...PERO TENDRÍA QUE MATARTE: UNA BIOGRAFÍA DE LA CONSPIRACIÓN

Sección: 
ANUARIO 2017
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...pero tendría que matarte.
.

Una biografía de la conspiración
Javier Cavanilles
Periodista. ARP-SAPC
Trabajo realizado con la ayuda de una beca de investigación de ARP-SAPC
Que estés paranoico no significa que no estén yendo a por ti
Trampa 22. Joseph Heller.

1. Introducción
En mayo de 2016, la Chapman University (California, EEUU) hizo pública la tercera edición de su
National Survey of Fear1 (Encuesta Nacional sobre
Miedo). En ella, la mayoría de encuestados se mostró
«muy de acuerdo» o «de acuerdo» con que el gobierno
ocultaba datos sobre los atentados del 11-S (52,3%),
el asesinato de Kennedy (47,8%), el cambio climático
(40,3%) o los encuentros con extraterrestres (40,2%).
Pero el dato más llamativo era que el 30,6% seguía
creyendo que la Casa Blanca mantenía el cover up sobre el llamado «Incidente de Dakota del Norte» (The
North Dakota Crash), lo que situaba esta conspiración
en séptimo lugar, justo entre el plan para instaurar un
Nuevo Orden Mundial (34,5%) y que el expresidente
Barack Obama no nació en EE.UU. (28,9%), por lo
que nunca debería haber ocupado el cargo.

Por supuesto, ni todas las conspiraciones de la encuesta pueden meterse en el mismo saco ni todas las
respuestas eran igualmente absurdas. Por ejemplo,
en los casos del 11-S o el asesinato de Kennedy, los
equivocados eran los que creían que el gobierno les
había contado todo lo que sabía. Que la Administración Bush orquestó los atentados contra las Torres
Gemelas es una idea tan extendida como absurda,
pero hasta un mes después de la publicación de esta
encuesta, la Casa Blanca no hizo público el quinto de
los anexos al informe de la Comisión Nacional sobre los Ataques Terroristas en EEUU (más conocida
como la Comisión del 11-S), que permanecía clasificado desde 2002, y en el que se analizaba la presunta
relación de Arabia Saudí con los atentados. Es decir,
el Gobierno sí había ocultado datos. Lo mismo podría afirmarse del atentado contra Kennedy. Aunque

No todas las conspiraciones son igual de absurdas.
Por ejemplo, en el 11-S o el asesinato de Kennedy los
equivocados eran los que creían que el gobierno les había
contado todo.

el escéptico 18

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(foto: Benjamín Andre, https://pixabay.com/es/users/benjamin-andre-1125020/)

toda la información disponible hasta la fecha apunta a
que un «lobo solitario» con ansias de notoriedad, Lee
H. Oswald, fue el único responsable del magnicidio,
todavía quedan por desclasificar 3.598 documentos
que deberían ver la luz, como muy tarde, en octubre
de 2017, según establece la JFK Records Act. Ni los
más recalcitrantes esperan ya encontrar una «pistola humeante» que cambie la versión oficial, pero el
ocultamiento de datos sobre el caso comenzó poco
después de que Oswald disparase la tercera bala y se
mantiene hasta nuestros días.
En otras de las respuestas, es evidente que los que
se equivocaban eran los que pensaban que el Gobierno les estaba engañando. Que Obama nació en Hawai
el 4 de agosto de 1961 no merece mayor comentario,
por muy extendidas que estén las teorías de los llamados birthers: hasta la prensa de la época4 se hizo eco
del feliz acontecimiento. ¿Y qué decir del 28,9% que
creía que se les ocultaban datos sobre el origen del
sida, o del 23,2% que sigue albergando dudas sobre
el alunizaje del Apolo 11?
Por eso es interesante fijarse en ese 36,5 % de encuestados que estaba «de acuerdo» o «muy de acuerdo» cuando se les preguntó sobre el encubrimiento
del Incidente del Dakota Norte. Y es interesante porque ese caso jamás existió, era una especie de broma de los encuestadores para ver hasta qué punto la
gente sabía de lo que estaba hablando. Por supuesto,
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algunos respondieron que «sí» confundidos por casos como el Incidente Roswell. Otros, simplemente,
porque hubieran hecho lo propio a cualquier pregunta que comenzara con la frase «cree que el gobierno
oculta datos sobre…».
Entre los que participaron en el sondeo de la Universidad de Chapman había hombres y mujeres, desde jóvenes de 18 años hasta mayores de 65, con y sin
acceso a internet, en paro o con trabajo estable, solteros y con familia numerosa, universitarios y con estudios básicos… y ninguno de estos parámetros servía
para identificar a los llamados conspiranoicos. Podía
ser cualquiera. Eso hace de las conspiraciones y las
teorías de la conspiración un fenómeno tan complejo
como digno de estudio pese a que a algunos no les
interesa que se sepa.
Los que podrían conspirar no tienen el tiempo;
los que conspiran no tienen el talento

John P. Roche (1924-1974). Asesor presidencial
norteamericano
2. Definición
2.1. La Ceremonia de la confusión
El 27 de septiembre de 1964 vio la luz el llamado
informe de la Comisión Warren, un grupo de trabajo establecido apenas un año antes por el presidente
Lyndon B. Johnson para investigar el asesinato de su
predecesor, John F. Kennedy. El objetivo (fallido) era
19 el escéptico

poner fin a todas las especulaciones surgidas tras el
magnicidio. Las teorías que habían circulado desde el
fatídico 22 de noviembre de 1963 eran de todo tipo.
Algunas, descabelladas; otras, no tanto. Durante ese
año, los norteamericanos habían podido elegir entre
un crimen orquestado por el propio Johnson mientras
ocupaba el cargo de vicepresidente, un contubernio
—financiado por la mafia— entre agentes descontentos de la CIA y disidentes cubanos por el fracaso de
la invasión de Bahía de Cochinos o una represalia de
Castro por el desembarco en Playa Girón (la versión
cubana de Bahía de Cochinos). Con el tiempo, el abanico se fue ampliando. JFK podía haber sido asesinado por los masones, por enfrentarse a la Reserva
Federal, por intentar impedir la escalada militar en
Vietnam, por no haber sido suficientemente diligente
en cumplir las órdenes de Moscú a la hora convertir
EE.UU. en un país comunista, o por intentar desvelar la existencia de un Gobierno en la Sombra que
había llegado a un pacto de colaboración con los extraterrestres (lo que más tarde se conocería como el
MJ-12). Había para elegir. Sin embargo, y en contra
de todo pronóstico, las conclusiones de la Comisión
Warren fueron de lo más mundanas: un desequilibrado con cierta obsesión por los ideales marxistas había
asesinado al presidente sin ayuda de nadie. Sobre los
motivos, simplemente reconocía que no había sido
capaz de concretarlos5 más allá del afán de notoriedad del personaje. Hasta el 11-S, el asesinato de Kennedy fue la Gran Conspiración, aunque si no llega
a ser por la película JFK (Oliver Stone, 1991), hace
años que hubiera caído en el olvido o relegada a un
hobby para nostálgicos como ocurrió con la ufología.
Curiosamente, aunque la Comisión Warren se centró en determinar si existió o no una conspiración, en
ningún momento establece una definición exacta del
término. Esta pequeña contradicción no se solucionó
hasta el 29 de marzo de 1979, cuando se publicó el
informe final del Comité Selecto de la Cámara sobre Asesinatos (más conocido por sus siglas en inglés
HSCA). Su mandato era revisar las conclusiones de
la Comisión Warren y aunque validó punto por punto
todas y cada una de ellas, curiosamente afirmaba que
según «la evidencia disponible, el presidente John F.
Kennedy fue probablemente asesinado como resul-

tado de una conspiración», para después reconocer
que carecía de datos sobre quién o quiénes pudieron
tomar parte en ella. Independientemente de que tuviera razón, el HSCA acertó a no limitarse a hablar
de conspiración, sino que procedió a definirla. Según
señaló6:
El miembro del Tribunal Supremo de Justicia
Oliver Wendell Holmes definió en cierta ocasión y
de manera simple la conspiración como ‘una colaboración con fines criminales’. Esa definición
es adecuada. Sin embargo, sería útil establecer
una mucho más precisa. Si dos individuos o más
se ponen de acuerdo en hacer algo para matar al
presidente Kennedy y al menos uno de ellos llevó a
cabo alguna acción para hacer progresar el plan,
y eso resultó en la muerte del presidente, entonces
el presidente Kennedy murió como consecuencia
de una conspiración.
Los matices no son gratuitos. La definición de
Wendell Holmes tiene un enfoque jurídico, es mucho
más abierta e incluiría a cualquiera que hubiera ayudado a Oswald, a sabiendas o no de su plan e independientemente de que fuera en hechos relacionados
directamente con el magnicidio (por ejemplo, el que
le vendió la munición). La segunda es una definición
basada en el uso social de la expresión, es más concreta e implica necesariamente que un mínimo de dos
personas hubiera participado a sabiendas en el crimen.
Pero el problema de fondo con el que lidió el
HSCA al querer encontrar una definición adecuada
para la conspiración era que intentaba poner puertas
al mar. Independientemente del nombre que se usara, la verdadera cuestión era si Oswald había contado
con cómplices, al margen de que se pudiera calificar
o no de conspiración. Tan bizantino debate tiene la
ventaja de que permite entender lo complicado que
resulta, pese a lo sencillo que aparenta, encontrar
una definición de lo que es una conspiración. Si estuviéramos hablando de un juicio (y ni la Comisión
Warren ni el HSCA eran tribunales) se podría haber
dado la paradoja de que Oswald hubiera contado con
cómplices pero no hubiera podido ser condenado por
conspiración. Este habría sido el caso de haber plani-

Según Barkun, una conspiración es «una trama, real o
ficticia, en la que una organización actúa en secreto para
conseguir llevar a cabo un acto malévolo».

el escéptico 20

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ficado el atentado con su esposa, Marina Oswald: no
se les podría haber acusado de conspiración, ya que el
matrimonio en aquella época se consideraba una unidad y las conspiraciones de una persona no existen
legalmente. Curiosamente, si entre sus colaboradores
hubiera habido miembros de la CIA, la disidencia cubana, la mafia, la masonería, la Reserva Federal, el
MJ-12, los Village People… y todos hubieran sido
igual de necesarios para cometer el magnicidio (es
decir, que el número de participantes en el complot
hubiera sido igual al número mínimo de cómplices
necesarios para llevarlo a cabo), tampoco se podría
hablar de conspiración. Es el llamado principio de
Wharton7. Mucho legalismo para una cuestión que
era más sencilla: ¿contó con ayuda para cometer el
crimen? Y si fue así, ¿quién, cómo y cuándo le ayudó? El resto es la tramoya de un magnicidio que, a
veces, parece que se cometió solo para vender libros.
Por lo que respecta a lengua española, el Diccionario de la Real Academia8 define conspiración únicamente como acción de conspirar que, a su vez, describe como «unirse contra un superior o soberano» o
«contra un particular para hacerle daño». Por lo que
respecta a nuestra legislación, el artículo 17 de la Ley
Orgánica 10/1995, de 23 de noviembre, del Código
Penal, establece que «la conspiración existe cuando
dos o más personas se conciertan para la ejecución de
un delito y resuelven ejecutarlo» (punto 1) y lo distingue de la proposición para delinquir, que es cuando
«el que ha resuelto cometer un delito invita a otra u
otras personas a participar en él» (punto 2). Ambos
conceptos se enmarcan en lo que se conoce como
«actos previos al delito9», y forman parte del segundo paso del llamado iter criminis, o el proceso que
recorre un crimen desde que es ideado hasta que se
consuma. Cuando el plan se pone en marcha, el delito
de conspiración desaparece y los hechos se castigan
como tentativa o delito consumado, en función del
resultado. Es la principal diferencia con la legislación
norteamericana, en la que la conspiración se desligó
hace siglos del attempt (intento o planificación), que
puede ser delito per se y ser castigada además del
delito una vez consumado.
2.2. Una posible definición
Así, es fácil comprender que los estudiosos de las
conspiraciones hayan intentado encontrar un definición que, sin alejarse en exceso de la realidad jurídica, amplíe su contenido para adecuarse al uso social
del término. Una aproximación interesante es la del
profesor de Ciencias Políticas de la Universidad de
Siracusa (EE.UU.) Michael Barkun10, quien, en lugar de definir la conspiración, opta por centrarse en
el concepto de creencia conspirativa (conspiracy
belief). Según él, es el convencimiento de que «una
organización compuesta por individuos o grupos está
o ha estado actuando en secreto para conseguir llevar
a cabo un acto malévolo». El principal segundo elemento incómodo es que lo consideran una creencia,
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cuando la lista de conspiraciones reales a lo largo de
la historia (el 23-F o los GAL serían dos ejemplos patrios) es demasiado extensa como para dejarla fuera
del concepto.
Otra definición11, esta vez de la conspiración propiamente dicha, con tantos puntos en común con la
anterior como matices, es la de Joseph E. Uscinski y
Joseph M. Parent, profesores de Ciencias Políticas en
la Universidad de Miami. Para ellos, el concepto debe
incluir cuatro elementos: «Un grupo (1), que actúa en
secreto (2), para alterar las instituciones, usurpar el
poder, esconder la verdad o conseguir alguna ventaja
(3), a expensas del bien común (4)». Su ventaja con
respecto a la anterior es que es más completa e incluye tanto una conspiración desde el estado contra
los ciudadanos como al revés, pero en cambio deja
fuera las conspiraciones imaginarias (o la conspiranoia como creencia a la que se refiere Barkun) del
tipo «los Illuminatis quieren dominar el mundo desde
que desaparecieron a finales del XVIII y que, pese
a su innegable talento y dedicación, aún no lo han
conseguido».
Otra aproximación, aunque con matices importantes, sería la de Cass R. Sunstein12, Director de la Oficina de Información y Asuntos Regulatorio (OIRA)
durante los primeros años de la Administración Obama y ardiente anticonspiranoico, que propuso la definición «un esfuerzo por intentar explicar un hecho
o una práctica refiriéndose a las maquinaciones de
gente poderosa, que también ha conseguido ocultar
sus acciones». Al hablar de esfuerzo, incluye un claro
sesgo negativo que no mejora las definiciones vistas
hasta ahora.
Con sus matices, todas las definiciones pueden
ser buenas, pero a algunas les falta algo: el elemento
de verdad. Si tomamos como ejemplo el caso de los
ovnis, es cierto que la CIA ocultó datos13 a los ciudadanos y manipuló a la opinión pública. De hecho, el
origen del famoso incidente Roswell (Nuevo México,
1947) fue el Proyecto Mogul, una operación clasificada como Top Secret. En cambio, no hay motivos
para pensar que el Gobierno norteamericano almacene los restos de un alienígena en un tupperware en
la base (cada vez menos) secreta del Área 51. Así,
algunas de estas definiciones dejan fuera la primera o
la segunda cuando ambas parten del mismo fenómeno. En conclusión, una definición completa y sencilla
se puede lograr matizando, por ejemplo, la que usa
Barkun: «Una trama, real o ficticia, en la que una organización actúa en secreto para conseguir llevar a
cabo un acto malévolo».
Una cuestión accesoria, pero de amplio calado en
el sector más «cuñado» del escepticismo, es la importancia del secreto en la conspiración. En principio, es un elemento indisociable aunque solo sea por
una cuestión práctica: nadie se reúne para dominar el
mundo en una plaza con un altavoz. Pero el secreto
no es patrimonio de la conspiración: el debate previo
a una entrega de premios, una negociación comercial,
21 el escéptico

las deliberaciones del Consejo de Ministros… todos
exigen discreción y no siempre hay intenciones perversas. Pero el argumento más extendido sobre este
punto es que, si una conspiración es secreta, nadie
sabe de su existencia; y cuando nos enteramos de ello,
es porque ha logrado su fin (y ya se encargan los ganadores de reescribir la historia) o ha fracasado y deja
de ser una conspiración. Aunque gramaticalmente el
argumento sea correcto, el debate no lleva a ningún
sitio. Que podamos reconstruir la conspiración que
acabó con la vida de Julio César en el 44 a.C. eliminando el secreto que la hizo posible, no significa que
nunca existiera. Algunas conspiraciones, de hecho,
ni siquiera necesitan del secreto. Reptilianos, dracos,
grises, crossbreeds… luchan a plena luz del día para
intentar dominar el planeta pero algunos prefieren hacer caso omiso, pese a que está todo explicado en un
vídeo de YouTube. Lo importante en este caso no es
el secreto sino la indiferencia de los borregomatrix
que no quieren asumir la verdad.
2.3. De la conspiración a la conspiranoia
Que la conspiración pueda ser real o imaginaria
no afecta a su contenido, de la misma forma que una
aventura no cambia si su protagonista es un ser de
carne y hueso o un personaje de novela. En ambos casos, es una aventura, aunque es evidente que no es lo
mismo. Pese a que a los estudiosos citados el binomio
realidad-ficción no parece interesarles en exceso, el
asunto merece ser analizado. Desde luego, no forman
parte de la misma categoría una empresa que soborna
a un grupo de políticos para que modifiquen una ley
a su conveniencia —y contra el interés general— que
decir que la reina de Inglaterra —y Kenny Rogers,
dicho sea de paso— es en realidad un lagarto del espacio exterior que adopta forma humana y domina el
mundo. La primera hipótesis permite reaccionar en
su contra; la segunda apenas da ya para reírse. Así, la
cuestión de la veracidad ha dado lugar a dos intentos
que, curiosamente, se han desarrollado de manera independiente. Ambas parten de una definición general,
pero se separan cuando buscan la alternativa: algunos prefieren centrarse en las que son ciertas y otros
en las que son falsas. La polémica es tal que, según
Emma Jane y Chris Fleming14, es imposible estable-

cer una definición que permita distinguir las primeras
de las segundas. En todo caso, el intento más serio
por encontrar un término que se pueda aplicar no solo
a las auténticas sino a las que de verdad deben preocuparnos hay que atribuírselo al profesor de la Florida State University (Tallahassee, EE.UU.), Lance
deHaven-Smith15.
DeHaven-Smith parte de una idea difícil de rebatir: las conspiraciones tienen mala prensa pese a que
existen y están a la orden del día, hasta el punto de
que emplea la expresión «negacionismo conspirativo» (conspiracy denial) para los que no las aceptan
ni como hipótesis. Aunque por las connotaciones
políticas este término es algo exagerado, tiene razón
cuando defiende que los defensores de las conspiraciones viven en un mundo «de diseño» y en el que
no hay margen para la casualidad —como apuntaba
Barkun— pero no son tan diferentes de los anticonspiracionistas (un término más ajustado a la realidad),
que habitan un mundo que se le parece mucho: el sistema funciona razonablemente bien y todo lo que se
parezca a una conspiración es fruto de una serie de
casualidades. Estos se basan en el llamado Principio
o Navaja de Hanlon16, que recomienda que «nunca
atribuyas a la maldad lo que puede ser explicado
por la estupidez». Así, conspiranoicos y debunkers
tienen una explicación sencilla y sin base real a un
problema complejo y que no es más cierta por muy
atractiva que sea la formulación. En el fondo, el margen de error entre creer que los reptilianos dominan el
mundo y que en las democracias occidentales el poder está en el voto es simplemente de matiz. Ninguna
de estas dos hipótesis es más absurda que la otra, solo
que la segunda está más aceptada. La conspiración
puede ser simplemente un punto de vista.
En su libro, deHaven-Smith comienza investigando el origen del concepto de conspiranoia o teoría
conspirativa (conspiracy theory), cuyo contenido negativo es obvio. Aunque quién y cuándo utilizó por
primera vez la expresión «teoría conspirativa» es imposible de establecer —Karl Popper ya la empleó en
La sociedad abierta y sus enemigos— sí que se puede
intentar determinar cuándo la expresión empezó a incluir esa connotación negativa. Para el profesor, el
punto de inflexión fue un memorando de la CIA, el

Las conspiraciones tienen mala prensa pese a que existen,
hasta el punto de que se emplea la expresión «negacionismo
conspirativo» para los que no las aceptan ni como hipótesis.

el escéptico 22

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Jack Ruby disparando a Lee Harvey Oswald (foto: Jack Beers Jr, www.history-matters.com, procedente del informe de la Comisión Warren)

Dispatch #1035-96017, remitido a sus estaciones en
el extranjero en abril de 1967 y que se publicó por
primera vez en 1976 en el New York Times.
El #1035-960 lleva por título Contrarrestar las
críticas al informe de la Comisión Warren y está
compuesto de un pequeño informe de tres páginas en
el que explica cómo abordar el tema cuando alguien
exprese dudas sobre las conclusiones del informe. En
el punto dos se puede leer:
Frecuentemente, las teorías conspirativas han
arrojado sospechas sobre nuestra organización,
por ejemplo, al alegar falsamente que Lee Harvey
Oswald trabajó para nosotros. El objetivo de este
mensaje es proveer material para contrarrestar y
desacreditar las afirmaciones de los teóricos de
la conspiración y así evitar la circulación de esas
afirmaciones en otros países.
Que uno de los motivos por los que los norteamericanos siguen creyendo que Oswald no actuó solo ha
sido la torpeza de la CIA lo ha admitido hasta ella18,
pero si el sesgo negativo del concepto de teoría de
la conspiración es obra suya habrá que ampliar el
concepto de sublime para poder describir la operación. A favor de la tesis de deHaven-Smith está que
el documento lleva el indicativo Psych (abreviatura
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de Operaciones Psicológicas o de desinformación) y
CS (destinado a los Servicios Clandestinos). Además,
el documento se produce en el contexto de la llamada
Operación Mockingbird (que comenzó a principios
de los cincuenta y se prolongó hasta mediados de los
setenta), que consistió en crear una red de periodistas
y medios de comunicación que difundieran información de interés para la Agencia. Entre los que participaron estaban Time, New York Times, Life, Washington Post o la CBS. El método de esta operación
incluía filtrar la información en el extranjero y luego
hacerse eco de ella en EE.UU.19.
En definitiva, aunque es posible que la CIA contribuyera a extender el uso social de la expresión «teoría
conspirativa» o «teóricos de la conspiración» con su
significado actual, es muy discutible que el Dispatch
#1035-960 sea la única causa de que tenga sentido
peyorativo o que ese fuera el propósito del documento.
Dicho esto, del planteamiento de deHaven-Smith
lo más interesante es su concepto de Crimen de Estado contra la Democracia20 (o SCAD, por sus siglas
en inglés), un término que propone como sustituto
de conspiración y que define simplemente como «la
teoría de que a veces los cargos públicos en democracia mentirán, engañarán y matarán para salirse con
23 el escéptico

la suya». A la sencillez del concepto, que roza la genialidad, hay que añadirle dos virtudes: describe perfectamente las conspiraciones (desde las reales como
el caso Irán-Contra a las discutibles, como el papel
de la CIA en el asesinato de Carrero Blanco) y despoja a estas tramas de sus connotaciones negativas.
En todo caso, el concepto de SCAD tiene un interés
añadido. En lingüística existen dos figuras antagónicas: el proponente y el oponente. El primero es el que
acuña un término y, por lo tanto, define los términos
de un debate. El oponente se tiene que conformar con
lo que hay, salvo que consiga acuñar una expresión
con la que definir el conflicto desde su punto de vista.
Hasta la aparición del concepto de SCAD (muy poco
difundido, todo sea dicho) los defensores de las conspiraciones debían aceptar la terminología impuesta
por sus detractores. Si se hace popular, habrán conseguido convertirse en proponentes.
No está de más señalar que, en España, una palabra de uso muy frecuente es la de conspiranoico, que
define al que cree en que el futuro del planeta está
en manos de pequeños grupos de personas que dominan el mundo. Curiosamente, en inglés no existe una
palabra similar. Para referirse a alguien obsesionado
con estos fenómenos se le define como un teórico
de la conspiración y esa es la traducción exacta de
conspiranoico (aunque sea informal). Conspiranoid
no aparece ni en el diccionario online de la Universidad de Oxford ni en el de la de Cambridge, por citar
dos de los más importantes, ni en otros de uso habitual como el Merriam-Webster, yourdiccionary.com
o dictionary.com. En cambio, sí aparece en el Urban
Dictionary21 con un significado innegablemente negativo:
Una paranoia aumentada por la creencia de
que fuerzas invisibles están organizadas con uno
mismo o sus valores, o el bienestar general; fantasía persecutoria que se caracteriza por personas,
que el afligido percibe de manera negativa, y que
son agentes o han sido engañados por organizaciones clandestinas reales o imaginarias.
Llama la atención que la entrada data de una fecha relativamente reciente, noviembre de 2006, pese
a que la web de Aaron Peckham nació en 1999. Tam-

bién hay que señalar que las palabras que incluye esta
web no tienen necesariamente que existir, sino que se
pueden crear ex novo, como ha sido el caso de otras
expresiones relacionadas: conspirasist, conspirastory, conspiritual, conspiratarded, conspirifuck… En
España, el término es mucho más antiguo. El director
de la revista Año Cero, Enrique de Vicente, alias El
Maestro, se ha atribuido en alguna ocasión la paternidad, aunque sin pruebas (lo que no constituye ninguna novedad), pero la referencia acreditada más antigua data de 1999, momento en que Santiago Arteaga
la incluyó en el FAQ de la lista de correo de ARPSAPC22 en la sección la jerga de la lista. Según él, se
aplicaba a «quien ve conspiraciones por todas partes
y, más en particular, quien las usa para excusarse».
La expresión se ha hecho tan popular que se puede
aplicar igualmente sin un significado peyorativo para
describir a una persona interesada por el fenómeno,
aunque no crea en sus versiones más pintorescas. En
ese caso resulta más riguroso parafrasear a Gore Vidal: «No soy un teórico de la conspiración, soy un
analista de la conspiración».
2.4. De buen rollo
Por último, cabe preguntarse: ¿son todas las conspiraciones malas? Esta reflexión requiere alguna puntualización: ¿se puede decir que organizar una fiesta
sorpresa es una conspiración a favor del homenajeado? Los métodos son los mismos, lo único que cambia es el fin.
Todo el mundo recordará la serie El coche fantástico en la que el filántropo Wilton Knight (Richard
Basehart) rescata de una muerte segura al agente
Michael Arthur Long (David Hasselhof) y le invita
a unirse a la secretísima Fundación Para la Ley y el
Orden. A partir de entonces, bajo el nombre de Michael Knight —y marcando paquete mientras recorre
el país a bordo de un simpático Pontiac Trans-Am
de nombre KITT— se dedicaba a ayudar a todo el
mundo. Otro ejemplo de tramas de buen rollo se da
en creyentes —la conspiración tiene mucho de religioso— que piensan que tienen un ángel guardián
que vela por ellos y hace que todo les salga bien. Podríamos citar desde Marcelo, el gorrilla celestial que
ayuda al exministro de Interior Jorge Fernández Díaz

La principal diferencia entre una conspiración y una
pronoia es que los pronoides actúan a cara descubierta,
no ocultan sus intenciones y se mueven por altruismo.

el escéptico 24

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a aparcar, hasta a los maestros ascendidos de Helena
Blavatsky (fundadora de la Teosofía). Son conspiraciones positivas y se pueden definir como pronoias
(lo opuesto a la paranoia), un concepto propuesto por
el psicólogo Fred H. Goldner23 en 1981 en Toronto
(Canadá) en un congreso de la Society for the Study
of Social Problems. Según la definición de John Perry
Barlow (exletrista de Grateful Dead y cofundador de
la Electronic Frontier Foundation), es «la sospecha
de que hay una conspiración a tu favor», lo que no
significa que el que los pronoides, por tener de sí mismos una visión positiva, sufran menos trastorno que
los paranaoicos.
Desde un punto de vista social, la principal diferencia entre una conspiración y una pronoia es que
los pronoides actúan a cara descubierta, no ocultan
sus intenciones y se mueven por altruismo (lo que
no les impide ser unos pesados). Cuando la musa del
New-Age Marilyn Ferguson escribió su famoso ladrillo La conspiración de Acuario (1980), el concepto
aún no existía, así que se vio obligada a recordar en la
introducción que sabía que el título tenía una connotación negativa, por lo que se refugió en la definición
que propuso el filósofo, jesuita y gurú olvidado Pierre
Tailhard de Chardinan en su libro La energía humana (1962). Partiendo de la etimología de la palabra
(del latín con-spirare: respirar juntos o unidos) De
Chardinan la describió como «la aspiración común
ejercida por una esperanza. Puede decirse que una
conspiración reúne a los individuos que respiran el
mismo aire y aspiran a unos mismos objetivos». Es
decir, cualquier cosa.
La conspiración de Acuario fue una pronoia que no
sabía que lo era, ya que la hora de los pronoides llegó
una década más tarde en Inglaterra. Como reacción al
movimiento ultraconservador de Margaret Thatcher,
a finales de los ochenta y principios de los noventa, se
fue gestando una comunidad de amantes de las raves,
el ecologismo, la cultura alternativa… que acabaría
recibiendo el nombre de zippies24’ o hippies con zipp
(profesionales de la Pronoia inspirados por el Zen),
un término acuñado por el escocés Fraser Clark, una
de las voces más prominentes del movimiento. El colectivo tuvo su momento en 1994, cuando la revista
Wired le dedicó su portada de mayo a la gira musical
Zippy Pronoia Tour to Us. Luego desapareció… o lo
hicieron desaparecer.
En España, el primero en darse cuenta de las posibilidades pecuniarias de la pronoia parece haber sido
el periodista para mentes galácticas, notable homófobo y desafío andante a la psiquiatría moderna, Rafapal. Según lleva postulando desde hace años, hay
unos caballeros blancos entre las élites corruptas —y
apestosas— que quieren imponer a nivel mundial la
ley Nesara (National Economic Security and Reformation Act), que solucionará todos los problemas de
la gente común: cancelación de las deudas, fin de la
declaración de la renta, vuelta al patrón oro, adiós a
las guerras y una de calamares. Todo esto está a la
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vuelta de la esquina si se aplica a nivel mundial esta
legislación, aprobada en secreto por el Congreso de
EE. UU. con el apoyo de Bill Clinton, y que los que
mueven los hilos quieren evitar que entre en vigor.
Por suerte, algunos —Trump entre ellos— han venido a salvarnos, afirma Pal25. Y, por lo visto, todo gracias al cantante de country Willie Nelson (¿?). Suena
razonable.
3. Historia

[El coste de] los programas para proteger con robots
o extraterrestres al presidente [Obama] deberá ser reevaluado

Caitlin Hayden. Portavoz del Consejo Nacional
de Seguridad

3.1. La culpa es de los niños
Todos los matices y contradicciones que hacen del
término conspiración algo ligeramente más complicado de lo que a simple vista parece pueden explicarse rastreando en la historia de un concepto26 nacido
para evitar los defectos de la common law británica
en el siglo XIII, como explicó el profesor de Harvard Francis B. Sayre en Criminal Conspiracy, un
texto considerado aún hoy (casi un siglo después de
escribirse) fundamental sobre la materia. Aquella fue
una época civilizada en la que los conflictos podían
resolverse legalmente en un duelo, pero el riesgo de
jugársela en un combate por motivos espurios tenía el
inconveniente de que uno podía perder hasta la vida,
así que solo se daba cuando las probabilidades de
ganar eran razonables y existía un buen motivo para
arriesgarse. La otra vía, menos romántica, era acudir
a juicio. Los que optaban por esta opción presentaban su caso ante una tercera parte (una autoridad o un
consejo) que se encargaba del veredicto y de dictar
la pena. Curiosamente, todavía no se había hecho la
ley, pero ya se había inventado la trampa. Esta consistía en presentar falsas demandas en nombre de un
menor de 12 años de edad que, legalmente, no podía
ser perseguido ni condenado. Los abusos estaban a la
orden del día.
Para evitar lo que pronto se convirtió en una costumbre —presentar falsos cargos, a veces a nombre
de un menor— el legislador arbitró una fórmula para
castigar a los que se apuntaran a esta práctica. Así
nació el delito de conspiración, cuya primera plasmación conocida data de 1285, aunque la redacción
definitiva no llegaría hasta 1304 (Third Ordinance of
Conspirators, 33 Edw. I27):
Serán conspiradores los que se pongan de
acuerdo o comprometan mediante juramento,
pacto o alianza, para que cada uno de ellos deba
ayudar o apoyar el plan de los otros, con falsedad y malicia, para acusar o provocar que sea
acusado (o falsamente exculpado) o mantener de
manera falsa una acusación (…).
Lo curioso de la ley, que contemplaba hasta penas
de prisión, es que la víctima de la conspiración no
25 el escéptico

era quien había sido blanco del infundio o la falsa
acusación, sino la Administración de Justicia (como
representante del Rey) a la que se había hecho perder
su precioso tiempo mediante engaño. Aquí nació la
principal diferencia sobre el término entre el derecho
anglosajón y el español, ya que este último considera
que la conspiración es simplemente un paso previo
a la comisión de un delito (planearlo) y que deja de
existir cuando se intenta llevar a cabo la acción criminal. Esto en la futura legislación norteamericana
se irá encuadrando dentro del concepto de attempt
(‘intento’), que no es en sí delito, pero que es algo
distinto a la conspiración.
Este matiz es importante porque en el delito de
conspiración americano el simple propósito (mens
rea) acabará por convertirse en la base del delito, por
encima del actus reus (acto criminal). En otras palabras, se llegará incluso al momento en el que se pueda haber cometido una acción castigada con penas
de prisión sin haber hecho, literalmente, nada. Esta
pequeña cuestión hace que, todavía hoy, el concepto
de conspiración sea uno de los más debatidos28 del
ordenamiento jurídico norteamericano. No es de extrañar que el propio Sayre la tildara de «una doctrina
tan vaga en sus contornos e incierta en su fundamento
natural que […] no aporta ni fuerza ni gloria a la ley;
es un terreno de arenas movedizas y reflexión mal
considerada»29.
Una vez el concepto había empezado a rodar, todo
fue ir cuesta abajo. Hasta bien entrado el siglo XVI,
el crimen de conspiración, técnicamente, no se había
cometido hasta que la persona falsamente acusada había sido juzgada y absuelta. El cambio se produjo en
1611 en el llamado Caso de los polleros (Poulterer’s
Case), cuando un hombre fue acusado de un robo que
era tan evidente no había podido cometer que los cargos nunca se tuvieron en cuenta, pero sí se persiguió
a los que le habían denunciado. Eso modificó la jurisprudencia y estableció que el delito de conspiración
se cometía en el momento de planear la falsa acusación, independientemente de que hubiera conseguido
sus fines: la intención se fue consolidando como en
el elemento que definía el delito (mens rea) y no necesitaba ni siquiera del intento para llevarlo a cabo
(actus reus).

La citada sentencia contribuyó a borrar los límites
entre el intento de cometer un crimen y el simple deseo, y no es casualidad que la decisión fuera tomada
por la Cámara Estrellada. Este era un tribunal cuya
sede era el mismísimo Palacio de Westminster, y que
estaba integrado por consejeros del rey que se encargaban de juzgar a aquellas personalidades que por su
situación social no debían ser objeto de proceso en
instancias inferiores. En teoría se consideraba que su
poder era tal que nadie se atrevería a condenarlos; en
la práctica, no era más que un sistema de administrar
justicia para ricos. Curiosamente, cuando fue abolida
en 1640, el Parlamento recortó el poder real aprobando la Ley de Habeas Corpus.
3.2. La ingratitud de los esclavos
La conspiración nace como una amenaza clara
contra el Estado, de la que debe defenderse —la mala
utilización de la administración de justicia—, pero
lentamente se convertirá en una especie de red para
perseguir delitos imaginarios en los que el único bien
amenazado será el statu quo de las élites. Este proceso de metamorfosis está estrechamente ligado a la
esclavitud y nace en las colonias británicas del Nuevo
Continente. Según el profesor de la Universidad de
Georgia Peter Charles Hoffer, uno de los autores que
mejor ha analizado la cuestión, las primeras normas
de este tipo forman parte indisociable de los Slave
Codes, es decir el conjunto de leyes nacidas al calor
del mercado de la esclavitud y que tenían como fin,
más que castigar la comisión de un delito, atajarlo antes de que se produjera. Estas leyes iban más allá de
perseguir el intento o el deseo de llevar a cabo un acto
criminal y buscaban tanto borrar los diferentes pasos
que incluye el iter criminis como convertir la mera
intención (tan fácil de probar como difícil de rebatir)
en acto criminal. En otras palabras: cuando no existía
el delito, la ley se encargaría de inventarlo.
Lo primero que hay que comprender para hacerse
una idea del proceso es que la esclavitud, que era la
base de la economía de las colonias del Nuevo Mundo, estaba prohibida en la metrópolis. El problema se
solucionó de un plumazo degradando a los esclavos
a la categoría de herramienta (no es una metáfora) y,
de paso, aprobando leyes y procedimientos que solo

La conspiración nace también como una amenaza contra
el Estado, de la que debe defenderse, pero se convertirá en
una especie de red para perseguir delitos imaginarios.

el escéptico 26

Anuario 2017

“Esclavos que esperan para la venta” por Eyre Crowe (1861). Colección Heinz (foto: Wikimedia Commons)

se aplicaran a ellos. La ventaja innegable con que se
encontró el legislador colonial es que, al no existir
precedentes (ni leyes ni jurisprudencia), tenía las manos libres para dar rienda suelta a su imaginación a la
hora de redactar unas normas que no buscaban sentar las líneas de las relaciones entre esclavos y amos,
sino someterlos: los esclavos no eran objeto de la ley
sino objetos a los ojos de la ley.
Otro dato para considerar, probablemente tan importante como el primero, es que la población esclava
podía superar hasta diez veces la de hombres libres.
En las zonas en las que las plantaciones eran la base
de la economía, coexistían dos mundos diferentes en
los que apenas había espacios comunes, pero en las
ciudades donde la principal actividad era la portuaria en un mismo mundo vivían juntas dos sociedades
paralelas. En la calle, en las tabernas, en los lugares
de trabajo… amos, esclavos y lumpemproletariado se
veían las caras a diario. Teniendo en cuenta su elevado número y que el trato que recibían no solía ser
el idóneo, las rebeliones de esclavos se convirtieron
pronto en una costumbre local. A eso se añadía otro
problema: aunque este colectivo era el más perjudicado, su situación apenas era mejor que la de los nativos que mantenían relaciones comerciales con los
colonos, ni de gran parte de la población blanca. EnAnuario 2017

tre estos estaban los criados —blancos de Inglaterra,
Irlanda…—, cerca de la mitad de los primeros pobladores y que llegaron al país tras una condena. En
total, unos 50.000 parias30 acabaron en las colonias y
la única diferencia real con sus homólogos africanos
es que sus condenas tenían un fin y si sobrevivían
podrían dedicarse a criar rednecks hasta el fin de sus
días. No hace falta esforzarse mucho para entender
por qué unos y otros solían tomar parte en las rebeliones contra sus amos; de ahí que el principal temor de
las autoridades era que se unieran de manera definitiva31 contra ellas.
Según el profesor Hoffer, en su libro The great New
York conspiracy of 174132, hay que remontarse hasta el Código de Esclavos de Barbados de 1661 para
encontrar la primera de estas leyes cuyo modelo sirvió para el resto de las colonias —a veces mediante
una adaptación literal; otras como simple fuente de
inspiración—. Los esclavos, salvo lo que podríamos
llamar eufemísticamente el derecho al trabajo, no tenían prácticamente ningún otro (en el norte eran ligeramente más permisivos). Carecer de todo significaba
que tampoco tenían mucho que perder, así que se hizo
necesario introducir el delito de conspiración en el que
bastaba que dos personas hicieran el más mínimo comentario contra sus amos —o que se les acusara de
27 el escéptico

haberlo hecho— para que pudieran ser condenadas a
muerte.
Los esclavos tenían cierta tendencia a rebelarse
y quemar las propiedades de sus amos. Para evitar
llegar a este punto, cuando el malestar empezaba a
aumentar o se extendía el bulo de que se avecinaba
otro levantamiento, bastaba con que un esclavo —a
cambio de inmunidad o mediante amenazas— declarara contra otro(s) y así se atajaba la presunta insurrección. Una fórmula, cabe decirlo, que ya había
demostrado su efectividad para fabricar culpables durante los años de la Caza de Brujas. Por si fuera poco,
cuando un esclavo era condenado por algún delito, el
tribunal tenía la potestad de establecer la pena a voluntad, y podía incluir desmembramiento, decapitación, dejar el cadáver colgado durante días a merced
de los carroñeros… En definitiva, por un lado se les
podía condenar por casi cualquier cosa y por otro, las
penas debían tener un efecto disuasorio en el resto.
Era un fórmula tanto para acumular culpables en caso
de rebelión como para evitar que esta se produjera.
Otro dato es que la pena por conspiración solía
incluir una cláusula que no aparecía en otro tipo de
delitos: el amo del esclavo no podía protestar por la
condena. Parece una cuestión menor, pero no lo es.
En general, el propietario era el encargado de administrar justicia ya que solía ser él la víctima principal
de los crímenes provocados por los esclavos (a los
que no les temblaba la mano a la hora de robar a sus
amos un mendrugo de pan para no morir de hambre
o un pantalón roído con el que cubrirse). Cuando la
víctima del delito de un esclavo era un tercero, ante la
posibilidad de perder su propiedad, el amo podía intentar llegar a un acuerdo, solicitar clemencia o pagar
una multa. Todo por no perder dinero ya que algunas
de estas «herramientas» de carne y hueso eran más
útiles que otras. Pero como la víctima de la conspiración era el statu quo (un esclavo sublevado podía
dar ideas al resto) la sanción no podía ser recurrida
ni el amo intervenir. Eso sí, los slave codes solían
incluir un indemnización para hacerles el trámite más
digerible en caso de que el esclavo fuera condenado
a muerte.
Un dato curioso es que los slave codes condenaban la conspiración (junto con las tramas secretas y
las insurrecciones) pero no la definían, lo cual no es
de extrañar ya que más que para perseguirlas estaban
para crearlas. Por eso con el tiempo la administración colonial se fue viniendo arriba y, como muestra el ejemplo del Slave Code de Virginia de 172333,
sabiendo que la legalidad era lo de menos bastaban
dos testimonios «creíbles» para considerar que existía una conspiración. La regla general incluía prohibir
toda reunión de más de cinco esclavos (incluso con
autorización de su dueño) para que el amo pudiera ser
sancionado por no impedirlo y el resto juzgados. Y ya
ni siquiera hacía falta que todos fueran esclavos: negros libres, mulatos e indios se veían afectados por la
legislación. Curiosamente, al incluir en la misma cesel escéptico 28

ta a hombres libres, los esclavos recuperaban legalmente su condición de seres humanos y dejaban de
ser herramientas, con lo cual les quedaba el consuelo
de que podían ser legal y literalmente desmembrados
como si fueran personas y con todas las de la ley.
Es bueno precisar que la conspiración era, simplemente, un elemento más de los slave codes, no el
más importante, pero su popularidad aumentó en la
medida que permitía convertir en peligroso enemigo
al que simplemente demostraba en privado cierta desazón tras ser azotado, o no aguantaba que su mujer
fuera violada por su amo. En todo caso, para no perder la perspectiva y recordar que la ley era un excusa
innecesaria cabe citar que, dos siglos después, un 11
de abril de 1968, el presidente Lyndon B. Johnson
firmó el Acta de Derechos Civiles a instancias de los
movimientos antisegregacionistas. Por supuesto, el
primero en ser detenido para hacer cumplir la ley y
en virtud de ella fue un negro34.
El estudio de los slave codes es interesante para
ver cómo el concepto de conspiración adquirió su
sentido moderno: ni es un crimen en sí ni necesita
cómplices; ni siquiera tiene que ser real. Es una simple acusación que lleva implícita la condena y no requiere más prueba que la que den por buena quienes
quieran creérsela.
3.3. Hofstadter y la conspiración como paranoia
A lo largo de la historia, la conspiración pasó de
un delito de escasa entidad contra la administración
de justicia a convertirse, en los slave codes, en una
carta blanca para hacer todo tipo de acusaciones sin
necesidad de pruebas. Así desarrolló lo que es, según el periodista Jesse Walker35, su principal activo:
la capacidad de crear enemigos y justificar los actos
propios. Un buen ejemplo está en la Declaración de
Independencia de los EEUU del 4 de julio de 1776,
que describía la emancipación de la corona británica
como inevitable ya que:
(…) toda la experiencia ha demostrado que la
humanidad está más dispuesta a padecer, mientras
los males sean tolerables, que a hacerse justicia
aboliendo las formas a que está acostumbrada.
Pero cuando una larga serie de abusos y usurpaciones, dirigida invariablemente al mismo objetivo,
evidencia el designio de someter al pueblo a un despotismo absoluto, es su derecho, es su deber, derrocar ese gobierno.
Tal ha sido el paciente sufrimiento de estas colonias; y tal es ahora la necesidad que las compele a
alterar su antiguo sistema. La historia del presente
Rey de la Gran-Bretaña, es una historia de repetidas injurias y usurpaciones, cuyo objeto principal
es y ha sido el establecimiento de una absoluta tiranía sobre estos estados. Para probar esto, sometemos los hechos al juicio de un mundo imparcial.
Lo que sigue es una larga cadena de acusaciones
más o menos justificadas al Gobierno británico suAnuario 2017

madas a otras absolutamente pintorescas, como la de
incitar a los indios a atacar «a los habitantes de las
fronteras», como si los nativos no tuviesen motivos
más que de sobra para intentar defenderse de los que
les robaban sus tierras y los estaban exterminando.
Los elementos conspiranoicos en la Guerra de Independencia norteamericana dan para un libro.
Pese a todo, faltaba un elemento fundamental para
que la conspiración adquiriera el carácter peyorativo
que tiene ahora, que va mucho más allá de su consideración de delito y cuya consecuencia es que acusar a
alguien de teórico de la conspiración sea una enmienda a la totalidad, el equivalente a atribuir a alguien
un error casi patológico. Solo hay que ver la consideración que merecen este tipo de teorías (o hipótesis)
entre la comunidad escéptica36 para preguntarse si el
miedo a la conspiración no es más que un reflejo especular del miedo a los conspiradores. El error que se
suele cometer es siempre el mismo: hay conspiraciones ciertas y otras falsas, pero no hay término medio.
Sin embargo, hay conspiraciones parcialmente ciertas, parcialmente falsas, y casos en los que atribuirlos
a una mano negra es simplemente una cuestión de
punto de vista. En otras palabras, exactamente igual
que ocurre con las explicaciones no conspirativas.
El concepto de conspiración (o conspiranoia)
como reflejo de una patología social (no necesariamente psiquiátrica) nació a mediados del siglo XX
de la mano de uno de los historiadores más importantes de su época en EE.UU.: Richard J. Hofstadter
(1916-1970). Resulta extraño que en inglés apenas se
utilice el término conspiranoid, cuando la relación
entre la paranoia y las conspiraciones es la base de
uno de los artículos más importantes sobre el tema:
The Paranoid Style in American Politics, una conferencia del citado historiador y premio Pullitzer, que
acabó dando título a un libro37. El origen del texto es
una conferencia que impartió en la Universidad de
Oxford el 21 de noviembre de 1963 —curiosamente
apenas dos días antes del asesinato de JFK—, y en la
que analizaba las causas del ascenso del ala más ultra
del Partido Republicano en un momento en el que
el senador por Arizona Barry Goldwater (1909-1998)
había logrado la candidatura para las elecciones de
1964, dejando en el camino a voces más moderadas

(y con más apoyo dentro del partido) como Nelson
Rockefeller o William Scranton.
Uno de los principales problemas de El estilo paranoide… es que es tan citado como poco leído y,
aunque la conspiración es fundamental en su argumentación, no es el tema de su análisis sino uno de
sus argumentos. Otro de los problemas que hay que
señalar es que algunos, los menos, sí se fijan en el
contexto en el que fue escrito, pero aun así prestan
poca atención al contexto en que fue escrito. Sin esos
dos puntos, es difícil de entender plenamente.
El punto de partida del estudio del ensayo debe
ser el contexto político, que es donde está una de las
claves del ensayo. Hofstadter se centra en el principal movimiento conspiranoico de su época: el anticomunismo furibundo que sigue vivo pese a la caída
en desgracia y muerte del senador Joseph McCarthy
(1908-1957). Muerto el perro, la rabia no se acabó y
el testigo lo tomó la sociedad John Birch, a la cual
Bob Dylan le llegó a dedicar la inmortal Talkin’ John
Birch Paranoid Blues. Creada en 1958 en Indianápolis por un grupo de doce «patriotas» liderados por el
exfabricante de caramelos Robert W. Welch, la entidad tomó su nombre de un misionario baptista y espía
norteamericano asesinado por los comunistas chinos
en un absurdo incidente el 25 de agosto de 1945, pocos días después de la rendición de Japón. Para la
ultraderecha de la época fue la primera víctima de la
Guerra Fría.
En el cielo de la conspiranoia, a los birchers les
guardan la mejor nube. No se puede decir que la inventaron, pero la llevaron a límites inimaginables, y
su ejemplo sigue vivo entre los que son capaces de
suscribir a la vez toda teoría «alternativa», por extraña e incompatible que resulte con las demás. No solo
recogieron los frutos de todas las tramas ocultas anteriores, sino que pusieron los cimientos del fenómeno
de la conspiranoia por acumulación. Como escribió
Charles J. Stewart38, representan la «conspiración
maestra».
Los birchers no se limitaban a ser furibundos anticomunistas, sino que creían que Estados Unidos
estaba controlado por insiders (entre los que había
internacionalistas, banqueros, intelectuales y políticos) que querían implantar un régimen colectivista en

El concepto de conspiración como reflejo de una
patología social nació a mediados del siglo XX de la mano
del historiador norteamericano Richard Hofstadter.

Anuario 2017

29 el escéptico

el país y entregar la soberanía a la ONU como paso
previo a la creación de un gobierno marxista mundial
orquestado por la Unión Soviética. Como no podía
ser de otro modo, su cosmovisión incluía a los Illuminatis, los masones, el Council of Foreing Policy,
los judíos, la familia Rockefeller, la Reserva Federal,
los productos sintéticos39, el gobierno central, los derechos civiles… nadie se libraba de las sospechas de
que una mano negra (o varias que se habían ido sucediendo) había actuado en la Historia nada menos que
desde Babilonia para someter a la Humanidad. Para
los birchers la explicación del mundo era una matrioska infinita que siempre escondía un secreto más
y que bajo cada rostro había uno nuevo, más siniestro
si cabe que el anterior.
El contexto político explica muchas de las preocupaciones de Hofstadter, pero la imagen no está
completa sin el contexto académico en el que fueron
escritos los ensayos que conforma la primera parte
de El estilo paranoide… Para eso hay que recordar
que el profesor de la Universidad de Columbia se
consolidó con este trabajo como el más reconocido
de los historiadores del llamado consenso o pluralismo, defensor de una especie de continuidad en la
historia de EE.UU. como proyecto común sin grandes conflictos de fondo (con la irrelevante excepción
de la Guerra de Secesión). Esta visión aupó al autor
al Olimpo del pensamiento que necesitaba la América
de la posguerra y, sobre todo, la que estaba a punto de
dividirse por cuestiones de fondo como la guerra de
Vietnam. El estilo Paranoide… es un paso personal
más en su tránsito de posiciones liberales (a las que
llegó tras dejar el Partido Comunista americano en
1939) hacia otras más conservadoras. Marca también
su distanciamiento con dos de sus grandes influencias: su maestro Charles A. Beard y su compañero de
universidad y amigo, el sociólogo C. Wright Mills.
El primero, uno de los historiadores más influyentes
de EE.UU. hasta su muerte en 1948, había defendido
la lucha de clases como el motor de la historia del
país. El segundo, al que parece aludir sin citar40, se
había convertido con The power elite (1956) en un
referente de la Nueva Izquierda y había iniciado una
tradición investigadora —continuada por algunos
como William Domhoff— que pretendía ir más allá

del mito igualitario del sueño americano y estudiar
quién controlaba realmente el país. Por supuesto, dos
puntos de vista en el límite paranoide según los parámetros de Hostadter.
Por eso, el mejor resumen del punto de vista del
autor no estaba en el citado ensayo, sino en Goldwater and pseudo-conservative politics, escrito años
después. En él afirmaba41:
El sistema de dos partidos que se ha desarrollado en Estado Unidos se basa en el mutuo reconocimiento de la leal oposición: cada posición
acepta las buenas intenciones del otro. Se puede
sostener que la opinión del oponente es execrable,
pero la legitimidad de su intención no es cuestionable. Es decir que, en términos coloquiales, no
se cuestiona su americanismo.
Mantener las formas; de eso se trata. En otras palabras —y aquí es donde entra lo del «estilo» que tan
por alto se suele pasar— lo que quería Hofstadter era
delimitar los términos de lo que era aceptable en el
debate público y lo que no. Si para Gore Vidal Estados Unidos era un régimen de partido único dividido
a la derecha en dos corrientes, para el de la Universidad de Columbia todo lo que cayera fuera del debate
aceptado por ambos partidos se salía del juego político, sostenía una visión paranoide de la realidad o
había sucumbido la tentación del populismo (otro de
los grandes temas sobre los que escribió).
El último error que puede atribuirse a Hodstatder
es que al identificar la conspiración con el pensamiento paranoide creó un razonamiento circular difícil de romper: la conspiración es fruto de una ansiedad social, esta crea el sentimiento paranoide, que
a su vez explica por qué alguna gente recurre a la
conspiración como explicación. No existen datos que
sustenten esta afirmación; es más probable que todos seamos conspiranoicos en mayor o menor grado
(aunque algunos factores como el nivel cultural puedan influir) y que en tiempos convulsos los más radicales se muestren más activos y los demás más abiertos a escucharlos pero las conspiraciones de temporá
tienden a desaparecer. Es lo que se desprende de los
trabajos de Uscinski y Parent o Rob Brotheron42.

Es probable que todos seamos conspiranoicos en mayor o
menor grado, y que en tiempos convulsos los radicales se
muestren más activos y estemos más abiertos a escucharlos.

el escéptico 30

Anuario 2017

Graffitis en Montreal, esquina Sainte-Catherine E. & Wolfe en 2013 (foto: Exile on Ontario St, www.flickr.com/photos/29442760@N00/23416778153/)

4. Conclusión: La era del exposé

Trescientos hombres, que todos se conocen, dirigen
los destinos de Europa y cooptan entre sí a sus sucesores.

Walter Rathenau (Ministro alemán 1867-1922).

Una conspiración debería ser simplemente un
acuerdo entre dos o más personas para cometer un
acto del que sacar beneficio, normalmente perjudicando a terceros. Se dan en todos los ámbitos y desde
siempre. Eso no quiere decir que todas sean siempre
ciertas, que sean el motor que hace girar el mundo
o que no haya margen para otras conductas como la
honradez, sino que no tienen nada de particular y que
no es algo a lo que debamos temer per se. Con el paso
del tiempo, la palabra se ha convertido en una etiqueta
para crear enemigos, chivos expiatorios y desacreditar
al contrario. Igual que Fu Manchú necesitaba al inspector Nayland Smith para realizarse, el conspirador
y su némesis —el debunker— no pueden vivir el uno
sin el otro. Una relación simbiótica que les lleva incluso a compartir algunos rasgos: ambos parten de un
punto de vista que implica desacreditar totalmente al
oponente. En otras palabras, el debate es imposible. El
debunker cree que cualquier teoría de la conspiración
se desacredita sola; el conspiranoico ha conectado los
puntos, así que sabe que no hay otra explicación que
la existencia de una trama oculta. Para el primero, la
Anuario 2017

conspiración no se ve y por tanto ni existe ni puede
existir; para el segundo, el hecho de que sea secreta
explica por qué no se ve y constituye la mejor prueba
de su existencia.
Lo más curioso de todo es que ambos bandos tienen
algo de razón, solo que el debate está secuestrado por
los extremos. Los reptilianos no controlan el planeta,
ni los marcianos llegaron a un acuerdo con el gobierno norteamericano para instaurar el Majestic-12. Pero
el mundo que conocemos no se entiende sin el papel
que han jugado el Grupo Bilderberg (o su spin-off la
Comisión Trilateral), el Comité de Basilea, la red Gladio, la CIA, Skull & Bones, los mercadeos frutos de
la realpolitik entre países o dentro de organizaciones
como Naciones Unidas o el Fondo Monetario Internacional…
El miedo a la conspiración fue lo que trajo la democracia moderna al establecer separación de los tres
poderes para que se vigilaran ante la sana desconfianza que todo ciudadano debe tener hacia su gobierno,
pero también causó el Holocausto y las purgas estalinistas. Gracias (en parte) a los que dudaron de la versión oficial del asesinato de Kennedy, EE.UU. aprobó
la FOIA (Ley de Libertad de Información) que es la
base de las actuales leyes de transparencia; pero por
culpa de los que creen que estamos dominados por
31 el escéptico

«ellos» y la única manera de luchar contra el sistema es con un blog se pierde un importante caudal de
tiempo y energía que podría servir para fines mejores.
Creer que todo es una conspiración puede ser reconfortante y hasta rentable, pero es erróneo; atribuirlas
a la simple estupidez como hacen los «teóricos de la
casualidad» da galones escépticos, pero es ridículo.
Sin embargo, y que quede bien claro, tampoco cabe
caer en la equidistancia cuartomilenalista. El miedo a
las conspiraciones puede provocar violencia irracional, o quizás sea al revés y a los violentos le sirva de
coartada; pero negarlas, no. Cada vez que ha habido
una matanza en EE.UU., la venta de armas se dispara43. Uno de los motivos es la creencia que comenzó a
extenderse tras la masacre de Waco (Texas, 1993) de
que esas matanzas están organizadas por el gobierno
para limitar el derecho a portar armas.
Otro asunto es la afirmación de que con internet
la conspiración ha entrado en una nueva era. De momento no hay un solo dato que avale esa hipótesis. Es
innegable que la red ha modificado el mundo de la
comunicación en muy poco tiempo y a niveles inimaginables, pero eso no significa que haya afectado de
manera específica al mundo de las tramas ocultas. Ha
producido el mismo efecto que la marea cuando sube,
que hace elevarse a todos los barcos; ha influido, pero
no se puede saber si más o menos que en otros ámbitos (por ejemplo, cómo ha influido en el número de
escépticos). Lo que es innegable es que internet nació
conspiranoica. En agosto de 1996, cuando la red aún
estaba en pañales, el periodista norteamericano Gary
Webb publicó en el San Jose Mercury News (California) una serie de artículos agrupados bajo el título de
Dark Alliance (‘Alianza Oscura’) en el que vinculaba
a la CIA, la Contra nicaragüense y la venta de droga
en los barrios negros de Los Ángeles. Sus informaciones dieron lugar a varias investigaciones oficiales y
también a las críticas del New York Times, el Washington Post o Los Angeles Times. Para defenderse, colgó
en la red toda la documentación que había recogido.
En 2004, arruinado profesional y económicamente,
Webb se suicidó y se convirtió en uno de los primeros
mártires de internet.
Pero tampoco hay que atribuirle a la red una capacidad que no tiene. Durante siglos, la Biblia fue el
único best seller que conoció Occidente y está preñada de conspiranoia: Satanás (el chivo expiatorio y el
enemigo externo) fue la única explicación para todos
los males en un mundo presidido por un Dios infinitamente bueno. Era él quien boicoteaba las acciones de
ese ser bonachón. Ni siquiera hace falta irse tan lejos.
Solo hay que viajar un siglo para citar Los protocolos
de los sabios de Sión, una falsificación zarista publicada en 1902 y que sentó las bases del Holocausto.
Oliver Stone revivió en todo el mundo las dudas sobre
el asesinato de Kennedy en JKF (1991), y apenas dos
años más tarde comenzaba a emitirse Expediente X.
hay ejemplos para aburrir de que las conspiraciones
han sido parte del menú cultural desde mucho antes de
el escéptico 32

internet fuera lo que es hoy. Es cierto que el llamado
conocimiento oculto —y su variante el conocimiento
prohibido— campan a sus anchas en la red y han dado
un nuevo impulso a la conspiranoia, en la que ocultar
la verdad es un fin en sí mismo: ¿qué ganan los científicos ocultando que la Tierra es plana o haciéndonos
creer en la tectonica de placas o la gravedad? No está
claro, pero es su pasatiempo favorito.
La red no ha creado las conspiraciones; solo la posibilidad de que miles de amantes del género repartidos por el mundo puedan ponerse en contacto: es la
era del exposé, en la que unos desenmascaran a los
grandes poderes ocultos que dominan la Tierra y otros
denuncian a los anteriores por fantasiosos. Y entre todos, como decía Jesulín de Ubrique de los puristas del
toreo, no llenamos un autobús.
Por último, cabe preguntarse qué hacer para evitar
que se difundan las falsas conspiraciones. La historia
demuestra que no es fácil: si algo consiguió la Comisión Warren (cuyas conclusiones han quedado avaladas por el paso del tiempo) fue dar pie a más conspiraciones y más descabelladas que las que ya había. En
la misma línea hay que destacar la mítica propuesta de
Sunstein y Vermeule de crear un programa de «infiltración cognitiva» entre los conspiranoicos para desacreditarlos. Que lo mejor que se les ocurra a un profesor de Harvard (y asesor de la Casa Blanca) y a otro
de la Universidad de Boston sea que el gobierno organice ciberescuadrones de agentes dobles para desacreditar a los que creen que el gobierno conspira contra
ellos evidencia hasta qué punto puede ser fácil encontrar rasgos paranoides en el miedo a la conspiración.
Luchar contras las conspiraciones es complicado por
muchos motivos: porque pueden ser verdad (total o
parcialmente), porque la gente está predispuesta, porque calman la ansiedad o abren las puertas a formar
parte de un grupo… Pero hay esperanza. Acabar con
ellas es posible y existe una fórmula. Pero si la cuento
tendría que mataros.
Notas
1.http://www.chapman.edu/wilkinson/research-centers/
babbie-center/_files/codebook-wave-3-draft.pdf
2.http://edition.cnn.com/2016/07/15/politics/congressreleases-28-pages-sau...
3.http://www.maryferrell.org/pages/Featured_Addendum_to_2017_Documents_Lis...
4.http://the.honoluluadvertiser.com/article/2009/Jul/28/
ln/hawaii907280345.html
5.http://www.history-matters.com/archive/jfk/wc/wr/html/
WCReport_0223a.htm
6.http://www.maryferrell.org/showDoc.html?docId=800&
search=conspiracy#relPageId=125&tab=page
7. http://definitions.uslegal.com/w/whartons-rule/
8. http://dle.rae.es/?id=AQqNF7U
9.Guías Jurdídicas (Ed. Wolters Kluwer) goo.gl/8FSlUF
10.A culture of conspiracy. Apocaliptic visions in
contemporary America. Michael Barkun. págs 3-4.
Ed.University of California Press. 2013 2ª Ed.
11. American conspiracy theories. Joseph E. Uscinski &
Joseph M. Parent. pág. 58. Ed. Oxford University Press. 2014
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12.Conspiracy teories: Causes and Cures. Cass R.
Sunstein & Adrian Vermeule. Pág. 4. The Journal of Political Philosophy Vol 17 issue 2. Junio 2009
13.A Die-Hard Issue. CIA’s Role in the Study of UFOs,
1947-90. Gerald K. Haines. Intelligence and National Security Journal. Vol. 14. 1999. Issue 2.
14. Modern Conspiracy. The importance of being paranoid. Ed. Bloomsbury Academic. 2014
15. Conspiracy theory in America. Lance deHavenSmith. University of Texas Press. 2013
16. https://statusq.org/archives/2001/12/04/
17. http://www.jfklancer.com/CIA.html
18. John MCone and the assassination of President
John F. Kennedy. David Robarge. Studies in intelligence.
Vol. 57, nº 3
19. The Cia and the media. Carl Bernstein. Rolling Stone. 20/X/77
20. deHaven-Smith, pág.139
21.http://www.urbandictionary.com/define.
php?term=conspiranoid
22.http://www.escepticos.es/webanterior/listas/faq.html
23. Pronoia. Fred H. Goldner. Social problems. Vol 30.
nº 1. Octubre 1982.
24.http://www.pronoia.net/tour/faq/faq_zippies.html
25.Rafael Palacios y La conspiranción positiva (1 y 2). Nostra V. https://www.youtube.com/
watch?v=gWbPbb5yYWU
26. Criminal Conspiracy. Francis B. Sayre.Harvard Law
Review, Vol. 35, No. 4 (Feb., 1922), pp. 393-396
27. F.B.Sayre. pág. 395
28. Federal Conspiracy Law: A brief Overview. Charles
Doyle. Congressional Research Service. 2016
29. F.B.Sayre. pág. 393

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30. The redneck manifesto. Jim Goad. Simon & Schuster. pág. 57
31. La otra historia de Estados Unidos. Howard Zinn.
Cap. 3 ‘Gente de la peor calaña’. Ed. Las otras voces.
1997
32. The great New York conspiracy. Peter Charles Hoffer. Universtity Press of Kansas. 2003
33. An Act directing the trial of Slaves, committing capital crimes; and for the more effectual punishing conspiracies and insurrections of them; and for the better government of Negros, Mulattos, and Indians, bond or free.
34. Una historia popular del imperio americano.Howard
Zinn, Mike Konopacki y Paul Buhle. Ed. Sin sentido. 2010
35. United States of Paranoia: a conspiracy theory. Jesse Walker. Ed.Harper. 2013
36. Who believes them? Why? How can you tell if
they’re true? Michael Shermer & Pat Linse. www.skeptic.
com/downloads/conspiracy-theories-who-why-and-how.pdf
37. The paranoid style in american politics. Richard J.
Hofstadter. Vintage Books 2008
38. The master conspiracy of the John Birch Society:
From communism to the New World Order. Charles J.
Stewart. Western Journal of Communication. Vol. 66,
2002. Nº 4
39. Stewart, pág. 428
40. Hofstadter, pág 7 y 9
41. Hofstardter. pág. 100
42. Suspicous minds: why we believe conspiracy therories. Rob Brotherson. Ed. Bloomsbury. 2015
43.http://www.nydailynews.com/news/national/gunindustry-execs-admit-busines...

33 el escéptico

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