Informar en una pandemia

Sección: 
Monográfico COVID-19 y pensamiento crítico

INFORMAR EN UNA PANDEMIA

Inmaculada León Cobos

A principios de enero de 2020 las agencias y los corresponsales empezaron a informar de una rara neumonía en Wuhan, China. El primer muerto se produjo el 11 de enero.

No sabíamos de la gravedad de la infección pero en poco tiempo había dejado de ser local: llegaron casos importados a Japón, a Hong Kong, a Tailandia… Era evidente que personas infectadas podían viajar en avión con pocos o ningún síntoma y propagar el virus en su lugar de destino. Sin embargo, aún no sabíamos bien cómo se transmitía la enfermedad y hasta qué punto era grave.

Poco a poco, los medios de comunicación fuimos informando más ampliamente sobre el tema. Muchos periodistas descubrieron que no tenían agenda para ello. Empezó la búsqueda de virólogos y epidemiólogos. Llegaron las comparaciones con la gripe estacional. Y llegaron los mensajes de calma de las autoridades.

Surgió en las redacciones una división entre quienes pensaban que se debía dedicar más espacio a hablar de la evolución y expansión de la nueva enfermedad y quienes consideraban que se estaba exagerando su importancia y alarmando a la gente. Entre el secretismo chino, los mensajes cambiantes de las autoridades, la prudencia de los científicos y la persistencia de cierto descrédito de la OMS, remanente de crisis anteriores, los periodistas teníamos claro que no pisábamos terreno firme.

Esa discrepancia desapareció pronto. Por un lado, la realidad se impuso: los contagios y las muertes aumentaban, y cada vez se daban en más países. Por otro, hablar de la nueva enfermedad hacía ganar audiencia. Audiencias y medios nos retroalimentamos y el tema creció hasta desplazar, en marzo, con el confinamiento, a todos los demás. Solo la pandemia era noticia.

 

INFORMACIÓN EN TIEMPOS DE CRISIS

Los periodistas especializados en salud marcaron la pauta en las redacciones. No sucede muy a menudo que la especialización en sanidad, o en ciencia en general, se valore más que ninguna otra en un medio generalista. En el panorama informativo global ganaron puntos los medios especializados online; también los blogs, canales de YouTube y cuentas en RRSS de médicos, biólogos, genetistas, expertos en salud pública…

La OMS declaró emergencia sanitaria internacional por lo que entonces se solía llamar “el nuevo coronavirus” el 31 de enero, un mes después de que China le hubiera notificado oficialmente la aparición de una neumonía rara. El 11 de febrero le dio el nombre de COVID-19 (Coronavirus Disease 2019), causada por el SARS-CoV2, el segundo coronavirus responsable de un Síndrome Agudo Respiratorio Grave y el primero en originar una pandemia: la OMS la declaró el 11 de marzo.

En esas fechas explicábamos qué es un coronavirus, qué significaba la declaración de pandemia y cuáles eran los criterios para hacerla; informábamos del posible origen del virus y de las probables vías de contagio. Esas informaciones convivían con las de enfermos, hospitalizados, ingresados en UCI y fallecidos. A mediados de marzo ya se hablaba de hospitales desbordados y servicios funerarios que no daban abasto.

El 9 de marzo Italia confinó a toda su población, algo que había hecho previamente solo en la zona norte del país. Aquellos comentarios de que el confinamiento estricto de la ciudad china de Wuhan solo era posible en un país más autoritario y con menos respeto a las libertades que Occidente cayeron en el olvido. Otros estados siguieron a Italia; España, una semana después. Los medios se volcaron en contar todas las facetas del encierro.

El confinamiento complicó aún más el trabajo de los periodistas. Aunque éramos un servicio esencial y podíamos movernos, no era el caso de muchas de nuestras fuentes. Proliferaron las entrevistas por Skype y el teletrabajo despejó las redacciones para reducir el riesgo de contagios (que, pese a todo, se han seguido produciendo).

 

LA INFORMACIÓN OFICIAL

En esta pandemia cada país ha tenido sus referentes en la presentación de los datos, la explicación de la gestión sanitaria y la respuesta a las infinitas preguntas de los informadores. En España esa figura es Fernando Simón, médico epidemiólogo y director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias.

El papel protagonista de Simón ha llevado a muchos ciudadanos y algunos periodistas a considerarlo la fuente suprema de conocimiento sobre la COVID-19. Por eso mismo ha recibido muchas críticas. La población espera afirmaciones tajantes, directrices infalibles. Pero desde las autoridades sanitarias y políticas se han dado informaciones confusas y contradictorias sobre el número de casos, el grado de control de los contactos, las vías de contagio, las medidas de prevención (mascarillas no, recomendables, obligatorias), las pruebas diagnósticas, las restricciones…

Y a raíz de que nuestras fuentes, ya sean políticos, médicos o investigadores, se hayan ido contradiciendo en algunos casos, rectificando o matizando en otros, los medios hemos emitido y publicado informaciones cambiantes. También la simplificación necesaria ha hecho desaparecer en muchas noticias los matices y prevenciones que introducían esas fuentes.

 

LOS “OTROS MEDIOS” Y LA DESINFORMACIÓN

Esta pandemia ha surgido en un momento en que los bulos, la desinformación y las pseudociencias ya llevaban tiempo identificados como problemas serios de la sociedad actual. Por eso nos ha pillado con las estructuras de detección y denuncia ya preparadas. Eso no quiere decir que se haya impedido o reducido su aparición, pero sí que los periodistas (diría que también buena parte de la población) estábamos -estamos- muy atentos no solo a entender las cosas bien para explicarlas sin errores, como habitualmente, sino a que “no nos la colaran”. Sin embargo, la cada vez más frecuente exigencia de inmediatez en nuestro trabajo nos ha hecho pagar muchos peajes.

Un apunte importante: no es lo mismo la información que la especulación o que la opinión. El público conoce, o debería conocer, el grado de rigor del medio al que acude. Esta pandemia ha sido vista por muchos como la ocasión para captar audiencia, pero por pocos como una prueba a la que someter a nuestra ética profesional.

Hablo, claro, de los medios de comunicación tradicionales. Sin embargo, si algo caracteriza estos últimos años es la difusión de información (y desinformación) por otro tipo de medios: redes sociales, servicios de mensajería instantánea, webs con apariencia de periódicos digitales…

Desde la aparición de esta enfermedad se ha vivido, paralelamente, una auténtica “infodemia”, en la que la desinformación se ha sumado a los problemas puramente sanitarios.

Distintos equipos de verificación han desmentido centenares de bulos. Newtral tiene un interesante gráfico sobre su temática y protagonistas. Maldita.es llevaba desmentidas a fecha de redacción de este texto 787 “mentiras, alertas falsas y desinformaciones sobre COVID-19”, además de 15 teorías conspirativas. En Verifica RTVE hay multitud de informaciones desmentidas, al igual que en EFEVerifica.

La avalancha de falsedades parece imposible de frenar. Casi no habrá persona en este país que no haya leído o escuchado alguna, pues de las redes saltan a las conversaciones y se reproducen en los medios, aunque, por desgracia, no siempre para desmentirlas.