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1. Introducción

En mayo de 2016, la Chapman University (Cali-

fornia, EEUU) hizo pública la tercera edición de su 

National  Survey  of  Fear

1

 (Encuesta Nacional sobre 

Miedo). En ella, la mayoría de encuestados se mostró 

«muy de acuerdo» o «de acuerdo» con que el gobierno 

ocultaba datos sobre los atentados del 11-S (52,3%), 

el asesinato de Kennedy (47,8%), el cambio climático 

(40,3%) o los encuentros con extraterrestres (40,2%). 

Pero el dato más llamativo era que el 30,6% seguía 

creyendo que la Casa Blanca mantenía el cover up so-

bre el llamado «Incidente de Dakota del Norte» (The 

North Dakota Crash), lo que situaba esta conspiración 

en séptimo lugar, justo entre el plan para instaurar un 

Nuevo Orden Mundial (34,5%) y que el expresidente 

Barack Obama no nació en EE.UU. (28,9%), por lo 

que nunca debería haber ocupado el cargo.

Por supuesto, ni todas las conspiraciones de la en-

cuesta pueden meterse en el mismo saco ni todas las 

respuestas eran igualmente absurdas. Por ejemplo, 

en los casos del 11-S o el asesinato de Kennedy, los 

equivocados eran los que creían que el gobierno les 

había contado todo lo que sabía. Que la Administra-

ción Bush orquestó los atentados contra las Torres 

Gemelas es una idea tan extendida como absurda, 

pero hasta un mes después de la publicación de esta 

encuesta, la Casa Blanca no hizo público el quinto de 

los anexos al informe de la Comisión Nacional so-

bre los Ataques Terroristas en EEUU (más conocida 

como la Comisión del 11-S), que permanecía clasifi-

cado desde 2002, y en el que se analizaba la presunta 

relación de Arabia Saudí con los atentados. Es decir, 

el Gobierno sí había ocultado datos. Lo mismo po-

dría afirmarse del atentado contra Kennedy. Aunque 

...pero tendría que matarte.

.

Una biografía de la conspiración

Javier Cavanilles

Periodista. ARP-SAPC
Trabajo realizado con la ayuda de una beca de investigación de ARP-SAPC

Que estés paranoico no significa que no estén yendo a por ti

Trampa 22. Joseph Heller

.

No todas las conspiraciones son igual de absurdas. 

Por ejemplo, en el 11-S o el asesinato de Kennedy los 

equivocados eran los que creían que el gobierno les había 

contado todo.

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toda la información disponible hasta la fecha apunta a 

que un «lobo solitario» con ansias de notoriedad, Lee 

H. Oswald, fue el único responsable del magnicidio, 

todavía  quedan  por  desclasificar  3.598  documentos 

que deberían ver la luz, como muy tarde, en octubre 

de 2017, según establece la JFK Records Act. Ni los 

más recalcitrantes esperan ya encontrar una «pisto-

la humeante» que cambie la versión oficial, pero el 

ocultamiento de datos sobre el caso comenzó poco 

después de que Oswald disparase la tercera bala y se 

mantiene hasta nuestros días.

En otras de las respuestas, es evidente que los que 

se equivocaban eran los que pensaban que el Gobier-

no les estaba engañando. Que Obama nació en Hawai 

el 4 de agosto de 1961 no merece mayor comentario, 

por muy extendidas que estén las teorías de los llama-

dos birthers: hasta la prensa de la época

4

 se hizo eco 

del feliz acontecimiento. ¿Y qué decir del 28,9% que 

creía que se les ocultaban datos sobre el origen del 

sida, o del 23,2% que sigue albergando dudas sobre 

el alunizaje del Apolo 11?

Por eso es interesante fijarse en ese 36,5 % de en-

cuestados que estaba «de acuerdo» o «muy de acuer-

do» cuando se les preguntó sobre el encubrimiento 

del Incidente del Dakota Norte. Y es interesante por-

que ese caso jamás existió, era una especie de bro-

ma de los encuestadores para ver hasta qué punto la 

gente sabía de lo que estaba hablando. Por supuesto, 

algunos respondieron que «sí» confundidos por ca-

sos como el Incidente Roswell. Otros, simplemente, 

porque hubieran hecho lo propio a cualquier pregun-

ta que comenzara con la frase «cree que el gobierno 

oculta datos sobre…».

Entre los que participaron en el sondeo de la Uni-

versidad de Chapman había hombres y mujeres, des-

de jóvenes de 18 años hasta mayores de 65, con y sin 

acceso a internet, en paro o con trabajo estable, solte-

ros y con familia numerosa, universitarios y con estu-

dios básicos… y ninguno de estos parámetros servía 

para identificar a los llamados conspiranoicos. Podía 

ser cualquiera. Eso hace de las conspiraciones y las 

teorías de la conspiración un fenómeno tan complejo 

como digno de estudio pese a que a algunos no les 

interesa que se sepa.

Los que podrían conspirar no tienen el tiempo;

los que conspiran no tienen el talento

John P. Roche  (1924-1974). Asesor presidencial 

norteamericano

2. Definición
2.1. La Ceremonia de la confusión

El 27 de septiembre de 1964 vio la luz el llamado 

informe de la Comisión Warren, un grupo de traba-

jo establecido apenas un año antes por el presidente 

Lyndon B. Johnson para investigar el asesinato de su 

predecesor, John F. Kennedy. El objetivo (fallido) era 

(foto: Benjamín Andre, https://pixabay.com/es/users/benjamin-andre-1125020/)

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poner fin a todas las especulaciones surgidas tras el 

magnicidio. Las teorías que habían circulado desde el 

fatídico 22 de noviembre de 1963 eran de todo tipo. 

Algunas, descabelladas; otras, no tanto. Durante ese 

año, los norteamericanos habían podido elegir entre 

un crimen orquestado por el propio Johnson mientras 

ocupaba el cargo de vicepresidente, un contubernio 

—financiado por la mafia— entre agentes desconten-

tos de la CIA y disidentes cubanos por el fracaso de 

la invasión de Bahía de Cochinos o una represalia de 

Castro por el desembarco en Playa Girón (la versión 

cubana de Bahía de Cochinos). Con el tiempo, el aba-

nico se fue ampliando. JFK podía haber sido asesi-

nado por los masones, por enfrentarse a la Reserva 

Federal, por intentar impedir la escalada militar en 

Vietnam, por no haber sido suficientemente diligente 

en cumplir las órdenes de Moscú a la hora convertir 

EE.UU. en un país comunista, o por intentar desve-

lar la existencia de un Gobierno en la Sombra que 

había llegado a un pacto de colaboración con los ex-

traterrestres (lo que más tarde se conocería como el 

MJ-12). Había para elegir. Sin embargo, y en contra 

de todo pronóstico, las conclusiones de la Comisión 

Warren fueron de lo más mundanas: un desequilibra-

do con cierta obsesión por los ideales marxistas había 

asesinado al presidente sin ayuda de nadie. Sobre los 

motivos, simplemente reconocía que no había sido 

capaz de concretarlos

5

 más allá del afán de notorie-

dad del personaje. Hasta el 11-S, el asesinato de Ken-

nedy fue la Gran Conspiración, aunque si no llega 

a ser por la película JFK (Oliver Stone, 1991), hace 

años que hubiera caído en el olvido o relegada a un 

hobby para nostálgicos como ocurrió con la ufología.

Curiosamente, aunque la Comisión Warren se cen-

tró en determinar si existió o no una conspiración, en 

ningún momento establece una definición exacta del 

término. Esta pequeña contradicción no se solucionó 

hasta el 29 de marzo de 1979, cuando se publicó el 

informe  final  del  Comité  Selecto  de  la  Cámara  so-

bre Asesinatos (más conocido por sus siglas en inglés 

HSCA). Su mandato era revisar las conclusiones de 

la Comisión Warren y aunque validó punto por punto 

todas y cada una de ellas, curiosamente afirmaba que 

según «la evidencia disponible, el presidente John F. 

Kennedy fue probablemente asesinado como resul-

tado de una conspiración», para después reconocer 

que carecía de datos sobre quién o quiénes pudieron 

tomar parte en ella. Independientemente de que tu-

viera razón, el HSCA acertó a no limitarse a hablar 

de conspiración, sino que procedió a definirla. Según 

señaló

6

:

El miembro del Tribunal Supremo de Justicia 

Oliver Wendell Holmes definió en cierta ocasión y 

de manera simple la conspiración como ‘una co-

laboración  con  fines  criminales’.  Esa  definición 

es  adecuada.  Sin  embargo,  sería  útil  establecer 

una mucho más precisa. Si dos individuos o más 

se ponen de acuerdo en hacer algo para matar al 

presidente Kennedy y al menos uno de ellos llevó a 

cabo alguna acción para hacer progresar el plan, 

y eso resultó en la muerte del presidente, entonces 

el presidente Kennedy murió como consecuencia 

de una conspiración.

Los  matices  no  son  gratuitos.  La  definición  de 

Wendell Holmes tiene un enfoque jurídico, es mucho 

más abierta e incluiría a cualquiera que hubiera ayu-

dado a Oswald, a sabiendas o no de su plan e inde-

pendientemente de que fuera en hechos relacionados 

directamente con el magnicidio (por ejemplo, el que 

le vendió la munición). La segunda es una definición 

basada en el uso social de la expresión, es más con-

creta e implica necesariamente que un mínimo de dos 

personas hubiera participado a sabiendas en el cri-

men.

Pero el problema de fondo con el que lidió el 

HSCA  al  querer  encontrar  una  definición  adecuada 

para la conspiración era que intentaba poner puertas 

al mar. Independientemente del nombre que se usa-

ra, la verdadera cuestión era si Oswald había contado 

con cómplices, al margen de que se pudiera calificar 

o no de conspiración. Tan bizantino debate tiene la 

ventaja de que permite entender lo complicado que 

resulta, pese a lo sencillo que aparenta, encontrar 

una definición de lo que es una conspiración. Si es-

tuviéramos hablando de un juicio (y ni la Comisión 

Warren ni el HSCA eran tribunales) se podría haber 

dado la paradoja de que Oswald hubiera contado con 

cómplices pero no hubiera podido ser condenado por 

conspiración. Este habría sido el caso de haber plani-

Según Barkun, una conspiración es «una trama, real o 

ficticia, en la que una organización actúa en secreto para 

conseguir llevar a cabo un acto malévolo».

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ficado el atentado con su esposa, Marina Oswald: no 

se les podría haber acusado de conspiración, ya que el 

matrimonio en aquella época se consideraba una uni-

dad y las conspiraciones de una persona no existen 

legalmente. Curiosamente, si entre sus colaboradores 

hubiera habido miembros de la CIA, la disidencia cu-

bana, la mafia, la masonería, la Reserva Federal, el 

MJ-12, los Village People… y todos hubieran sido 

igual de necesarios para cometer el magnicidio (es 

decir, que el número de participantes en el complot 

hubiera sido igual al número mínimo de cómplices 

necesarios para llevarlo a cabo), tampoco se podría 

hablar de conspiración. Es el llamado principio  de 

Wharton

7

. Mucho legalismo para una cuestión que 

era más sencilla: ¿contó con ayuda para cometer el 

crimen? Y si fue así, ¿quién, cómo y cuándo le ayu-

dó? El resto es la tramoya de un magnicidio que, a 

veces, parece que se cometió solo para vender libros.

Por lo que respecta a lengua española, el Dicciona-

rio de la Real Academia

8

 define conspiración única-

mente como acción de conspirar que, a su vez, des-

cribe como «unirse contra un superior o soberano» o 

«contra un particular para hacerle daño». Por lo que 

respecta a nuestra legislación, el artículo 17 de la Ley 

Orgánica 10/1995, de 23 de noviembre, del Código 

Penal, establece que «la conspiración existe cuando 

dos o más personas se conciertan para la ejecución de 

un delito y resuelven ejecutarlo» (punto 1) y lo distin-

gue de la proposición para delinquir, que es cuando 

«el que ha resuelto cometer un delito invita a otra u 

otras personas a participar en él» (punto 2). Ambos 

conceptos se enmarcan en lo que se conoce como 

«actos previos al delito

9

», y forman parte del segun-

do paso del llamado iter criminis, o el proceso que 

recorre un crimen desde que es ideado hasta que se 

consuma. Cuando el plan se pone en marcha, el delito 

de conspiración desaparece y los hechos se castigan 

como tentativa o delito consumado, en función del 

resultado. Es la principal diferencia con la legislación 

norteamericana, en la que la conspiración se desligó 

hace siglos del attempt (intento o planificación), que 

puede ser delito per  se y ser castigada además del 

delito una vez consumado.

2.2. Una posible definición

Así, es fácil comprender que los estudiosos de las 

conspiraciones hayan intentado encontrar un defini-

ción que, sin alejarse en exceso de la realidad jurídi-

ca, amplíe su contenido para adecuarse al uso social 

del término. Una aproximación interesante es la del 

profesor de Ciencias Políticas de la Universidad de 

Siracusa (EE.UU.) Michael Barkun

10

, quien, en lu-

gar de definir la conspiración, opta por centrarse en 

el concepto de creencia  conspirativa (conspiracy 

belief). Según él, es el convencimiento de que «una 

organización compuesta por individuos o grupos está 

o ha estado actuando en secreto para conseguir llevar 

a cabo un acto malévolo». El principal segundo ele-

mento incómodo es que lo consideran una creencia, 

cuando la lista de conspiraciones reales a lo largo de 

la historia (el 23-F o los GAL serían dos ejemplos pa-

trios) es demasiado extensa como para dejarla fuera 

del concepto.

Otra definición

11

, esta vez de la conspiración pro-

piamente dicha, con tantos puntos en común con la 

anterior como matices, es la de Joseph E. Uscinski y 

Joseph M. Parent, profesores de Ciencias Políticas en 

la Universidad de Miami. Para ellos, el concepto debe 

incluir cuatro elementos: «Un grupo (1), que actúa en 

secreto (2), para alterar las instituciones, usurpar el 

poder, esconder la verdad o conseguir alguna ventaja 

(3), a expensas del bien común (4)». Su ventaja con 

respecto a la anterior es que es más completa e in-

cluye tanto una conspiración desde el estado contra 

los ciudadanos como al revés, pero en cambio deja 

fuera las conspiraciones imaginarias (o la conspira-

noia como creencia a la que se refiere Barkun) del 

tipo «los Illuminatis quieren dominar el mundo desde 

que  desaparecieron  a  finales  del  XVIII  y  que,  pese 

a su innegable talento y dedicación, aún no lo han 

conseguido».

Otra aproximación, aunque con matices importan-

tes, sería la de Cass R. Sunstein

12

, Director de la Ofi-

cina de Información y Asuntos Regulatorio (OIRA) 

durante los primeros años de la Administración Oba-

ma y ardiente anticonspiranoico, que propuso la de-

finición «un esfuerzo por intentar explicar un hecho 

o  una  práctica  refiriéndose  a  las  maquinaciones  de 

gente poderosa, que también ha conseguido ocultar 

sus acciones». Al hablar de esfuerzo, incluye un claro 

sesgo negativo que no mejora las definiciones vistas 

hasta ahora.

Con  sus  matices,  todas  las  definiciones  pueden 

ser buenas, pero a algunas les falta algo: el elemento 

de verdad. Si tomamos como ejemplo el caso de los 

ovnis, es cierto que la CIA ocultó datos

13

 a los ciuda-

danos y manipuló a la opinión pública. De hecho, el 

origen del famoso incidente Roswell (Nuevo México, 

1947) fue el Proyecto Mogul, una operación clasifi-

cada como Top Secret. En cambio, no hay motivos 

para pensar que el Gobierno norteamericano almace-

ne los restos de un alienígena en un tupperware en 

la base (cada vez menos) secreta del Área 51. Así, 

algunas de estas definiciones dejan fuera la primera o 

la segunda cuando ambas parten del mismo fenóme-

no. En conclusión, una definición completa y sencilla 

se puede lograr matizando, por ejemplo, la que usa 

Barkun: «Una trama, real o ficticia, en la que una or-

ganización actúa en secreto para conseguir llevar a 

cabo un acto malévolo».

Una cuestión accesoria, pero de amplio calado en 

el sector más «cuñado» del escepticismo, es la im-

portancia del secreto en la conspiración. En princi-

pio, es un elemento indisociable aunque solo sea por 

una cuestión práctica: nadie se reúne para dominar el 

mundo en una plaza con un altavoz. Pero el secreto 

no es patrimonio de la conspiración: el debate previo 

a una entrega de premios, una negociación comercial, 

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las deliberaciones del Consejo de Ministros… todos 

exigen discreción y no siempre hay intenciones per-

versas. Pero el argumento más extendido sobre este 

punto es que, si una conspiración es secreta, nadie 

sabe de su existencia; y cuando nos enteramos de ello, 

es porque ha logrado su fin (y ya se encargan los ga-

nadores de reescribir la historia) o ha fracasado y deja 

de ser una conspiración. Aunque gramaticalmente el 

argumento sea correcto, el debate no lleva a ningún 

sitio. Que podamos reconstruir la conspiración que 

acabó con la vida de Julio César en el 44 a.C. elimi-

nando el secreto que la hizo posible, no significa que 

nunca existiera. Algunas conspiraciones, de hecho, 

ni siquiera necesitan del secreto. Reptilianos, dracos, 

grises, crossbreeds… luchan a plena luz del día para 

intentar dominar el planeta pero algunos prefieren ha-

cer caso omiso, pese a que está todo explicado en un 

vídeo de YouTube. Lo importante en este caso no es 

el secreto sino la indiferencia de los borregomatrix 

que no quieren asumir la verdad.

2.3. De la conspiración a la 

conspiranoia

Que la conspiración pueda ser real o imaginaria 

no afecta a su contenido, de la misma forma que una 

aventura no cambia si su protagonista es un ser de 

carne y hueso o un personaje de novela. En ambos ca-

sos, es una aventura, aunque es evidente que no es lo 

mismo. Pese a que a los estudiosos citados el binomio 

realidad-ficción no parece interesarles en exceso, el 

asunto merece ser analizado. Desde luego, no forman 

parte de la misma categoría una empresa que soborna 

a un grupo de políticos para que modifiquen una ley 

a su conveniencia —y contra el interés general— que 

decir que la reina de Inglaterra —y Kenny Rogers, 

dicho sea de paso— es en realidad un lagarto del es-

pacio exterior que adopta forma humana y domina el 

mundo. La primera hipótesis permite reaccionar en 

su contra; la segunda apenas da ya para reírse. Así, la 

cuestión de la veracidad ha dado lugar a dos intentos 

que, curiosamente, se han desarrollado de manera in-

dependiente. Ambas parten de una definición general, 

pero se separan cuando buscan la alternativa: algu-

nos prefieren centrarse en las que son ciertas y otros 

en las que son falsas. La polémica es tal que, según 

Emma Jane y Chris Fleming

14

, es imposible estable-

cer una definición que permita distinguir las primeras 

de las segundas. En todo caso, el intento más serio 

por encontrar un término que se pueda aplicar no solo 

a las auténticas sino a las que de verdad deben pre-

ocuparnos hay que atribuírselo al profesor de la Flo-

rida State University (Tallahassee, EE.UU.), Lance 

deHaven-Smith

15

.

DeHaven-Smith parte de una idea difícil de reba-

tir: las conspiraciones tienen mala prensa pese a que 

existen y están a la orden del día, hasta el punto de 

que emplea la expresión «negacionismo conspirati-

vo» (conspiracy denial) para los que no las aceptan 

ni como hipótesis. Aunque por las connotaciones 

políticas este término es algo exagerado, tiene razón 

cuando defiende que los defensores de las conspira-

ciones viven en un mundo «de diseño» y en el que 

no hay margen para la casualidad —como apuntaba 

Barkun— pero no son tan diferentes de los anticons-

piracionistas (un término más ajustado a la realidad), 

que habitan un mundo que se le parece mucho: el sis-

tema funciona razonablemente bien y todo lo que se 

parezca a una conspiración es fruto de una serie de 

casualidades. Estos se basan en el llamado Principio 

o Navaja de Hanlon

16

, que recomienda que «nunca 

atribuyas a la maldad lo que puede ser explicado 

por la estupidez». Así, conspiranoicos  y  debunkers 

tienen una explicación sencilla y sin base real a un 

problema complejo y que no es más cierta por muy 

atractiva que sea la formulación. En el fondo, el mar-

gen de error entre creer que los reptilianos dominan el 

mundo y que en las democracias occidentales el po-

der está en el voto es simplemente de matiz. Ninguna 

de estas dos hipótesis es más absurda que la otra, solo 

que la segunda está más aceptada. La conspiración 

puede ser simplemente un punto de vista.

En su libro, deHaven-Smith comienza investigan-

do el origen del concepto de conspiranoia teoría 

conspirativa (conspiracy theory), cuyo contenido ne-

gativo es obvio. Aunque quién y cuándo utilizó por 

primera vez la expresión «teoría conspirativa» es im-

posible de establecer —Karl Popper ya la empleó en 

La sociedad abierta y sus enemigos— sí que se puede 

intentar determinar cuándo la expresión empezó a in-

cluir esa connotación negativa. Para el profesor, el 

punto de inflexión fue un memorando de la CIA, el 

Las conspiraciones tienen mala prensa pese a que existen, 

hasta el punto de que se emplea la expresión «negacionismo 

conspirativo» para los que no las aceptan ni como hipótesis.

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Anuario 2017

Dispatch #1035-960

17

, remitido a sus estaciones en 

el extranjero en abril de 1967 y que se publicó por 

primera vez en 1976 en el New York Times.

El #1035-960 lleva por título Contrarrestar  las 

críticas  al  informe  de  la  Comisión  Warren y está 

compuesto de un pequeño informe de tres páginas en 

el que explica cómo abordar el tema cuando alguien 

exprese dudas sobre las conclusiones del informe. En 

el punto dos se puede leer:

Frecuentemente, las teorías conspirativas han 

arrojado  sospechas  sobre  nuestra  organización, 

por ejemplo, al alegar falsamente que Lee Harvey 

Oswald trabajó para nosotros. El objetivo de este 

mensaje es proveer material para contrarrestar y 

desacreditar  las  afirmaciones  de  los  teóricos  de 

la conspiración y así evitar la circulación de esas 

afirmaciones en otros países.

 Que uno de los motivos por los que los norteame-

ricanos siguen creyendo que Oswald no actuó solo ha 

sido la torpeza de la CIA lo ha admitido hasta ella

18

pero si el sesgo negativo del concepto de teoría de 

la  conspiración  es obra suya habrá que ampliar el 

concepto de sublime para poder describir la opera-

ción. A favor de la tesis de deHaven-Smith está que 

el documento lleva el indicativo Psych (abreviatura 

de Operaciones Psicológicas o de desinformación) y 

CS (destinado a los Servicios Clandestinos). Además, 

el documento se produce en el contexto de la llamada 

Operación  Mockingbird (que comenzó a principios 

de los cincuenta y se prolongó hasta mediados de los 

setenta), que consistió en crear una red de periodistas 

y medios de comunicación que difundieran informa-

ción de interés para la Agencia. Entre los que parti-

ciparon estaban Time, New York Times, Life, Wash-

ington Post o la CBS. El método de esta operación 

incluía filtrar la información en el extranjero y luego 

hacerse eco de ella en EE.UU.

19

.

En definitiva, aunque es posible que la CIA contri-

buyera a extender el uso social de la expresión «teoría 

conspirativa» o «teóricos de la conspiración» con su 

significado actual, es muy discutible que el Dispatch 

#1035-960 sea la única causa de que tenga sentido 

peyorativo o que ese fuera el propósito del documen-

to.

Dicho esto, del planteamiento de deHaven-Smith 

lo más interesante es su concepto de Crimen de Es-

tado contra la Democracia

20

 (o SCAD, por sus siglas 

en inglés), un término que propone como sustituto 

de conspiración y que define simplemente como «la 

teoría de que a veces los cargos públicos en democra-

cia mentirán, engañarán y matarán para salirse con 

Jack Ruby disparando a Lee Harvey Oswald (foto: Jack Beers Jr, www.history-matters.com, procedente del informe de la Comisión Warren)

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Anuario 2017

la suya». A la sencillez del concepto, que roza la ge-

nialidad, hay que añadirle dos virtudes: describe per-

fectamente las conspiraciones (desde las reales como 

el caso Irán-Contra a las discutibles, como el papel 

de la CIA en el asesinato de Carrero Blanco) y des-

poja a estas tramas de sus connotaciones negativas. 

En todo caso, el concepto de SCAD tiene un interés 

añadido. En lingüística existen dos figuras antagóni-

cas: el proponente y el oponente. El primero es el que 

acuña un término y, por lo tanto, define los términos 

de un debate. El oponente se tiene que conformar con 

lo que hay, salvo que consiga acuñar una expresión 

con la que definir el conflicto desde su punto de vista. 

Hasta la aparición del concepto de SCAD (muy poco 

difundido, todo sea dicho) los defensores de las cons-

piraciones debían aceptar la terminología impuesta 

por sus detractores. Si se hace popular, habrán conse-

guido convertirse en proponentes.

No está de más señalar que, en España, una pala-

bra de uso muy frecuente es la de conspiranoico, que 

define al que cree en que el futuro del planeta está 

en manos de pequeños grupos de personas que domi-

nan el mundo. Curiosamente, en inglés no existe una 

palabra similar. Para referirse a alguien obsesionado 

con  estos  fenómenos  se  le  define  como  un  teórico 

de la conspiración y esa es la traducción exacta de 

conspiranoico (aunque sea informal). Conspiranoid 

no aparece ni en el diccionario online de la Universi-

dad de Oxford ni en el de la de Cambridge, por citar 

dos de los más importantes, ni en otros de uso habi-

tual como el Merriam-Webster, yourdiccionary.com 

o dictionary.com. En cambio, sí aparece en el Urban 

Dictionary

21

 con un significado innegablemente ne-

gativo:

Una  paranoia  aumentada  por  la  creencia  de 

que fuerzas invisibles están organizadas con uno 

mismo o sus valores, o el bienestar general; fanta-

sía persecutoria que se caracteriza por personas, 

que el afligido percibe de manera negativa, y que 

son agentes o han sido engañados por organiza-

ciones clandestinas reales o imaginarias.

Llama la atención que la entrada data de una fe-

cha relativamente reciente, noviembre de 2006, pese 

a que la web de Aaron Peckham nació en 1999. Tam-

bién hay que señalar que las palabras que incluye esta 

web no tienen necesariamente que existir, sino que se 

pueden crear ex novo, como ha sido el caso de otras 

expresiones relacionadas: conspirasist,  conspiras-

tory, conspiritual, conspiratarded, conspirifuck… En 

España, el término es mucho más antiguo. El director 

de la revista Año Cero, Enrique de Vicente, alias El 

Maestro, se ha atribuido en alguna ocasión la paterni-

dad, aunque sin pruebas (lo que no constituye ningu-

na novedad), pero la referencia acreditada más anti-

gua data de 1999, momento en que Santiago Arteaga 

la incluyó en el FAQ de la lista de correo de ARP-

SAPC

22

 en la sección la jerga de la lista. Según él, se 

aplicaba a «quien ve conspiraciones por todas partes 

y, más en particular, quien las usa para excusarse».

La expresión se ha hecho tan popular que se puede 

aplicar igualmente sin un significado peyorativo para 

describir a una persona interesada por el fenómeno, 

aunque no crea en sus versiones más pintorescas. En 

ese caso resulta más riguroso parafrasear a Gore Vi-

dal: «No soy un teórico de la conspiración, soy un 

analista de la conspiración».

2.4. De buen rollo

Por último, cabe preguntarse: ¿son todas las cons-

piraciones malas? Esta reflexión requiere alguna pun-

tualización: ¿se puede decir que organizar una fiesta 

sorpresa es una conspiración a favor del homenajea-

do? Los métodos son los mismos, lo único que cam-

bia es el fin.

Todo el mundo recordará la serie El coche fantás-

tico en la que el filántropo Wilton Knight (Richard 

Basehart) rescata de una muerte segura al agente 

Michael Arthur Long (David Hasselhof) y le invita 

a unirse a la secretísima Fundación Para la Ley y el 

Orden. A partir de entonces, bajo el nombre de Mi-

chael Knight —y marcando paquete mientras recorre 

el país a bordo de un simpático Pontiac Trans-Am 

de nombre KITT— se dedicaba a ayudar a todo el 

mundo. Otro ejemplo de tramas de buen rollo se da 

en creyentes —la conspiración tiene mucho de reli-

gioso— que piensan que tienen un ángel guardián 

que vela por ellos y hace que todo les salga bien. Po-

dríamos citar desde Marcelo, el gorrilla celestial que 

ayuda al exministro de Interior Jorge Fernández Díaz 

La principal diferencia entre una conspiración y una 

pronoia es que los pronoides actúan a cara descubierta, 

no ocultan sus intenciones y se mueven por altruismo.

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el esc

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ptico

25

Anuario 2017

a aparcar, hasta a los maestros ascendidos de Helena 

Blavatsky (fundadora de la Teosofía). Son conspira-

ciones positivas y se pueden definir como pronoias 

(lo opuesto a la paranoia), un concepto propuesto por 

el psicólogo Fred H. Goldner

23

 en 1981 en Toronto 

(Canadá) en un congreso de la Society for the Study 

of Social Problems. Según la definición de John Perry 

Barlow (exletrista de Grateful Dead y cofundador de 

la Electronic Frontier Foundation), es «la sospecha 

de que hay una conspiración a tu favor», lo que no 

significa que el que los pronoides, por tener de sí mis-

mos una visión positiva, sufran menos trastorno que 

los paranaoicos.

Desde un punto de vista social, la principal dife-

rencia entre una conspiración y una pronoia es que 

los pronoides actúan a cara descubierta, no ocultan 

sus intenciones y se mueven por altruismo (lo que 

no les impide ser unos pesados). Cuando la musa del 

New-Age Marilyn Ferguson escribió su famoso ladri-

llo La conspiración de Acuario (1980), el concepto 

aún no existía, así que se vio obligada a recordar en la 

introducción que sabía que el título tenía una conno-

tación negativa, por lo que se refugió en la definición 

que propuso el filósofo, jesuita y gurú olvidado Pierre 

Tailhard de Chardinan en su libro La energía huma-

na (1962). Partiendo de la etimología de la palabra 

(del latín con-spirare: respirar juntos o unidos) De 

Chardinan la describió como «la aspiración común 

ejercida por una esperanza. Puede decirse que una 

conspiración reúne a los individuos que respiran el 

mismo aire y aspiran a unos mismos objetivos». Es 

decir, cualquier cosa.

La conspiración de Acuario fue una pronoia que no 

sabía que lo era, ya que la hora de los pronoides llegó 

una década más tarde en Inglaterra. Como reacción al 

movimiento ultraconservador de Margaret Thatcher, 

a finales de los ochenta y principios de los noventa, se 

fue gestando una comunidad de amantes de las raves

el ecologismo, la cultura alternativa… que acabaría 

recibiendo el nombre de zippies

24

’ o hippies con zipp 

(profesionales de la Pronoia inspirados por el Zen), 

un término acuñado por el escocés Fraser Clark, una 

de las voces más prominentes del movimiento. El co-

lectivo tuvo su momento en 1994, cuando la revista 

Wired le dedicó su portada de mayo a la gira musical 

Zippy Pronoia Tour to Us. Luego desapareció… o lo 

hicieron desaparecer.

En España, el primero en darse cuenta de las posi-

bilidades pecuniarias de la pronoia parece haber sido 

el periodista para mentes galácticas, notable homó-

fobo y desafío andante a la psiquiatría moderna, Ra-

fapal. Según lleva postulando desde hace años, hay 

unos caballeros blancos entre las élites corruptas —y 

apestosas— que quieren imponer a nivel mundial la 

ley Nesara (National Economic Security and Refor-

mation Act), que solucionará todos los problemas de 

la gente común: cancelación de las deudas, fin de la 

declaración de la renta, vuelta al patrón oro, adiós a 

las guerras y una de calamares. Todo esto está a la 

vuelta de la esquina si se aplica a nivel mundial esta 

legislación, aprobada en secreto por el Congreso de 

EE. UU. con el apoyo de Bill Clinton, y que los que 

mueven los hilos quieren evitar que entre en vigor. 

Por suerte, algunos —Trump entre ellos— han veni-

do a salvarnos, afirma Pal

25

. Y, por lo visto, todo gra-

cias al cantante de country Willie Nelson (¿?). Suena 

razonable.

3. Historia

[El coste de] los programas para proteger con robots 

o extraterrestres al presidente [Obama] deberá ser ree-

valuado

Caitlin Hayden. Portavoz del Consejo Nacional 

de Seguridad

3.1. La culpa es de los niños

Todos los matices y contradicciones que hacen del 

término conspiración algo ligeramente más compli-

cado de lo que a simple vista parece pueden explicar-

se rastreando en la historia de un concepto

26

 nacido 

para evitar los defectos de la common law británica 

en el siglo XIII, como explicó el profesor de Har-

vard Francis B. Sayre en  Criminal  Conspiracy, un 

texto considerado aún hoy (casi un siglo después de 

escribirse) fundamental sobre la materia. Aquella fue 

una época civilizada en la que los conflictos podían 

resolverse legalmente en un duelo, pero el riesgo de 

jugársela en un combate por motivos espurios tenía el 

inconveniente de que uno podía perder hasta la vida, 

así que solo se daba cuando las probabilidades de 

ganar eran razonables y existía un buen motivo para 

arriesgarse. La otra vía, menos romántica, era acudir 

a juicio. Los que optaban por esta opción presenta-

ban su caso ante una tercera parte (una autoridad o un 

consejo) que se encargaba del veredicto y de dictar 

la pena. Curiosamente, todavía no se había hecho la 

ley, pero ya se había inventado la trampa. Esta con-

sistía en presentar falsas demandas en nombre de un 

menor de 12 años de edad que, legalmente, no podía 

ser perseguido ni condenado. Los abusos estaban a la 

orden del día.

Para evitar lo que pronto se convirtió en una cos-

tumbre —presentar falsos cargos, a veces a nombre 

de un menor— el legislador arbitró una fórmula para 

castigar a los que se apuntaran a esta práctica. Así 

nació el delito de conspiración, cuya primera plas-

mación conocida data de 1285, aunque la redacción 

definitiva no llegaría hasta 1304 (Third Ordinance of 

Conspirators, 33 Edw. I

27

):

Serán  conspiradores  los  que  se  pongan  de 

acuerdo  o  comprometan  mediante  juramento, 

pacto o alianza, para que cada uno de ellos deba 

ayudar o apoyar el plan de los otros, con false-

dad  y  malicia,  para  acusar  o  provocar  que  sea 

acusado (o falsamente exculpado) o mantener de 

manera falsa una acusación (…).

Lo curioso de la ley, que contemplaba hasta penas 

de prisión, es que la víctima de la conspiración no 

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el esc

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26

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era quien había sido blanco del infundio o la falsa 

acusación, sino la Administración de Justicia (como 

representante del Rey) a la que se había hecho perder 

su precioso tiempo mediante engaño. Aquí nació la 

principal diferencia sobre el término entre el derecho 

anglosajón y el español, ya que este último considera 

que la conspiración es simplemente un paso previo 

a la comisión de un delito (planearlo) y que deja de 

existir cuando se intenta llevar a cabo la acción cri-

minal. Esto en la futura legislación norteamericana 

se irá encuadrando dentro del concepto de attempt 

(‘intento’), que no es en sí delito, pero que es algo 

distinto a la conspiración.

Este matiz es importante porque en el delito de 

conspiración americano el simple propósito (mens 

rea) acabará por convertirse en la base del delito, por 

encima del actus reus (acto criminal). En otras pala-

bras, se llegará incluso al momento en el que se pue-

da haber cometido una acción castigada con penas 

de prisión sin haber hecho, literalmente, nada. Esta 

pequeña cuestión hace que, todavía hoy, el concepto 

de  conspiración sea uno de los más debatidos

28 

del 

ordenamiento jurídico norteamericano. No es de ex-

trañar que el propio Sayre la tildara de «una doctrina 

tan vaga en sus contornos e incierta en su fundamento 

natural que […] no aporta ni fuerza ni gloria a la ley; 

es  un  terreno  de  arenas  movedizas  y  reflexión  mal 

considerada»

29

.

Una vez el concepto había empezado a rodar, todo 

fue ir cuesta abajo. Hasta bien entrado el siglo XVI, 

el crimen de conspiración, técnicamente, no se había 

cometido hasta que la persona falsamente acusada ha-

bía sido juzgada y absuelta. El cambio se produjo en 

1611 en el llamado Caso de los polleros (Poulterer’s 

Case), cuando un hombre fue acusado de un robo que 

era tan evidente no había podido cometer que los car-

gos nunca se tuvieron en cuenta, pero sí se persiguió 

a los que le habían denunciado. Eso modificó la juris-

prudencia y estableció que el delito de conspiración 

se cometía en el momento de planear la falsa acusa-

ción, independientemente de que hubiera conseguido 

sus fines: la intención se fue consolidando como en 

el elemento que definía el delito (mens rea) y no ne-

cesitaba ni siquiera del intento para llevarlo a cabo 

(actus reus).

La citada sentencia contribuyó a borrar los límites 

entre el intento de cometer un crimen y el simple de-

seo, y no es casualidad que la decisión fuera tomada 

por la Cámara Estrellada. Este era un tribunal cuya 

sede era el mismísimo Palacio de Westminster, y que 

estaba integrado por consejeros del rey que se encar-

gaban de juzgar a aquellas personalidades que por su 

situación social no debían ser objeto de proceso en 

instancias inferiores. En teoría se consideraba que su 

poder era tal que nadie se atrevería a condenarlos; en 

la práctica, no era más que un sistema de administrar 

justicia para ricos. Curiosamente, cuando fue abolida 

en 1640, el Parlamento recortó el poder real aproban-

do la Ley de Habeas Corpus.

3.2. La ingratitud de los esclavos

La conspiración nace como una amenaza clara 

contra el Estado, de la que debe defenderse —la mala 

utilización de la administración de justicia—, pero 

lentamente se convertirá en una especie de red para 

perseguir delitos imaginarios en los que el único bien 

amenazado será el statu quo de las élites. Este pro-

ceso de metamorfosis está estrechamente ligado a la 

esclavitud y nace en las colonias británicas del Nuevo 

Continente. Según el profesor de la Universidad de 

Georgia Peter Charles Hoffer, uno de los autores que 

mejor ha analizado la cuestión, las primeras normas 

de este tipo forman parte indisociable de los Slave 

Codes, es decir el conjunto de leyes nacidas al calor 

del mercado de la esclavitud y que tenían como fin, 

más que castigar la comisión de un delito, atajarlo an-

tes de que se produjera. Estas leyes iban más allá de 

perseguir el intento o el deseo de llevar a cabo un acto 

criminal y buscaban tanto borrar los diferentes pasos 

que incluye el iter criminis como convertir la mera 

intención (tan fácil de probar como difícil de rebatir) 

en acto criminal. En otras palabras: cuando no existía 

el delito, la ley se encargaría de inventarlo.

Lo primero que hay que comprender para hacerse 

una idea del proceso es que la esclavitud, que era la 

base de la economía de las colonias del Nuevo Mun-

do, estaba prohibida en la metrópolis. El problema se 

solucionó de un plumazo degradando a los esclavos 

a la categoría de herramienta (no es una metáfora) y, 

de paso, aprobando leyes y procedimientos que solo 

La conspiración nace también como una amenaza contra 

el Estado, de la que debe defenderse, pero se convertirá en 

una especie de red para perseguir delitos imaginarios.

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el esc

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Anuario 2017

se aplicaran a ellos. La ventaja innegable con que se 

encontró el legislador colonial es que, al no existir 

precedentes (ni leyes ni jurisprudencia), tenía las ma-

nos libres para dar rienda suelta a su imaginación a la 

hora de redactar unas normas que no buscaban sen-

tar las líneas de las relaciones entre esclavos y amos, 

sino someterlos: los esclavos no eran objeto de la ley 

sino objetos a los ojos de la ley.

Otro dato para considerar, probablemente tan im-

portante como el primero, es que la población esclava 

podía superar hasta diez veces la de hombres libres. 

En las zonas en las que las plantaciones eran la base 

de la economía, coexistían dos mundos diferentes en 

los que apenas había espacios comunes, pero en las 

ciudades donde la principal actividad era la portua-

ria en un mismo mundo vivían juntas dos sociedades 

paralelas. En la calle, en las tabernas, en los lugares 

de trabajo… amos, esclavos y lumpemproletariado se 

veían las caras a diario. Teniendo en cuenta su ele-

vado número y que el trato que recibían no solía ser 

el idóneo, las rebeliones de esclavos se convirtieron 

pronto en una costumbre local. A eso se añadía otro 

problema: aunque este colectivo era el más perjudi-

cado, su situación apenas era mejor que la de los na-

tivos que mantenían relaciones comerciales con los 

colonos, ni de gran parte de la población blanca. En-

tre estos estaban los criados —blancos de Inglaterra, 

Irlanda…—, cerca de la mitad de los primeros po-

bladores y que llegaron al país tras una condena. En 

total, unos 50.000 parias

30

 acabaron en las colonias y 

la única diferencia real con sus homólogos africanos 

es  que  sus  condenas  tenían  un  fin  y  si  sobrevivían 

podrían dedicarse a criar rednecks hasta el fin de sus 

días. No hace falta esforzarse mucho para entender 

por qué unos y otros solían tomar parte en las rebelio-

nes contra sus amos; de ahí que el principal temor de 

las autoridades era que se unieran de manera definiti-

va

31

 contra ellas.

Según el profesor Hoffer, en su libro The great New 

York  conspiracy  of  1741

32

, hay que remontarse has-

ta el Código de Esclavos de Barbados de 1661 para 

encontrar la primera de estas leyes cuyo modelo sir-

vió para el resto de las colonias —a veces mediante 

una adaptación literal; otras como simple fuente de 

inspiración—. Los esclavos, salvo lo que podríamos 

llamar eufemísticamente el derecho al trabajo, no te-

nían prácticamente ningún otro (en el norte eran lige-

ramente más permisivos). Carecer de todo significaba 

que tampoco tenían mucho que perder, así que se hizo 

necesario introducir el delito de conspiración en el que 

bastaba que dos personas hicieran el más mínimo co-

mentario contra sus amos —o que se les acusara de 

“Esclavos que esperan para la venta” por Eyre Crowe (1861). Colección Heinz (foto: Wikimedia Commons)

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Anuario 2017

haberlo hecho— para que pudieran ser condenadas a 

muerte.

Los esclavos tenían cierta tendencia a rebelarse 

y quemar las propiedades de sus amos. Para evitar 

llegar a este punto, cuando el malestar empezaba a 

aumentar o se extendía el bulo de que se avecinaba 

otro levantamiento, bastaba con que un esclavo —a 

cambio de inmunidad o mediante amenazas— de-

clarara contra otro(s) y así se atajaba la presunta in-

surrección. Una fórmula, cabe decirlo, que ya había 

demostrado su efectividad para fabricar culpables du-

rante los años de la Caza de Brujas. Por si fuera poco, 

cuando un esclavo era condenado por algún delito, el 

tribunal tenía la potestad de establecer la pena a vo-

luntad, y podía incluir desmembramiento, decapita-

ción, dejar el cadáver colgado durante días a merced 

de los carroñeros… En definitiva, por un lado se les 

podía condenar por casi cualquier cosa y por otro, las 

penas debían tener un efecto disuasorio en el resto. 

Era un fórmula tanto para acumular culpables en caso 

de rebelión como para evitar que esta se produjera.

Otro dato es que la pena por conspiración solía 

incluir una cláusula que no aparecía en otro tipo de 

delitos: el amo del esclavo no podía protestar por la 

condena. Parece una cuestión menor, pero no lo es. 

En general, el propietario era el encargado de admi-

nistrar justicia ya que solía ser él la víctima principal 

de los crímenes provocados por los esclavos (a los 

que no les temblaba la mano a la hora de robar a sus 

amos un mendrugo de pan para no morir de hambre 

o un pantalón roído con el que cubrirse). Cuando la 

víctima del delito de un esclavo era un tercero, ante la 

posibilidad de perder su propiedad, el amo podía in-

tentar llegar a un acuerdo, solicitar clemencia o pagar 

una multa. Todo por no perder dinero ya que algunas 

de estas «herramientas» de carne y hueso eran más 

útiles que otras. Pero como la víctima de la conspi-

ración era el statu quo (un esclavo sublevado podía 

dar ideas al resto) la sanción no podía ser recurrida 

ni el amo intervenir. Eso sí, los slave codes solían 

incluir un indemnización para hacerles el trámite más 

digerible en caso de que el esclavo fuera condenado 

a muerte.

Un dato curioso es que los slave codes condena-

ban la conspiración (junto con las tramas secretas y 

las insurrecciones) pero no la definían, lo cual no es 

de extrañar ya que más que para perseguirlas estaban 

para crearlas. Por eso con el tiempo la administra-

ción colonial se fue viniendo arriba y, como mues-

tra el ejemplo del Slave Code de Virginia de 1723

33

sabiendo que la legalidad era lo de menos bastaban 

dos testimonios «creíbles» para considerar que exis-

tía una conspiración. La regla general incluía prohibir 

toda reunión de más de cinco esclavos (incluso con 

autorización de su dueño) para que el amo pudiera ser 

sancionado por no impedirlo y el resto juzgados. Y ya 

ni siquiera hacía falta que todos fueran esclavos: ne-

gros libres, mulatos e indios se veían afectados por la 

legislación. Curiosamente, al incluir en la misma ces-

ta a hombres libres, los esclavos recuperaban legal-

mente su condición de seres humanos y dejaban de 

ser herramientas, con lo cual les quedaba el consuelo 

de que podían ser legal y literalmente desmembrados 

como si fueran personas y con todas las de la ley.

Es bueno precisar que la conspiración era, sim-

plemente, un elemento más de los slave codes, no el 

más importante, pero su popularidad aumentó en la 

medida que permitía convertir en peligroso enemigo 

al que simplemente demostraba en privado cierta de-

sazón tras ser azotado, o no aguantaba que su mujer 

fuera violada por su amo. En todo caso, para no per-

der la perspectiva y recordar que la ley era un excusa 

innecesaria cabe citar que, dos siglos después, un 11 

de abril de 1968, el presidente Lyndon B. Johnson 

firmó el Acta de Derechos Civiles a instancias de los 

movimientos antisegregacionistas. Por supuesto, el 

primero en ser detenido para hacer cumplir la ley y 

en virtud de ella fue un negro

34

.

El estudio de los slave codes es interesante para 

ver cómo el concepto de conspiración  adquirió su 

sentido moderno: ni es un crimen en sí ni necesita 

cómplices; ni siquiera tiene que ser real. Es una sim-

ple acusación que lleva implícita la condena y no re-

quiere más prueba que la que den por buena quienes 

quieran creérsela.

3.3. Hofstadter y la conspiración como paranoia

A lo largo de la historia, la conspiración pasó de 

un delito de escasa entidad contra la administración 

de justicia a convertirse, en los slave codes, en una 

carta blanca para hacer todo tipo de acusaciones sin 

necesidad de pruebas. Así desarrolló lo que es, se-

gún el periodista Jesse Walker

35

, su principal activo: 

la capacidad de crear enemigos y justificar los actos 

propios. Un buen ejemplo está en la Declaración de 

Independencia de los EEUU del 4 de julio de 1776, 

que describía la emancipación de la corona británica 

como inevitable ya que:

(…)  toda  la  experiencia  ha  demostrado  que  la 

humanidad está más dispuesta a padecer, mientras 

los  males  sean  tolerables,  que  a  hacerse  justicia 

aboliendo  las  formas  a  que  está  acostumbrada. 

Pero cuando una larga serie de abusos y usurpa-

ciones, dirigida invariablemente al mismo objetivo, 

evidencia el designio de someter al pueblo a un des-

potismo absoluto, es su derecho, es su deber, derro-

car ese gobierno.

Tal ha sido el paciente sufrimiento de estas colo-

nias; y tal es ahora la necesidad que las compele a 

alterar su antiguo sistema. La historia del presente 

Rey de la Gran-Bretaña, es una historia de repeti-

das injurias y usurpaciones, cuyo objeto principal 

es y ha sido el establecimiento de una absoluta ti-

ranía sobre estos estados. Para probar esto, some-

temos los hechos al juicio de un mundo imparcial.

Lo que sigue es una larga cadena de acusaciones 

más  o  menos  justificadas  al  Gobierno  británico  su-

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29

Anuario 2017

madas a otras absolutamente pintorescas, como la de 

incitar a los indios a atacar «a los habitantes de las 

fronteras», como si los nativos no tuviesen motivos 

más que de sobra para intentar defenderse de los que 

les robaban sus tierras y los estaban exterminando. 

Los elementos conspiranoicos en la Guerra de Inde-

pendencia norteamericana dan para un libro.

Pese a todo, faltaba un elemento fundamental para 

que la conspiración adquiriera el carácter peyorativo 

que tiene ahora, que va mucho más allá de su conside-

ración de delito y cuya consecuencia es que acusar a 

alguien de teórico de la conspiración sea una enmien-

da a la totalidad, el equivalente a atribuir a alguien 

un error casi patológico. Solo hay que ver la conside-

ración que merecen este tipo de teorías (o hipótesis) 

entre la comunidad escéptica

36

 para preguntarse si el 

miedo a la conspiración no es más que un reflejo es-

pecular del miedo a los conspiradores. El error que se 

suele cometer es siempre el mismo: hay conspiracio-

nes ciertas y otras falsas, pero no hay término medio. 

Sin embargo, hay conspiraciones parcialmente cier-

tas, parcialmente falsas, y casos en los que atribuirlos 

a una mano negra es simplemente una cuestión de 

punto de vista. En otras palabras, exactamente igual 

que ocurre con las explicaciones no conspirativas.

El concepto de conspiración  (o  conspiranoia

como reflejo de una patología social (no necesaria-

mente psiquiátrica) nació a mediados del siglo XX 

de la mano de uno de los historiadores más impor-

tantes de su época en EE.UU.: Richard J. Hofstadter 

(1916-1970). Resulta extraño que en inglés apenas se 

utilice el término conspiranoid, cuando la relación 

entre la paranoia y las conspiraciones es la base de 

uno de los artículos más importantes sobre el tema: 

The Paranoid Style in American Politics, una confe-

rencia del citado historiador y premio Pullitzer, que 

acabó dando título a un libro

37

. El origen del texto es 

una conferencia que impartió en la Universidad de 

Oxford el 21 de noviembre de 1963 —curiosamente 

apenas dos días antes del asesinato de JFK—, y en la 

que analizaba las causas del ascenso del ala más ultra 

del Partido Republicano en un momento en el que 

el senador por Arizona Barry Goldwater (1909-1998) 

había logrado la candidatura para las elecciones de 

1964, dejando en el camino a voces más moderadas 

(y con más apoyo dentro del partido) como Nelson 

Rockefeller o William Scranton.

Uno de los principales problemas de El estilo pa-

ranoide… es que es tan citado como poco leído y, 

aunque la conspiración es fundamental en su argu-

mentación, no es el tema de su análisis sino uno de 

sus argumentos. Otro de los problemas que hay que 

señalar es que algunos, los menos, sí se fijan en el 

contexto en el que fue escrito, pero aun así prestan 

poca atención al contexto en que fue escrito. Sin esos 

dos puntos, es difícil de entender plenamente.

El punto de partida del estudio del ensayo debe 

ser el contexto político, que es donde está una de las 

claves del ensayo. Hofstadter se centra en el princi-

pal movimiento conspiranoico de su época: el anti-

comunismo furibundo que sigue vivo pese a la caída 

en desgracia y muerte del senador Joseph McCarthy 

(1908-1957). Muerto el perro, la rabia no se acabó y 

el testigo lo tomó la sociedad John Birch, a la cual 

Bob Dylan le llegó a dedicar la inmortal Talkin’ John 

Birch Paranoid Blues. Creada en 1958 en Indianápo-

lis por un grupo de doce «patriotas» liderados por el 

exfabricante de caramelos Robert W. Welch, la enti-

dad tomó su nombre de un misionario baptista y espía 

norteamericano asesinado por los comunistas chinos 

en un absurdo incidente el 25 de agosto de 1945, po-

cos días después de la rendición de Japón. Para la 

ultraderecha de la época fue la primera víctima de la 

Guerra Fría.

En el cielo de la conspiranoia, a los birchers les 

guardan la mejor nube. No se puede decir que la in-

ventaron, pero la llevaron a límites inimaginables, y 

su ejemplo sigue vivo entre los que son capaces de 

suscribir a la vez toda teoría «alternativa», por extra-

ña e incompatible que resulte con las demás. No solo 

recogieron los frutos de todas las tramas ocultas ante-

riores, sino que pusieron los cimientos del fenómeno 

de la conspiranoia por acumulación. Como escribió 

Charles J. Stewart

38

, representan la «conspiración 

maestra».

Los birchers no se limitaban a ser furibundos an-

ticomunistas, sino que creían que Estados Unidos 

estaba controlado por insiders (entre los que había 

internacionalistas, banqueros, intelectuales y políti-

cos) que querían implantar un régimen colectivista en 

El concepto de conspiración como reflejo de una 

patología social nació a mediados del siglo XX de la mano 

del historiador norteamericano Richard Hofstadter.

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Anuario 2017

el país y entregar la soberanía a la ONU como paso 

previo a la creación de un gobierno marxista mundial 

orquestado por la Unión Soviética. Como no podía 

ser de otro modo, su cosmovisión incluía a los Illu-

minatis, los masones, el Council of Foreing Policy

los judíos, la familia Rockefeller, la Reserva Federal, 

los productos sintéticos

39

, el gobierno central, los de-

rechos civiles… nadie se libraba de las sospechas de 

que una mano negra (o varias que se habían ido suce-

diendo) había actuado en la Historia nada menos que 

desde Babilonia para someter a la Humanidad. Para 

los  birchers la explicación del mundo era una ma-

trioska infinita que siempre escondía un secreto más 

y que bajo cada rostro había uno nuevo, más siniestro 

si cabe que el anterior.

El contexto político explica muchas de las preo-

cupaciones de Hofstadter, pero la imagen no está 

completa sin el contexto académico en el que fueron 

escritos los ensayos que conforma la primera parte 

de El estilo paranoide… Para eso hay que recordar 

que el profesor de la Universidad de Columbia se 

consolidó con este trabajo como el más reconocido 

de los historiadores del llamado consenso o plura-

lismo, defensor de una especie de continuidad en la 

historia de EE.UU. como proyecto común sin gran-

des conflictos de fondo (con la irrelevante excepción 

de la Guerra de Secesión). Esta visión aupó al autor 

al Olimpo del pensamiento que necesitaba la América 

de la posguerra y, sobre todo, la que estaba a punto de 

dividirse por cuestiones de fondo como la guerra de 

Vietnam. El estilo Paranoide… es un paso personal 

más en su tránsito de posiciones liberales (a las que 

llegó tras dejar el Partido Comunista americano en 

1939) hacia otras más conservadoras. Marca también 

su  distanciamiento  con  dos  de  sus  grandes  influen-

cias: su maestro Charles A. Beard y su compañero de 

universidad y amigo, el sociólogo C. Wright Mills. 

El primero, uno de los historiadores más influyentes 

de EE.UU. hasta su muerte en 1948, había defendido 

la lucha de clases como el motor de la historia del 

país. El segundo, al que parece aludir sin citar

40

, se 

había convertido con The power elite (1956) en un 

referente de la Nueva Izquierda y había iniciado una 

tradición investigadora —continuada por algunos 

como William Domhoff—  que pretendía ir más allá 

del mito igualitario del sueño americano y estudiar 

quién controlaba realmente el país. Por supuesto, dos 

puntos de vista en el límite paranoide según los pará-

metros de Hostadter.

Por eso, el mejor resumen del punto de vista del 

autor no estaba en el citado ensayo, sino en Gold-

water and pseudo-conservative politics, escrito años 

después. En él afirmaba

41

:

El sistema de dos partidos que se ha desarro-

llado en Estado Unidos se basa en el mutuo re-

conocimiento de la leal oposición: cada posición 

acepta las buenas intenciones del otro. Se puede 

sostener que la opinión del oponente es execrable, 

pero la legitimidad de su intención no es cuestio-

nable. Es decir que, en términos coloquiales, no 

se cuestiona su americanismo.

Mantener las formas; de eso se trata. En otras pa-

labras —y aquí es donde entra lo del «estilo» que tan 

por alto se suele pasar— lo que quería Hofstadter era 

delimitar los términos de lo que era aceptable en el 

debate público y lo que no. Si para Gore Vidal Esta-

dos Unidos era un régimen de partido único dividido 

a la derecha en dos corrientes, para el de la Universi-

dad de Columbia todo lo que cayera fuera del debate 

aceptado por ambos partidos se salía del juego polí-

tico, sostenía una visión paranoide de la realidad o 

había sucumbido la tentación del populismo (otro de 

los grandes temas sobre los que escribió).

El último error que puede atribuirse a Hodstatder 

es  que  al  identificar  la  conspiración  con  el  pensa-

miento paranoide creó un razonamiento circular di-

fícil de romper: la conspiración es fruto de una an-

siedad social, esta crea el sentimiento paranoide, que 

a su vez explica por qué alguna gente recurre a la 

conspiración como explicación. No existen datos que 

sustenten  esta  afirmación;  es  más  probable  que  to-

dos seamos conspiranoicos en mayor o menor grado 

(aunque algunos factores como el nivel cultural pue-

dan influir) y que en tiempos convulsos los más radi-

cales se muestren más activos y los demás más abier-

tos a escucharlos pero las conspiraciones de temporá 

tienden a desaparecer. Es lo que se desprende de los 

trabajos de Uscinski y Parent o Rob Brotheron

42

.

Es probable que todos seamos conspiranoicos en mayor o 

menor grado, y que en tiempos convulsos los radicales se 

muestren más activos y estemos más abiertos a escucharlos.

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4. Conclusión: La era del exposé

Trescientos hombres, que todos se conocen, dirigen 

los destinos de Europa y cooptan entre sí a sus sucesores. 

Walter Rathenau (Ministro alemán 1867-1922).

Una conspiración debería ser simplemente un 

acuerdo entre dos o más personas para cometer un 

acto  del  que  sacar  beneficio,  normalmente  perjudi-

cando a terceros. Se dan en todos los ámbitos y desde 

siempre. Eso no quiere decir que todas sean siempre 

ciertas, que sean el motor que hace girar el mundo 

o que no haya margen para otras conductas como la 

honradez, sino que no tienen nada de particular y que 

no es algo a lo que debamos temer per se. Con el paso 

del tiempo, la palabra se ha convertido en una etiqueta 

para crear enemigos, chivos expiatorios y desacreditar 

al contrario. Igual que Fu Manchú necesitaba al ins-

pector Nayland Smith para realizarse, el conspirador 

y su némesis —el debunker— no pueden vivir el uno 

sin el otro. Una relación simbiótica que les lleva in-

cluso a compartir algunos rasgos: ambos parten de un 

punto de vista que implica desacreditar totalmente al 

oponente. En otras palabras, el debate es imposible. El 

debunker cree que cualquier teoría de la conspiración 

se desacredita sola; el conspiranoico ha conectado los 

puntos, así que sabe que no hay otra explicación que 

la existencia de una trama oculta. Para el primero, la 

conspiración no se ve y por tanto ni existe ni puede 

existir; para el segundo, el hecho de que sea secreta 

explica por qué no se ve y constituye la mejor prueba 

de su existencia.

Lo más curioso de todo es que ambos bandos tienen 

algo de razón, solo que el debate está secuestrado por 

los extremos. Los reptilianos no controlan el planeta, 

ni los marcianos llegaron a un acuerdo con el gobier-

no norteamericano para instaurar el Majestic-12. Pero 

el mundo que conocemos no se entiende sin el papel 

que han jugado el Grupo Bilderberg (o su spin-off la 

Comisión Trilateral), el Comité de Basilea, la red Gla-

dio, la CIA, Skull & Bones, los mercadeos frutos de 

la realpolitik entre países o dentro de organizaciones 

como Naciones Unidas o el Fondo Monetario Inter-

nacional…

El miedo a la conspiración fue lo que trajo la de-

mocracia moderna al establecer separación de los tres 

poderes para que se vigilaran ante la sana desconfian-

za que todo ciudadano debe tener hacia su gobierno, 

pero también causó el Holocausto y las purgas estali-

nistas. Gracias (en parte) a los que dudaron de la ver-

sión oficial del asesinato de Kennedy, EE.UU. aprobó 

la FOIA (Ley de Libertad de Información) que es la 

base de las actuales leyes de transparencia; pero por 

culpa de los que creen que estamos dominados por 

Graffitis en Montreal, esquina Sainte-Catherine E. & Wolfe en 2013 (foto: Exile on Ontario St, www.flickr.com/photos/[email protected]/23416778153/)

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«ellos» y la única manera de luchar contra el siste-

ma es con un blog se pierde un importante caudal de 

tiempo y energía que podría servir para fines mejores. 

Creer que todo es una conspiración puede ser recon-

fortante y hasta rentable, pero es erróneo; atribuirlas 

a la simple estupidez como hacen los «teóricos de la 

casualidad» da galones escépticos, pero es ridículo.

Sin embargo, y que quede bien claro, tampoco cabe 

caer en la equidistancia cuartomilenalista. El miedo a 

las conspiraciones puede provocar violencia irracio-

nal, o quizás sea al revés y a los violentos le sirva de 

coartada; pero negarlas, no. Cada vez que ha habido 

una matanza en EE.UU., la venta de armas se dispa-

ra

43

. Uno de los motivos es la creencia que comenzó a 

extenderse tras la masacre de Waco (Texas, 1993) de 

que esas matanzas están organizadas por el gobierno 

para limitar el derecho a portar armas.

Otro  asunto  es  la  afirmación  de  que  con  internet 

la conspiración ha entrado en una nueva era. De mo-

mento no hay un solo dato que avale esa hipótesis. Es 

innegable que la red ha modificado el mundo de la 

comunicación en muy poco tiempo y a niveles inima-

ginables, pero eso no significa que haya afectado de 

manera específica al mundo de las tramas ocultas. Ha 

producido el mismo efecto que la marea cuando sube, 

que hace elevarse a todos los barcos; ha influido, pero 

no se puede saber si más o menos que en otros ámbi-

tos (por ejemplo, cómo ha influido en el número de 

escépticos). Lo que es innegable es que internet nació 

conspiranoica. En agosto de 1996, cuando la red aún 

estaba en pañales, el periodista norteamericano Gary 

Webb publicó en el San Jose Mercury News (Califor-

nia) una serie de artículos agrupados bajo el título de 

Dark Alliance (‘Alianza Oscura’) en el que vinculaba 

a la CIA, la Contra nicaragüense y la venta de droga 

en los barrios negros de Los Ángeles. Sus informacio-

nes dieron lugar a varias investigaciones oficiales y 

también a las críticas del New York Times, el Washing-

ton Post o Los Angeles Times. Para defenderse, colgó 

en la red toda la documentación que había recogido. 

En 2004, arruinado profesional y económicamente, 

Webb se suicidó y se convirtió en uno de los primeros 

mártires de internet.

Pero tampoco hay que atribuirle a la red una ca-

pacidad que no tiene. Durante siglos, la Biblia fue el 

único best seller que conoció Occidente y está preña-

da de conspiranoia: Satanás (el chivo expiatorio y el 

enemigo externo) fue la única explicación para todos 

los males en un mundo presidido por un Dios infinita-

mente bueno. Era él quien boicoteaba las acciones de 

ese ser bonachón. Ni siquiera hace falta irse tan lejos. 

Solo hay que viajar un siglo para citar Los protocolos 

de los sabios de Sión, una falsificación zarista publi-

cada en 1902 y que sentó las bases del Holocausto. 

Oliver Stone revivió en todo el mundo las dudas sobre 

el asesinato de Kennedy en JKF (1991), y apenas dos 

años más tarde comenzaba a emitirse Expediente X

hay ejemplos para aburrir de que las conspiraciones 

han sido parte del menú cultural desde mucho antes de 

internet fuera lo que es hoy. Es cierto que el llamado 

conocimiento oculto —y su variante el conocimiento 

prohibido— campan a sus anchas en la red y han dado 

un nuevo impulso a la conspiranoia, en la que ocultar 

la verdad es un fin en sí mismo: ¿qué ganan los cien-

tíficos ocultando que la Tierra es plana o haciéndonos 

creer en la tectonica de placas o la gravedad? No está 

claro, pero es su pasatiempo favorito.

 La red no ha creado las conspiraciones; solo la po-

sibilidad de que miles de amantes del género reparti-

dos por el mundo puedan ponerse en contacto: es la 

era del exposé, en la que unos desenmascaran a los 

grandes poderes ocultos que dominan la Tierra y otros 

denuncian a los anteriores por fantasiosos. Y entre to-

dos, como decía Jesulín de Ubrique de los puristas del 

toreo, no llenamos un autobús.

Por último, cabe preguntarse qué hacer para evitar 

que se difundan las falsas conspiraciones. La historia 

demuestra que no es fácil: si algo consiguió la Comi-

sión Warren (cuyas conclusiones han quedado avala-

das por el paso del tiempo) fue dar pie a más conspi-

raciones y más descabelladas que las que ya había. En 

la misma línea hay que destacar la mítica propuesta de 

Sunstein y Vermeule de crear un programa de «infil-

tración cognitiva» entre los conspiranoicos para des-

acreditarlos. Que lo mejor que se les ocurra a un pro-

fesor de Harvard (y asesor de la Casa Blanca) y a otro 

de la Universidad de Boston sea que el gobierno orga-

nice ciberescuadrones de agentes dobles para desacre-

ditar a los que creen que el gobierno conspira contra 

ellos evidencia hasta qué punto puede ser fácil encon-

trar rasgos paranoides en el miedo a la conspiración. 

Luchar contras las conspiraciones es complicado por 

muchos motivos: porque pueden ser verdad (total o 

parcialmente), porque la gente está predispuesta, por-

que calman la ansiedad o abren las puertas a formar 

parte de un grupo… Pero hay esperanza. Acabar con 

ellas es posible y existe una fórmula. Pero si la cuento 

tendría que mataros.

Notas
1.http://www.chapman.edu/wilkinson/research-centers/

babbie-center/_files/codebook-wave-3-draft.pdf

2.http://edition.cnn.com/2016/07/15/politics/congress-

releases-28-pages-saudis-9-11/

3.http://www.maryferrell.org/pages/Featured_Adden-

dum_to_2017_Documents_Listing.html

4.http://the.honoluluadvertiser.com/article/2009/Jul/28/

ln/hawaii907280345.html

5.http://www.history-matters.com/archive/jfk/wc/wr/html/

WCReport_0223a.htm

6.http://www.maryferrell.org/showDoc.html?docId=800&

search=conspiracy#relPageId=125&tab=page

7. http://definitions.uslegal.com/w/whartons-rule/

8. http://dle.rae.es/?id=AQqNF7U

9.Guías Jurdídicas (Ed. Wolters Kluwer) goo.gl/8FSlUF

10.A culture of conspiracy. Apocaliptic visions in 

contemporary America. Michael Barkun. págs 3-4. 

Ed.University of California Press. 2013 2ª Ed.

11. American conspiracy theories. Joseph E. Uscinski & 

Joseph M. Parent. pág. 58. Ed. Oxford University Press. 2014

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Anuario 2017

12.Conspiracy teories: Causes and Cures. Cass R. 

Sunstein & Adrian Vermeule. Pág. 4. The Journal of Politi-

cal Philosophy Vol 17 issue 2. Junio 2009

13.A Die-Hard Issue. CIA’s Role in the Study of UFOs

1947-90. Gerald K. Haines. Intelligence and National Se-

curity Journal. Vol. 14. 1999. Issue 2.

14. Modern Conspiracy. The importance of being para-

noid. Ed. Bloomsbury Academic. 2014

15. Conspiracy theory in America. Lance deHaven-

Smith. University of Texas Press. 2013

16. https://statusq.org/archives/2001/12/04/

17. http://www.jfklancer.com/CIA.html

18. John MCone and the assassination of President 

John F. Kennedy. David Robarge. Studies in intelligence. 

Vol. 57, nº 3

19. The Cia and the media. Carl Bernstein. Rolling Sto-

ne. 20/X/77

20. deHaven-Smith, pág.139

21.http://www.urbandictionary.com/define.

php?term=conspiranoid

22.http://www.escepticos.es/webanterior/listas/faq.html

23. Pronoia. Fred H. Goldner. Social problems. Vol 30. 

nº 1. Octubre 1982.

24.http://www.pronoia.net/tour/faq/faq_zippies.html

25.Rafael Palacios y La conspiranción posi-

tiva (1 y 2). Nostra V. https://www.youtube.com/

watch?v=gWbPbb5yYWU

26. Criminal Conspiracy. Francis B. Sayre.Harvard Law 

Review, Vol. 35, No. 4 (Feb., 1922), pp. 393-396

27. F.B.Sayre. pág. 395

28. Federal Conspiracy Law: A brief Overview. Charles 

Doyle. Congressional Research Service. 2016

29. F.B.Sayre. pág. 393

30. The redneck manifesto. Jim Goad. Simon & Schus-

ter. pág. 57

31. La otra historia de Estados Unidos. Howard Zinn. 

Cap. 3 ‘Gente de la peor calaña’. Ed. Las otras voces. 

1997

32. The great New York conspiracy. Peter Charles Ho-

ffer. Universtity Press of Kansas. 2003

33. An Act directing the trial of Slaves, committing capi-

tal crimes; and for the more effectual punishing conspira-

cies and insurrections of them; and for the better govern-

ment of Negros, Mulattos, and Indians, bond or free.

34. Una historia popular del imperio americano.Howard 

Zinn, Mike Konopacki y Paul Buhle. Ed. Sin sentido. 2010

35. United States of Paranoia: a conspiracy theory. Jes-

se Walker. Ed.Harper. 2013

36. Who believes them? Why? How can you tell if 

they’re true? Michael Shermer & Pat Linse. www.skeptic.

com/downloads/conspiracy-theories-who-why-and-how.pdf

37. The paranoid style in american politics. Richard J. 

Hofstadter. Vintage Books 2008

38. The master conspiracy of the John Birch Society: 

From communism to the New World Order. Charles J. 

Stewart. Western Journal of Communication. Vol. 66, 

2002. Nº 4

39. Stewart, pág. 428

40. Hofstadter, pág 7 y 9

41. Hofstardter. pág. 100

42. Suspicous minds: why we believe conspiracy thero-

ries. Rob Brotherson. Ed. Bloomsbury. 2015

43.http://www.nydailynews.com/news/national/gun-

industry-execs-admit-business-booms-mass-shootings-

article-1.2454368