Integridad científica en la investigación sobre la acupuntura

Detalle de una aguja de acupunturaEl planteamiento de una hipótesis plausible y demostrable representa la piedra angular de la ciencia moderna. Sin embargo, la mayor parte de los usos de la acupuntura no se han fundado en la bioquímica. Se supone que sus efectos positivos se deben a los reajustes en la canalización del chi, una fuerza sobrenatural que no puede conceptualizarse ni a través de la física ni de la biología. La hipótesis del chi se basa en una concepción metafísica de la acupuntura, una forma de entender la enfermedad completamente acientífica, en contra de nuestra mejor tradición médica. La teoría tradicional de la acupuntura se ha visto malograda debido a ciertos estudios que muestran que la acupuntura es igualmente efectiva aunque se aplique mal. Por ejemplo, un reciente estudio sobre el dolor de espalda mostraba que la ubicación de las agujas resultaba irrelevante en términos de resultados clínicos (Cherkin et al., 2008). En este estudio, agujas insertadas arbitrariamente resultaron igual de efectivas que las colocadas en los meridianos correctos. Esto sería lo equivalente a un medicamento que funcionara igual de bien sin importar qué cantidad o con qué frecuencia lo tomáramos (Novella, Steven, Science-Based Medicine blog). Otro estudio desveló que el profesional ni siquiera necesita insertar la aguja, sino que basta con presionar la punta contra la piel, lo que producirá los mismos resultados. Todavía más sorprendente resulta otro estudio que demostró que presionar palillos de dientes contra la piel es igual de efectivo (Haake et al.).

La teoría tradicional de la acupuntura (aquélla que postula que las agujas pueden modificar el flujo de chi en el interior de nuestro cuerpo) no tiene ninguna validez científica. Esta hipótesis depende de la existencia de una fuerza energética que no puede ni verse ni medirse, por lo que resulta indemostrable y totalmente especulativa. Es decir, la hipótesis no es "falsable”, usando el término acuñado por el filósofo de la ciencia Karl Popper. No puede probarse ni negarse. La teoría tradicional de la acupuntura sostiene que la ubicación de las agujas en el cuerpo es un factor crucial, mientras que la investigación demuestra que toda esta teoría no tiene ningún fundamento. La práctica de la acupuntura tradicional se basa en una teoría que es manifiestamente falsa y para la que no hay espacio en la medicina moderna.

La teoría tradicional de la acupuntura (aquélla que postula que las agujas pueden modificar el flujo de chi en el interior de nuestro cuerpo) no tiene ninguna validez científica

Algunos partidarios de la acupuntura han tomado una decisión prudente al abandonar todo el lastre metafísico de la acupuntura tradicional y desarrollar lo que han llamado la “acupuntura clínica occidental” (White, 33). Estos investigadores sostienen que los potenciales beneficios terapéuticos de la acupuntura se deben a la “liberación de péptidos opiáceos y serotonina” y a otros efectos fisiológicos (íbid., 33). Esta hipótesis intenta explicar la acupuntura en términos biomédicos, el único camino válido para integrar la acupuntura en la práctica médica convencional. Aunque esta interpretación de la acupuntura la sitúa en pie de igualdad en el terreno teórico con otras teorías, también socava duramente su concepción como arte holístico de sanar que requiere una consideración especial. Si la acupuntura se puede explicar en términos de procesos fisiológicos, ¿por qué hay que integrarla? ¿Se diferencia acaso de otras formas de medicina manipulativa como la electroestimulación del tejido muscular o la fisioterapia reforzada? Una terapia que se puede explicar con procesos convencionales es convencional. Cuando la acupuntura se explica en términos biomédicos, su reivindicación del estatus de “alternativa” pierde toda su fuerza. Como mucho, se la podría considerar una contribución menor a una limitada subárea dentro de la medicina relativa a la musculatura.

El Center for Inquiry (CFI) cuestiona la existencia de una clase especial de medicina llamada “alternativa”, ya que la única premisa bajo la que se aceptan sus beneficios terapéuticos está basada en la bioquímica más corriente. El resto de las explicaciones recurren a lo metafísico y se rechazan de manera categórica. Al fin y al cabo, la acupuntura ha de reunir las mismas condiciones que cualquier otra terapia para ser aceptada como tal: demostrar con números que afecta de manera relevante a ciertos procesos bioquímicos. Sin embargo, si los efectos de la acupuntura son puramente bioquímicos, ¿por qué necesita un apoyo especial? Despojada de su aura de espiritualidad, la acupuntura se convierte en el arte de insertar agujas vacías en cualquier parte del cuerpo. El CFI no acepta la categoría forzada de “medicina integral” ya que creemos que no hay nada que integrar. Si una terapia tiene efectos positivos (y las pruebas sugieren que la acupuntura no los tiene) la explicación no es mística, sino totalmente corriente. La acupuntura se merece sobrevivir o desaparecer por sus propios méritos.

A menudo, los partidarios de la acupuntura argumentan que no es justo juzgar esta terapia con los mismos parámetros reduccionistas con los que se evalúa la medicina occidental. Para los defensores de la medicina alternativa, el éxito de la terapia no se observa en la disminución de la patología, sino en un estado global de bienestar. Argumentan que las investigaciones no logran medir estos efectos holísticos de terapias como la acupuntura. Un artículo publicado por la Facultad de Medicina de la Universidad de Carolina del Norte, en Chapel Hill, hace la distinción entre la “validez interna” de un tratamiento y su “validez externa” (citado en Marcus y McCollough). Esta distinción hace pensar que los tratamientos que no pueden basarse en los datos de las investigaciones podrían justificarse simplemente con ciertas impresiones clínicas.

De manera similar, el mayor defensor de la medicina alternativa en este país, el Dr. Andrew Weil, a menudo defiende un sistema similar de doble rasero para evaluar las pruebas. “Enseño y pido a la gente que usen unos parámetros variables para evaluar las pruebas”, afirma Weil en una historia sobre la medicina complementaria y alternativa (CAM) en el U.S. News & World Report. “Cuanto mayor sea la capacidad para hacer daño, más exigentes han de ser los parámetros para medir las pruebas” (Camarow, 2008). Aunque esta afirmación contiene una loable preocupación por la seguridad de los pacientes, también sugiere que las terapias alternativas deberían juzgarse de manera más permisiva, y además da a entender que las terapias alternativas son intrínsecamente más seguras. Siguiendo esta lógica, habría que dar preferencia a los tratamientos que tengan un menor efecto fisiológico. No hay ninguna razón que haga pensar que la acupuntura bien aplicada no sea segura (Ernst, 131; Kaptchuk, 380). Las pruebas demuestran que la acupuntura es casi absolutamente incapaz de producir tanto buenos como malos resultados. De que sea inofensiva, aunque espiritualmente evocadora, no se deduce que haya de ser evaluada de manera diferente.

El Center for Inquiry coincide por completo con los editores del The New England Journal of Medicine cuando reclaman un sólo canon científico: “No podemos aceptar dos tipos diferentes de medicina: convencional y alternativa. Tan sólo tenemos la medicina que se ha probado adecuadamente y la que no lo ha sido, la medicina que funciona y la que puede que sí o puede que no” (Angell y Kassirer).

La idea de que la acupuntura necesita asilo político dentro de la medicina convencional supone una amenaza a la integridad científica. La pregunta que hemos de hacernos es la de cómo trataríamos la acupuntura si no fuera un remedio popular chino de 3000 años de antigüedad. ¿Qué ocurriría si hubiera surgido en un laboratorio convencional de los Estados Unidos? Si así hubiera sido, ¿se la seguiría evaluando con unos parámetros divergentes y financiando su integración en la práctica médica convencional?

Temas: