CIENCIA Y ESCEPTICISMO: DUDAR DE TODO O CREER EN TODO: DOS SOLUCIONES IGUALMENTE CÓMODAS QUE NOS DISPENSAN DE PENSAR Y REFLEXIONAR

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Ciencia y escepticismo
Sergio H. Menna
UFS, CNPq, CAPES. Investigador FAPITEC/SE.
Dudar de todo o creer en todo: dos soluciones igualmente
cómodas que nos dispensan de pensar y reflexionar.
Henri Poincaré (1952, p. xxii)

Cuestiones terminológicas
El término escéptico y sus problemas
«El científico», leemos muchas veces, «debe ser escéptico». O también: «el escepticismo es la marca distintiva de
la mente educada» (Dewey, 1930, p. 182), «la ciencia hace
del escepticismo una virtud» (Merton, 1962, p. 547), etc.
Y científicos, pensadores y educadores alertan de que es
más que conveniente que todos, científicos y personas de
la calle en general, adoptemos una actitud escéptica ante el
conocimiento y la realidad.
Científicos, pensadores y educadores entienden perfectamente qué se quiere decir con esa clase de afirmaciones. Básicamente, que debemos dudar antes de aceptar
cualquier afirmación teórica o práctica (el combate entre
ciencia y pseudociencia se libra a cada momento y en todo
lugar). Que debemos investigar antes de someternos a un
tratamiento médico invasivo. Que también debemos preguntar antes de comprar un electrodoméstico o hacer un
viaje: «los humanos tenemos talento para engañarnos a nosotros mismos»; «el escepticismo debe ser un componente
de la caja de herramientas del explorador; en otro caso, nos
perderemos en el camino», decía Carl Sagan (2000, p. 67).
Y, en general, que debemos sospechar y cuestionar en todas
las áreas —ni que hablar en política—. Sin embargo, no

es infrecuente que profesores de diferentes áreas descubran
que, inclusive en la universidad, los alumnos leen esas afirmaciones con un sentido levemente diferente al mencionado —sentido que, en la práctica, resulta ser radicalmente
diferente.
Para la gran mayoría de los alumnos —y, admitámoslo,
para todos, casi siempre— la inmediata e inevitable imagen
que evoca la palabra escéptico es la de ‘aquel que no cree
en nada’, imagen que induce a asociar una actitud escéptica
con una actitud fría, displicente, negativa; hasta nihilista
y destructiva. Y allí está el Diccionario de la Real Academia Española para dar legitimación a aquella primera e
intuitiva falsa imagen: «Escéptico, ca: 1. Que profesa el
escepticismo; 2. Que no cree o afecta no creer». La enorme
cantidad de foros en la red, cuestionando con sorpresa si se
puede conciliar escepticismo y ciencia, es una clara consecuencia directa de esa asociación.
¿Un sinónimo al rescate? El término crítico
Una solución simple puede ser recurrir a otros términos.
Uno usualmente utilizado como sinónimo de escéptico es
crítico (Miguel de Unamuno, por ejemplo y como veremos,
habla de «posición crítica o escéptica»).

Escepticismo, crítica, pensamiento crítico; todos son nombres igualmente apropiados.

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Lamentablemente, la palabra crítico tiene problemas
similares a la palabra escéptico. Aquí, la primera representación que se impone a nuestra mente es la de la ‘persona que descalifica todo’ —lo que al fin y al cabo es una
variante peculiar del escéptico ‘que no cree en nada’—. Y
nuevamente, el Diccionario de la Real Academia Española
certifica esa línea interpretativa: «Crítico, ca: 5. Inclinado
a enjuiciar hechos y conductas generalmente de forma desfavorable».
Existe otra acepción de la palabra crítico, más cercana
a la que nos interesa: la que mantienen expresiones como
crítico de espectáculos o crítico de arte. Cuando consultamos la sección «Críticas de cine» de un diario, lo hacemos
para ver si hay alguna película recomendada, si al crítico
al que frecuentemente leemos y que más o menos coincide con nuestras propias apreciaciones cinematográficas le
pareció de calidad alguno de los estrenos de la semana. Es
decir: consideramos la posibilidad de que un crítico elogie
una película si le parece buena, o la cuestione si eventualmente le parece mala; no tenemos la expectativa de que
necesariamente la descalificará —o la criticará, en la otra
acepción de ese término—, porque esa es la única consecuencia posible de su actitud crítica. El Diccionario de la
Real Academia Española, por supuesto, también registra
esta acepción: «Crítico, ca: 9. Juicio expresado, generalmente de manera pública, sobre un espectáculo, una obra
artística, etc.».

En síntesis: el término crítico no evita las ambigüedades
semánticas del término escéptico. Curiosamente —es válido observar—, la expresión pensamiento crítico consigue
mantener mejor el sentido que intentamos captar. Del mismo modo, sustituir un término por cualquier otro no funciona como solución definitiva, ya que el problema resurgirá
tarde o temprano —las palabras, como bien sabemos, tienen vida propia.
Escepticismo, crítica, pensamiento crítico; todos son
nombres igualmente apropiados. Cuando queremos hablar
de actitudes o procedimientos específicos, lo mejor que
podemos hacer —y es suficiente con eso— es esforzarnos
siempre en aclarar el significado que pretendemos dar al
término que utilicemos. Mencionar sinónimos, alertar sobre los problemas de definición (cuando los hay), hacer comentarios sobre la etimología (cuando son pertinentes) o
enfatizar el contexto de significación en el que un término
es utilizado, son las principales variantes de esa tarea.
Una distinción indispensable: escepticismo radical/
escepticismo moderado
Un pasaje de un texto de Miguel de Unamuno, gran filósofo español, es esclarecedor para el tema que nos ocupa:
“La pereza espiritual huye de la posición crítica o escéptica. Escéptica digo, pero tomando la voz escepticismo
en su sentido etimológico y filosófico, porque escéptico no
quiere decir el que duda, sino el que investiga o rebusca,

El Pensador, de Rodin. (foto: Gabri Solera, www.flickr.com/photos/besosyflores/14031490171/)

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por oposición al que afirma y cree haber hallado” (1967, p.
259; las cursivas son mías)1.
Tiene razón Unamuno cuando alude al sentido filosófico del término escéptico: los grandes escépticos griegos no
dudaban acrítica e infinitamente de todo, sino solo de aquello que era necesario dudar. Y también tiene razón Unamuno cuando hace referencia al sentido etimológico de esa
voz. Ferrater Mora, en su Diccionario de filosofía, indica
que «el verbo griego σκέπτομαι significa ‘mirar cuidadosamente’ (una cosa, o en torno), ‘vigilar’, ‘examinar atentamente’» (1964, p. 544). Y allí está nuevamente el Diccionario de la Real Academia Española para recordarnos que
las palabras tienen vida y que sus significados cambian, se
solapan con otros, se desplazan, extienden o retraen: «Escéptico, ca: del latín medieval scepticus, y este del griego
σκεπτικός, skeptikós; propiamente ‘pensativo, reflexivo’».
El vocablo escéptico significó, significa, o debería significar, ‘pensativo, reflexivo, atento, vigilante, indagador’.
Con este marco semántico podemos emprender un camino
expositivo más preciso: escéptico es aquel que piensa o reflexiona, no aquel que descree indiscriminadamente, frente
a una propuesta cognitiva. El objetivo de Unamuno, en la
frase citada, es distinguir entre lo que se ha denominado
escepticismo moderado de lo que se ha denominado escepticismo radical2. Esta distición es fundamental cuando
queremos aclarar qué quieren decir frases como «la ciencia
es escéptica», «el científico debe ser educado en el escepticismo», etc.
Sí: el escepticismo (moderado) es indispensable en
ciencia
Cuando se afirma que el científico debe ser escéptico (o
crítico), se destaca que su actitud ha de ser la de aquel que
investiga, que piensa y reflexiona; que busca, que nunca
entiende que ya encontró. El filósofo pragmatista C.S. Peirce, en la misma línea interpretativa de Unamuno, decía que
la máxima de la investigación científica debería ser: «¡No
bloquear el camino de la indagación! (Do not block the way
of inquiry!)» (1931-58, p. 58). Peirce oponía esa máxima
al dogmatismo y al escepticismo (radical). Para él, el dogmatismo detiene el camino de la investigación, al afirmar
la infalibilidad de sus procedimientos y la verdad absoluta
de sus aseveraciones. Paralelamente, el escepticismo radical bloquea el camino de la indagación, en la medida que
impide la formación del investigador y el descubrimiento y
la crítica racional de ideas e hipótesis, al afirmar que no es
posible alcanzar la verdad (cf. 1931-58, pp. 58-59).

Con más precisión, podríamos decir que el escepticismo
moderado incluye la duda, pero solo como un primer paso
del proceso de investigación; proceso que culmina con la
eliminación, siempre provisional, de la duda. La investigación comienza con la tentativa de articular una pregunta, y
continúa con la tentativa de alcanzar una solución provisional. Encontrada una solución, la duda finaliza; por lo menos, hasta que existan nuevas razones para volver a dudar3.
El escepticismo moderado se caracteriza por la búsqueda,
no por la posesión de la verdad. Escéptico es quien re-busca, decía Unamuno, enfatizando cuál debe ser su actividad
principal.
El escepticismo radical, que «duda de todo», se diferencia del escepticismo moderado por una característica distintiva: en él, la duda se constituye como el único acto
cognitivo. El escéptico radical no pondera la evidencia disponible, ni considera la plausibilidad de la hipótesis propuesta. El escéptico radical no investiga, no busca, y menos aún rebusca: duda irreflexiva y sistemáticamente, con
independencia de las explicaciones que le sean ofrecidas en
respuesta a sus dudas. Como afirma Poincaré en el epígrafe
inicial, dudar de todo (escepticismo radical) o creer en todo
(dogmatismo o credulidad absoluta) se igualan en su rechazo a pensar y reflexionar.
La ciencia, decía Carl Sagan, precisa de la combinación
de asombro y escepticismo —«La base del método científico» (Sagan 2000, p. 9)—. Asombro para descubrir nuevas
teorías, escepticismo para evaluarlas.
Para finalizar, una nota etimológica interesante. La
palabra crítica —como vimos, sinónimo adecuado de
escepticismo— significaba originalmente ‘arte o facultad
de juzgar’. El término crítico (del latín criticus, y este
del griego κριτικός, kritikós) proviene del griego κρίνειν,
krínein, que significa ‘elegir, decidir, juzgar’. Su raíz
indoeuropea, krei-, está en la base de los verbos cribar,
discriminar o distinguir, emparentados con los verbos
separar y seleccionar (observemos que crítica tiene la
misma raíz que criterio, ‘principio de discernimiento’).
Esa concepción original de un crítico como aquel que
sabe discernir y, por lo tanto, juzgar, es relevante: la ciencia
debe ser crítica (o escéptica) para saber separar las buenas
de las malas hipótesis, un resultado experimental válido de
uno erróneo, etc. Y esto se extiende a todas las áreas: si un
agricultor no sabe seleccionar sus semillas, corre el riesgo
de perder su cosecha; si un orfebre no sabe distinguir el
oro verdadero del oro falso, su negocio difícilmente será
lucrativo; si un estudiante no sabe separar por sí mismo la

Escéptico es aquel que piensa o reflexiona, no aquel que
descree indiscriminadamente.

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información fundamentada de la que no lo es, ¿cómo podrá
construir conocimiento?
La crítica —el escepticismo— es indispensable para
el proceso educativo.
Observamos antes que la palabra crítica tiene la misma
raíz que criterio. Criterio, según el diccionario, es «aquello que sirve de norma para hacer un juicio». Lo que nos
permite ser críticos o escépticos (moderados) es el hecho
de disponer de criterios, de haber incorporado criterios
(un científico hablará de «método científico»; un educador,
de «pensamiento crítico», pero estarán hablando de principios orientadores de la misma naturaleza). Solo podemos
ser realmente críticos o legítimamente escépticos si disponemos de criterios, reglas, valores, principios, métodos
o como queramos llamarlos. Es sencillo ser un escéptico
radical que duda alegremente de todo, así como es confortable ser un dogmático que se aferra acríticamente a las
creencias que le resultan convenientes; el arte y el desafío
es saber cómo dudar y de qué dudar, y tener medios a partir
de los cuales buscar y rebuscar soluciones. Y ese arte depende de disponer de los criterios adecuados4.
Bibliografía
Dewey, John, 1930, «What I Believe», The Forum, March 1930,
176-82.
Ferrater Mora, José, 1964, Diccionario de Filosofía, Vol. I, Sudamericana, Buenos Aires.
Merton, Robert, 1962, Social Theory and Social Structure, Free
Press, N.Y.
Musgrave, Alan, 1993, Common Sense, Science and Scepticism: A Historical Introduction to the Theory of Knowledge, Cam-

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bridge University Press, Cambridge.
Peirce, Charles, 1931-58, Collected Papers, in Hartshorne, C.;
Weiss, P. (eds.), 1931-35, vols. I-VI; Burks, A. (ed.), 1958, vols. VIIVIII, Harvard University Press, Cambridge.
Poincaré, Henri, 1952, Science and Hypothesis, Dover, N.Y.
Sagan, Carl, 2000, El mundo y sus demonios: la ciencia como
una vela en la oscuridad, Planeta, Barcelona.
Unamuno, Miguel de, 1967, Obras completas, Vol. III, Escelicer,
Madrid.
Notas:
1
En sentido estricto, Unamuno hablaba de indagaciones teológicas; pero si sustituimos la expresión pereza espiritual por pereza
intelectual, la frase puede aplicarse a nuestro tema con igual eficiencia y exactitud.
2
Importa la distinción; los nombres son de carácter secundario.
Hablamos de escepticismo moderado o mitigado porque es una
de las expresiones más utilizadas en el área de la epistemología
(cf., por ejemplo, Musgrave 1993). Podríamos igualmente haber
utilizado las fórmulas técnicas escepticismo racional, escepticismo
científico, racionalismo crítico o falibilismo, las expresiones escepticismo responsable (Carl Sagan), escepticismo organizado (Robert Merton), escepticismo sabio (James R. Lowell), etc., o haber
hablado de una «dosis saludable de escepticismo» (Robert Arp).
3
Para Peirce en particular, y para la tradición pragmatista en
general, la duda escéptica (moderada) es la fuente dinámica del
conocimiento. Un sistema de creencias supone un estado cognitivo
en frágil equilibrio; las anomalías, así como los hechos sorprendentes, hacen surgir dudas, es decir, un desequilibrio en el sistema,
y esto da inicio a una «lucha» —o «indagación»— para obtener
un estado renovado de creencias estables (cf. 1931-58, p. 1816).
Ese proceso de indagación es continuo (p. 376), autocorrectivo (p.
1918) y cooperativo (p. 334).
4
Y esto no se restringe a nuestra vida argumentativa. Lo que
nos hace adultos racionales es el hecho de haber aprendido a incorporar criterios —o sea, principios de discernimiento— en todas
las áreas: normas éticas, criterios estéticos, reglas valorativas en
general, etc.

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