Conspiraciones tan antiguas como el mundo pero cada vez más dañinas

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ESPECIAL CONSPIRACIONES
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Conspiraciones
tan antiguas como el mundo
pero cada vez más dañinas

Manuel Toharia
ARP-Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico

¿Por qué la gente quiere creer cosas increíbles?

C

onspiraciones. Buen tema…
Se supone que todos sabemos de qué hablamos cuando nos referimos a las conspiraciones, a «los conspiranoicos» como solemos
decir. ¿Todo el mundo lo sabe? Bueno, quiero creer
que al menos es así para aquellos que nos movemos
en el mundo de la racionalidad, o lo pretendemos (eso
que hoy llamamos, más o menos adecuadamente, el
escepticismo, el espíritu crítico); y que compartimos
la convicción —que no es fe sino evidencia mil veces demostrada (pero no infinitas veces, que eso ya
sería una verdad absoluta)— de que solo el método
científico permite aproximarnos a las respuestas que
constantemente lleva haciéndose la humanidad desde
tiempos inmemoriales.

Pero el término conspiración es muy antiguo, tiene
sus raíces ancladas en el pasado. De hecho, en latín
conspiración viene de cum spirare, de ahí conspirare.
Es decir, respirar juntos; o sea, que al compartir el aire
se supone que estás de acuerdo con el grupo en lo que
sea; si no, se supone que te vas a respirar a otro sitio,
o con otro grupo. La etimología enseña mucho.
Y casi desde siempre, las conspiraciones tenían un
claro sesgo político; y luego económico, claro. Pero
no es a eso a lo que nos referiremos aquí. Queremos
aludir a las conspiraciones de otro sesgo que, en cierto
modo, y con mayor o menor intensidad, atentan contra
la racionalidad o, si queréis, incluso el sentido común.
Y que, obviamente, no aluden al método científico,
incluso lo desprecian olímpicamente.

No todas estas conspiraciones son iguales. Ni en
seriedad, ni en supuesta credibilidad, ni en sus
repercusiones sociales e incluso económicas

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Foto de Christopher Dombres. https://www.flickr.com/photos/christopherdombres/6149055823

Yo suelo mirar esto de las conspiraciones, y aún
más a sus autores o creyentes, los conspiranoicos, con
cierto buen humor, casi con ternura. ¡Qué imaginación
tienen los que se inventan eso que ahora llamamos
—ay el inglés como idioma (casi) universal— fake
news! Casi tanta imaginación como los que inventan al segundo algún chiste ocurrente sobre cualquier
acontecimiento. El poder de las redes sociales, claro.
Siempre me he preguntado por qué gente tan ocurrente se dedica a estas cosas, a menudo gratuitamente. Aludo a los chistes, pero también a otras cosas
más «serias», como lo de los terraplanistas. ¿En serio
quien puso en marcha ese asunto se lo cree? No dudo
de que haya seguidores que lo difundan e incluso lo
crean de verdad, pero… ¿sus autores? A mí me parece
que son grandes bromistas, a no ser, claro, que sea
por el poderoso caballero al que aludía Quevedo, don
Dinero. Ahí ya entran otro tipo de motivaciones.
Y también, puestos a pensar, cabe interrogarse por
la forma en que estas conspiraciones anticientíficas se
propagan a veces como la pólvora. O sea, no se trata
solo de ver el origen de esas falsedades o engaños,
cuando no simples bromas pesadas, sino que también
tendríamos que considerar cómo se trasladan de unos
a otros; cómo pasa una idea un poco peregrina, incluso difícilmente creíble, a ser algo que la gente comparte y que muchos se creen a pies juntillas.
Un tema con tantas aristas es normal, creo yo, que
le dediquemos nada menos que todo un congreso de
los nuestros.
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Ante estas cosas, yo suelo aplicar una máxima que
aplicamos más o menos los escépticos de todas partes. Es muy sencillo, veamos: ¿hay engañabobos en el
mundo? Obviamente sí, del tipo que sea; siempre los
hubo, siempre los habrá, sea cual sea su motivación.
Bien, ¿y por qué hay engañabobos? La respuesta no
puede ser más obvia: porque hay muchos bobos que
engañar. Y esta máxima es fundamental para entender
por qué mucha gente se deja engañar: sencillamente,
son bobos.
Ojo, lo parece, pero no es un insulto, sino una definición. Te dejas engañar por un engañabobos, ergo
eres un bobo.
Acudamos a la Real Academia. Un bobo es una
persona tonta (o sea, falta de entendimiento o razón),
candorosa… y en el teatro clásico, personaje que provoca la risa por su ingenuidad y simpleza. Resumiendo: con poco entendimiento, candoroso, ingenuo,
simple… Resumiendo aún más: crédulo.
Lo curioso con esto de las conspiraciones es que
muchas personas que no son nada crédulas en la vida
común lo son en cambio para muchos otros ámbitos.
Y esto sí que resulta curioso: personas que aplican el
escepticismo y la racionalidad en muchas cosas, luego
pareciera como si abdicaran de esa misma racionalidad y de ese mismo espíritu crítico a la hora de creerse
a pies juntillas alguna de las bobadas pseudocientíficas que tanto proliferan en el mundo de hoy.
A mí me parece que algunas conspiraciones, algunas de estas creencias absurdas —al menos, que nos
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parecen absurdas a muchos—, son aspectos de la irracionalidad humana, que es algo de lo que nunca deberíamos presumir, aunque hay quien lo hace. Es obvio
(¿lo es para todo el mundo?) que deberíamos tender a
cultivar al máximo nuestra racionalidad, ya que es lo
único que nos ha permitido ir encontrando respuestas
a los múltiples interrogantes que nos depara la vida.
Pero, claro, no todas estas conspiraciones —llamémoslas mejor conspiranoias, mejor que fake news,
porque no todas son noticiosas ni, por tanto, ligadas
a la actualidad— son iguales. Ni en seriedad, ni en
supuesta credibilidad, ni en sus repercusiones sociales
e incluso económicas.
Desde luego, hay muchas conspiranoias claramente
increíbles. Resulta asombroso que haya quien se las
crea; es más, estoy seguro de que sus «inventores»
no se las creen y solo buscan darse importancia, tener
muchos likes en redes sociales, incluso sacar dinero
de los crédulos-bobos que sí se creen sus dislates. Resulta asombroso que haya gente que todavía defienda
la viejísima idea, desmontada incluso por los griegos
más preclaros hace más de veinte siglos, de que la
Tierra es plana. Y aún más después de Colón, Magallanes-Elcano y, claro, los actuales satélites e incluso
viajes de humanos a la Luna en los años setenta. Claro
que, si a eso vamos, tampoco creerán que fueron a la
Luna un puñado de astronautas americanos en sucesivas misiones Apolo, entre 1969 y 1972.
Algunas de las webs que hay por ahí resultan tan
divertidas que, cuando uno está un poco alicaído o
depre, seguramente no haya nada más divertido que
echarles un vistazo; son fantásticas, llenas de imaginación... ¿Fantasías? Pues sí, podemos decir que son
fantasía, ficción. Pero entonces, ¿por qué hay gente
que se las cree? Desde luego, siempre cabe la duda:
¿lo creen de verdad? Porque hay muchos que son auténticos cuentistas, literalmente engañabobos. Pero lo
malo, una vez más, es que también haya bobos que se
crean esas cosas increíbles. Lo que resulta ya de por
sí increíble.
Otras webs —y me fijo en ellas porque, aunque no
son la única fuente de información, y de desinformación, son las más visibles hoy día (los famosos libros

de fantasía de J.J. Benítez ya no tendrían hoy el mismo éxito que hace unos decenios)— son no tanto increíbles sino, como poco, difíciles de aceptar. Hasta el
punto de que la Editorial Laetoli ha venido publicando desde hace años libros estupendos con el denominador común de «¡Vaya timo!», y en ellos podemos
encontrar numerosos ejemplos de este tipo de asuntos,
hoy tratados profusamente, una vez más, en la red de
redes. Los libros, a menudo cargados de humor e ironía pero no exentos del máximo rigor que se le debe
exigir a quien intenta «destripar» mitos y leyendas actuales, son una excelente fuente de información para
los estudiosos del porqué de esas actitudes de muchos
congéneres nuestros.
Y aun así, muchas personas siguen creyendo a
pies juntillas cosas probadamente falsas, incluso defendiéndolas ridículamente con el único argumento
de que «sí, vale, muchas pruebas y tal, pero yo sé la
verdad, no paran de engañarnos»… Pregunta obvia:
¿quiénes son esos entes misteriosos que nos engañan,
quién se oculta tras ellos?. La respuesta es inmediata:
la NASA, los rusos, los chinos…
El otro día fui a un mecánico a arreglar el coche
y el hombre, simpático y aparentemente normal, me
dijo en un momento dado: «mire, esto... esto de la
pandemia se lo han inventao los americanos pa luego
forrarse con lo de las vacunas y tal... Esto es como lo
de la Luna… Van y dicen que fueron a la Luna, pero
eso es pa presumir... nunca han ido a la Luna, todos
sabemos que eso es imposible».
Y yo me quedé de piedra, asombrado por aquella
salida de tono —estábamos hablando de presiones de
ruedas, de potencias de motores, y aquel señor sabía
mucha física básica, supongo que propia de su oficio― impropia, pensé, de un tipo bastante serio al que
yo apreciaba bastante. Una persona racional, hasta
donde yo sé; pero que luego soltaba como si tal cosa
ese tipo de afirmaciones, que no dudo que compartiría
con sus colegas en la barra del bar o tomando un café.
Reconozco que no repliqué; ya soy mayor y he perdido la combatividad que me caracterizaba cuando
era más joven. Y no quería que se ofendiera; algunas
de estas personas pueden incluso reaccionar violenta-

Los que defienden ese tipo de creencias suelen
ser bastante fanáticos y están muy orgullosos de
estar en posesión de un secreto que consideran
casi como un legado sagrado

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Mapa de la Tierra plana. Foto de Wikimedia Commons

mente, y no quería que la salud precaria de mi coche
se viera comprometida por algo que, en todo caso, estaba seguro de que nos iba a enfrentar. Porque esa es
otra: los que defienden ese tipo de creencias suelen ser
bastante fanáticos y están muy orgullosos de estar en
posesión de un secreto que consideran casi como un
legado sagrado.
¿Hice mal? Quizá, pero cuando me doy cuenta de
que alguien está absolutamente convencido de algo,
resulta difícil desmontar sus argumentos, porque no
los tienen. Es una especie de fe ciega. Cabalgan en un
tigre pero, como decía Tagore, eso no es lo difícil, lo
difícil es descabalgar de ese tigre. No hay peor sordo
que el que no quiere oír.
Y hay conspiraciones que se parecen más a lo que
indica el origen etimológico de la palabra conspiración; o sea, de tipo político. Algunas fueron tan sonoras, nacional e internacionalmente, que son difíciles
de olvidar. Aunque no tienen mucho que ver con las
pseudociencias, al menos no directamente, hay algunas que son escandalosas, como aquella conspiración
política de cierto presidente americano, apoyado solo
por los jefes de gobierno del Reino Unido y de España
—el de aquí se hizo bastante popular por «hablar catalán en la intimidad»—, que inició la guerra contra Irak
por su seguridad absoluta, curiosamente sin pruebas
reales, de que dicho país y su dirigente principal, Sadam Hussein (antiguo colaborador de la CIA) poseían
armas de destrucción masiva. Esas pruebas jamás fueron encontradas, pero el petróleo irakí volvió a manos
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«seguras» y no tan inestables como las del, por otra
parte, nada recomendable Sadam y sus amigos.
Otra conspiración política, y esta la pagó cara el
gobierno de la derecha española porque había elecciones generales a los pocos días, fue la de atribuir el
atentado de Atocha a ETA cuando a los dos días había
ya pruebas policiales concretas de que dicho atentado
procedía del terrorismo islamista. Interesante porque
incluso hoy nadie ha pedido perdón a los españoles, y
ya puestos al mundo entero, por lo de la guerra de Irak
sin motivos, o basándose en un motivo inventado, o
por lo de atribuir a ETA por una supuesta conveniencia electoralista un atentado que ya se sabía que tenía
un origen totalmente diferente. Y no solo eso, todavía
hay algunos que hoy siguen defendiendo más o menos
veladamente que aquello sigue sin estar claro.
Pero bueno, dejando de lado esta zona tan oscura
como hedionda de las conspiraciones políticas y volviendo a las que más nos interesan en este congreso,
que son las pseudocientíficas, sí conviene añadir que
en todos estos casos, los políticos incluidos, se apela a
la irracionalidad, a las afirmaciones basadas en la autoridad de quien las proclama y no tanto en las evidencias, o se basan en las creencias de unos compartidas
o no por los demás, apoyadas incluso en algún tipo de
revelación misteriosa a la que algunos crédulos deciden otorgar cierto crédito.
Algunos conspiranoicos son amantes de los sucesos de tipo apocalíptico, la mayoría de las veces casi
inminentes. Debo decir que, cuando soy capaz de
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distanciarme de los sentimientos complejos que despiertan en mí estas cosas —una mezcla de rabia, incomprensión, desánimo y, por qué no decirlo, incluso
diversión—, quizá estas leyendas urbanas catastrofistas son las que más me gustan. Aquello que ocurrió en
la transición entre el siglo xix y el xx, cuando se dijo
que se iba a acabar el mundo. Un fenómeno recurrente
un siglo después, algo que recordarán muchos, con
lo espantosamente catastrófico que iba a ser el efecto
2000. Y no digamos la predicción maya del fin del
mundo en 2012, alimentada muy oportunamente por
Hollywood con un filme apocalíptico al respecto.
Tengo un hijo informático que estuvo el año 2000
de guardia en su empresa, aunque él siempre dijo que
sus ordenadores y servidores no iban a ser afectados
porque estaban al día en cuanto a los relojes internos
(los sistemas informáticos más antiguos tenían un reloj imperfecto que al llegar el 2000 se iban a reiniciar
destruyendo todo el contenido al volver al año inicial,
o algo así). Por supuesto, no pasó nada ni aquí en España ni en el resto del mundo, salvo alguna antigualla
que no estaba al día, y que lo mejor que debió hacerse
previamente era actualizarla, sin más.
No es caso de remontarse tan lejos en el tiempo,
pero a todos nos suena lo del Diluvio Universal, que
inundó todas las tierras y que acabó con la vida de
personas y animales, algo que pudo evitarse porque
el dios supremo avisó a un tal Noé, que construyó un
barco en lo alto de un monte muy alto. Resulta que se
trata del monte Ararat, un volcán inactivo cubierto de
nieves perpetuas, de 5137 metros sobre el nivel del
mar (ni mucho menos el más alto que pudiera sobresalir por encima de un diluvio universal), perteneciente a la extensa cordillera de los montes Taurus entre
Turquía, Armenia e Irak.
No es nada difícil desmontar la leyenda, eso es obvio. Pero aun así existe desde 2007 un Museo de la
Creación en el norte Kentucky, muy cerca de Cincinnati, que ya es del estado contiguo de Ohio; reinterpreta la historia de la vida en la Tierra según los textos
bíblicos, es decir, que la máxima antigüedad de los
fósiles existentes no puede ser superior a la creación
de Adan y Eva, según el Génesis, unos 6000 años.

La Tierra, según esos cálculos, no puede llegar a los
10.000 años, seguramente menos… Lo de los 4500
millones de años que calculan los expertos les parece
una absurda exageración.
Su mayor atracción es una gigantesca Arca de Noé,
que se encuentra a unos treinta kilómetros al sur; mide
nada menos que 155 metros de longitud, 26 de anchura y 16 de altura, y fue construida en 2016. Similar
a un gran petrolero actual. Entre ambas instalaciones
reciben un millón y medio de visitantes al año. No es
de extrañar; una reciente encuesta demuestra que el
35 % de los norteamericanos, ¡más de 110 millones de
personas!, creen que los hombres existen desde que
los creó Dios hace unos pocos miles de años, y en su
forma actual. Y los dinosaurios, por supuesto, tienen
apenas 5000 años, nada de cien millones de años.
Sorprendente, ¿no?
De todas maneras, la gente cree lo que quiere creer,
¿no? Lo de la predicción maya del fin del mundo fue
otra broma sublime, por fortuna enseguida desacreditada en cuanto pasó el supuestamente fatídico 21
de diciembre de 2012. Una predicción apocalíptica
convenientemente estimulada, en plan oportunista obviamente, por la famosa película de Hollywood que
probablemente buscaba más bien aprovecharse de la
supuesta conmoción del suceso que de fomentar este
tipo de supercherías. ¿Esto es conspiranoico? No hay
duda de que fue adrede y buscando algún tipo de beneficio político, económico, de poder social, de notoriedad… Claro que sí. Pero el problema estriba en
quién difunde estas conspiranoias; porque la industria
del cine, después de todo, está a la que salta para ganar más dinero; no es que sea defendible, pero no son
creyentes ni engañabobos, más bien se aprovechan de
la bobería de muchos.
En cambio, los que se lo inventan, sea lo de los
mayas, que es cosa reciente, o lo del creacionismo
opuesto al evolucionismo, sí son auténticos conspiranoicos, y no siempre por interés crematístico. Puede
ser simple diversión, como en el caso de los terraplanistas —estoy seguro de que nadie en serio se cree
eso de que la Tierra es plana—; aprovechamiento de
la credulidad en seres extrahumanos para beneficio y

Libertad en Madrid, reivindicaba la derecha:
¿libertad para contagiarse y tener el mayor
índice de fallecimientos de personas mayores
de España?

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Imagen de Gerd Altmann en Pixabay

poder de sus líderes, como las religiones de cualquier
cuño, afán de notoriedad como los ufólogos o adivinos (no exentos de afán de lucro); o cualquier otra
razón que les sirva para explotar las debilidades de
muchas personas.
Otro tipo de conspiraciones típicamente anticientíficas se puede englobar bajo el epígrafe común de
«tecnofobia». No es caso aquí de profundizar en temas que sin duda serán analizados más profusamente
en las distintas ponencias del Congreso, pero basta
citar los alérgicos a los medicamentos, que se supone
que están fabricados para sacarnos los dineros, en el
caso más benigno de credulidad, o para irse apoderando poco a poco de nuestras mentes y cuerpos, en
los más más demenciales. No sé si hay que analizar o
despreciar la influencia de tipos como Miguel Bosé,
cuando habla de los chips 5G del malvado Bill Gates que nos iban a implantar con las vacunas anti-Covid… Lo malo es que personas con cierta notoriedad,
aunque nulo prestigio científico —actores famosos,
cantantes, ciertos políticos estilo Trump o Bolsonaro—, se dedican a propagar las maldades del 5G, y
ya puestos de las malísimas radiaciones electromagnéticas (se supone que ignoran que la luz del Sol es
un buen paquete de todo tipo de radiaciones de esas),
o de los medicamentos, o las vacunas, o lo que sea
que les suene a tecnología incomprensible, es decir,
sospechosa.
Volviendo a Miguel Bosé, debo confesar que, aunque no le veo desde el colegio, siempre le tuve por una
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persona racional, educada como yo en el Liceo Francés, aunque es bastante más joven pero fue compañero de clase de un primo hermano mío. No le juzgo
como artista, que allá cada cual con sus gustos, sino
por su salida de pata de banco con lo de las vacunas.
Cuando me enteré me dije a mí mismo que este chico
había perdido el oremus; que era una especie de orate,
vamos.
Pero luego la extrema derecha en Madrid, con apoyo no disimulado de la derecha, se manifiesta en Colón y allí está el ya no tan joven Bosé, manifestando su
desacuerdo con las mentiras de Sánchez sobre las vacunas. Lo que, por cierto, no ha impedido que España
sea uno de los países del mundo que ha alcanzado el
mayor nivel de vacunación de su población, muy por
encima de gigantes como Alemania, Francia, Reino
Unido e incluso Estados Unidos, donde los trumpistas
han destrozado los buenos inicios de las campañas de
Biden. Libertad en Madrid, reivindicaba la derecha:
¿libertad para contagiarse y tener el mayor índice de
fallecimientos de personas mayores de España?
Bien, volviendo a cómo se transmiten estas cosas,
recuerdo que los americanos tienen unas siglas para
todo, para definir esta transmisión: FOAFT. Es decir, Friend Of A Friend Tale. Historias contadas por
un amigo que lo sabe por otro amigo. Aquí diríamos
«historias de cuñaos», que en el fondo viene a ser lo
mismo. Curiosamente, cuando yo era pequeño eso se
llamaba «radio macuto», el conocido boca a boca. Curiosamente, eso siempre funcionó muy bien, y ahora
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ha sido sustituido, con ventaja interfronteriza, por las
dichosas redes sociales. Que, como todo, tienen su
lado bueno y su lado nefasto.
Lo que es obvio es que, en el fondo, siempre subyace la misma pregunta: ¿por qué la gente quiere
creer cosas increíbles? ¿Por qué muchas personas son
incapaces de asumir que hay cosas que no sabemos,
incluso que no sabremos jamás? Y, ya puestos, ¿por
qué esa desconfianza hacia el método científico, que
ha probado ser la única forma racional de conseguir
conocimientos aplicables, que nos han llevado a progresos indudables en todos los órdenes de la vida?
Obviamente, no creo que nadie tenga respuestas
precisas y verificadas a estas preguntas, que por otra
parte no pueden ser más ambiguas porque es lo mismo que preguntarse por qué los humanos no somos
todos igual de listos o de tontos.
Yo suelo dar, cuando así me lo aceptan, una charla
que suelo titular así, ¿Por qué creemos cosas increíbles? Incluso negando otras bastante más verificadas
y racionales. Alguna vez, aunque intento eludir el
tema porque siempre hay alguien que se ofende, me
refiero al hecho de que, por ejemplo, me resulta increíble que una señora diera a luz siendo virgen, y que
además lo era antes, durante y después del parto. Los
cristianos aluden a la Virgen María, de Madre de Dios
Hijo (Hijo no sabemos de quién, porque hay otro Dios
Padre, que no debe de ser su padre, en fin, un buen
lío); por cierto, los judíos y árabes aluden a Mariam,
la madre del profeta Jesús, que no era un dios sino un
simple profeta.
Pues bien, en una de estas charlas se me ocurrió
hablar de ello en un aula universitaria llena de estudiantes de astronomía; por supuesto, lo dije de pasada
porque el tema iba de ovnis, de bases marcianas en la
cara oculta de la Luna y cosas así. Pero, tonto de mí,
no recordé que era una universidad católica. Y aunque
los jóvenes allí presentes sin duda compartían mi escepticismo, uno de los mayores, que luego se identificó como profesor de astrofísica y sacerdote, me echó
la bronca por insultar a su madre.
Con todo respeto le respondí que yo no tenía el honor de conocer a su madre, pero que estaba seguro de
que era una santa. Aún más ofendido, replicó que no,

que era su Madre Celestial, la Santa Virgen, la Madre
de todos nosotros. Y yo ahí me puse muy serio (claro, estaba en la tarima y con un micrófono, y él en
una butaca del salón), y le dije que mi madre no era
virgen ni nada, y que estaba casada civil y religiosamente con mi padre. ¡Cómo se puso el buen señor!
Y entonces, bastante mosqueado, me puse agresivo y
le espeté: «Bueno, lo de su Virgen María es que a lo
mejor ya se había inventado la inseminación artificial
y la cesárea en aquella época… claro, que no hubo
fecundación porque lo hizo un espíritu que ustedes los
creyentes llaman santo… ¿De verdad usted cree algo
tan increíble?».
Perdonadme por personalizar tanto; debo decir, que
la mayoría del auditorio se echó a reír y hubo un conato de ovación que a mí me avergonzó un poco, la
verdad. El cura se fue muy enfadado.
Desde hace muchos años ya sé que esa dicotomía
entre ciencia y religión (en España, la católica) es una
dicotomía muchísimo más sutil de lo que parece. No
son dos campos distintos del pensamiento humano, en
absoluto. La religión es algo en lo que tú crees porque quieres creerlo, sin ninguna prueba. De hecho, si
tienes alguna prueba, alguna evidencia demostrable,
deja de ser fe y se convierte en… ciencia.
Para los creyentes, la fe es un don de su dios que
uno tiene o no tiene, según me decía mi tío el cura.
Y añadía que éramos libres de creer o no, sabiendo,
eso sí, que si decidíamos no creer, eso tendría consecuencias en la otra vida, tras la muerte. Mi réplica fue
sencilla, incluso ingenua: ¿y cómo se sabe que hay
otra vida después de la muerte? La respuesta era de
esperar: es cuestión de fe.
En fin, no sé si lo de las religiones se puede clasificar dentro de las conspiraciones, aunque me temo que
sí. Porque, después de todo, cabe pensar que si todas
las religiones del mundo han hecho más poderosos a
los que las ejercen desde puestos directivos, eso no
puede ser más que sospechoso; sobre todo si además
de poder acumulan dinero. Dos excelentes motivaciones para… conspirar. Conviene repasar la historia de
la humanidad y sus religiones; a costa de la existencia,
aceptada que no probada, de un ser supremo, divino,
sobrenatural, superpoderoso y todo eso. Siempre se

¿Por qué muchas personas son incapaces de
asumir que hay cosas que no sabemos, incluso
que no sabremos jamás?

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han beneficiado los dirigentes o mensajeros de esas
doctrinas o dogmas, no nos engañemos. Y casi nunca
de forma pacífica sino a veces de manera terrible, con
sangre, sudor y lágrimas.
Si, de todo ello a veces salen cosas buenas; todo el
mundo consigue aspectos positivos de sus actuaciones, en alguna ocasión y a veces sin quererlo. Pero
cuando se consigue a base de una premisa absolutamente increíble, cabe preguntarse por la moralidad
subyacente… a no ser que se acepte que el fin justifica
los medios. Que debe de ser el caso.
Bueno, pues después de todo este es un buen ejemplo, desde luego no el único, de los temas que abordamos en este Congreso nuestro de conspiranoias
y conspiranoicos. Cómo y por qué consiguen unos
cuantos que mucha gente crea cosas improbabilísimas
y, de hecho, increíbles. A cambio, claro, de algún tipo
de beneficio, no solo económico pero a menudo relacionado con el poder y sí, con el dinero.
Y todo esto ocurre, y eso siempre me ha chirriado mucho, por la falta de espíritu crítico de muchos
seres humanos. Cuanto más alienados estamos por el
progreso, por el dinero, por el consumismo o por lo
que sea, más acríticos nos volvemos respecto a ciertas
cosas. Curiosamente, no respecto a otras que, en cambio, se ponen en duda. Como muchos creyentes en la
astrología de manera acrítica, que en cambio son hipercríticos —por ignorancia— acerca de las vacunas
anticovid. ¿Cómo no va a chirriar algo así?

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Eso es lo que hay que combatir. Pacíficamente,
faltaría más; con las armas de la racionalidad, con el
convencimiento de que, con una discusión sensata,
sin cabreos ni a prioris, se puede conseguir mejorar
la situación. Por supuesto, no hay peor sordo que el
que no quiere oír; es obvio que hay bastantes personas
encerradas en su creencia, por irracional e infundada
que sea, y que por eso mismo son sordos, ciegos y
mudos ante el más mínimo intento de racionalización
de dichas creencias.
Cuando era más joven tenía tendencia a discutir, a
intentar convencer con mi verbo fluido y sin violencia
alguna, si acaso una pizca de humor, cuando no de
ironía fina. Con la edad me he vuelto más pasivo; entiendo que hay que combatir a los conspiranoicos con
las armas que nos da la racionalidad, y hasta cierto
punto sigo haciéndolo. Pero me descorazona cuando me encuentro, a veces en la familia y amistades
próximas, con la terquedad incomprensible de personas que en otras cosas me parecen estimables y con
un más que apreciable nivel cultural… eso sí, en lo
artístico-literario, nunca en lo tecnocientífico.
Una posible conclusión es que hay que mejorar el
nivel de cultura científica del personal. Puede que eso
ayude. Pero mucho me temo que seguirá habiendo demasiados congéneres nuestros que, lamento decirlo,
seguirán siendo bobos y, por tanto, pasto de los engañabobos.

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