¿Un astronauta en Palenque?

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Fotografía y dibujo de la losa que cubría el sarcófago de Pacal, en Palenque (según Fiedel). ¿Un astronauta en Palenque? Las interpretaciones fantasiosas de la losa sepulcral del templo de las Inscripciones son una demostración de cómo algunas casualidades y falsas analogías provocan el extravío de mentes no muy preparadas ALFONSO LÓPEZ BORGOÑOZ l mundo maya ha ejercido desde siempre una notable atracción sobre las mentes imaginativas. Frente a las duras culturas azteca o inca, este pueblo que habitó la zona del Yucatán y su periferia se nos muestra como una civilización delicada, artística, con grandes conocimientos astronómicos -por otra parte, perfectamente alcanzables con los medios a su disposición-, que se ha visto rodeada de una romántica y oscura penumbra ante la dificultad de conocer las razones concretas de su colapso final. Pese a que el misterio continúa en muchas cuestiones, tras las excavaciones que diferentes grupos de especialistas han realizado en los últimos treinta años y el descubrimiento por investigadores rusos -como Knorosov o Proskouriakoff- de que los símbolos jeroglíficos de esta cultura no sólo representan ideas, conceptos, palabras, si46 (Verano 1999) el escéptico E no que también muchos hacen referencia a sílabas, se tiene un mejor conocimiento de su mundo, cultura e historia, en la cual no aparece ningún tipo de testimonio sobre visitantes alienígenas o naves tripuladas ni nada similar; únicamente, historias de dioses y hombres, como mucho -lo que, por otro lado, tampoco es poco-. Es más, el desciframiento de los textos jeroglíficos nos permite actualmente entender mejor cuestiones fundamentales referentes a su religión, así como a la manera en que la clase gobernante ejercía el poder. Una cierta neblina sigue tapando ciertos aspectos de la cultura maya, pero no parece que las teorías fantasiosas, no basadas en evidencias, puedan ayudar a avanzar. Quizás es por ello por lo que, cuando un grupo de empresarios se decidió a crear el parque temático de Port Aventura y a dedicar al mundo maya una de sus partes, no pudo menos que incluir en dicha zona una reconstrucción de un templo con un pesado sarcófago en su interior, medio tapado por una losa gigantesca. La tumba elegida fue la del rey Pacal. El bajorrelieve de su losa, que representa una figura de un hombre -y que, según algunos, es un astronauta-, será el protagonista de estas líneas. ¿Quién fue Pacal? Pacal el Grande -el calificativo sirve para diferenciarle de uno de sus tíos, que no reinó- nació el 6 de marzo del año 603 de nuestra era y murió el 30 de agosto del año 684 -la exactitud de las fechas es normal en un mundo tan concienzudo astronómicamente como el maya-, siendo el rey o señor de la ciudad de Palenque -ubicada en la región mexicana de Chiapas- y de un amplio territorio a su alrededor desde el año 615 hasta su muerte. Era hijo de la reina Zac Kuk, que ocupó el trono entre 612 y 640, y nieto del fundador de la dinastía. Según revela la propia losa sepulcral del templo de las Inscripciones, de la que se extraen muchos datos de su historia, Pacal fue muy querido por su pueblo -lo cual puede querer decir, simplemente, que fue respetado por su sucesor, cuya divinización requería para legitimar mejor su propio acceso al trono- e hizo muchas obras públicas. Los reinados de Pacal y de su hijo K'inich Kan Balam -Serpiente jaguar orientada al Sol-, que gobernó entre 683 y 702 y construyó muchos de los grandes edificios públicos de Palenque, representan el mejor momento del reino, sellando ambos mandatarios alianzas con señores de ciudades vecinas por vía matrimonial. Palenque es conocida desde finales del siglo XVIII, cuando el gobernador español José de Estachería promovió varias expediciones a la ciudad entre los años 1784 y 1787 para explorar sus ruinas, descubiertas poco antes. Estas primeras investigaciones, apoyadas por el cronista de Indias Juan Bautista Muñoz, se dieron en una época en la que se podía encontrar un cierto despostismo ilustrado en las colonias hispanas y en la que el interés del mismo Carlos III había llevado a iniciar años antes algunas de las primeras excavaciones en Pompeya y Herculano, cerca del Vesubio, entonces parte de sus dominios. La losa en la que está esculpida la figura de Pacal el Grande no fue descubierta, sin embargo, hasta mediados del siglo XX. En 1948, el arqueólogo mexicano Alberto Ruz Lhuillier encontró, en el interior de una pirámide escalonada de unos veinte metros de altura conocida como el templo de las Inscripciones, unas escaleras abovedadas descendentes. Y tardó casi cuatro años en llegar desde la entrada de las mismas hasta la tumba, situada dos metros por debajo del nivel del suelo, ya que tuvo que limpiar antes veinticinco metros de escalera rellenada, intencionadamente, con mampostería. Finalmente, alcanzó en 1952 una antecámara funeraria, donde halló los esque- letos de cinco o seis jóvenes, aparentemente sacrificados en honor del difunto allí inhumado. Una enorme laja de piedra triangular bloqueaba la puerta de acceso a la cámara sepulcral, una cavidad de diez por siete metros cuyas paredes estaban decoradas con relieves de estuco. En la parte central, un sarcófago monolítico contenía un esqueleto -caso no muy habitual en el mundo maya- de un ser humano normal -no un extraterrestre-, aunque algo alto para la estatura media de los mayas. El esqueleto fue encontrado estirado y boca arriba, con el rostro cubierto por una máscara de mosaicos de jade y con unas orejeras. Sobre el cuerpo, medio tapándolo, multitud de joyas de jade y madreperlas. También se hallaron, en el interior del sarcófago, semillas, así como dos figuras de jade que ocupaban un lugar cerca del esqueleto, representando una de ellas al dios Sol. El cuerpo y las ofrendas habían sido cubiertos con cinabrio rojo. Bajo el sarcófago, había dos cabezas de terracota, también con motivos en rojo. Y, encima, una losa rectangular de 3,8 metros, con motivos esculpidos en bajorrelieve y con una larga inscripción alrededor, que hace referencia a las gestas del muerto, así como a la fechas de nacimiento y muerte, y a las de sus predecesores. Nada especialmente raro desde una perspectiva histórica. En la cámara, se halló también una gran serpiente de terracota, símbolo del enlace entre los vivos y el más allá, que iba desde el sarcófago hasta la puerta. El Palenque de la época Probablemente, el periodo de mayor auge de la ciudad maya de Palenque se situó durante los mandatos de Pacal y de su heredero, destacando entre las características propias de la época la decoración con estucos, uno de los motivos que más reconocimiento han proporcionado a esta antigua ciudad centroamericana. La fama de Palenque, sin embargo, está más ligada a los impresionantes templos escalonados del Sol, de la Cruz y de la Cruz Enramada, así como al de las Inscripciones -en el que se encontró la tumba de Pacal-, que es, seguramente, el más antiguo y, tal vez, el que muestra unas líneas y una arquitectura más impresionantes. El templo de las Inscripciones es, seguramente, el más antiguo de Palenque y, tal vez, el que muestra una arquitectura y unas líneas más impresionantes La mayoría de los templos fue levantada hacia el 692 por K'inich Kan Balam. El hijo y heredero de Pacal hizo aparecer a su padre en bajorrelieves en los templos de la Cruz, del Sol y de la Cruz Enramada, en los el escéptico (Verano 1999) 47 que se observa el proceso de divinización postmortem. Precisamente, muchos de esos bajorrelieves son llamados de la cruz porque se asocia a Pacal con el árbol de la vida -en forma de cruz en amplias zonas de Mesoamérica-. En el templo de la Cruz Enramada, además, el árbol sagrado tiene dos brazos que terminan también, como veremos, con mazorcas de maíz antropomorfas. Este árbol de la vida, según señala Henri Broch, es el árbol del origen, que los manuscritos nos muestran atravesando la Tierra desde los mundos inferiores hasta los mundos superiores. El templo de las Inscripciones, donde se halla la losa, fue mandado construir por el mismo Pacal o por su hijo, para que fuera su tumba, la más importante nunca hallada en el mundo maya por la calidad de los restos y de las ofrendas allí depositadas, siendo, para los investigadores de esta cultura, similar en importancia a la tumba del faraón egipcio Tutankhamon. El templo de las Inscripciones Hipótesis para un bajorrelieve Ha habido a lo largo del tiempo diversas hipótesis que han tratado de explicar lo que representa la figura del bajorrelieve de Palenque desde una perspectiva racional. Todas han coincidido en atribuir la figura humana central y el esqueleto a Pacal y, en general, han sido coincidentes, exceptuando cuestiones de detalle. Según Alberto Ruz1, su descubridor, tanto el esqueleto como la figura humana corresponden, sin duda, al rey Pacal de Palenque. Para este autor mexicano, la figura epigráfica le representa con todos los rasgos mayas posibles en el rostro, apoyado de espaldas sobre el esqueleto del demonio de los cuatro puntos cardinales y bajo el árbol sagrado que corona el pájaro Quetzal, uno de los símbolos del dios Sol. Otra hipótesis sugiere que la losa nos habla de tres mundos, el inferior -de los infiernos-, el central -de la Tierra- y el superior -del cielo-. En los infiernos, se puede observar la cara de un monstruo que mira de frente, enseñando los dientes. En la parte central, estaría, básicamente, el árbol de la vida -con forma de cruz- con Mi conocimiento de esta primera hipótesis, en parte, se basa en un comentario -sumamente escéptico y de muy recomendable lectura- de J. A. Goytisolo (El Periódico de Catalunya, 27 de diciembre de 1993) sobre un texto de un tal M. Duverger -espero que no se trate de Maurice Duverger, el muy conocido filósofo del derecho- , en el cual este autor francés afirma que era un astronauta. Otro conocido autor que recientemente ha reflexionado sobre el tema es Terenci Moix (La Atenas del arte maya, La Vanguardia, 20 de septiembre de 1998), en un artículo en el que, hablando de Palenque, se ríe de las hipótesis ufológicas respecto a la tumba: incluso comenta que hay gente que considera la figura, por la posición de la mano al mundo del Zen, un Buda en trance. 1 una serpiente bicéfala en sus ramas claramente visible, de cuyas fauces surge un diosecillo, y con un pájaro en su rama superior. Para Fiedel, la figura de la losa representa a Pacal engullido por un monstruo del mundo subterráneo, del mismo modo que el Sol se pone al atardecer devorado por otro monstruo de dicho mundo. Según esta interpretación, tras la noche -muerte-, el rey volvería, como el Sol, a brillar en el cielo. Esto se ve más claro por la asociación que su hijo hizo de Pacal con nuestro astro rey en numerosos templos. El significado actual Houston y Stuart creen que los gobernantes mayas no eran considerados en vida como dioses. Como mucho, según los textos, eran sagrados. La fusión de estos gobernantes -y de sus cónyuges- con los dioses tenía lugar tras la muerte, cuando muchos de ellos empezaban a ser venerados juntamente con los héroes ancestrales o fundadores de cada ciudad. Un ejemplo de este tipo de política sería la romana, en la que los primeros emperadores, pese a no ser entendidos como dioses en vida, sufrían un proceso de divinización tras la celebración de las ceremonias funerarias, especialmente la de la apotheosis -que viene a significar en griego algo así como paso a la divinidad-. Es por ello que, en el mundo maya, empezaron a desarrollarse una serie de imágenes que representaban el paso del gobernante muerto a la divinidad, asumiendo, en dicho tránsito, los atributos de alguna deidad. En general, los reyes se asociaban al dios Sol y las reinas a la diosa Luna. Sin embargo, algunos miembros de esta clase gobernante también aparecían asociados al dios del Maíz, un símbolo de la juventud y de la renovación vegetal que vinculaba a los gobernantes con los primeros seres huma- 48 (Verano 1999) el escéptico nos, quienes eran representados como una especie de pasta de maíz. De nuevo encontramos un buen ejemplo para estudiar este fenómeno cultural maya, de unión de mitos celestes con terrestres, en el mundo romano tardío, en el que una serie de antiguos cultos en honor de la renovación de la naturaleza y de la Tierra quedaron incluidos en un proceso de sincretismo, asumiendo en el ritual símbolos basados en una religiosidad astral. En la losa de Palenque, se representaría a Pacal, además de con todos los símbolos antes mencionados -el pájaro Quetzal, la serpiente...-, sufriendo un proceso de transformación -metamorfosis- y emergiendo con los atributos del dios del Maíz o de las plantas. Es decir, hallamos en la losa, de forma normal, toda la simbología clásica de la muerte y resurrección, según las creencias mayas. Parece claro, pues, por los datos que hemos ido examinando y por los restos hallados, que de lo que se trata en esta losa es de mostrar el cumplimiento de un rito de paso, de un rito de transición de la vida a la muerte, por parte de un señor maya, Pacal, rey de Palenque, al tiempo que se inicia un proceso de divinización del mismo. Creemos que lo esculpido en la losa nos muestra, en todos sus símbolos, el proceso de divinización de Pacal tras su triunfo sobre la muerte. Y de ello nos habla la mayoría de sus elementos identificables, como la presencia del dios Sol -a través de su símbolo en el pájaro Quetzal- en su doble vertiente, por un lado, de dios más poderoso del panteón maya y, por otro, de dios que se hunde en las tinieblas cada noche para renacer al día siguiente; o la de hallarse la figura bajo una serpiente, símbolo del tránsito al otro mundo -no sólo aquí, en muchas otras culturas, como la moche, que se desarrolló en ese mismo tiempo y que también la usa normalmente en sus representaciones funerarias-. También apunta en ese sentido que Pacal esté revestido de los atributos del dios del Maíz, que tiene un marcado simbolismo funerario en la cultura maya, y que esté todo enmarcado por el árbol de la vida, lo que hace que no podamos dudar mucho de que, muy probablemente, ésta es la hipótesis interpretativa más correcta: Pacal, en su ascensión, escapa de un demonio infernal, que habita en el mundo subterráneo -parte inferior-, que le ha devorado ritualmente en el momento de la muerte. ¿Y cómo sabemos que es un demonio del mundo subterráneo? Porque en él hunde sus raíces el árbol de la vida y porque este árbol está coronado por el Quetzal, el símbolo del dios principal del panteón maya. El árbol marca un camino desde la muerte hacia el cielo maya, todo lo cual se asocia al resto de símbolos hallados alrededor y dentro del sarcófago de Pacal, un rey que, por otra parte, por lo que ve en los restos humanos encontrados y en la figura central de la lápida, tiene los rasgos típicos de los indígenas precolombinos de la región. El problema, además, para los pararqueólogos -nunca hablan de ello- es que es posible ver una escena muy semejante en otros bajorrelieves mayas de la misma época y de la misma ciudad de Palenque, hallados, por ejemplo, en el templo de la Cruz Enramada o en el de la Cruz, tal como muestra William Stiebing. En éstos, aparecen los mismos símbolos, pero sin la figura de Pacal en el medio -sí, a un lado-, advirtiéndose claramente el árbol de la vida en forma de cruz, el pájaro Quetzal arriba, la serpiente bicéfala, cabezas en forma de mazorcas de maíz en las ramas del árbol, así como un demonio en su base. Así, Broch compara en un dibujo las similitudes entre el relieve de la losa de Palenque y el de la Cruz Enramada. Un problema para los `pararqueólogos' es que es posible ver una escena muy similar a la de la lápida de Pacal en otros bajorrelieves mayas de la misma época y de la misma ciudad Tras la explicación en hipótesis y estas pruebas de qué significan los diseños, creo que el factor duda debería desvanecerse, aunque es poco probable, lo sé, que ello suceda. Los astronautas de la antigüedad A finales de los años 60, se hizo muy popular la losa del templo de las Inscripciones entre el público en general -que no entre el especializado, ya que era archiconocida antes dada su importancia-, debido a que Erich von Däniken y otros autores, como Charles Berlitz, publicaron su fotografía en libros de pararqueología de gran éxito de ventas, indicando que la misma era una Bajorrelieve del templo de la Cruz Enramada, según Stiebing. Obsérvese el árbol en forma de cruz, coronado por un pájaro Quetzal, unas panochas de maíz en las ramas, el demonio en las raíces... Pacal es la figura que está de pie a la izquierda: sus rasgos y vestiduras son similares a los de la figura de la losa. el escéptico (Verano 1999) 49 muestra evidente de que nos encontramos ante la tumba de un astronauta extraterrestre al que se ve pilotando su nave espacial. La principal revista pseudocientífica española de la época, Mundo Desconocido, llegó a regalar un póster de dicha imagen para incentivar las suscripciones. Esta teoría se atribuye originalmente al ruso Alexander Kazantsev, quien sugirió que el personaje representado en la losa de Palenque accionaba los mandos de una nave espacial que despegaba lanzando fuego por sus motores, mientras accionaba sus mandos. Según Broch, en realidad, Kazantsev copió la idea de dos artículos de los franceses Guy Tarade y A. Millou publicados en agosto de 1966. Comparación de Broch entre los bajorrelieves de la losa del sarcófago de Pacal y del templo de la Cruz. Para Von Däniken y Berlitz, el diseño era similar al de los cohetes de los años 70 -hoy en día, desfasados- y a la posición que en ellos adoptaban los astronautas -lo cual no es muy correcto, dado que si el cohete no está aún en el espacio, el astronauta está medio comprimido contra la silla y si está en el espacio, en las toberas no hay fuego-. Quien quiera profundizar en la crítica del vestuario de pseudoastronauta de Pacal, puede hacerlo en el magnífico libro de Stiebing Astronautas en la antigüedad. Conclusiones La lápida de Palenque nos habla de la divinización de un máximo mandatario de una ciudad maya, un proceso bien conocido en ésta y otras culturas que sirve como elemento legitimador de los gobernantes que le suceden. Ha habido muchas hipótesis sobre su significado, pero las investigaciones llevadas a cabo en los últimos diez años han aclarado algo el tema. No obstante, antes de que esta visión de la losa se fuera extendiendo, surgieron otras hipótesis, más o menos razonables. Las erradas no han representado un grave problema, ya que el equivocarse es normal en ciencia. Lo que no es correcto es tratar los obje50 (Verano 1999) el escéptico tos del pasado de forma aislada, sin tener en cuenta el contexto cultural en el que surgen y sin buscar paralelismos ni otras evidencias que apoyen las hipótesis. Ése ha sido el grave error de los planteamientos de los estudiosos de lo paranormal: su escaso ánimo crítico para dar con la mejor respuesta posible de una manera racional. El estudio sistemático de este bajorrelieve posibilita rechazar lo imposible para quedarse con lo probable, dentro de las abundantes dudas que la interpretación de una lápida siempre ofrece acerca de lo que significan sus símbolos. No creemos razonable que se trate de un astronauta, pero, en cualquier caso, si algún autor pretende defender esa posibilidad, deberá hacerlo con muchas más evidencias que las aportadas hasta ahora y con estudios mucho más serios. Estamos, en lo que a las teorías pararqueológicas se refiere, ante un típico caso en el que algunas casualidades y falsas analogías han provocado el extravío de mentes no muy preparadas. Como indica Stephen Jay Gould, la mente humana se deleita al encontrar esquemas subyacentes, hasta tal punto que a menudo confundimos las coincidencias o las analogías forzadas con significados profundos. Y todo esto nos lleva a tratar de ver qué hay detrás de su aceptación por la gente en general. La dificultad de establecer nexos con el pasado, por culpa de una historia cada vez más alejada de los grandes mitos, que no se centra en cosas usuales ni comprensibles -en vez de amores y odios entre humanos, generalmente movidos por los mismos intereses que nos mueven a nosotros, se habla de macrociclos económicos-, lleva a mucha gente a dejar de creer en los historiadores y caer en las garras de autores que divulgan supuestos misterios transcendentes en épocas pretéritas, y que, además, dicen que ocultan los investigadores. Por otra parte, caídas muchas divinidades, se puede advertir cómo la esperanza en mitos cósmicos vuelve a renacer de la mano de los mitos astronáuticos. Un nuevo paradigma celeste, una vez que han entrado en quiebra en muchas sociedades desarrolladas -y especialmente entre ciertas capas de la sociedad- las antiguas creencias religiosas, trata de abrirse camino apelando a los sentimientos más irracionales y a los miedos de una parte de la población. El hombre sale al espacio y no encuentra un dios físico. La explicación es que éste es extraterrestre y que, tras un largo viaje y miles de años de ausencia, está a punto de volver con un nuevo mensaje redentor para sus elegidos, investido con todas las características racionales, éticas, científicas y espirituales que se suponen a una civilización mucho más avanzada, que, además, ya nos ayudó a dar nuestros primeros pasos. Es un mito típico que se genera en todas las sociedades: el del retorno de los dioses. Frente a una vida humana de trabajo, el mito cósmico nos lleva a una creencia y es- peranza en algún tipo de salvación de nuestro cuerpo y alma. De ahí su vigencia y el querer ver en esta losa misterios sólo aptos para ser, supuestamente, entendidos por iniciados, cuando lo cierto es que el entendimiento que de los mismos hacen los pararqueólogos es el más sencillo de los posibles y está al alcance de todo el mundo: sólo requiere fantasía. ¿Dónde mejor encuadrar dichos mitos cósmicos que entre pueblos, como el maya, que aún hoy ven envuelta en la bruma una gran parte de su historia? Su capacidad astronómica, fruto de un agudo sentido de la observación, pero plenamente circunscrita a los medios de los que disponían, ha hecho, sin duda, que la hipótesis astronáutica acerca de la losa de Palenque haya ganado fuerza. La ignorancia de las enormes posibilidades y precisión alcanzables por la astronomía sin telescopio, basada sólo en la contemplación rigurosa del movimientos de los cuerpos celestes durante muchos años, hace que la gente se sorprenda de resultados científicos maravillosos, pero no imposibles, alcanzados en el pasado por culturas megalíticas, precolombinas o de cualquier parte del mundo, tal como la arqueoastronomía nos enseña hoy en día. Probablemente, habrá que hablar en futuros artículos acerca de los procesos sincréticos que se observan en la mayor parte de las sectas ufológicas de nuevo cuño. Sin embargo, he creído conveniente remarcar la importancia que tiene en todo este proceso de espiritualización de los extraterrestres, que mucha gente desarrolla en la actualidad, la lectura errónea de restos arqueológicos, así como la búsqueda de pasadas visitas de astronautas de otros mundos a nuestro planeta, para justificar mejor ciertas doctrinas religiosas que, ante el fin de milenio que se avecina, hacen del mensaje agorero, milenarista y apocalíptico su carta de presentación habitual. Por cierto, J. A. Goytisolo acaba con una bella frase un breve texto que escribió sobre el tema: No me gusta la ciencia-ficción. Es más apasionante la vida. Alterando algo la sentencia, yo diría que frente a la ciencia-basura, prefiero o bien la cienciaficción -quedando claro que es ficción- o la vida misma. Agradecimientos Agradezco a Juan Soler Enfedaque por la documentación que me ha proporcionado sobre este tema. Bibliografía Berlitz, Charles [1974]: El triángulo de las Bermudas. Trad. de José Cayuela. Editorial Plaza & Janés (Col. "Los Jet", Nº 7). Barcelona 1982. Broch, Henri [1985]: Los fenómenos paranormales. Una reflexión crítica. Trad. de Juana Bignozzi. Editorial Crítica (Serie General (Col. Estudios y Ensayos), Nº 107). Barcelona 1987. Däniken, Erich von [1968]: Recuerdos del futuro. Trad. de... Editorial Plaza & Janés. Barcelona 1974. Fiedel, Stuart J. [1987]: Prehistoria de América. Trad. de M. Ríos. Editorial Crítica. Barcelona 1996. Gould, Stephen Jay [1985]: La sonrisa del flamenco. Reflexiones sobre historia natural. Trad. de A. Resines. Editorial Crítica. Barcelona 1995. Houston, Stephen y Stuart, David [1996]: Of gods, glyphs and kings: divinity and rulership among the classic maya. Antiquity. Vol. 70, Nº 268 (junio). 289-312. Millou, A. y Tarade, G. [1966]: L'enigma di Palenque. Clypeus. Nº 4/5 (octubre). 19. Rocchi, Carla [1989]: Palenque: La capital del estuco. En Arqueología de las ciudades perdidas. Salvat Editores. Barcelona. Vol. VIII. 2113-2119. Stiebing, William H. [1984]: Astronautas de la antigüedad. Colisiones cósmicas y otras teorías populares sobre el pasado del hombre Trad. de Alberto Coscarelli. Tikal Ediciones (Col. Eleusis). Gerona 1994. The Skeptical Inquirer La revista bismestral del Comité para la Investigación Científica de los Supuestos Hechos Paranormales (CSICOP). Un año: US$45 Dos años: US$78 Escriba a: Suscríbase a Tres años: US$111 The Skeptical Inquirer PO Box 707 Amherst, NY 14226-0703 Estados Unidos el escéptico (Verano 1999) 51

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