Medio siglo de platillos

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Medio siglo de platillos Los jueces elegidos por Sturrock, tras escuchar a los testigos seleccionados por Sturrock, han concluido que "el estudio de los ovnis no ha aportado nada al conocimiento científico" LUIS ALFONSO GÁMEZ C ada vez más desquiciada. Así está la ufología. Nació hace medio siglo debido a un error periodístico y a los tejemanejes de un editor sin escrúpulos, y esos inicios la marcaron de por vida. A nadie sorprende hoy en día que los ufólogos profesionales -esos intrépidos investigadores a los que no se conoce otro oficio- conviertan por arte de birlibirloque un globo estratosférico en una nave de otro planeta, vean en los delirios de un desequilibrado a un elegido de los extraterrestres o aporten dudosas radiografías como prueba de implantes alienígenas en seres humanos. Viven de ello, de vender misterios; cuando no los hay, se los inventan. En eso, siguen fielmente las directrices establecidas hace ya medio siglo por el primer ufólogo profesional: Raymond A. Palmer. El mito de las visitas extraterrestres nació el 24 de junio de 1947. Aquel día, Kenneth Arnold vio sobre las montañas Cascade, en el estado norteamericano de Washington, una escuadrilla de misteriosos objetos que horas después la Prensa bautizó como platillos volantes. Sin embargo, Arnold había visto en realidad otra cosa: nueve objetos con forma de bumerán, que se desplazaban como platillos saltando sobre el agua. Y tampoco creía que fueran naves de otro mundo: sospechaba que se trataba de algún tipo de avión, de un ingenio soviético a propulsión a chorro. Hasta que se cruzó en su vida Palmer, que poco antes había tenido que abandonar la dirección de la revista de ciencia ficción Amazing Stories, ya que sus propietarios se habían hartado de que llenara las páginas de la publicación, una de las más prestigiosas del género, de tonterías pseudocientíficas. Palmer creó entonces Fate y dedicó el primer número de la nueva revista -que llegó a los quioscos en la primavera de 1948- a la historia de Arnold, convenientemente reinventada, sin aquellos elementos del relato original que restaban misterio al misterio. Hubo que esperar, no obstante, casi dos años más hasta que el comandante retirado Donald E. Keyhoe identificó los platillos volantes con naves de otros mundos. Lo hizo en la revista True y a partir de ese momento, con el dogma principal firmemente establecido, el mito ovni se constituyó en una especie de cajón de sastre en el que tenían cabida ciudadanos normales y corrientes que creían haber visto algo raro en los cielos; militares que temían que se tratara de armas enemigas; desaprensivos que se inventaban historias increíbles para saciar el interés del público; chalados que decían haber entrado en contacto personal con los marcianos -hasta los años 70 se creyó que los tripulantes de los platillos volantes podían proceder de Marte, Venus o la Luna-, y estudiosos, pocos, seriamente interesados en averiguar qué había de cierto tras los llamativos titulares de prensa. Medio siglo después, el panorama es similar, si bien los militares han perdido todo interés en investigar observaciones de presuntas naves alienígenas y sólo recurren a los ovnis en caso de necesidad, como cortina de humo para encubrir pruebas de aeronaves secretas, por ejemplo. Precisamente, la Fuerza Aérea estadounidense confirmó hace poco más de un año que el famoso caso Roswell -el presunto accidente de una nave alienígena en Nuevo México en 1947- tuvo su origen en globos experimentales, algunos de los cuales portaban y lanzaban maniquíes antropomorfos equipados con paracaídas. El objetivo, según el comunicado oficial hecho público el 24 de junio de 1997, era comprobar la posibilidad de que pilotos o astronautas llegaran a tierra con vida si sus naves sufrían algún percance en vuelo. El caso Roswell y toda la mitología conspiranoica que ha cobrado tanto auge en la ufología de fin de siglo demuestran que el corpus del mito original se ha complicado hasta límites increíbles. Tras los primeros contactos personales con extraterrestres de los años 50, en los que éstos advirtieron a George Adamski, Daniel Fry y compañía del peligro nuclear, llegaron los hombres de negro -misteriosos personajes encargados de silenciar a testigos y ufólogos que se aproximaban demasiado a la verdad-, los secuestros -la primera abducción que tuvo amplio eco, la de Betty y Barney Hill, fue explicada convencionalmente hace años, pero eso no ha influido para nada en la proliferación de este tipo de sucesos-, las mutilaciones de ganado, los platillos estrellados, los pactos entre las grandes potencias y los invasores -a quienes los gobiernos terrestres darían carta blanca para secuestrar a gente a cambio de tecnología alienígena-, 28 (Septiembre 1998) el escéptico las bases humano-extraterrestres ubicadas en el subsuelo EE UU... Y todo eso junto y revuelto, en un puzzle imaginario en el que unas piezas no encajan con otras. Un puzzle del que el denominado panel Sturrock sólo ha tenido oportunidad de examinar media docena de piezas, ya que tanto su principal responsable como los ufólogos que facilitaron información al grupo de científicos se cuidaron de censurar toda evidencia que pudiera perjudicar sus intereses, que no iban encaminados a un dictamen imparcial, sino a conseguir un veredicto pro-ovni. ¿Cómo se explica que militares estadounidenses abrieran proyectos secretos de investigación sobre simples avistamientos de luces en el cielo cuando habían capturado ya un platillo volante en Roswell en 1947? ¿Es creíble que altos cargos de la Administración norteamericana se pregunten en documentos hasta hace poco secretos qué son los ovnis cuando, según los ufólogos profesionales, sus científicos estudian desde hace décadas los restos de naves alienígenas? ¿Por qué no ha habido ni uno solo de los miles de funcionarios presuntamente implicados en tamaña conspiración que haya aportado a la opinión pública una prueba fiable? ¿Cuál es la razón de que los platillos volantes sólo se estampen contra la superficie de nuestro planeta en zonas próximas a bases militares? ¿Por qué no hay ni una fotografía de un ovni que sea indiscutiblemente auténtica? Hay una única respuesta para todas estas preguntas: las observaciones de ovnis y de supuestos extraterrestres no tienen nada que ver con visitas alienígenas. Ésa es la clave. Obviamente, esta respuesta no satisface a los ufólogos profesionales, aunque sí a aquéllos aficionados, más cautos, que rechazan el sensacionalismo propio del quiosco esotérico, pero están convencidos de que tras el fenómeno ovni hay algo enigmático. Porque si en algo está de acuerdo la comunidad ovni, es en que hay un reducto de sucesos inexplicados que constituye la esencia misma del fenómeno. Es decir, que, una vez cribada la paja, nos quedan unos cuantos granos de auténtico maíz. Aproximadamente, del 5% al 10% del total. Como el total se cifra en alrededor de 200 millones de observaciones de ovnis en 50 años, nos encontramos con cerca de 4 millones de sucesos auténticos. Dicho así, la ufología tendría una sólida base, un amplio campo de estudio; pero la realidad es muy diferente. No existe una manera objetiva de diferenciar los casos de ovnis posteriormente identificados de los que permanecen sin explicación tras las pertinentes pesquisas. O, lo que es lo mismo, no hay manera de separar el grano de la paja. El color, la forma, el comportamiento, la hora del día a la que se ven, la geografía de las observaciones o su duración son variables a partir de las cuales es imposible -lo admiten los ufólogos serios- diferenciar planetas, globos son- da, faros de automóvil, reflejos, platillos volantes... Así pues, las características de los no identificados son similares a las de los identificados. Al menos, a partir de las narraciones de los testigos, de esas personas creíbles que, parafraseando a Joseph Allen Hynek, el fallecido pope de la ufología científica, cuentan cosas increíbles, que, precisamente, a muchos nos llevan a pensar que los ovnis, los extraterrestres, no son sino las hadas y los dragones contemporáneos. Dicho así, a la brava, puede parecer una boutade; pero, cuando uno compara los cuentos de hadas o las historias de dragones con las historias de platillos volantes, las similitudes son indiscutibles y las naves extraterrestres se desvanecen. Imagen de la película de Robert Wise Ultimátum a la Tierra (1951) cuyo imaginario interior del platillo volante se incorporó inmediatamente a la iconografía del naciente mito ovni. Pero ¿qué pasa con ese 5% ó 10% de observaciones que se resiste a una explicación convencional? Para empezar, debe quedar bien claro que la existencia de ese remanente de no identificados refleja las limitaciones de la propia ufología: no siempre es posible realizar la investigación in situ, no siempre se recogen los testimonios inmediatamente después de acaecer los hechos, no siempre -muy pocas veces, para ser sincero- el investigador es un auténtico investigador. Basta echar una ojeada al panorama ufológico ibérico. Las grandes figuras, aquéllos que se prodigan en los medios de comunicación, son en su mayoría individuos sin preparación y sin ningún interés en superar sus limitaciones consultando a especialistas en las diferentes áreas del conocimiento. Ése es uno de los problemas de la ufología. Hay pocos auténticos expertos -los que lo son trabajan en la sombra y son blanco de ataques por parte de los charlatanes mediáticos- y demasiados periodistas especializados. Estos últimos son incapaces de entender por qué los escépticos creemos que luchan contra molinos de viento, que basar la ufología en la persistencia el escéptico (Otoño 1998) 29 de un residuo inexplicado es reconocer, implícitamente, que los ovnis no existen como objetos inidentificables. Del mismo modo que hay presuntos casos de ovnis inexplicados, existen asesinatos y accidentes inexplicados, desapariciones inexplicadas... ¿Alguien se ha puesto a buscar explicaciones extraterrestres a estos otros sucesos misteriosos? No, porque la ausencia de explicación no supone evidencia para nada. Es ridículo -falaz, como lleva advirtiendo Félix Ares desde principios de los años 80- darle vueltas al residuo, un residuo del que hace tiempo que salieron la oleada de misteriosas aeronaves de 1897, la observación de Kenneth Arnold, el suceso de isla Maury, el caso Roswell, la abducción de los Hill, los aterrizajes de Gallarta... Si los sucesos sobre los que se ha cimentado el saber ufológico no tienen nada de enigmático, resulta evidente que la ufología no tiene necesidad de auténticos ovnis, es decir, que si los ovnis nunca hubieran existido, nada habría sido diferente. Ésta es la conclusión a la que hemos llegado algunos. Entonces, ¿por qué nos sigue interesando el estudio del fenómeno si no creemos en él? Por dos razones: por sus implicaciones sociológicas -estamos ante un nuevo credo que se cobra sus víctimas, tanto desde el punto de vista psicológico como desde el físico-, y porque alguien ha de denunciar a los estafadores y poner las cosas en su sitio. Desgraciadamente, la ufología, un campo de gran interés para las ciencias sociales, es terreno abonado para que hagan su agosto todo tipo de desalmados, entre los que destaca un grupo de individuos que se rige por una vieja máxima del periodismo sensacionalista: no dejes que la realidad te estropee un buen titular. Basta abrir revistas como Año Cero, Enigmas, Más Allá o Karma.7, donde se transmuta lo explicable en inexplicable, para comprobar el escaso -por no decir nulo- rigor de nuestros más jóvenes periodistas especializados, auténticos maestros en el arte de la mentira. La última manipulación de la ufología de feria ha consistido en lanzar las campanas al vuelo tras conocer los resultados de un estudio promovido por un creyente, que, paradójicamente, ha dejado las cosas como estaban. Porque ni haciendo trampas, que es lo que ha hecho Sturrock, los ufólogos han sido capaces de demostrar nada. Han trucado los dados y han vuelto a perder la partida: los jueces elegidos por Sturrock, tras escuchar a los testigos seleccionados por Sturrock, han suscrito como propia la conclusión de Condon de 1969: El estudio de los ovnis no ha aportado nada al conocimiento científico en los últimos veintiún años. Descanse en paz la ufología. ¡Un regalo extraordinario! el Suscríbase a escéptico Carlos M. de Heredia. y recibirá, con su primer número de la revista, un ejemplar de Fraudes espiritistas y fenómenos metapsíquicos, un libro del padre Amigo de Houdini, el autor, una especie de James Randi de principios de siglo, se interesó desde su juventud por lo inexplicable, investigó casas encantadas y a sensitivos que decían estar en contacto con el Más Allá, y duplicó en sus conferencias supuestos fenómenos paranormales. Escriba a: EL ESCÉPTICO Apartado de Correos 310 08860 Castelldefels (Barcelona); España. Correo electrónico: [email protected] Oferta no acumulable. Sólo valida para nuevos suscriptores y hasta fin de existencias. Gastos de envío excluidos. 30 (Septiembre 1998) el escéptico

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