Mitos transgénicos

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Mitos
Transgénicos
Rosa Porcel
Instituto de Biología Molecular y Celular de Plantas
Universidad Politècnica de València

El apocalipsis que no acaba de llegar

L

levamos modificando el ADN de los alimentos; ¿mito o realidad? Está claro que es realidad. Desde que se inició la agricultura hace
más o menos 12 000 años en distintas zonas
del mundo, se fueron domesticando los cultivos gracias a distintas técnicas. Básicamente, selección. ¿Qué
se seleccionaba? Pues alguna cualidad que resultara
interesante. El brócoli, el rábano, la col de Bruselas,
la coliflor, el romanesco, el kai-lan, la berza, etc. proceden todos de la misma planta, la Brassica oleracea.
¿Qué ocurrió? Que en función de la parte del alimento que quisieran desarrollar más, se fueron generando distintos alimentos. Por ejemplo, si pretendían
potenciar flores y tallo, obtuvieron el brócoli. Si solo
querían desarrollar el tallo, se obtuvo el rábano. Si
buscaban mayor producción de hojas aparecieron la
berza, la col o el kai-lan... y en el caso de las flores, el
romanesco y la coliflor. Había una serie de caracteres
en los cultivos que en aquella primera sociedad agrícola, y aún hoy en día, nos sigue interesando seleccionar. Por ejemplo, que las plantas tengan un tamaño
determinado, que todas las espigas maduren simultáneamente o que el tamaño de la semilla sea mayor.
Una de las acciones más importantes fue bloquear

genes responsables de la toxicidad. Como sabréis, la
patata, la berenjena, el tomate y el pimiento pertenecen a la familia de las solanáceas. Se llama así por la
presencia de un compuesto tóxico, un alcaloide con
efectos muy potentes incluso con una dosis muy pequeña, llamado solanina. A lo largo de cientos y miles
de años hemos conseguido ir reduciendo el contenido
de ese alcaloide en estos cultivos lo suficiente como
para no morir, aunque aún podemos detectarlo. ¿Has
visto alguna vez una zona verde en una patata, incluso
bajo la piel? Esa es la solanina, y sigue presente. De
hecho, los tomates verdes, aquellos que son verdes
estando maduros (no los inmaduros), tienen mayor
contenido de solanina y de ahí viene lo de «tomates
verdes (mejor) fritos». El cultivo original de tomate
silvestre consistía en una pequeña baya del tamaño
de una aceituna, tan tóxica que podía matar. Gracias
a esa selección artificial hecha por el hombre, se fue
domesticando para que se perdiera esa toxicidad.
En la figura 1 tenéis la evolución de distintas plantas. La A es una sandía de un bodegón, de un cuadro
de Giovanni Stanchi, del siglo xvii. Hace solo 400
años la sandía era difícil de partir, dura, tenía la carne
blanca, probablemente muy poco dulce y estaba llena

El brócoli, el rábano, la col de Bruselas, la coliflor,
el romanesco, el kai-lan, la berza, etc. proceden
todos de la misma planta, la Brassica oleracea

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Fig. 1: a) Sandía original (bodegón de Giovanni Stanchi); b) Plátano original con semillas; c) Espigas de teosinte, antecesor silvestre del maíz (Wikimedia)

de semillas. Hoy en día las sandías no tienen pepitas
y están dulces. El plátano también es un buen ejemplo (Fig.1B). Los primeros plátanos eran mucho más
pequeños y estaban tan llenos de semillas que prácticamente no tenían parte comestible. Actualmente son
mucho más grandes y no tienen semillas (por eso son
estériles). También hay que mencionar el maíz, uno de
los primeros cultivos de la historia. El maíz original
(Fig. 1C) era una pequeña espiga que fue mejorada a
lo largo del proceso de domesticación para darnos lo
que hoy disfrutamos como una mazorca.
A lo largo de cientos y miles de años se han ido
domesticando los alimentos, se ha ido modificando
ese ADN a través de procesos de selección, hibridaciones, cruzamientos y más recientemente, ya en la
década de los años setenta, con la mutagénesis. A través de esta tecnología se ha obtenido la mayoría de
los cultivos que tenemos hoy en día. De pronto surgió
la ingeniería genética. Aplicada a la alimentación no
hacemos tomates con aspecto de kiwi en el interior, ni
inyectamos líquido rojo a un tomate verde. Durante
mucho tiempo, estas eran las imágenes que arrojaba
Google al buscar «transgénicos». Por definición, un
transgénico es un organismo donde se ha introducido
un fragmento de ADN que procede de otro organismo distinto, y esto se ha hecho mediante ingeniería
genética.
Este término de ingeniería genética, que parece tan

novedoso, no lo es. Basta con ir a la propia naturaleza
para ver que ya estaba inventado. Uno de los métodos
que tenemos para hacer plantas transgénicas se basa
en el uso de una bacteria presente en el suelo llamada
Agrobacterium tumefaciens (actualmente Rhizobium
radiobacter). Esa bacteria tiene la capacidad de infectar una planta y provocar tumores porque introduce
en su genoma la información para que esto ocurra.
Nosotros aprovechamos esta capacidad de introducir
información genética en la planta para cambiarla por
la que queremos, de manera que introducimos una
nueva cualidad sin provocar ninguna enfermedad en
la planta.
Hay más ejemplos que demuestran que la transgénesis es un proceso natural. Elysia chlorotica es una
babosa de mar que llama la atención porque es verde
esmeralda. ¿A qué se debe este color? Elysia se alimenta de algas, pero cuando estas escasean, sube a la
superficie y toma el sol. ¡Está haciendo la fotosíntesis!
Es uno de los pocos animales que nos va a sorprender
realizando un proceso que parecía exclusivo de plantas. La particularidad de este gasterópodo es que la
evolución ha hecho que no solo adquiera de las algas
de las que se alimenta los cloroplastos necesarios para
sintetizar su alimento a partir de la luz, sino que ha incorporado a su ADN los genes responsables de llevar a
cabo este proceso. Roba los cloroplastos responsables
de ese precioso color verde (hecho conocido como

Fig. 2: a) Evolución de la superficie dedicada a cultivos biotecnológicos (1996-2018) b) Proporción dedicada a distintos tipos de cultivo: Soybeans
(soja); maize (maíz); cotton (algodón); canola (colza); others (otros: remolacha, patata, manzana, calabacín, papaya y berenjena); (isaaa.org)

A
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B
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cleptoplastia), los incorpora y se alimenta de la energía solar cuando no hay algas suficientes como alimento. Y lo hace porque tiene genes que vienen de
organismos fotosintéticos y que funcionan perfectamente ¿No es alucinante?
Son muchos mitos los que encontramos sobre este
tema, tantos que he tenido que seleccionar algunos.
Mitos económicos
Habréis oído decir que hay menos superficie de organismos de cultivo biotecnológico que de cultivos
convencionales. Y he puesto aquí un «depende». Vamos a ver cifras, las cifras oficiales. Actualmente hay
dieciocho millones de agricultores que cultivan alimentos transgénicos. La Unión Europea, aunque solo
tiene autorizados dos y de esos dos solo cultiva uno,
importa 106. No tiene mucho sentido que solo se esté
sembrando uno, pero importemos más de cien.
En la gráfica de la figura 2 podéis ver que a lo largo
del tiempo, desde más o menos 1996, que fue cuando
empezaron a despuntar hasta 2018, que es de cuando
tenemos cifras, el área destinada a cultivos biotecnológicos ha ido aumentando con el tiempo. La mayor
superficie es ocupada por la soja, luego el maíz, seguida del algodón y la colza. Claramente se ve que en
el caso de la soja y del algodón hay mayor superficie
de cultivos biotecnológicos, cosa que no ocurre, por
ejemplo, con el maíz o con la colza. Por eso digo que
depende, depende del cultivo que estemos hablando.
La superficie de cultivo biotecnológico modificado
genéticamente es superior a la convencional.
Hablar de transgénicos y no hablar de Monsanto es
como hablar de Valencia y no mencionar la paella.
Está muy extendida la creencia de que las compañías
biotech, especialmente Monsanto (que ya ni siquiera
existe), son las únicas que se benefician de esta tecnología o bien que una sola empresa tiene el monopolio.
No es cierto. En la figura 3 se puede ver el desarrollo
de los cultivos por cada uno de los países. Hay países
como Ecuador, Cuba, Nigeria, Uganda, Bangladés,
Filipinas, Indonesia e incluso Kenia y Sudáfrica. Algunos cultivos están en investigación todavía, pero en
otros como Cuba, Bangladés o Indonesia ya está aprobado. Todos estos desarrollos se han llevado a cabo
en universidades o centros de investigación públicos,

no hay ninguna empresa detrás que cope el mercado.
Hablemos de los agricultores. ¿Se ven obligados
a comprar semillas modificadas genéticamente cada
año? Sí es cierto que cada año compran semillas.
¿Pero por qué? Simplemente porque les interesa. Si
siembran la semilla que obtienen, cada año van a tener menos rendimiento y esto no se debe a ninguna
manipulación de la semilla, es cuestión de genética.
Las plantas no van a ser tan fuertes, no van a ser tan
resistentes a la sequía o a otro tipo de estrés. En definitiva, van a tener una peor calidad si se cultivan esas
semillas. Ellos saben que esto ocurre y no se arriesgan
a perder productividad, así que compran semillas cada
año. Pero es que esto pasa tanto con las semillas biotecnológicas como con las semillas convencionales.
No tiene nada que ver con que sean cultivos transgénicos.
Mitos ambientales
Nos vamos al medio ambiente. Mucha gente piensa que un problema puede ser la polinización cruzada
entre cultivos modificados genéticamente y otros convencionales. ¿Podría suceder? La verdad es que sí, si
no se toman las medidas adecuadas. Pero si ocurriera, sería una excepción y no la regla. De hecho, en la
Unión Europea no se ha celebrado ningún juicio por
esta causa y llevamos dieciocho años plantando cultivos biotecnológicos junto a cultivos convencionales.
Lo que ocurre es que los agricultores llevan a cabo
una serie de prácticas para evitar que esto tenga lugar.
Por ejemplo, distancia e hileras de aislamiento entre
los cultivos, diferentes fechas de floración, limpieza
de equipos, trazabilidad, etiquetado, etc.
Otro de los mitos frecuentes es el de «los cultivos
transgénicos, resistentes a insecticidas, afectan a otros
animales». El más sonado de este tipo de cultivos es
el maíz bt, que, por cierto, es el único que se cultiva
actualmente en la Unión Europea y del que España es
el mayor productor. Este maíz tiene la característica
de estar modificado para producir un insecticida natural. Produce una toxina generada por Bacillus thuringiensis. Es una tecnología que se lleva usando sesenta
años en la agricultura ecológica y tiene un mecanismo
de acción específico. Se ha visto que esta estrategia
tiene menos efectos secundarios que los pesticidas

Este término de ingeniería genética, que parece
tan novedoso, no lo es. Basta con ir a la propia
naturaleza para ver que ya estaba inventado

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Fig. 3: Distribución mundial de investigación pública
en cultivos transgénicos (agrobio.org)

Fig. 4: Esquema del mecanismo de evaluación de riesgos
para la salud de un alimento transgénico

convencionales y es selectiva y respetuosa con el medio ambiente. Corre la creencia de que estos cultivos
están matando a la mariposa monarca. Esto preocupa
a mucha gente y por ese motivo se han hecho muchísimos estudios científicos para evaluar hasta qué
punto es así. El resultado es que no. Por una serie de
razones, entre ellas que hay poco solapamiento entre
la zona de alimentación de la mariposa y la zona de
dispersión del polen; que el polen en realidad, una vez
analizado, tiene muy poca toxicidad y en cualquier
caso, no es suficiente para afectarla. Además, la mariposa no solo se alimenta del polen de maíz, con lo
cual las conclusiones serían similares si el maíz fuera
convencional.
Otro mito es que «los transgénicos han provocado el
desarrollo de monocultivos». En este caso, probablemente quien piense esto es que no conoce los olivares
de Jaén, los viñedos o los campos de girasoles. Obviamente los cultivos transgénicos no han provocado
ningún desarrollo de monocultivo.
Mitos sobre la salud
Es el tema que más nos preocupa. ¿Son perjudiciales
los transgénicos? El resumen es 20-0-0: son cifras del
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último informe de la Comisión Europea, donde decía
que en veinte años de cultivo de alimentos transgénicos se han producido cero problemas de salud y cero
problemas medioambientales. Si un alimento transgénico está en el mercado, podemos decir que es seguro. Cada transgénico es un evento independiente y se
tiene que evaluar de forma independiente. Esa evaluación consiste en un duro, largo y costoso proceso
donde tienen que cumplir unos requisitos de manera
que, si llega al final, pueda obtener la autorización
(Fig. 4). En ese proceso se evalúan posibles problemas para la salud humana o riesgos ambientales. El
coste económico que implica un proceso tan largo es
lo que hace, entre otras cosas, que principalmente lo
puedan asumir grandes multinacionales.
Si en algún momento del proceso de evaluación se
demuestra que puede existir el más mínimo riesgo,
se descarta y finalmente no se aprueba. Es algo que
ocurrió con una soja, y cuando se detectó que podía
generar alergias no fue autorizada. Esta soja se quiso enriquecer en metionina, un aminoácido escaso en
esta legumbre. Para ello se utilizó un gen procedente de la nuez de Brasil. Se daba la casualidad de que
la proteína producida por este gen era la responsable
de la alergia que provoca este alimento, así que finalmente no fue comercializado. Esto nos demuestra que
los que hay son seguros y que si alguno no lo es, las
agencias reguladoras se encargan de no permitir que
se comercialice.
Hay quien puede pensar que «pueden producir alergia, eso no se sabe, porque no llevan tanto tiempo
usándose o consumiéndolos como para saber que no
la producen». Hay alimentos convencionales que las
producen y los vamos a encontrar en el supermercado:
frutas como el plátano, el melocotón o el kiwi, sobre
todo. También los frutos secos, el marisco, los huevos, el pescado, etc.
Cuando el alimento se está evaluando, se analiza si
se ha consumido previamente esa proteína, si es similar a otra que provoque alergia, qué resultado ha dado
en animales, en humanos… Insisto en que con este
tipo de alimentos, si tuvieran problemas de alergenicidad, no estarían en el mercado. Se han convertido
en los alimentos mejor evaluados y más seguros de
la historia.
Por el contrario, sí se han desarrollado distintos alimentos transgénicos precisamente para combatir problemas de alergia, por ejemplo, el arroz transgénico
frente al polen: hay gente que es alérgica al polen de
cedro y al ciprés y desarrolla asma bronquial. Este
arroz combate los síntomas de dicha alergia.
¿Para qué sirven los transgénicos? ¿Son realmente necesarios?
Vamos a dejar la alimentación un momento y nos
vamos a ir a la medicina. En este sector tenemos el
claro ejemplo de la insulina, que ya tiene casi cuarenta años de desarrollo. Antes de que la insulina fuera
transgénica y se obtuviera de levaduras y bacterias
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como Escherichia coli, la insulina se obtenía del páncreas de los cerdos. Una persona diabética insulinodependiente necesitaba 50 cerdos, 50 páncreas a lo
largo del año para satisfacer sus necesidades de insulina. Esto hacía que fuera un tratamiento caro, solo al
alcance de unos pocos e inseguro, porque podía generar problemas de rechazo además de venir de cerdos
en granja que podían estar enfermos. Se consiguió introducir el gen responsable de la síntesis de insulina
humana en otros organismos para que estos la produjeran, con lo cual ya no había rechazo, y la cantidad de
proteína producida y el bajo coste del proceso hacía
que cualquier persona que la necesitara tuviera acceso
a un tratamiento seguro. Fue una auténtica revolución
médica de la que se benefician actualmente millones
de personas.
Mediante esta tecnología hemos obtenido además
anticoagulantes, la hormona del crecimiento, la paratiroidea, factores hematopoyéticos e incluso vacunas.
Pero también se han desarrollado terneras que dan
leche maternizada cuya composición es muy similar
a la leche materna humana. Otras terneras producen
leche con insulina o con otras moléculas terapéuticas
(hormonas, colágeno, fibrinógeno, lactoferrina…).
Siguiendo con las aplicaciones médicas, podemos
desarrollar cerdos para xenotrasplantes, es decir, utilizar cerdos como fuente de órganos y tejidos, de manera que evitaríamos el problema del rechazo y la consiguiente administración de un tratamiento crónico.
Como curiosidad, el primer medicamento obtenido mediante ingeniería genética utilizando animales
transgénicos fue aprobado por la FDA en 2009, obtenido a partir de cabras transgénicas. En 2014 se aprobó uno obtenido en conejos y en 2015 en pollos.
También tenemos que tener en cuenta que los medicamentos no tienen el mismo tipo de regulación
que los alimentos. El molecular pharming, un juego
de palabras para designar la granja molecular, es un
área de la biotecnología que trata de utilizar plantas
para producir compuestos de interés farmacológico o
de interés industrial, ya que pueden ser no solo moléculas con aplicaciones terapéuticas sino también

pigmentos o enzimas, por ejemplo. En este momento, con la pandemia de covid y mucha investigación
para desarrollar vacunas en el menor tiempo posible,
muchos proyectos se han centrado en la utilización de
plantas transgénicas de tabaco. También fue de estas
plantas de donde obtuvieron en su día el suero experimental ZMapp con el que trataron a la enfermera Teresa Romero cuando enfermó de ébola.
Pero si escalamos un poco más allá y damos un giro
de tuerca, de las plantas no solo podemos producir
productos de interés farmacológico, sino que directamente comiéndonos una determinada planta nos
podríamos inmunizar frente a cierto tipo de enfermedades. Pongamos un ejemplo: se ha desarrollado una
lechuga que al comerla nos inmunizamos frente a la
hepatitis B. Tenemos patatas que inmunizan frente
al cólera o espinacas frente a la rabia. Y podríamos
mencionar muchos ejemplos. Todo esto tiene la ventaja de que, pensando en ciertas regiones del mundo
donde guardar la cadena de frío es complicado o no
se dispone de la logística adecuada, se podría dotar de
estos cultivos para evitar personal sanitario, agujas y
pinchazos. Además, es barato.
Cuando al principio desarrollábamos cultivos transgénicos, hace ya veinte años, se trataba de que ofrecieran una ventaja sobre todo al agricultor: cultivos
resistentes a enfermedades, a herbicidas o a varias
condiciones ambientales como sequía, por ejemplo.
Pero llegó un momento en el que se empezó a pensar
no solo en el agricultor, sino también el consumidor.
Y entonces, además de esos beneficios, se les empezó
a dotar de ventajas para estos. ¿Qué tipo de ventajas?
Pues un alimento enriquecido nutricionalmente, más
saludable. Uno de ellos es el arroz dorado, quizá el
más conocido.
En el sudeste asiático, el arroz es la base de la alimentación de 800 millones de personas. A pesar de ser
un alimento nutritivo, es deficiente en betacaroteno,
precursor de la vitamina A, lo que origina que más de
un millón de niños mueran al año por enfermedades
derivadas de la falta de esta vitamina y medio millón
sufra xeroftalmia severa (la mitad morirá el mismo

Se han desarrollado distintos alimentos
transgénicos para combatir problemas de
alergia, por ejemplo, el arroz que combate los
síntomas de alergia al polen de cedro y de ciprés

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Fig. 5: Piña rosa (Piqsels.com) y tomate púrpura (Tiffany Woods, Flickr),
enriquecidos en antioxidantes

año). Este arroz ha demostrado a lo largo de los años
y de muchísimas investigaciones científicas ser efectivo para evitar este problema tomando solo 60 g al
día, algo que es completamente viable. Sin embargo,
a pesar de esto y de ser un producto cuya patente fue
liberada para fines humanitarios, no termina de llegar
a todos. Preguntemos a los grupos ecologistas que durante años han ejercido tal presión que, en una carta
firmada por más de 100 premios nobel, se llegó a calificar este bloqueo de crimen contra la humanidad.
En el mercado tenemos (Fig. 5) una piña de color
rosa, debido a su contenido en antioxidantes, moléculas de efecto anticancerígeno. De forma similar, también enriquecido en antioxidantes tenemos un tomate
púrpura o el arroz púrpura, de un precioso color morado. Disponemos de patatas con menor contenido en
acrilamida, compuesto tóxico originado con la fritura,
trigo apto para celíacos —desarrollado por Francisco Barro en el Instituto de Agricultura Sostenible—,
cultivos donde se ha conseguido que la proporción de
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ácidos grasos sea más saludable o que contengan el
aminoácido del que carecían para conseguir un perfil
nutricional más completo. En definitiva, todos tendrán
mejores propiedades organolépticas o nutricionales.
Yo creo que es tarde para decir que no a los transgénicos. Llevan con nosotros muchísimo tiempo, en forma de insulina, billetes de euro hechos con algodón
transgénico, productos de limpieza, líquido de lentillas, algodón sanitario… La tecnología empleada para
obtener todo esto es la ingeniería genética y algunos
de esos cultivos, como el algodón, son transgénicos.
Sin embargo, a pesar de que muchos de los productos
con los que convivimos tengan su origen en esta tecnología, prácticamente no estamos comiendo alimentos transgénicos. No tenéis más que coger una etiqueta y leerla. España es uno de los países donde por ley
se tiene que etiquetar si el contenido supera el 0,9 %.
Y en cuanto a la percepción social de los transgénicos, por suerte están cambiando las cosas. En el año
2000, en una estación de metro de los Países Bajos,
Greenpeace colocó carteles donde aparecía una lechuga y un texto que decía «tu lechuga permanece fresca y saludable porque hemos puesto genes de rata en
ella», firmado por el Centro de Investigación Genética
de Texas (con logo de la Universidad de Texas A&M
incluido para darle credibilidad a la información, claro). Obviamente ni entonces ni ahora se han puesto
genes de rata en la lechuga.
Y aunque hubiera sido así, no habría pasado nada,
porque los genes son genes, vengan de lechuga, de
tomate, de bacterias del suelo, de perro o de ternera,
da exactamente igual. El código genético es universal,
y todos los seres vivos hablamos el mismo idioma formado por las mismas letras. En una encuesta donde se
preguntó a la sociedad si el uso de transgénicos suponía más beneficios que perjuicios, la opinión mejoró
de 2014 a 2016.
De hecho, en otra encuesta de la FECYT se preguntó si comer un fruto modificado genéticamente cambiaba los genes de la persona que lo come. Durante
algunos años, la proporción de gente que contestaba
afirmativamente (de forma errónea) era alta y hemos
sido testigos poco a poco de que el porcentaje ha ido
disminuyendo. Parece que hay más gente informada y
que algunos probablemente tenían una opinión formada y la han cambiado. Quiero pensar que la divulgación científica también ha tenido algo que ver.
A pesar de esto, siempre tendremos el marketing y
el sensacionalismo por el que podemos anunciar un
papel de fumar 100 % natural sin transgénicos (no olvidemos que lo malo no es fumar sino hacerlo usando
un papel transgénico), o sal del Himalaya sin OMG,
porque como todo el mundo sabe, la sal es transgénica… O el colmo de los colmos: agua que además de
anunciarse como «sin azúcar», «sin cafeína» y «sin
nada artificial» también se anuncia como «sin OMG».
Me pregunto si tampoco tendrá hidrógeno y oxígeno.
Ver para creer y leer para ser libre.
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