Y la parodia se hizo libro

Sección: 
SILLÓN ESCÉPTICO
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desde el sillón Y la parodia se hizo libro rase una vez un profesor de Física de la Universidad de Nueva York que se llamaba Alan Sokal y que estaba un poco harto de que algunos de sus colegas de letras, especialmente los conversos del posmodernismo, usaran y abusaran de términos y conceptos científicos en sus publicaciones literarias y de otras disciplinas de las llamadas humanidades, con olímpico desconocimiento, o más llanamente, sin ton ni son, y con el fin aparente de mostrar erudición enciclopédica y de ocultar en la bruma de lo más arcano de la ciencia la ininteligibilidad y vacuidad de sus textos. Lastrado por su concepción científica y racionalista del saber, pensó que para comprender este fenómeno tenía que estudiar los discursos y técnicas de análisis posmodernas, comprobando con asombro que al cabo de tres meses, y casi sin despeinarse, era todo un experto en la materia. Y, como era estudiante libre de posmodernismo y relativismo cultural, debió de pensar que, a manera de doctorado, habría de preparar un artículo dentro de la mayor ortodoxia posmoderna y mandarlo para su publicación a alguna prestigiosa revista de letras y humanidades para ver si se lo aceptaban. Acertó a la primera, ya que Social Text, una tan minoritaria como elitista publicación dirigida por intelectuales universitarios afines al posmodernismo y similares, publicó su artículo Transgressing the boundaries: toward a transformative hermeneutics of quantum gravity, en un número especial que llevaba el extraño título de La guerra de las ciencias.1 Hasta aquí, casi la verdad y gran parte de la verdad, pero no toda la verdad, ya que me he permitido un poco de fabulación. Y es que Sokal, al enviar su artículo a Social Text no tenía en mente doctorado alguno, sino una especie de experimento destinado a comprobar la falta de E control y rigurosidad de muchas de las revistas literarias y de temas sociales a la hora de aceptar los originales que se les presentan. Según dijo después, su trabajo se aceptó ya que tenía las credenciales necesarias -era un profesor de Física de una prestigiosa universidad-, se expresaba correctamente y a la moda en los términos posmodernos que eran del agrado de los editores, Y, para colmo, era un miembro del otro bando -el de los Sokal, Alan; y Bricmont Jean [1997]: Impostures intellectuelles. Editions Odile Jacob. París. 276 páginas. científicos- que apoyaba a los literatos posmodernos en su particular guerra de las ciencias. El artículo de Sokal era, además, un cebo envenenado, una carga de profundidad dispuesta a estallar en las narices a los editores de Social Text, encabezados por Andrew Ross y Stanley Aronowitz, dos conocidos potmodernos en el ambiente universitario americano. En efecto, Sokal confeccionó un centón con extensas citas textuales de auto- res posmodernos franceses y americanos, con 109 notas a pie de página2, también plagadas de citas a estos mismos célebres intelectuales3, además de a otros provenientes del relativismo cultural, el ultrafeminismo y otros ismos cuyo común denominador, en opinión del autor, es una actitud hostil al método científico y racional como fuente del saber y una cierta fobia por la realidad objetiva, hilvanadas dichas citas mediante un texto de Sokal4 llenó de absurdos, falto de lógica y trufado con las mayores y más disparatadas burradas científicas que pudo imaginar. Ahora, eso sí, con un lenguaje políticamente correcto desde el punto de vista de los editores, con el que expresaba ideas del relativismo cognitivo más desbordante, florido y extremo, a la vez que mostraba sus simpatías hacia todos los llamados nuevos movimientos sociales: antirracistas, homosexuales, feministas, pacifistas, tercermundistas, etcétera, considerados de izquierdas y progresistas. El segundo acto de esta comedia se abría con un nuevo artículo de Sokal, enviado a Social Text, en el que explicaba las razones de su acción, un experimento, según él, a la vez que ponía de manifiesto las herejías científicas propias y ajenas. Este segundo trabajo fue olímpicamente rechazado, por lo que lo remitió a la revista Lingua Franca5, que lo publicó de inmediato. Y lo que empezó como una parodia de unos malos hábitos de ciertos intelectuales de letras, resultó uno de los episodios más hilarantes de ese toma y daca incruento, disimulado y pertinaz entre los dos bandos de lo que C.P. Snow llamó las dos culturas y que Andrew Ross rebautizó como guerra de las ciencias, que es característica de nuestra cultura actual. L'affaire Sokal, como lo llamaron los franceses, saltó de los corrillos universitarios a las revistas científicas, tanto profesiona- el escéptico (Invierno 1998-99) 61 desde el sillón les como de divulgación, y extendiéndose cual mancha de aceite, se asentó en diversos sitios de Internet tras haber sido noticia, incluso de primera página, en algunos de los grandes periódicos americanos y europeos6. El espaldarazo que dio a la broma de Sokal las credenciales que posiblemente no necesitara, pero que se exigen en el mundo académico y periodístico para entender y conceder relevancia a un asunto, se lo dio Steven Weinberg en un artículo publicado en la influyente revista The New York Review of Books (8 de agosto de 1996), de forma que se llegó a proponer como definición de posmoderno aquel intelectual de letras incluido en la lista negra de Sokal y Weinberg. menos drástico, en negar la naturaleza objetiva del saber científico, y que, como fuente de conocimiento, dicho saber no debe tener privilegio alguno, ni siquiera en materias que pueden y deben contrastarse empíricamente con la realidad objetiva y externa, y debe ponerse en pie de igualdad con los mitos y las narraciones culturales, ya que todo es relativo y depende del punto de vista adoptado.7 En el debate que siguió en diversos medios de comunicación, tanto especializados como generales, a la publicación de la parodia, debate intenso, muchas veces apasionado, casi siempre fresco e intelectualmente gratificador, Sokal volvía una y otra vez sobre lo básico: que la actitud y el método científico no difieren mucho de lo que hacemos cada día cuando aplicamos el sentido común y la racionalidad para conocer y entender, a fin de no engañarnos, las cosas de la vida. La diferencia, según Sokal y Bricmont, estriba en que los métodos científicos son mucho más precisos que las observaciones cotidianas, permitiendo descubrir fenómenos hasta entonces desconocidos y que a veces entran en conflicto con el sentido común. Pero el conflicto está en las conclusiones, no en el camino seguido. La cita anterior proviene de Impostures intellectuelles, el libro que publicaron en otoño de 1997 Sokal y su socio europeo y francófono Jean Bricmont, y que, como se ha dicho más arriba, surgió como consecuencia del affaire Sokal. Y, de nuevo, las aguas de la polémica original, que parecían haber vuelto a su cauce, se desbordaron otra vez y el libro se discutió y se está discutiendo en diarios y revistas de información general, amén de en los sitios pro y antisokalianos de la red y en las publicaciones especializadas. Sirva como ejemplo de estas últimas Nature8, que ha publicado una encomiástica recensión de la traducción inglesa firmada por Richard Dawkins9. centrará en las citas y en los comentarios que de ellas hacen los autores, mostrando que, como en el cuento infantil, el rey está desnudo; esto es, que, detrás de tanta verborrea pseudocientífica y tanta oscuridad conceptual, de tanta ambigüedad, los textos que se exponen a escarnio público están huecos, desnudos de todo contenido. En consecuencia, puede quedar en segundo plano lo que para mí constituye el valor principal del libro, que es su naturaleza de espléndido intento de divulgación, seria, precisa y clara, de la epistemología, del método científico y racional como fuente del saber sobre la naturaleza y, en general, sobre la realidad objetiva en la que estamos inmersos, haciendo de paso una crítica demoledora del relativismo cognitivo y de otras corrientes intelectuales hostiles a la ciencia. Es más, Sokal y Bricmont recomiendan, en lo que no puedo sino aplaudir entusiásticamente, acercarse con mentalidad científica a los estudios de muchas de las materias sociales y de letras. Así, creemos que la actitud científica, entendida en un sentido muy amplio -un respeto por la claridad y la coherencia lógica de las teorías y por la confrontación de éstas con los hechos- es tan pertinente en ciencias humanas como en ciencias exactas. Y no sólo en el aspecto académico de las humanidades, sino también en el análisis de las ideas y prácticas de los movimientos políticos, asunto al que los autores dedican varias páginas, tratándolo con gran lucidez y ecuanimidad. En particular, Sokal y Bricmont, que se declaran ideológicamente de izquierdas -Sokal dio clases de Matemáticas en la Nicaragua sandinista-, reflexionan sobre la pérdida de identidad y rumbo de casi toda la izquierda, que ha pasado de creer en el progreso científico y tecnológico como el mejor medio para la liberación de la humanidad, y que incluso presumió de tener una teoría científica de la historia, al más estéril de los relativismos cognitivos y a apoyar teorías pseudocientíficas, cuando no claramente anticientíficas, a fin de atraer hacia su órbita a los marginados que ven en el relativismo cultural, incluyendo el puramente cognitivo, una filoso- Detrás de tanta verborrea pseudocientífica y tanta oscuridad conceptual, los textos que los autores exponen a escarnio público están huecos, desnudos de todo contenido Tenía pensado en un principio, a estas alturas de mi discurso, ilustrar este comentario sobre la parodia de Sokal e Impostures intellectuelles, con ejemplos tomados de ambos textos. Algunos de estos ejemplos se han convertido en clásicos de la sinrazón y el disparate científico, como la pregunta de Luce Irigaray sobre el carácter sexual de la ecuación E=mc², verdadera actualización ultrafeminista y posmoderna de la vieja disputa sobre el sexo de los ángeles. Pero se corre el riesgo de que los árboles no dejen ver el bosque, esto es, que la atención se fije en el ridículo en el que se puede caer cuando se habla de conceptos matemáticos y científicos sin venir a cuento y por personas que tienen un conocimiento superficial de la materia, y no en la verdadera razón que hace criticable la actitud ante la ciencia de las corrientes intelectuales que propician esos latinajos científicos. Actitud que se basa fundamentalmente en la negación de la realidad objetiva o, en el caso El rey desnudo A la hora de hablar del libro, me viene de nuevo a la memoria el refrán sobre árboles y bosque. Pues resulta obvio que, en una lectura superficial, el enfoque se 62 (Invierno 1998-99) el escéptico desde el sillón fía adecuada para sus aspiraciones de luchar contra la opresión de lo establecido. Se ha acusado a Bricmont y a Sokal de ultracientificistas, de tener una fe candorosamente infantil en la ciencia como fuente del saber y del conocer; de meter en un mismo corral a churras y merinas -Prigogine junto a Lacan, Deleuze, Latour, etcétera-; de francófobos; de analfabetos en filosofía, sociología y demás asignaturas de letras; de ridiculizar a intelectuales de renombre por culpa de unas inocentes meteduras de pata, que no son significativas ni mucho menos en su producción literaria... Frente a estas acusaciones, injustas o exageradas la mayoría de las veces, los autores no necesitan de mis servicios como abogado defensor: se han defendido ellos solos tanto en su libro como en los foros en los que han tenido necesidad y ocasión de hacerlo. ¿Qué enseñanzas, qué provecho cabe sacar de la parodia de Sokal y de Impostures intellectualles? Muchas y muy importantes. Pero si tuviese que destacar tan sólo una, señalaría la de que nunca debemos abdicar del pensamiento crítico y racional, del escepticismo, que es la base de todo método científico de acceder al conocimiento y de cuestionarlo cuando sea necesario, a fin de que nuestro saber sea cada día más completo y verdadero. A fin de cuentas, y citando a Einstein, lo que siempre da un cierto tono, nuestra ciencia, comparada con la realidad de la naturaleza, es incompleta y un tanto infantil; ahora bien, es, sin duda y de lejos, el mejor, el más preciado conocimiento que tenemos. FERNANDO PEREGRÍN 1 2 3 Sokal, Alan: Transgressing the boundaries: toward a transformative hermeneutics of quantum gravity. Social Text. Nº 46-47 (primavera). El texto completo de la parodia, así como los comentarios explicativos, figuran como apéndices en el libro. Además de una impresionante bibliografía de varias páginas. Gilles Deleuze, Jacques Derrida, Félix Guattari, Luce Irigaray, Jacques Lacan, Bruno Latour, Jean-François Lyotard, Michel Serres y Paul Virilio, entre otros. Sokal ha reconocido lo difícil que le fue mantenerse a la altura de los textos parodiados, por mucha imaginación que le echó. 5 Sokal, Alan [1996]: A physicist experiments with cultural estudies. Lingua Franca. Nº 6(4) (mayo-junio). 6 En Internet, el sitio más completo es: http://www.physics.nyu.edu /faculty/sokal/. 7 No seamos modestos ni juguetes de las modas: la ciencia es la única y, por lo tanto, la mejor forma de conocer las materias que le son propias. ¿O es que hay otra forma de saber más y mejor -que no digo todo- sobre la materia y sus interacciones, el cosmos o los seres vivos? Sin embargo, a la hora de tratar de entender el amor, la belleza, la vida, los recuerdos, prefiero a Borges, Proust o Mozart antes que un tratado de psicología científica. 8 Dawkins, Richard [1998]: Postmodernism disrobeb. Nature. Vol. 394-Nº 6.689 (9 de julio), 141143. 9 En España está prevista su publicación, por Ediciones Paidós, para la primavera de este año. 4 Una visión `transversal' de la ciencia L os temas más actuales en las ciencias biológicas desde una doble perspectiva: la de dar respuesta, aunque sea parcial, a algunas de las preguntas que se hacen las personas informadas de nuestro entorno cultural; y la de procurar fundamentar esas respuestas en todas las teorías científicas pertinentes. De eso trata Hijos de las estrellas, el último libro de Manuel Toharia en el género de la divulgación científica, de cuyas páginas se desprende que, por estar hechos de materia, nos debemos preguntar por su origen y, para eso, es preciso saber cómo es el universo. Y, también, por ser seres complejos, debemos saber el origen de esa complejidad y en qué consiste y, para eso, es preciso saber de lo microscópico. Es un libro interesante, de lectura fácil y amena, recomendable para todo lector curioso. No es necesario un gran nivel científico, aunque sí cierta cultura y buena información, ya que, si bien no hay un exceso de datos, el autor no los escatima y las referencias a temas de actualidad científica abundan. Por eso es de alabar que se incluya al final un glosario para facilitar la lectura. En cualquier caso, Toharia no descuida al lector con preparación científica, ya que en el libro se consideran los límites que la ciencia tiene por mor de su método y, recíprocamente, se detallan muchos casos en los que es la ciencia la que marca los límites de otros saberes. Es decir, se procura hacer una reflexión más que meramente técnica del resultado científico concreto y se busca mostrar las implicaciones que tiene la aventura humana de la ciencia en otros ámbitos más inmediatos a nosotros. En concreto, el autor nos expone su pensamiento sobre algún punto de conflicto que hay entre ciencia y religión, sobre las posturas ecológicas más radicales contrapuestas al necesario compromiso de la sociedad con el valiosísimo patrimonio que es el ambiente natural de la biosfera, etcétera. Las secciones que hay al final de cada capítulo están dedicadas a esta tarea de apertura de horizontes. Hijos de las estrellas es un recorrido por las disciplinas fundamentales, primero, de arriba abajo, de lo complejo a lo básico, siguiendo el proceso natural de las preguntas tal como se nos presentan, y, luego, de abajo arriba, en una suerte de paseo por el tiempo y la complejidad para así completar la infinidad de detalles y nuevas preguntas que nos dejamos por el camino de descenso. Por último, presenta algunas de las expectativas el escéptico (Invierno 1998-99) 63

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