxas propuestas de ―por ejemplo― John Keel, quien sostenía que los monstruos no

serían más que manifestaciones engañosas y aparentes de alguna clase de «energía unitaria», subyacente
a todos los fenómenos raros. La posible existencia de
un depredador que se cree extinto es mucho más simple, aunque no por ello menos improbable.
El que va en pos de monstruos es muy probable que
crea encontrarlos; y que genere en el camino más problemas que soluciones. Esas que no se encontrarán en
ninguna expedición, sino en el análisis desapasionado
que podamos hacer desde la historia de mentalidades,
la sociología o la antropología cultural. Los monstruos hablan de nosotros mismos. De nuestros contextos históricos. Atentan contra las certezas y abren
un siempre atractivo espacio que rompe con la mirada
desencantada que tenemos de la realidad.
Y eso es lo que ―en cierto sentido― les envidio a
los buscadores del mapinguarí.
Notas:
(Enlaces verificados a septiembre de 2018)
1. Salinas, Luis Jorge y Salinas, Sergio, Amazonas
¿Pleistoceno Park? Un testimonio Real. E-Book, Primera
Edición, Lulu, 2011. http://www.lulu.com/shop/luis-jorgesalinas-and-sergio-abel-salinas/amazo...
2. Véase del autor (1998): Expedición Vilcabamba.
Romanticismo, ciencia y aventura. http://www.lulu.com/shop/
fernando-j-soto-roland/expedici%C3%B3n-vilcabambaromanticismo-ciencia-y-aventura/ebook/product-17479190.html
3. Posteriormente el artículo fue publicado en internet
en septiembre de 2004 con el título «Amazonía, el último
reducto de las leyendas: el mapinguarí»: https://www.
monografias.com/trabajos16/amazoniaultimo-reducto/
amazonia-ultimo-reducto.shtml
4. Ibíd., pp. 11-13
5. Florentino Ameghino (1853-1911), célebre autodidacta y naturalista argentino que creía en la supervivencia de
un milodón (perezoso gigante) del Pleistoceno en la Patagonia, contra la opinión general de los paleontólogos de la
época, que lo consideraban extinto.
6. https://archive.org/stream/Goeldianazoolog19/Goeldianazoolog19_djvu.txt
7. Oren, David (2001) «Does the endangered xenarthran
fauna of Anmazoni include remnant ground sloths?» Edentata, 14, pp. 2-5
8. Véase del autor: «La elusividad como telón de fondo
para una historia de lo extraordinario»:

Todo el continente estaría bajo la amenaza de esta enorme
bestia, en la que nadie cree.

el escéptico 60

Anuario 2018

Megalonyx wheatleyi. Museo de Historia Natural de Nueva York. Foto: Daderot, Wikimedia

https://issuu.com/fernandojorgesotoroland/docs/la_
elusividad_como_tel_n_de_fondo_p
9. Oren (1993), p. 3
10 Agradezco a Alejandro Agostinelli haberme sugerido
este excelente concepto que él utilizó en un extraordinario
trabajo inédito sobre la mitología ufológica de Capilla del
Monte [Capilla del Monte: génesis de un folclore, 1988].
Véase de Allport, G. y Postman, L., «Por qué circulan los
Rumores», en Psicología del Rumor. Disponible en Web:
http://www.luisemiliorecabarren.cl/files/capitulo_I_por_que_
circulan_los_rumores.pdf
11. Ramón Lista (18556-1897), militar y explorador
argentino, responsable de una de las más sanguinarias e
innecesarias matanzas de indios ―onas― en Tierra del
Fuego, hacia 1886.
12. Ibíd., p. 19
13. Ibíd., p. 20
14. Salinas, L.J. (2012) «Lobisón, chupacabras y
mutilaciones de animales. Teoría de los megaterios».
https://megateriosvivos.blogcindario.com/2012/05/00002teoria.html#coment...
15. Ibíd., p. 2
16. Ibíd., p. 2
17. Véase del autor: «Garras, ataques y maullidos:
la leyenda del Hombre-Gato». https://issuu.com/
fernandojorgesotoroland/docs/garras_ataques_y_
maullidos._la_leye
18. Véase del autor: «Carcajadas de terror: la
leyenda del Payaso Asustador». https://es.calameo.com/
books/0054060188d9f06d83b04
19. Salinas, Luis Jorge, «Lobisón, chupacabras y
mutilaciones de animales. Teoría de los megaterios».
https://megateriosvivos.blogcindario.com/2012/05/00002teoria.html#coment... pág.3.
Anuario 2018

20. Hace unos 20 años (no puedo precisar la fecha ni
más datos) pasaron por televisión una expedición en la
que Oren y un científico escéptico se metieron en la selva
buscando al mapinguarí. En tanto que Oren creía encontrar
a cada paso señales de la bestia, el otro las desacreditaba
con la misma velocidad. Las heces recolectadas por Oren
(y a las que había apostado todo en pro de la identificación
final) resultaron ser de un simple y mundano oso hormiguero.
21. Un holotipo es un ejemplar depositado en un organismo competente, ya sea un museo o una universidad, a
disposición de la comunidad científica y que ha superado
una prueba de ADN. Por otra parte, el descubrimiento debe
ser publicado en una revista científica (no en internet ni en
la sección de viajes del diario del domingo) para poder ser
arbitrado según normas de la taxonomía.
22. Para una mirada claramente escéptica de la criptozoología y sus monstruos, véase: Chordá, Carlos, El Yeti y
otros bichos ¡vaya timo!, Ed. Laetoli, Pamplona, 2007.
23. Véase: «Plantas o carne. El debate sobre la dieta
del megaterio». http://www.conicet.gov.ar/plantas-o-carneel-debate-sobre-la-dieta-del-me...
24. Artículo periodístico del jueves 7 de octubre de 2004
(fuente Terra.com) «Extraña aparición de un animal igual
a Bigfoot en Argentina». http://forosmp.com.ar/phpBB3/
viewtopic.php?f=10&t=1098#p14114
25. Conversación con el autor el 14 de agosto de 2018.
Archivo personal
26. https://es.wikipedia.org/wiki/Mok%C3%A8l%C3%A9mb%C3%A8mb%C3%A9
27. Véase: Flichtrentein, Daniel, «Posverdad:
la ciencia y sus demonios», mayo 2017. http://
laverdadyotrasmentiras.com/literatura/posverdad-laciencia-y-sus-demonios/
61 el escéptico

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