MEDICAMENTOS ÚTILES, MEDICAMENTOS PARA EVITAR Y FALSOS MEDICAMENTOS

Sección: 
DOSSIER LUCES Y SOMBRAS DE LA INDUSTRIA DE LOS FÁRMACOS
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Dossier

Medicamentos útiles,
medicamentos para evitar
y falsos medicamentos
Suso Fernández Pérez
Licenciado en Farmacia. Máster en Periodismo Científico

Breve historia y actualidad de la farmacología moderna

C

uando acudimos a un sanitario por un problema de salud, la primera herramienta que suele utilizar para paliarlo es un medicamento. Y
aunque pensemos que todos los medicamentos, por el
hecho de prescribirlos o recomendarlos un profesional con amplios estudios, son eficaces y seguros, no
siempre es así.
Nos podemos encontrar medicamentos muy útiles
que tienen eficacia, seguridad y costes muy adecuados. Afortunadamente, son los más utilizados. Otros
hay que no reúnen estas condiciones, pero aun así se
utilizan por profesionales que no están bien (in)formados. Y los peores son los falsos medicamentos que,
como la homeopatía, se cuelan en la sanidad a través
de las mentes poco críticas de algunos de sus profesionales.
Afortunadamente los homeopáticos no suponen ni
un 0,3%1 de los vendidos en farmacia. No trataremos
aquí las falsificaciones, tan comunes ahora en el ámbito de Internet.

Seguridad y eficacia de los medicamentos
Hay que pensar que la farmacología moderna no
se inicia hasta 1960, con la llamada «catástrofe de la
talidomida»2. Hasta entonces no se exigía a los medicamentos una demostración de su seguridad en embarazadas (madre y feto), y en muchos países causaron
daños irreparables a miles de recién nacidos, salvo la
honrosa excepción de Estados Unidos, donde gracias
a la Dra. Frances Oldham, de la fda, se prohibió su
comercialización.
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En los siguientes veinte años irán apareciendo fármacos de gran utilidad en muchas áreas: antibióticos,
analgésicos, para el sistema circulatorio o el corazón,
contra el rechazo en trasplantes…
Al final de la década de los ochenta del siglo pasado
comienzan a aparecer fármacos muy eficaces frente a
patologías crónicas y agudas, hasta esos momentos
de mal pronóstico y tratamientos poco eficaces o con
muchos problemas: hipertensión, dislipemias (concentración anormal de colesterol y triglicéridos en
el organismo), diabetes, asma, úlcera gástrica y duodenal, analgesia, párkinson, anestesia… La industria
farmacéutica vive una «edad de oro» que la dota de
medios económicos para seguir obteniendo fármacos
eficaces en un mundo casi feliz (al menos el primer
mundo), que demanda calidad de vida y longevidad.
Excelentes fármacos como el captoprilo, la cimetidina, la metformina, el budesónido, la lovastatina,
el propofol, el piroxicam, etc., llegaron a un mercado
casi desierto y, con su gran eficacia y bajo perfil de
efectos secundarios, consiguieron que sus fabricantes
obtuvieran beneficios inmensos. Además, se encontraron las arcas de la sanidad pública llenas en países
donde el erario público las financia, o donde los bolsillos de ciudadanos ricos, como los estadounidenses,
están dispuestos a pagarlos. Tampoco había un control exhaustivo sobre las actividades comerciales de
los laboratorios ni sobre los estudios clínicos. Hasta
hace poco era frecuente esconder los desfavorables y
alardear de los que arrojaban buenos resultados. Las
revistas médicas de alto impacto eran el escaparate de
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www.cochrane.org

estos últimos y su principal fuente de ingresos.
De estos «cabezas de serie» fueron surgiendo derivados con pequeñas modificaciones en sus estructuras
químicas que, en ocasiones, mejoraban aspectos como
la eficacia, los efectos secundarios, las interacciones,
la comodidad de las tomas… y generalmente, eran diferentes compañías a las primeras las que lo obtenían.
No por ello bajaban el precio, sino que casi siempre
conseguían uno superior. A estos medicamentos se los
ha llamado me too (yo también), y algunos han prevalecido sobre los originales: ranitidina sobre cimetidina, enalaprilo sobre captoprilo, atorvastatina sobre
lovastatina…. El coste de la investigación era muy inferior, al aprovecharse de lo ya hecho por las iniciales,
y los beneficios eran notablemente superiores.
Es aquí cuando los laboratorios tienen que realizar
estudios comparativos para demostrar esas ventajas y
así conseguir la prescripción del médico y la financiación pública. Al menos, en teoría.
No olvidemos que las empresas farmacéuticas no
tienen como misión salvar vidas, sino dar el mayor
beneficio a sus accionistas y directivos. Al igual que
en otros sectores como la banca y el automóvil, el de
los medicamentos no ha escapado de la codicia y ha
sobrepasado la ley comprando voluntades de prescriptores y falseando o malempleando estudios clínicos. La primera década de este siglo está llena de
noticias de sanciones a compañías farmacéuticas por
estas prácticas3.
Pero, ¿quién se atreve a quitar la música en esta
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fiesta cuando todos están bailando y pasándolo bien?
Porque hay que pensar que el medicamento no lo paga
el que lo prescribe y, en países como España, frecuentemente tampoco lo paga el que lo va a tomar. Con
presupuestos de marketing que superan a los de investigación, la maquinaria de los laboratorios se vuelca
en los prescriptores para, antes de que la patente caduque (tienen unos diez años desde la comercialización),
obtener todos los tratamientos posibles y mejorar sus
cuentas de beneficios.
Ya en 1972, el epidemiólogo británico Archie Cochrane empezó a comparar estudios sobre actuaciones farmacológicas. El más famoso, y cuyo resultado
gráfico es el logotipo de la Colaboración Cochrane4
(organización sin ánimo de lucro que investiga para
ayudar en la toma de decisiones sobre terapéutica médica), mostraba que una práctica poco común de administrar un corticosteroide en partos donde había sufrimiento fetal salvaba un 40% la vida de niños recién
nacidos. No fue hasta 1989 cuando se implantó en las
guías de los obstetras; mientras, miles de niños murieron o sufrieron graves lesiones, a pesar de disponerse
de una herramienta tan accesible para evitarlo.
Luego podemos señalar la década de 1990 como
el comienzo de la medicina basada en las pruebas (la
palabra evidencia, mala traducción del inglés, no tiene el mismo significado). Y es desde entonces cuando
muchos fármacos son analizados por organismos públicos, privados sin ánimo de lucro y empresas, con la
intención de que los sanitarios dispongan de la mejor
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herramienta farmacológica para con sus pacientes.
Empiezan a publicarse guías de práctica clínica y
guías de consenso de tratamiento de enfermedades,
en las que se recogen los mejores medicamentos para
cada forma que puede presentar una enfermedad.
Veamos el caso del piroxicam. Este antiinflamatorio fue lanzado al mercado en 1980 como un gran
avance frente a lo existente (aspirina, indometacina),
por su potencia y posología, pues puede tomarse solo
una vez al día, frente a las tres o cuatro de otros. Durante 25 años fue el medicamento más prescrito de su
grupo, y se utilizaba con profusión.
La aparición a principios de este siglo de los nuevos antiinflamatorios (llamados inhibidores de la
COX2, otro chasco farmacológico5) hizo que se pusiera la lupa en clásicos como el piroxicam. Y en 2007, la
Agencia Europea del Medicamento decide que es un
fármaco peligroso que causa graves perjuicios a los
pacientes. De usarse en todos los pacientes y prescribirse por todos los médicos, queda reducido a un uso
hospitalario, por determinados especialistas y muy limitadamente. ¿Cuántos pacientes habrán sufrido sus
graves efectos secundarios, entre los que se incluye
la muerte?
Que un medicamento se use profusamente no implica que sea eficaz o seguro; pero de eso nunca se ha
ocupado la industria farmacéutica que los descubre y
vende. Usando un símil periodístico: que un buen metaanálisis no te estropee un mal medicamento.
Otro caso claro lo constituyen los llamados mucolíticos: medicamentos indicados cuando hay exceso de
mucosidad en las vías respiratorias, ya sea de forma
aguda (bronquitis, resfriado) o crónica (enfisema pulmonar). La acetilcisteína y la bromhexina se siguen
utilizando con profusión en procesos respiratorios
donde hay acumulación o sobreproducción de moco.
Apenas hay estudios que demuestren su eficacia, y sin
embargo ambos se vienen usando desde 1965. Aun
así, el paciente suele referir una mejoría, y lo demanda con frecuencia. La publicidad ayuda notablemente
también a esa percepción.
Para facilitar toda esta información al personal sa-

nitario, existen instituciones públicas y privadas que
recopilan y trabajan para que el profesional pueda
tomar la mejor decisión para el paciente, utilizando
toda la información disponible en el momento sobre
el medicamento o la patología.
Son de destacar la francesa Prescrire6, impecable,
extensa, intensa y, sobre todo, independiente. Su comité editorial no acepta ninguna influencia que no sea
la científica. Anualmente publica su lista de «medicamentos para evitar». La canadiense Therapeutics
Initiative también publica su lista Drugs to avoid7, de
la que recogemos un fragmento en el cuadro adjunto.
En ella aparecen medicamentos de hace más de tres
décadas, durante las que han proporcionado pingües
beneficios a sus comercializadores, junto con otros
que apenas llevan ocho años comercializados, con información de su indicación, el motivo por el que no
se recomienda el uso y la alternativa. Porque se puede
recomendar evitar un medicamento principalmente
por estas causas:
● El riesgo es muy superior al beneficio que aporta.
● Su eficacia es muy baja (incluso no superior al placebo) y hay alternativas más eficaces.
● Sus efectos adversos son muy graves.
● Son muy nuevos, y desconocemos aspectos importantes sobre su seguridad.
● El coste es superior a otros de eficacia y perfil de
seguridad similares.
Si miramos el comentado cuadro, encontramos un
medicamento que se usó muchísimo a finales del siglo xx para tratar los niveles altos de colesterol y triglicéridos en sangre: el bezafibrato. Superado por las
llamadas estatinas, lo importante es que ha demostrado bajar el colesterol en sangre pero no reducir los
eventos cardiovasculares, que es el objetivo último
de dicha bajada de niveles. Un claro ejemplo de medicina basada en las pruebas; de nada sirve mejorar
un parámetro analítico si no aumenta la supervivencia de los pacientes tratados, que es la finalidad de
dicho tratamiento.
En España destaca la labor de la Sociedad Española de Optimización de Farmacoterapia (sedof) 8,

La primera década de este siglo está llena de noticias de
sanciones a compañías farmacéuticas por malas prácticas.

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Fragmento de la lista «Drugs to avoid», de Therapeutics Initiative
(www.ti.ubc.ca/2018/01/04/108-drugs-avoid/).

prolija en talleres y actividades para profesionales
sanitarios. También las consejerías de sanidad de las
Comunidades Autónomas suelen editar sus propios
boletines. r a m es el que edita la Comunidad de Madrid, con especial hincapié en las reacciones adversas a medicamentos; de aquí recibe su nombre9.
Una excelente página española es la del farmacéutico granadino Carlos Fernández Oropesa, que en su
blog El Rincón de Sísifo10 no deja de sorprendernos
con su mordaz, actual y amplia visión de la terapéutica farmacológica. Miles de suscriptores esperamos
sus últimas entradas para empaparnos de buena ciencia.
Cada vez más, grupos de sanitarios compuestos por
médicos y farmacéuticos trabajan para crear estrategias que permitan al profesional encontrar la aguja
de la terapia farmacológica eficaz entre la paja de la
información sesgada de las compañías farmacéuticas.
Prescripción prudente es uno de ellos, y lo hace con
documentos tan útiles como el póster adjunto.
Inmunoterapia: una terapia controvertida
Otro caso claro de tratamientos médicos de eficacia dudosa es la hiposensiblización (o desensibilización) con alérgenos, más conocida como las «vacunas antialérgicas»; aunque no tienen la categoría de
medicamentos sino de productos sanitarios, se usan
con profusión en enfermos alérgicos en España. Estos preparados son prescritos casi exclusivamente
por especialistas en alergia en nuestro país (y en otros
como Estados Unidos y Francia); pero curiosamente,
en otros están prohibidos (en Reino Unido, solo se
permiten los de vacunas contra himenópteros —avispas y abejas—, vacunas que sí funcionan). Es raro
el paciente que pasa por un servicio de alergología o
especialista en España y no salga, si el resultado de la
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prescripcionprudente.wordpress.com

alergia es positivo, con una de estas «vacunas».
Son difíciles de administrar (la mayoría son inyectados), requiere hacerse en un centro médico con soporte vital y personal entrenado por el alto riesgo de
ataques de asma severo o choque anafiláctico, caros
(entre 150 y 250 € cada pauta) y además, como puede verse en revisiones Cochrane11, poco eficaces: hay
que tratar a entre tres y cuatro pacientes para observar
mejoría en uno. Si a los pacientes se les explicase
esta simple estadística, seguro que muchos rechazarían el tratamiento.
Homeopatía: el falso medicamento
Y dedico el final a lo que las autoridades sanitarias
se empeñan en llamar medicamento, sin tener ninguna de sus propiedades y que supone una clara falsedad: los preparados homeopáticos.
Nuestra Ley del Medicamento de 24 de julio de
2016 define:
Medicamento de uso humano: Toda sustancia o
combinación de sustancias que se presente como poseedora de propiedades para el tratamiento o prevención de enfermedades en seres humanos o que
pueda usarse en seres humanos o administrarse a
seres humanos con el fin de restaurar, corregir o modificar las funciones fisiológicas ejerciendo una ac41 el escéptico

ción farmacológica, inmunológica o metabólica, o de
establecer un diagnóstico médico.
Aunque no se podía haber hecho más confusa, aquí
no cabe ningún preparado homeopático porque, como
muchos organismos, autoridades, universidades, academias, gobiernos afirman, carece de toda actividad
terapéutica más allá del placebo.
Y mientras la Ley de Garantías y Uso Racional del
Medicamento (Real Decreto 1/2015 de 24 de julio)12,
exige a los que lo son de verdad lo que se expresa
en sus más de 90 páginas, los «medicamentos» homeopáticos los despacha con cuatro párrafos en su
Art. 50. Todo ello por imposición de la «locomotora»
franco-alemana, que elabora más del 90% de estos
preparados usados en todo el mundo a través de la
directiva 2001/83-CE13, y que obliga a los estados
miembros a regular esta falsa terapia y dotarla de la
categoría de medicamento.
Y de este breve artículo, destaco el último párrafo,
que reza:
4. El Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e
Igualdad establecerá un código nacional que facilite
su pronta identificación y, asimismo, exigirá que sus
números o claves figuren en el envase, etiquetado y
embalaje de los medicamentos homeopáticos con el
mismo criterio que en los demás medicamentos.
A fecha de la redacción de este artículo, el Centro
de Información del Medicamento del Ministerio de
Sanidad no tiene ningún «medicamento» homeopático registrado. Nuestro compañero Fernando Frías,
en su excelente blog La Lista de la Vergüenza14, se
encarga de mantenernos al día al respecto.
Aun así, los fabricantes de esta falsa terapia colocan
sus preparados en las farmacias españolas, dotándolos
de mágicas indicaciones inventadas y no descubiertas
por ningún estudio clínico, a pesar de la oposición de
todas las sociedades científicas farmacéuticas y del
último informe de la Real Academia de Farmacia15,
con el beneplácito de las autoridades sanitarias (Ministerio de Sanidad y Consejerías de Sanidad de las
Comunidades Autónomas) y el apoyo incondicional
de los Colegios de Farmacéuticos y su Consejo Gene-

ral que, en vez de sonrojarse y perseguir esta práctica,
cobijan en sus colegios actividades y personas que de
lo único que pueden alardear es de su ignorancia.
Algo está empezando a fraguarse en la sanidad española para que se acabe con este engaño. Los Colegios de Médicos y su Consejo General están rechazando frontalmente la práctica de la homeopatía por
sus miembros, y han creado un observatorio de falsas
terapias16 donde hasta los pacientes pueden denunciar
estas prácticas.
Falta que las autoridades sanitarias, a quienes debería importarles poco lo que franceses y alemanes quieran imponer acorde a sus intereses económicos, acaben con la denominación de medicamento de algo que
no lo es, y que estos preparados acaben en tiendas de
brujería y esoterismo, al lado de productos similares.
Atentos.
Notas:
1- Datos IMS y facturación laboratorios homeopáticos
en 2014
2- https://es.wikipedia.org/wiki/Talidomida
3- https://cincodias.elpais.com/cincodias/2012/07/02/
empresas/1341395940_850215.html https://elpais.com/
diario/2009/09/03/economia/1251928806_850215.html
4- http://www.cochrane.org/
5- https://elrincondesisifo.org/2018/01/26/que-fue-delos-coxibs/
6- http://www.prescrire.org/Fr/Summary.aspx
7- http://www.ti.ubc.ca/2018/01/04/108-drugs-avoid/
8- http://www.sedof.es/
9- http://www.madrid.org/cs/Satellite?pagename=Portal
Salud%2FPage%2FPTSA_pintarContenidoFinal&languag
e=es&cid=1163519345420
10- https://elrincondesisifo.org/about/
11- http://www.cochrane.org/CD001186/AIRWAYS_allergen-immunotherapy-for-the-...
12- https://www.boe.es/buscar/act.php?id=BOEA-2015-8343
13- http://eur-lex.europa.eu/legal-content/ES/TXT/
PDF/?uri=CELEX:02001L0083-20121116&from=ES
14- http://listadelaverguenza.naukas.com/
15- http://www.ranf.com/images/pdf/academicos/articulos/Homeopatiacompleto.pdf
16- http://www.cgcom.es/observatorio_omc_pseudociencias_intrusismo

Falta que las autoridades sanitarias, a quienes debería importarles poco lo que franceses y alemanes imponen, acaben
con la denominación de medicamento de algo que no lo es.

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