Los ovnis ¡vaya timo!

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LOS OVNIS ¡VAYA TIMO! Ricardo Campo El autor de este libro afirma, dirigiéndose a un amigo, que quien sostenga que ha visto extraterrestres, ha hablado con ellos o tiene confirmación de su existencia por medios desconocidos, y se permita ilustrarnos sobre sus rasgos físicos y su temperamento, como si de perros o gatos se tratara, es un desvergonzado, un alucinado con afán propagandista o un engañabobos acostumbrado a aprovecharse de los necios. uizá te haya dado la impresión, o se pueda deducir de todo lo que te he contado, que la investigación escéptica del mito de los ovnis es innecesaria, o que más vale no tener contacto alguno con quienes manipulan y aprovechan la credulidad de las gentes para difundir productos de calidad deficiente, diseñados para quien está dispuesto de antemano a aceptar cualquier absurdo. Q desarrollo de la humanidad o para la mejor comprensión de la naturaleza. Éste no es, desde luego, el principal enigma de la ciencia, puesto que, si así fuera, sería en la actualidad la prioridad máxima de los científicos, y tal cosa dista mucho de ser cierta, como puedes comprobar hojeando las principales publicaciones científicas y divulgativas del planeta. Por tanto, ¿qué nos queda? Nos queda un puñado de enseñanzas interesantes sobre nuestra capacidad para idear rumores y difundirlos hasta que cobran vida propia, sujetos a partir de entonces a una especie de lucha por la existencia en el reino de las modas culturales. En este sentido, el mito de los ovnis se ha convertido en una especie exitosa: ¡más de 60 años resistiendo la crítica y la completa ausencia de pruebas! Una gran colección de anécdotas y relatos, de testigos conocidos, desconocidos o inexistentes, deriva en un alucinante muestrario de interpretaciones erró- Reproducción, con todos los permisos, del capítulo quinto de Los ovnis... ¡Vaya Timo!, de Ricardo Campo, publicado en la colección "¡Vaya timo!", de Editorial Laetoli, 2006 (10 euros). Pues no, esa impresión no es del todo acertada. Por supuesto, ésta es sólo mi opinión: si consideras que merece la pena dedicar el tiempo a otra cosa más útil, estimulante, amena, o científicamente provechosa para nuestra sociedad, a la vista de las informaciones vistas hasta aquí, estás en tu derecho. Por mi parte, no voy a tratar de convencerte de que esta maraña de especuladores estúpidos, alucinados y charlatanes desvergonzados --que se hacen pasar por investigadores de vanguardia-- oculta algún fenómeno cuya existencia sea clave para el neas convertidas en documentos pseudoprobatorios: trivialidades elevadas al rango de enigmas por obra y gracia del sector misterioso de la industria cultural, de escritores que huyen de la crítica y el análisis racional como el agua del aceite, y que, además, se han preocupado por construir una retórica para justificar su labor y hacerse las víctimas. Ni los extraterrestres ni sus intermediarios, los contactados, han aportado conocimiento alguno distinto de lo ya sabido por la ciencia contemporánea. Al contrario, muchas de sus especulaciones se han revelado falsas y disparatadas, como las de Adamski sobre ruinas de ciudades en la cara oculta de la Luna, gracias a la exploración espacial. Sólo quedan obviedades y advertencias morales, algunas de ellas extremadamente puritanas y ridículas. el escéptico 94 Los ovnis ¡VAYA TIMO! Los ovnis, aun sin la fuerza de antaño, son un ingrediente más de la cultura popular. Se han vuelto algo normal. Por ejemplo, no hay entrevista periodística a un astrónomo que no haga referencia en algún momento a la posibilidad de vida extraterrestre y en la que, a continuación, no aparezcan los ovnis, porque éstos y aquélla están conectados en la mentalidad popular como si fueran lo mismo. ¿Quién puede negar la probabilidad de existencia de vida en otros planetas que posean el medio ambiente adecuado? Hoy en día, nadie que esté informado científicamente lo hará. Sin embargo, hay un enorme trecho desde la mera posibilidad de vida a la presencia de alienígenas inteligentes en la Tierra. Esto no parece importarle mucho a la mayor parte de los periodistas, y el científico entrevistado puede sentirse relajado en ese momento y dejar volar su imaginación. Los fabricantes de enigmas aprovecharán esas declaraciones para dar por buenas ante los creyentes sus absurdas especulaciones. La mente poco educada funciona así, presta a dar por bueno lo que nos agrada o confirma nuestras creencias previas -- que viven calentitas y seguras en nuestra cabeza, al margen de cualquier intento aclaratorio por parte de los "negadores profesionales". Nuestra percepción de las cosas está siendo modelada de continuo, como si fuera plastilina, por los fenómenos del exterior: lo que vemos, escuchamos y leemos. La literatura de ciencia-ficción y las películas de extraterrestres han servido de propagadores de esa gran familia cósmica que al parecer nos visita. Los propios relatos de quienes aseguran haber tenido visiones maravillosas en los cielos o haber sido raptados (o abducidos) por seres de grandes cabezas, ojos almendrados y pequeños cuerpecillos --aunque hay casi tantas constituciones corporales como testigos-- han cumplido también un papel importante en la pervivencia de la leyenda, gracias al enorme poder de difusión de los medios. En el escenario ufológico nos encontramos con múltiples teorías contradictorias, todas ellas con pretensión de verdad. Para unos, son naves de origen extraterrestre o fenómenos inexplicables (no sé qué significa esto, ya que definir algo negativamente --algo que es todo aquello que no es X, Y, Z...-- equivale, como dijo un conocido humorista, a intentar inventar la radio en colores dando brochazos al aire). Para otros, proceden del interior de la Tierra. Los de inspiración más ocultista aseguran que vienen de otros "planos" de la realidad. Y para los contactados, son representantes del gran Consejo de Ancianos estelar. Al margen de esta barahúnda de alocados crédulos encontramos a un colectivo de estudiosos que pretende entender racionalmente esta creencia, buscar explicaciones sencillas, naturalistas y racionales y realizar interpretaciones sensatas, lejos de la estafa sistemática en que consisten los misterios dispensados por los grandes medios de comunicación. En definitiva, Arturo, ahora contamos con las mismas pruebas de la existencia de platillos volantes que hace casi 60 años: ninguna. Afirmaciones extraordinarias, novedades impactantes, libros sensacionales que prometen el no va más de los secretos: repetición, año tras año, de las mismas mentiras refutadas tiempo atrás. Todo esto forma parte del mito de los ovnis. ¿Hay algo real detrás de esta miseria intelectual? No somos nosotros quienes estamos en la obligación de aportar pruebas --salvo en los sucesos que, afortunadamente, consigamos explicar, como es lógico--: quienes hacen esas afirmaciones alejadas de lo habitual son quienes deben aportarlas. Lo contrario es dar gato por liebre. A cambio, en lugar de pruebas tenemos palabrería: sí pero no, tal vez, no se puede descartar, es necesaria una "mente abierta" y sentir la "magia"... Pamplinas, Arturo: todo menos pruebas. ¿No despierta la suspicacia de cualquiera el que, ante supuestos hechos, no se nos ofrezca más que retórica vacía de estilo publicitario y escenarios incomprobables o inaccesibles? Extrañas energías que no pueden medirse; seres como el yeti, el big foot o el monstruo del lago Ness que no dejan una sola pista de su existencia, ni siquiera un resto de excremento gracias al que poder averiguar su dieta; platillos estrellados de los que no se conoce un solo fragmento que analizar en laboratorios independientes; fenómenos "paranormales" que producen vergüenza ajena; interpretaciones absurdas --e innecesarias-- que no pueden ser puestas a prueba, como la presencia de seres extraterrestres en la Antigüedad... Todo son excepciones y salvedades para poner a buen recaudo la creencia en determinada maravilla para parvularios. Ovnilandia y Paranormalandia son provincias contiguas del país del más allá del sentido común. 95 El mito de los ovnis se ha convertido en una especie exitosa: ¡más de 60 años resistiendo la crítica y la completa ausencia de pruebas! el escéptico Los ovnis ¡VAYA TIMO! Los críticos escépticos repetimos incansablemente la palabra prueba. Pruebas, pruebas, ¡queremos pruebas de esas afirmaciones! "¡Hágalo o cállese, señor Geller!", le dijo en cierta ocasión el mago y escéptico James Randi a un famoso doblador televisivo de cucharas, incapaz de repetir sus hazañas ante la mirada de un crítico experto conocedor de los trucos básicos de la magia y el ilusionismo. La capacidad de fuga de la mayoría de los platillistas y otras especies asilvestradas es tal que, en ocasiones, parece inútil pedir demostraciones. Pero no, no es una petición inútil ni injustificada: quien hace una afirmación inverosímil, Arturo, debe saber que está en la obligación de presentar las pruebas correspondientes, o de indicar sin rodeos ni salvedades cómo otras personas pueden llegar a ellas. Pero, como imaginarás, las pruebas no llegan... Volvemos a encontrar a los charlatanes de lo oculto haciéndose los locos una y otra vez, cuando no pillándose los dedos en la misma puerta por enésima ocasión, confiados en que nadie va a rebuscar en lo dicho o escrito... Quizás estoy pidiendo peras al olmo. Ese mundo de rumores, sospechas y conspiraciones actúa a modo de muralla para los menos exigentes a la hora de practicar el pensamiento racional, y carece de sentido exigir racionalidad puesto que ésta puede hacer desaparecer el ansiado misterio. ¿Qué les quedaría entonces? Muchísimas personas que han abrazado el "pensamiento mágico" no necesitan pedir pruebas: ya han aceptado de antemano la supuesta realidad de un fenómeno. En este terreno abonado para ocultistas, sectarios y sinvergüenzas, las fallas de la educación obligatoria son explotadas por tales personajes empleando unos pocos recursos discursivos, aunque el trabajo de tragarse la píldora lo realiza por entero el propio creyente. De esta forma han transcurrido casi seis décadas desde el inicio de la "era de los platillos volantes": un cajón de sastre en el que es imposible encontrar algo de orden y confirmar los relatos de los testigos en los episodios más llamativos. Tal circunstancia es muy sospechosa: cuantos más testigos haya habido de un fenómeno de apariencia extraña, más fácil será hallar la causa que lo produjo. En cambio, aquellos sucesos que sólo cuentan con uno o dos testigos son los que pasan por ser los casos estrella, los irresolubles. Ésta es una falsa impresión: ya vimos más arriba, al tratar de las principales causas de confusión, que también en los testimonios explicados algunos testigos ofrecen versiones inverosímiles, totalmente alejadas de lo realmente ocurrido? ¿Qué garantía tenemos de que en estas ocasiones un testigo en solitario no haya tergiversado involuntariamente su observación en el momento de recordarla y ponerla en palabras? El mundo cerrado en sí de la ufología es, con frecuencia, irritante, precisamente por ese espíritu de capillita de quienes satisfacen su curiosidad con el primer cuento chino que llega a sus oídos, y la complacencia ignorante subsiguiente en conservar la mitología del misterio, de lo no explicado, del algo habrá, elementos básicos de la creencia. El seguidor medio de estas paparruchas parece incapaz de airear su cabeza y poner a prueba los mandamientos no escritos del buen amante de lo paranormal: sentir el placer de que el misterio deje de serlo, de que lo no explicado sea resuelto, de ver si realmente hay algo meritorio científicamente en la botica ufológica. Se contentan con alimentarse unos a otros mediante programas de radio y revistillas en los que lo fundamental no se cuestiona jamás, como una religión intocable. A pesar de todo ello, la ufología ha cambiado. Ahora es una paranoia más entre otras, con la historia alternativa y los planetas encantados a la cabeza, entre otras falsificaciones. Pero la estructura emotiva y social se reproduce, como pasa con la parapsicología: se trata de gente joven que piensa que aquí se está jugando algo importante para la humanidad, un secreto procedente de los cielos, unos poderes y manifestaciones ignorados, o un pasado desconocido que no es como nos lo habían contado. Quiero, por último, Arturo, transmitirte que es divertido hacer preguntas, tratar de explicar lo que se nos presenta como un enigma o hecho en apariencia inexplicable. Lo estúpido es conformarse con lo primero que uno oye, con la teoría del primer vividor que tenemos la mala suerte de encontrarnos en el curso de nuestra búsqueda de respuestas. Quiero transmitirte que el afán por lo misterioso en sí es una senda equivocada en la que nos engañamos o nos engañan, un terreno improductivo en el que muchos se acaban estancando, y que lo auténticamente inteligente es hacer todo lo posible para que los misterios dejen de serlo, que lo no explicado está ahí para que apliquemos nuestro entendimiento --o el de quien nos pueda echar una mano-- y el enigma se desvanezca. Y para que nos demos esa fundamental satisfacción que sentimos los seres humanos cuando, a pesar de los desvergonzados que visten la realidad con gasas y terciopelos absurdos, somos capaces de demostrar la auténtica naturaleza y las causas de un fenómeno o creencia que parece un desafío a nuestro libre juicio. Llámalo como quieras: escepticismo, pensamiento crítico, racionalidad... Me acuerdo de cuando, hace años, desmontabas los juguetes para ver cómo eran por dentro: se trata de seguir haciéndolo durante toda la vida. el escéptico 96

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