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Editorial

N

o, queridos lectores, este no va a ser un número
para dar rienda suelta a la melancolía. Para eso
ya están las coplas de Jorge Manrique, porque
este especial dedicado a Carl Sagan –en el vigésimo aniversario de su muerte– no va a insistir en lo felices que éramos cuando se juntaba toda la familia frente al
televisor a disfrutar de la serie Cosmos, como nos contará
Manuel Toharia en su entrevista.
Y no es que no fuéramos felices con la serie, al contrario. Lo que ocurre es que, con esta vista atrás, descubriremos una serie de cuestiones de lo más constructivo, que
se resumen en que demasiadas veces, tras mucho tiempo y
esfuerzo, creemos que hemos inventado lo que alguien dijo
antes y mejor que nosotros. Y si no, que se lo pregunten
a Félix Ares, quien en su sección «De oca a oca» contará
cómo Carl Sagan le había chafado muchas ideas que él consideraba originales y que se disponía a publicar. Una vez
más, tenemos que volver a aquello de que avanzamos «a
hombros de gigantes».
¿Era Sagan uno de esos gigantes? Quizá, si nos atenemos a sus aportaciones a la ciencia, sin más, sería exagerado, pues no sugirió ninguna teoría realmente revolucionaria, aunque sí realizó aportaciones notables en el campo
de la planetología. Pero habría que decir, por contra, que
fue el hombre de las mil caras. No se presentaba con la
vitola de pensador, ni de filósofo, ni siquiera como intelectual. Era simplemente astrofísico y divulgador; es decir,
un científico que intentaba que todo el mundo conociera y
comprendiera su trabajo.
Sin duda lo consiguió, al menos con bastantes de nosotros: gracias a él y a otros divulgadores de su tiempo –reconozcamos aquí a nuestro Félix Rodríguez de la Fuente– se
despertaron miles de vocaciones entre los jóvenes de entonces, científicos de ahora.
Pero no solo eso: también nos mostró que la ciencia
implica muchas más cosas, sobre todo cuando se vive no
como mera actividad profesional, sino como un modo de
pensar el mundo. En lo político, esto se tradujo en su pacifismo: escribió acerca de los peligros de la guerra nuclear,
de las iniciativas del gobierno Reagan sobre defensa estratégica, e incluso fue detenido en un par de ocasiones en acciones contra el Emplazamiento de Pruebas de Nevada, al
escalar la valla de seguridad en protesta contra los ensayos
nucleares que allí se realizaban. Y en lo social, por todo lo
anterior, y por su amor al buen trabajo en ciencia, fue también una pieza clave en la construcción del escepticismo
moderno, como socio fundador del CSICOP en EE.UU. y
con su manía de exigir pruebas para cualquier afirmación,
aspecto del que nos hablará Alfonso López Borgoñoz en su

invierno 2016/17

trabajo acerca del «equipo de detección de camelos».
Esa actividad escéptica la mantuvo incluso ante una de
las grandes modas de su época: la posibilidad de vida extraterrestre, vista como un moderno folclorismo por buena
parte de la comunidad científica en plena fiebre ovni. Sagan
se lo tomó con interés científico y fue uno de los iniciadores
de la actual astrobiología, aunque su entusiasmo quizá se
desbordó con su iniciativa de los inciertos proyectos SETI,
con los que se pretende detectar vida inteligente fuera de
nuestro planeta. De estos proyectos derivó, no obstante,
un planteamiento de interés: la actividad colaborativa
de millones de usuarios de todo el mundo, que ponen sus
ordenadores al servicio de la causa para el procesado de
la información capturada por el observatorio de Arecibo.
Emilio J. Molina nos hablará de otra de las «ideas locas» de
Sagan que se está intentando hacer realidad a base de micromecenazgo, ahora que la exploración espacial no recibe
la atención presupuestaria de antaño.
Por supuesto, un personaje de tal carisma genera una
iconografía, como nos presenta Luis R. González en su
nueva sección filatélica «Un escéptico en mi buzón», que
alternará con la habitual de temática ovni. La otra sección
de Luis también cambia de nombre: ahora será «Hace 25
años», y no 20, pues el tiempo pasa. En ella se volverá a
mencionar, como hicimos en el último editorial, el problema de la escasa presencia femenina en el escepticismo español.
En el resto del número, y ya fuera también del dossier
sobre Sagan, echaremos un vistazo a un asunto de actualidad: el de la burundanga como droga de anulación de la
voluntad, que parece estar cumpliendo el papel que antaño
cumplieran los filtros de amor, el hombre de los caramelos
o las abducciones alienígenas.
Del otro lado del charco nos llegan tres trabajos: dos
desde la Argentina; Alejandro Borgo nos contará la historia del escepticismo en aquel país, y Fernando J. Soto
nos hablará de unos museos dedicados a la ufología o la
criptozoología desde un punto de vista crédulo. De manera
más académica, desde Brasil, Sergio Menna nos ofrece un
ensayo sobre cuestiones terminológicas acerca del escepticismo, el pensamiento crítico y sus implicaciones.
Y como siempre, la actualidad escéptica en notas breves
del «Primer contacto», las recomendaciones de lectura del
«Sillón escéptico» y las caricaturas de nuestros colaboradores habituales, que esta vez han sucumbido también al
encanto de Carl Sagan. La sección «Mundo escéptico», que
llevaba nuestro querido Sergio López Borgoñoz, va a descansar esta vez, aunque es muy posible que vuelva pronto y
en las mejores manos. Permanezcan atentos.

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