Bunge y las pseudociencias:un acercamiento personal

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Bunge y las pseudociencias: un acercamiento personal Alfonso López Borgoñoz1 "El Universo existe por sí mismo, puede ser explorado y la mejor manera de hacerlo es científicamente." Bunge, 2007 H ace años, quizás veinte, conocí a André Gunder Frank, el conocido científico social de origen alemán ya fallecido. En aquella época, yo estaba notablemente influido por la obra de diversos autores "relativistas" procedentes tanto de la arqueología o la antropología como de la propia filosofía de la ciencia. Durante una cena, empecé a expresar a André la dificultad de trabajar con los restos de culturas antiguas, dado que, al ser adaptaciones socioculturales (es decir, no biológicas) a diferentes contextos naturales, sociales e históricos, era muy difícil conocer realmente nada de ellas, salvo nuestras propias construcciones del pasado. Le comenté que solo sabíamos de "apariencias", no de "realidades". Y lo mismo creía que pasaba al estudiar desde una perspectiva antropológica ciertas poblaciones de otras partes del globo terrestre: nunca hablábamos de ellas, solo de nosotros; conocer la realidad era imposible, en caso de que existiera... E incluso eso pasaba en ciencias como la biología o la física. Pensaba que el concepto cerdo o gravitación universal eran conceptos o constructos nuestros, frutos de nuestra manera de entender la naturaleza en un momento dado. André no estaba de acuerdo, pero tampoco parecía que estuviera especialmente atento a lo que yo decía. Hasta que, en un momento dado, le dije que iba al lavabo. Levantó entonces su vista y, más o menos, me dijo: "La puerta está cerrada, ¿podrás entrar a través de ese constructo o la abrirás antes de pasar?" Sonrió y acabó su frase: "Si tienes prisa, te recomiendo la segunda opción, pues la primera te provocaría un chichón que tendría muy poco de constructo ideal y mucho de objetivo". Nuestro entorno es conocible y mejorable Quizás sí exista un mundo real de chichones evitables por mí, por los yanomamos o por los antiguos romanos, si uno adopta decisiones racionales en su manera de actuar y de entrar en los lavabos o moverse por un bosque, aunque sea posible que haya siempre algunos chichones inevitables (llevo muchos, de hecho). Y sí, también es posible decir cosas sobre los otros del pasado o de otras culturas. De hecho, hay hipótesis o conjeturas acerca de ellos que pueden ser discutibles y mejorables, pero que tienen más elementos de certeza que otras que casi ni siquiera son discutibles, dado lo que sabemos o se puede comprobar (como la influencia de los marcianos en la construcción de las pirámides de Egipto). Solo el especular sin base sobre lo que no se sabe, sin tener en cuenta lo que sí se conoce, permite seguir justificando ciertos exprimavera-verano 2013 Mientras que en las artes o en la ficción todo vale, en la ciencia solo son admisibles las conjeturas razonables, aquellas que se pueden controlar de forma tanto conceptual como empírica el escéptico 64 travíos de la mente muy poco productivos a nivel científico o tecnológico y, por tanto, social. Entonces... ¿no nos podemos permitir hacer conjeturas? ¡Claro que sí! No podemos evitar hacerlas. Pero, como Bunge señala, mientras que en las artes o en la ficción todo vale, en la ciencia solo son admisibles las conjeturas razonables, aquellas que se pueden controlar de forma tanto conceptual (compatibilidad con el grueso del conocimiento) como empírica. Y eso es verdad en física y en el estudio de la historia o de otros pueblos. Todo el mundo en todas las épocas se ha reproducido según su sexo del mismo modo (más o menos divertido, eso sí es tristemente cultural), han debido ingerir alimentos (y, antes de ello, han debido proveerse de los mismos), y han dormido, nacido, crecido, enfermado, envejecido, muerto... de forma más o menos igual en lo físico, aunque con variaciones culturales. Aunque variados en lo cultural, en lo básico iguales... pero siempre con la posibilidad de establecer hipótesis sobre el funcionamiento de cada cultura de forma razonable. Hasta los relativistas (incluso profesores de filosofía dedicados a ello) prefieren volar antes en aviones que con capas de Supermán. Y su tasa de curación con terapias de eficacia comprobada es más elevada que cuando usan otras basadas en supersticiones no validadas de ninguna manera, que algunos de ellos defienden como posibilidad filosófica. Desgraciadamente, el sida existe y negarlo es un insulto grave para sus víctimas, ya que no ayuda en nada a aumentar el bienestar de los afectados, cosa que la buena ciencia sí consigue. El universo (la realidad) existe de forma independiente a la humanidad y es comprensible, aunque el conocimiento del mismo pueda mejorar (o empeorar, según a la universidad a la que uno vaya). Bunge escribe que "el conocimiento objetivo apoyado en pruebas firmes y teoría válida es muy superior a las corazonadas subjetivas", aunque hemos de tener en cuenta que "la ciencia no demuestra el realismo, ni podría hacerlo, porque toda proposición científica, sea ésta dato o hipótesis, se refiere solo a hechos de un tipo particular. La ciencia hace por el realismo algo más que confirmarlo: lo da por supuesto". Pero vivir bajo ese supuesto no lo hacen solo los científicos o los tecnólogos, sino todo el mundo en su vida diaria, incluso los filósofos más relativistas. Y eso es lo deseable, no solo como amantes de la filosofía o de la ciencia, sino de la vida o la ética en general. (foto: Wikimedia Commons) primavera-verano 2013 65 el escéptico Mi duda, nuestra duda, no es sobre la posibilidad de conocer sino sobre las afirmaciones acerca de las cosas que no son comprobables. Sobre las pseudociencias, vamos. Como hemos comprobado, como estamos comprobando, las actuaciones no basadas en la ciencia, asentadas no sobre la realidad o principios comprobables sino en filosofías políticas concretas con objetivos concretos no siempre explicitados, pueden llevar a desastres internacionales, como confundir una política económica ideológica con la economía, como le pasaba a Marx y le ha sucedido a la economía "global" en los últimos años. Existe un mundo social y natural que es cognoscible y claramente mejorable, y en el que podemos actuar de forma racional tratando de equivocarnos lo menos posible en nuestras decisiones a través de la experiencia y consiguiendo avances significativos en el campo de la física, la biología, la economía, la arqueología, la ética o el derecho, si conseguimos que lo que afirmamos esté planteado de la manera más razonable y comprobable posible. Tal vez tuviera razón Einstein, al hablar de los axiomas morales, como recoge Bunge, cuando escribía: "Los axiomas éticos son fundados y puestos a prueba de manera no muy diferente a los axiomas de la ciencia. La verdad es lo que resiste la prueba de la experiencia". Escepticismo metodológico Como fruto de estos intereses, comencé a colaborar activamente en el debate contra las falsedades o errores con apariencia de verdad (o "imposturas intelectuales", según denominaron más tarde Alan Sokal y Jean Bricmont en su libro de ese mismo título a ciertas posiciones defendidas desde el postmodernismo y el relativismo). Al principio, mi intervención fue ligera, preocupado meramente por las llamadas pseudociencias más livianas y triviales, en la tesitura de tratar de desmontar, por ejemplo, hipótesis sobre astronautas en el mundo maya basadas en datos no comprobables. Cuando me introduje más, empecé a preocuparme por otros campos, al tratar de documentarme e informar sobre el peligro real que supone la profunda inexactitud de las "teorías" acerca de la validez y utilidad de muchas de las medicinas falsamente alternativas, o del creacionismo en cualquiera de sus formas y mutaciones para adaptarse a cada medio (casi de forma darwinista, lo que no deja de ser el escéptico 66 paradójico). Me embarqué en el llamado movimiento escéptico, que en realidad nada tiene que ver con el escepticismo clásico de Pirrón o Sexto Empírico, que yo valoraba antes mucho --y cuya lectura en su vertiente clásica aún me encanta-- ni con sus variantes de la época moderna, que negaban la posibilidad de todo conocimiento. El mío era un escepticismo metodológico o científico, de duda metódica pero no sistemática. Como lo define perfectamente Bunge en un texto incluido en este libro, "es una posición tanto metodológica como práctica y moral. En efecto, quienes lo adoptan creen que es tonto, imprudente y moralmente erróneo afirmar, practicar o predicar ideas importantes que no hayan sido puestas a prueba o, peor aún, que hayan mostrado de manera concluyente ser totalmente falsas, ineficientes o perjudiciales". Este tipo de escépticos, continúa Bunge, "creen todo aquello que haya sido probado o que haya mostrado que goza de respaldo empírico sólido. Descreen de todo aquello que choque con la lógica o con el grueso del conocimiento científico y sus hipótesis filosóficas subyacentes. El suyo es primavera-verano 2013 un escepticismo matizado, no un indiscriminado. Los escépticos metodológicos sostienen numerosos principios y, sobre todo, confían en que los seres humanos harán progresar aún más el conocimiento de la realidad. Su fe es crítica, no ciega. Se trata de la fe del explorador, no de la fe del creyente. No creen en aquello que no está respaldado por pruebas, pero están dispuestos a explorar las ideas nuevas y audaces si encuentran razones para sospechar que puedan tener posibilidades [...]. Tienen la mente abierta, pero no la mente en blanco. Se apresuran a filtrar la basura intelectual". Y también: "Quienes ponemos en tela de juicio las creencias en los fantasmas, la reencarnación, la telepatía, la clarividencia, la telequinesia, la rabdomancia, las influencias de los astros, la magia, la brujería, las `abducciones' por ovnis, la grafología, la cirugía psíquica, la homeopatía, el psicoanálisis y otras por el estilo, nos llamamos a nosotros mismos escépticos. Pero al hacerlo queremos indicar que adoptamos la famosa duda metódica de Descartes. Se trata de una desconfianza inicial respecto de las percepciones, informaciones y pensamientos extraordinarios. No quiere decir que los escépticos cierren sus mentes a los acontecimientos extraños sino que, antes de admitir que tales sucesos son reales, desean que se los controle por medio de nuevas experiencias o razonamientos. Los escépticos no aceptan ingenuamente la primera cosa que perciben o piensan. No son crédulos, pero tampoco son neofóbicos. Solo son críticos. Antes de creer, quieren ver pruebas". Mi duda, nuestra duda, no es sobre la posibilidad de conocer sino sobre las afirmaciones acerca de las cosas que no son comprobables. Sobre las pseudociencias, vamos. Y para la lucha conceptual contra las mismas, la obra de Bunge es maravillosa por su claridad, amenidad, rigor, coherencia y facilidad de lectura. Y por atreverse a exponerla con generosidad y sin cortapisas ante cualquier público. Víctima yo aún de autores encumbrados y oscuros, los escritos de Mario Bunge me han aportado siempre valiosas herramientas conceptuales con las que acercarme a los objetos de mi interés, señalando la importancia de establecer una nítida separación entre ciencia y pseudociencia. Para él, negar la necesidad de definir bien lo que es ciencia no es correcto. Como escribió hace años, "ante la ausencia de una caracterización explícita y adecuada de la ciencia (y de su opuesto, lo que no es ciencia), ciertas teorías y prácticas fraudulentas se pueden colar por las puertas de la ciudadela de la ciencia. Piénsese en la cosmología creacionista, el `creacionismo científico', el determinismo genérico, el psicoanálisis o la utilización de las manchas de tinta para el diagnóstico de la personalidad y de la hipnosis para la recuperación de la memoria". A muchos no parece preocuparles grandemente el mundo de las pseudociencias. En las universidades y los medios académicos creen que es una forma de pensar inofensiva y propia del vulgo, de la plebe, pues "están demasiado ocupados con sus propias investigaciones como para molestarse por tales sinsentidos. Esta actitud, sin embargo, es de lo más desafortunada". Como el mismo Bunge señala, este tipo de falso conocimiento es más dañino de lo que parece pues, al fin y al cabo, el método científico constituye la mejor estrategia para conseguir las verdades más objetivas, precisas y proprimavera-verano 2013 Los escritos de Mario Bunge me han aportado siempre valiosas herramientas conceptuales con las que acercarme a los objetos de mi interés, señalando la importancia de establecer una nítida separación entre ciencia y pseudociencia. fundas acerca de hechos de toda clase, naturales o sociales. No solo hablamos de las cosas, sino también de la gente y de sus relaciones. Pero no solo es ciencia "de las cosas", no solo se trata de diferenciar de la forma más correcta posible los conceptos físicos o químicos. Tras la búsqueda del conocimiento sobre nuestro entorno, en Bunge hay una seria reflexión ética acerca de la relación de los seres humanos con la naturaleza y con otras personas. Su realismo científico filosófico integral es "la filosofía que casi todo el mundo practica cuando intenta resolver sus problemas de todos los días. Únicamente los filósofos pueden profesar el antirrealismo y esto solo cuando escriben o enseñan". El falso conocimiento no sirve. No ayuda. La defensa no es porque sí, sino porque cree importante "la posibilidad de construir una filosofía práctica científica. Ésta sería un código moral y una filosofía política diseñadas para personas reales en sociedades reales, no para ángeles en utopías. Es decir, ese código estaría diseñado para individuos que se enfrentan a dilemas morales reales en sistemas sociales reales; personas con necesidades y aspiraciones, así como con derechos y deberes". Es más, "la filosofía política no es un lujo, sino una necesidad, ya que se la necesita para entender la actualidad política y, sobre todo, para pensar un futuro mejor. Pero para que preste semejante servicio la filosofía política deberá formar parte de un sistema coherente al que también pertenezcan una teoría realista del conocimiento, una ética humanista y una visión del mundo acorde con la ciencia y la técnica contemporáneas". Mario Bunge es un referente en filosofía de la ciencia a nivel mundial, al que no le gusta hablar solo en las universidades y ser leído solo por catedráticos en una torre de marfil, sino que le preocupan los riesgos de la mera palabrería. Y esa preocupación la tiene tanto en círculos académicos como en revistas de divulgación, en la prensa, en congre67 el escéptico sos, etc. André Gunder Frank, mencionado al comienzo de este prólogo, nació en Alemania. Sus padres huyeron de la Alemania nazi ya en 1934, cuando él tenía solo cinco años. Como le sucedió a Sophie Scholl y a muchos otros alemanes, André me señaló que no hacía falta ser judío ni víctima directa de los peores crímenes del régimen hitleriano para darse cuenta de que realmente, de forma objetiva, aquello no podía ser bueno. Que no era relativo. No todo es igual y hay que defender el mejor conocimiento crítico posible. Y eso es un poco lo que creo que defiende Bunge, y así lo muestra de forma insistente en sus obras. Sobre este libro Este libro surge del interés del editor, Serafín Senosiáin, y del mío propio en reunir en castellano los artículos más significativos publicados por Mario Bunge dedicados, en general, a clarificar el principio de demarcación entre ciencia y pseudociencia, así como otros trabajos suyos que creemos relacionados. En la selección de textos, originalmente publicados en inglés en su mayoría, nos ayudó el propio Mario Bunge, quien sugirió algunos textos que él consideró que merecían estar incluidos. La facilidad de trabajar y colaborar con el autor en todo momento, desde hace ya tiempo, con respuestas rápidas, claras y acertadas, ha sido un motivo de satisfacción. De todos los artículos seleccionadas en un primer momento descartamos, finalmente, por recomendación del traductor, Rafael González del Solar, el texto "The Scientist's Skepticism" (titulado en español "El escepticismo del científico"), el cual es solo un extracto del texto "Creencias y dudas de un escéptico", que sí se incluye en el presente libro. El orden de los artículos, por otra de las muchas sugerencias acertadas de Rafael González del Solar, se basa en su organización temática y no cronológica. Para acompañar los textos, hemos creído adecuado solicitar otros dos prólogos al propio Rafael González del Solar y a la profesora Cristina Corredor, que espero ayuden al lector tanto como a nosotros a acercarse a la figura y obra del filósofo argentino. 1. Reproducimos con permiso este prólogo extraído del libro "Las pseudociencias ¡vaya timo!" de Mario Bunge. ISBN: 978-84-9242224-1. el escéptico 68 primavera-verano 2013

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