Más allá de las imposturas intelectuales

Sección: 
SILLÓN ESCÉPTICO
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Sillón escéptico Azul Y Pálido Pablo Ríos Roberto García Álvarez Entrecomics Comics, 2012. 86 páginas. Un cómic (o novela gráfica) que se abre con una cita de Carl Sagan, quien aparece en varias de sus viñetas, y utiliza como título una referencia a uno de sus últimos libros, es un gancho ineludible para cualquier escéptico. Pero, al ojearlo, descubrimos que trata sobre ovnis. Aun así, el comienzo es prometedor. La versión ofrecida sobre la famosa abducción del matrimonio Hill es correcta (aunque presenta varias inexactitudes) y razonablemente crítica. Sin embargo, el segundo capítulo se dedica al contactado suizo Billy Meier, y todo comienza a desmoronarse... o no. Siguen capítulos sobre la secta Unarius, Sixto Paz (con imágenes tomadas de "los Celestiales" de Kirby), Adamski, Bongiovanni (y la virgen extraterrestre de Fátima), etc. Junto a estos contactados se ilustran casos como el de Travis Walton (con la aparición estelar de Philip J. Klass el "debunker"), la conspiración entre el gobierno norteamericano y los alienígenas, y la mejor aportación hispana a esta paranoia, el caso UMMO, donde el escéptico de turno, en este caso anónimo, tiene un aspecto bastante similar al mío propio que he escrito bastante sobre el tema (el autor destruye cualquier esperanza de fama mediática, pues en conversación personal asegura que no soy yo, que se basó en José Sacristán, como prototipo de españolito de los años 70). El esfuerzo de documentación es evidente y se aprecia hasta en detalles sutiles como incluir a Klaatu (el robot de la película de 1951 Ultimátum a la Tierra) junto a Adamski, quien divulgó un mensaje muy similar... después. Según confesión propia, el autor se interesó por los ovnis tras ver por televisión Encuentros en la tercera fase (a mediados de los 80) y al plantearse su primer trabajo a gran escala, decidió aprovechar aquellas inquietudes juveniles. Por suerte para él, la famosa filmación de la muñecopsia de Roswell a finales de siglo fue la gota que colmó su vaso, y lo llevó a las filas del escepticismo. Debo reconocer que el estilo del dibujante (elemental, que no sencillo) es para mí (anclado como estoy en la iconografía clásica de Stan Lee o del propio Kirby) un elemento de rechazo. Sin embargo, al final, Pablo Ríos ha sabido ganarse mi aprecio. El autor ha optado por renunciar a "hacer sangre", pero sabe retratar con acierto el patetismo de las situaciones descritas. Ésta su primera incursión en el mundillo profesional del cómic me parece una aguda reflexión sobre la soledad del ser humano y sobre una de las formas más curiosas de enfrentarse a ella. Como alguna vez dijo Arthur C. Clarke: "Existen dos posibilidades. O bien estamos solos en el Universo, o bien no. Ambas (énfasis mío) son igual de inquietantes." Luis R. González. Más allá de las imposturas intelectuales Alan Sokal. Paidós, 2008. 576 páginas. Tit. Or. Beyond the hoax: Science, Philosophy and Culture. Trad. Miguel Candel. El físico Alan Sokal se hizo famoso en 1997 con su escándalo. Cansado de ver cómo ciertas ramas de las humanidades saqueaban el vocabulario científico sin rigor ni mesura decidió hacer algo para remediarlo. Le molestaba, sobre todo, que conceptos con una definición exacta en física o matemáticas fuesen utilizados para ilustrar cosas que no tenían nada que ver. En algunos casos una leve analogía, pero en otros ni siquiera eso: su uso se reducía a jerga pseudofísica que podía parecer ciencia a ojos profanos, pero que cualquier científico detectaría enseguida como engaño. Si hubiera escrito algún artículo de denuncia, o incluso un libro, seguramente hubiera pasado desapercibido. En vez de eso decidió escribir un artículo titulado "Transgressing the Boundaries: Towards a Transformative Hermeneutics of Quantum Gravity" (Transgrediendo los límites: el escéptico 72 primavera-verano 2013 hacia una hermeneútica transformadora de la gravedad cuántica). Una parodia de lo que quería criticar. A pesar de que no decía más que tonterías, fue publicado en Social Text, una importante revista académica de humanidades. Cuando reveló que todo había sido una broma se montó el escándalo. Se estuviera a favor o en contra del método utilizado, reveló de una manera clara y contundente que el emperador estaba desnudo. Nadie del equipo de redacción se dio cuenta de que se trataba de una patraña. El artículo junto con una explicación de las notas se publicó en forma de libro (Imposturas intelectuales) y se incluye en este libro (en versión actualizada) junto con una serie de artículos y reflexiones que van más allá de la denuncia inicial, pero que constituyen una crítica coherente a lo que se podría denominar la posición posmodernista o relativista frente a la ciencia. Vivimos en un mundo en el que cada vez es más importante conocer la ciencia para la toma de decisiones (¿Es seguro un medicamento? ¿Puedo tener una antena de móviles en mi casa? ¿Debemos detener la energía nuclear?) y sin embargo vemos que este conocimiento es cada vez más escaso, y que son precisamente las llamadas izquierdas las que con más simpatía miran las críticas a todo lo científico. Como dice Chomsky y aparece en este libro: "Los intelectuales de izquierda tomaban parte activa en la viva cultura de la clase obrera. Algunos trataban de compensar el carácter de clase de las instituciones culturales mediante programas de formación para obreros, o escribiendo libros de amplia difusión sobre matemáticas, ciencia y otros temas destinados al público en general. Llama la atención que sus homólogos de la izquierda actual traten con frecuencia de privar a los trabajadores de esas herramientas de emancipación, diciéndonos que el «proyecto de la Ilustración» está muerto, que debemos abandonar las «ilusiones» depositadas en la ciencia y la racionalidad: mensaje que alegrará los corazones de los poderosos, encantados de monopolizar esos instrumentos para su propio uso." La ciencia es un lenguaje universal y democrático; cualquiera puede entenderlo por encima de clases, etnias o sexo, y sin embargo se asocia equivocadamente a una élite en connivencia con el poder. Pero la cosa va aún más lejos. No solo se intenta socavar la credibilidad de la ciencia, sino que incluso axiomas básicos del pensamiento parecen ponerse en entredicho. La cultura del consenso está muy bien -es indispensableen determinados ámbitos. Pero en la ciencia las cosas no funcionan por consenso; los físicos no deciden que existe la gravitación: la descubren o la describen mediante fórmulas. Sin embargo, hay mucha gente que piensa que la ciencia es un constructo social que tiene tanta validez como los mitos: "Y, sin embargo, algunos sociólogos y especialistas en estudios literarios se han vuelto demasiado codiciosos a lo largo de los últimos treinta años: dicho a grandes rasgos, quieren atacar la concepción normativa de la indagación científica como búsqueda de verdades, exactas o aproximadas, acerca del mundo; quieren ver la ciencia simplemente como una práctica social más, que produce «narraciones» y «mitos» cuya validez no es mayor que la de los producidos por otras prácticas sociales; y algunos de ellos primavera-verano 2013 pretenden, además, que esas prácticas sociales codifican una visión del mundo burguesa y/o eurocéntrica y/o masculinista. Esto, por supuesto, como todo resumen sucinto, es una drástica simplificación; y, en todo caso, no hay ninguna doctrina canónica de la «nueva» sociología de la ciencia, solo una desconcertante variedad de individuos y escuelas. Lo que es más importante, la tarea de resumir se hace aquí más difícil por el hecho de que la literatura a la que me refiero es, a menudo, profundamente ambigua en sus afirmaciones fundamentales (tal como mostraré con los ejemplos de Latour y Barnes-Bloor). Sin embargo, creo que la mayoría de los científicos y filósofos de la ciencia quedarían atónitos al leer que «el mundo natural desempeña un pequeño o nulo papel en la formación del conocimiento científico», tal como sostiene el destacado sociólogo de la ciencia Harry Collins; o que «la realidad es la consecuencia más que la causa» de la llamada «construcción social de los hechos», como afirman Bruno Latour y Steve Woolgar." Esta es con seguridad la variante más peligrosa del pensamiento posmoderno. Aunque quienes así lo afirmen no se dan cuenta del presupuesto ontológico que este pensamiento trae consigo: que no existe algo a lo que podamos llamar `universo real' y cuyas leyes podamos descubrir aunque sea por aproximación. Si la ciencia es algo que construimos entre todos lo mismo puede decirse del universo, y aunque haya mucha gente que crea que por desear algo con mucha fuerza la realidad se adaptará a sus deseos, lo cierto es que a 73 el escéptico la realidad le importa bien poco lo que pensemos los humanos. Podemos decir que es el sol quien sale o que es la tierra la que gira, pero por más que lo intentemos no podemos parar ese movimiento. Lo curioso del caso es que estas personas, en su vida cotidiana no aplican estos principios. Se despertarán sabiendo que la ducha estará en el mismo sitio que ayer, y que no habrá desaparecido porque alguien se ha olvidado de pensar en ella. Todos aplicamos a diario el método científico, de mejor o peor manera: "La cuestión básica, en mi opinión, es que no existe ninguna diferencia «metafísica» fundamental entre la epistemología de la ciencia y la epistemología de la vida cotidiana. Historiadores, detectives y electricistas --en definitiva, todos los seres humanos-- utilizan los mismos métodos básicos de inducción, deducción y evaluación de los datos que los físicos o los bioquímicos. La ciencia moderna in- tenta llevar a cabo esas operaciones de manera más cuidadosa y sistemática --utilizando controles y ensayos estadísticos, insistiendo en la repetición, etc.--, pero nada más." Por suerte gozamos de más sentido común en el día a día que en nuestras elucubraciones filosóficas. Zenón demostró que el movimiento no existe, pero Diógenes, sencillamente, se levantó y echó a andar. Como dijo Euler, citado en el libro: "Cuando mi cerebro provoca en mi alma la sensación de un árbol o de una casa, yo afirmo, sin dudar, que un árbol o una casa existen realmente fuera de mí, de los cuales conozco la ubicación, el tamaño y otras propiedades. De conformidad, no hay hombre o animal que cuestione esta verdad. Si a un campesino se le metiera en la cabeza concebir una duda tal y dijera, por ejemplo, que no cree que el alguacil existe, aunque lo tuviera delante, lo tomarían por loco, y con razón. Pero cuando un filósofo formula ta- Sobre El mito del cerebro creador Me asombró leer, en el último número de El escéptico, una reseña de El mito del cerebro creador, de Marino Pérez Alvarez. Me asombró por tres razones. La primera es la crítica que hacen a lo que llaman "cerebrocentrismo", como si los procesos cerebrales ocurriesen en todo el cuerpo y, no solamente en el cerebro. (¿Será por esto que la Inquisición quemaba el cuerpo íntegro del hereje que sostenía que el creador es el ser humano y no Dios, en lugar de contentarse con decapitarlo?) La segunda razón es la ausencia de argumentación y, en particular, la ausencia de crítica racional a la neurociencia cognitiva, que es la fase contemporánea de la psicología, como lo sabe quienquiera se moleste en revisar las revistas de psicología científica. La tercera razón es que los comentaristas sostienen que lo que llaman "materialismo filosófico" supera tanto al monismo como al dualismo (psiconeurales). Las historias de la filosofía y de la psicología nos enseñan que, desde el siglo VI a.C., el materialismo filosófico ha sostenido el monismo psiconeural, o sea, la hipótesis de que lo mental es nada más y nada menos que la función específica del cerebro, en particular la creación de ideas nuevas. En resumen, la reseña en cuestión es falsa en el mejor de los casos, confusa en el peor, y en todo caso dogmática. autor de "The Mind-Body Problem" (1980), "Philosophy of Psychology", con R. Ardila (1987) y "Matter and Mind" (2012) Mario Bunge el escéptico 74 primavera-verano 2013 les pensamientos, espera que admiremos su sabiduría y su sagacidad, las cuales sobrepasan infinitamente las aprehensiones del vulgo." A salvo de tormentas metafísicas, en nuestra vida cotidiana manejamos una ontología realista (más nos vale). Pero los intelectuales posmodernos se empeñan en redefinir términos como verdad. Es cierto que, en ocasiones, la verdad es algo relativo. Pero no debemos confundir esta noción de verdad (¿Es Dan Brown un buen escritor? p. ej.) con lo que podríamos denominar hechos. O está lloviendo o no lo está. O se está embarazada o no se está. En una ocasión hubo un juicio en el que dos personas afirmaban cosas contradictorias (uno decía haber enviado un documento y el otro que no lo recibió). Un experto consultado por una cadena de noticias se descolgó con la declaración siguiente: "La verdad trascendente no existe. Así pues, no creo que el juez Doutréwe o el policía Lesage estén escondiendo nada: ambos están diciendo su verdad." "La verdad va unida siempre a una estructura organizativa y depende de los elementos que se perciben como importantes. No es extraordinario que estas dos personas, que representan dos universos profesionales tan distintos, proclamen cada uno verdades distintas. Dicho esto, creo que, en el presente contexto de responsabilidad pública, la comisión únicamente puede proceder tal como lo está haciendo." A lo que el autor replica: "Esta respuesta ilustra de forma impactante las confusiones en las que han caído algunos círculos de profesionales de las ciencias sociales a base de usar un vocabulario relativista. La disputa entre el juez y el policía se refiere a un hecho material, el traspaso de un documento. (Es posible, desde luego, que el documento se enviara y que se perdiera por el camino, pero esto seguiría siendo una clara cuestión fáctica.) Sin duda, el problema epistemológico es complicado: ¿cómo descubrirá la comisión lo que ha ocurrido en realidad? Sin embargo, existe una verdad: bien se envió el documento, bien no se envió. Cuesta ver qué se gana al redefinir la palabra «verdad» (tanto si es «parcial» como si no) estrictamente como «una creencia compartida por un número mayor o menor de personas»." La verdad no es un consenso, si creemos que existe un universo real, con leyes propias, debemos esforzarnos por aprender cuanto podamos sobre ellas. Esto no es una búsqueda de acuerdo, ni una construcción social. Se trata de averiguar cómo funcionan las cosas. Si esto significa que nos convertimos en realistas ingenuos, que así sea. No solo, hoy por hoy, tenemos en la ciencia la mejor manera de obtener conocimiento del mundo, sino que también es el único sistema con capacidad de autocorrección, mediante verificación y falsación de sus postulados. Como afirma Robin Fox, citado también en el libro: "Nos guste o no, la ciencia, con su objetividad (aun cuando ésta pueda verse comprometida en ciertos casos) y su disposición a someterse a validación o refutación, sigue siendo el único lenguaje internacional capaz de brindar conocimientos objetivos sobre el mundo. Y es un lenguaje que todos pueden usar, compartir y aprender. [...] Los desheredados de la tierra quieren ciencia y los beneficios que ésta aporta. Negárselo es otra forma de racismo." primavera-verano 2013 Aunque el libro se dirige, principalmente, sobre el citado mal uso de los términos científicos y de la distorsión de la noción de verdad que parecen traer los nuevos usos, hay capítulos dedicados a reflexionar sobre temas cercanos. Así también se habla de pseudociencia y religión, que reciben las mismas críticas, ya que se oponen a los hechos. Aunque no estoy muy de acuerdo con el siguiente párrafo: "El hecho de que se pueda distinguir (en muchos casos, en seguida) entre la ciencia genuina y la pseudociencia no significa que sea posible trazar una frontera rígida entre ambas ni, aún menos, una frontera basada en «criterios de demarcación» estrictos, como los que propuso el filósofo Karl Popper. Sería mejor imaginar un continuo donde la ciencia bien asentada (por ejemplo, la idea de que la materia se compone de átomos) se sitúe en un extremo; a continuación se encontraría la ciencia puntera (las oscilaciones del neutrino, por ejemplo) y la ciencia dominante pero especulativa (la teoría de cuerdas); después, mucho más allá, la ciencia de mala calidad (los rayos N, la fusión fría), y al final, tras un largo recorrido, la pseudociencia. A pesar de que no hay un lugar concreto donde dibujar una línea de separación, existe una diferencia fundamental entre las ciencias naturales asentadas y las pseudociencias [...]" Aunque no le guste el criterio de demarcación de Popper no estoy seguro de que haya un continuo entre la ciencia y la pseudociencia. Puede que si en nuestro conocimiento actual sobre el estatus verdadero de alguna (por ejemplo, la teoría de cuerdas). Pero, a la postre, serán científicas o no. La fusión fría puede parecer más científica que la homeopatía, pero si los experimentos demuestran que no existe, no es científica. Comparto, eso sí, la libertad de cualquier adulto a estar equivocado y ser estafado por la pseudociencia de su elección: "¿Acaso importa que algunas personas crean en la homeopatía o en el Toque Terapéutico? Quizá no mucho. Personalmente, me fastidia que los proveedores de charlatanería (muchos de los cuales son ya empresas gigantes) aligeren las carteras de los crédulos; no obstante, al contrario de lo que ocurre en la mayoría de los fraudes de consumo, en este timo, la víctima participa, deseosa, en su sacrificio. Mis instintos libertarios me empujan a adoptar una actitud distante frente a los actos pseudocientíficos consentidos entre mayores de edad." "De igual modo, ¿acaso importa que algunas personas --reconozcámoslo, en su gran mayoría intelectuales-- crean que la verdad es una ilusión, que la ciencia es simplemente una especie de mito y que los criterios para juzgar la racionalidad y la correspondencia con la realidad dependen por completo de la cultura de cada uno? Una vez más, quizá no: en la sociedad abundan doctrinas muchísimo más perniciosas; además, de todas formas, la influencia de los intelectuales más allá de su torre de marfil es mucho menor de la que nos ilusionamos en creer." Pero considero que sí que importa que las personas piensen en la ciencia como una especie de mito. Esas personas tendrán que decidir si financiar la búsqueda de medicamentos o la homeopatía, si invertir en ciencia básica o no, o si permitir poner una antena de móviles en su casa. Además, creo que es un deber informar de que pseudociencias 75 el escéptico como la homeopatía no tienen detrás nada que las avale; si después de informados deciden seguir creyendo, muy bien, pero que no elijan por ignorancia. La religión tampoco sale muy bien parada. ¿Tenemos razones para creer en algún tipo de Dios? Pocas: "Tenemos calificativos para las personas que tienen muchas creencias para las que no hay justificación racional. Cuando sus creencias son extremadamente comunes, las llamamos «religiosas»; de no ser el caso, es probable que se las llame «locas», «psicóticas» o «ilusas». [...] Y, sin embargo, es un mero accidente histórico que se considere normal en nuestra sociedad creer que el Creador del universo puede escuchar nuestros pensamientos, mientras que se considera prueba de enfermedad mental creer que él se comunica contigo haciendo que la lluvia repiquetee en código Morse contra la ventana de tu dormitorio." Pero, y esto es importante, hay una explicación psicológica. A las personas nos gusta pensar que nuestra vida tiene un sentido, una finalidad. Sea esta de tipo religioso o no: "La epistemología no es el punto fuerte de Lerner, pero la psicología sí. Basándose en su experiencia como psicoterapeuta en el Institute for Labor and Mental Health (ILMH), Lerner ofrece un número extraordinario de ideas penetrantes sobre las experiencias cotidianas de la gente bajo el capitalismo contemporáneo y las variadas conceptualizaciones que construyen a partir de esas experiencias. «Mucha gente», observa Lerner, ha tenido la sensación de una profunda carencia en sus vidas y ha comprobado que las recompensas que da el mercado no satisfacen su hambre de poseer algún marco de sentido y finalidad en ellas. [...] Algo muy importante falta en el mundo en el que vivimos [...] algo más profundo que la justicia social (aunque también necesitamos de ésta). [...] Esa hambre de sentido y finalidad es tan fuerte y fundamental para la vida humana como el hambre de alimento y de placer sexual." Algunas personas encuentran este sentido en la fe, otras, simplemente, en su trabajo o vida personal. El autor también cree que el aumento del populismo de derechas es una respuesta al paternalismo de los liberales de clase media-alta (teniendo en cuenta que la situación en Estados Unidos es muy diferente que en Europa, empezando porque lo que allí entienden por izquierda aquí se le llamaría centro derecha). El propio autor cae en el mismo paternalismo cuando afirma más adelante lo siguiente: "En primer lugar, es fundamental distinguir entre las ideas y las personas que las sostienen. Las personas que sostienen falsas ideas no son necesariamente estúpidas. [...] Pero las personas que sostienen falsas creencias no son necesariamente estúpidas ni irracionales." No son estúpidas, simplemente están equivocadas. Y puede parecer pretencioso señalarles su error, pero es mejor que no hacerlo. Es nuestro deber denunciar las estafas intelectuales, informar sobre los peligros de las pseudociencias, y defender la razón frente a la irracionalidad, venga ésta de la religión o de la ignorancia. Este es un gran libro sobre esta lucha, que todo escéptico debería leer y -ojaláaquellos que todavía están equivocados. Juan P. Fuentes el escéptico 76 primavera-verano 2013

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