Creer: una tendencia difícil de abandonar

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Creer: Serge Larivée Una tendencia difícil de abandonar Hay al menos tres motivos que pueden explicar por qué la razón se rinde ante la creencia, sea ésta de la naturaleza que sea (religiosa, paranormal): el conformismo del hombre con sus ideas, la prevalencia de las emociones sobre la razón y la tendencia, inherente al cerebro humano, a dotar las cosas de sentido. Que el hombre tienda a confiar en sus ideas no significa que sea impermeable a la realidad. Si lo fuera, su supervivencia estaría amenazada. Lo que aquí queremos decir es que el hecho de creer en algo le da un sentido a la existencia y de ese modo influye en su comportamiento, incluso cuando esas creencias se demuestran infundadas. Y cuanto más arraigadas están, menos aceptan el cambio. Este fenómeno se observa también en un terreno del aprendizaje en el cual las emociones no son muy frecuentes: el razonamiento científico. En el marco de un estudio sobre el modo en el que se controlan las variables1, se pidió a unos preadolescentes que identificaran los efectos de varios factores que podían influir en la velocidad de un coche de carreras en un entorno virtual. Algunas de sus creencias respecto a la importancia de esos factores eran fundadas y otras no. Cuando se les demostraba que sus creencias no eran válidas, no por eso las abandonaban. Por otra parte, aunque los factores identificados se iban demostrando correctos sesión tras sesión, eso no impedía a los sujetos otorgar importancia a factores cuya irrelevancia ya habían probado antes. De hecho es como si los sujetos solo renunciaran a sus falsas creencias con el tiempo y no por haber llegado a una conclusión; reconocer que son erróneas no parece suficiente para abandonarlas. El mismo fenómeno se observa en estudiantes universitarios de física, ya sean de primer curso o de séptimo2. Lo menos que se puede decir es que la actitud científica no se aprende tan fácilmente. La experimentación, así como los métodos de verificación, están sometidos a unas reglas que exigen un gran esfuerzo y una ardua adaptación psíquica3. Por el contrario, los métodos precientíficos no hace falta enseñarlos, se recurre a ellos espontáneamente desde siempre. En realidad el pensamiento espontáneo es ajeno al proceso científico. Mientras que la credulidad es el escéptico 56 El ser humano tiende a conformarse con sus ideas otoño-invierno 2013 natural, programada y deriva de la propia constitución del cerebro, el espíritu crítico y el escepticismo requieren un cierto aprendizaje, un esfuerzo voluntario y una vigilancia constante4. Si, como acabamos de ver, pueden coexistir creencias contradictorias dentro del aprendizaje del conocimiento científico, no puede sorprendernos que lo racional y lo irracional vayan a la par cuando en las creencias que se defienden entran las emociones. Por ejemplo, las investigaciones sobre psicología social muestran que en diversas situaciones las emociones funcionan mejor como regulador social que la razón5. El contagio emotivo que se da en diversos rituales promovidos por gurús carismáticos es un fenómeno conocido. Las reuniones animadas por predicadores6 son un buen ejemplo. Además sucede que conocidos escépticos se adhieren a ciertas creencias por razones psicológicas y emocionales que les reconfortan en circunstancias difíciles (muerte de seres queridos, desengaños amorosos). Por otra parte, quienes abandonan una creencia, y más concretamente una creencia religiosa, suelen hacerlo sobre todo por motivos intelectuales. Entonces se adueñan de las conclusiones lógicas de datos (arqueológicos, históricos, biológicos, psicológicos, etc.) que derriban los fundamentos de la creencia sacando a la luz, por ejemplo, la génesis social e histórica de las religiones y en particular de aquella que profesaban. Recordando las predicciones de una médium-vidente sobre la política internacional, los desastres naturales, etc., hechas el 1 de enero de 2000 en la televisión francesa, Henri Broch7 se pregunta "qué lleva a alguien a proferir y/o a creerse tales imbecilidades". Buena parte de la respuesta a esta pregunta radica probablemente en el hecho de que el cerebro humano se dedica a dar sentido a las cosas y la creencia es la forma más rápida y menos laboriosa de lograrlo. En El cerebro social, Gazzaniga8 propone que en el ser humano la formación de las creencias se deriva de la propia constitución y funcionamiento de nuestro cerebro. La capacidad de deducir atribuida al hemisferio izquierdo "ha liberado al ser humano de la interminable tarea de avanzar a tientas" (p.138) y, al no soportar la disonancia cognitiva, se ha visto obligado a buscar razones a su comportamiento. La teoría de la disonancia cognitiva elaborada por Festinger9 sobre la psicología social en los años 1950, y extremadamente fecunda desde entonces, constituye en efecto una brillante descripción de la necesidad de coherencia que tiene el cerebro (véase el recuadro: "La disonancia cognitiva"). "El hemisferio izquierdo dominante está dedicado a la tarea de interpretar tanto nuestros comportamientos evidentes como las reacciones emocionales menos evidentes que se producen en las distintas áreas de nuestro cerebro. Elabora teorías sobre los motivos de esos comportamientos, y lo hace porque nuestro cerebro necesita tener la sensación de que hay coherencia entre nuestros comportamientos10" (pp.111-113). En este sentido, la dificultad para otoño-invierno 2013 Las emociones priman sobre la razón El cerebro humano, una máquina de dar sentido distinguir coincidencia, correlación y causalidad se explica mejor cuando se comprende que el ser humano establece relaciones e inferencias entre casi todo por automatismos cognitivos. Efectivamente, nos resistimos a creer que una parte de lo que nos sucede es accidental y depende del azar. Creer que nuestra vida está sembrada de accidentes sin sentido resulta insoportable11. La necesidad de creer es tan profunda e imperativa que parece no haber límites a lo que los individuos son capaces de inventar para conseguirlo. No obstante, el cerebro humano no puede estar constantemente haciendo deducciones nuevas sobre la estructura del mundo. Hay que ahorrar energía y elegir una. Una vez hecha la elección, se establece en el creyente un sistema cognitivo más o menos cerrado y que tiene entre sus propiedades esenciales la de descartar de inmediato todo dato contrario a los postulados implícitos en la creencia elegida. Por tanto, un sistema de creencias que no se aleje demasiado de la realidad cotidiana puede constituir un modo de actuar relativamente bien adaptado, en la medida en que favorece un comportamiento eficaz con un mínimo de esfuerzos cognitivos y adaptativos. Por el contrario, un sistema rígido de creencias que no admite discusión puede derivar en dogmatismo. A fin de cuentas, poco importa que las explicaciones sean ciertas o falsas; lo importante es que para el individuo resulten satisfactorias en el plano emotivo y el cognitivo12. Para explicar por qué ciertos individuos son más fácilmente influenciables por el discurso religioso, Parejko13 relaciona la omnipresencia y la fuerza del deseo de creer con un programa surgido de la selección natural. La "credulidad" sería, al igual que otras características humanas complejas, un rasgo del carácter sujeto a la selección natural y con un componente hereditario14. Se puede definir al individuo crédulo como aquél que cree de inmediato acontecimientos extraordinarios sin exigir pruebas igualmente extraordinarias. Al preguntarse por los motivos de que las falsas creencias se mantengan, Lester15 adopta un punto de vista evolucionista y biológico. Como todos los órganos del cuerpo, el cerebro del ser humano ha sido modelado por la evolución con soluciones adaptativas, entre ellas las necesarias para su supervivencia. Y para sobrevivir, las primeras El hecho de creer en algo le da un sentido a nuestra existencia y de ese modo influye en nuestro comportamiento, incluso cuando esas creencias se demuestran infundadas. 57 el escéptico herramientas son los sentidos. A los primeros homínidos les interesaba mucho percibir bien el peligro (por ejemplo, la presencia de un león) si querían sobrevivir. Pero confiar únicamente en los sentidos también implica graves limitaciones adaptativas. En compensación, las creencias surgidas de la experiencia (como extensión de nuestros sentidos) pueden parecerse a los conocimientos y constituir así el mejor instrumento de supervivencia. Por ejemplo, nuestros ancestros del Paleolítico tenían más probabilidades de sobrevivir si estaban convencidos de que había peligro aunque sus sentidos no indicaran la presencia de un peligro inmediato. A lo largo de la evolución, los sentidos y las creencias han permanecido como algo esencial para la supervivencia, pero en cierta forma se han especializado. Los sentidos nos permiten adaptarnos a lo que percibimos, mientras que las creencias, yendo más allá, nos permiten darle sentido a lo que nos ocurre o anticipar lo que ocurrirá. Por tanto, las creencias no necesitan a los sentidos para funcionar. Su utilidad para la supervivencia radica en que se mantienen aunque se enfrenten a datos contradictorios. De hecho, ante un conflicto entre una creencia y unos hechos, el cerebro no se inclina automáticamente hacia los hechos. Esto puede ayudarnos a entender por qué pueden mantenerse creencias irracionales frente a datos que las contradicen. En este sentido, Dawkins16 postula que el mecanismo de la evolución descrito por el darwinismo, lejos de limitarse a los fenómenos biológicos, también dirige la dinámica cultural. O dicho de otro modo: el darwinismo no puede reducirse al estrecho margen de los genes. Los genes no son lo único que se autorreplica. La transmisión cultural también da lugar a una forma de evolución en la que las representaciones culturales también se autorreplican, es decir, son capaces de producir copias de sí mismas, que Dawkins denomina memes17. Un meme puede ser una receta de cocina, una opinión, una teoría, un cuento de hadas, una creencia, una pieza de música. Quede claro que la descripción de las diversas culturas como un conjunto de unidades que forman, a semejanza de los genes en biología, unidades culturales (las ideas básicas de una cultura) es una analogía. Al igual que los genes, que son unidades que se perpetúan gracias a su capacidad de producir réplicas exactas de Nos resistimos a creer que una parte de lo que nos sucede es accidental y depende del azar. Creer que nuestra vida está sembrada de accidentes sin sentido resulta insoportable. sí mismos, los memes se reproducen de un cerebro a otro básicamente por imitación: "de este modo, los buenos replicadores culturales colonizan las poblaciones humanas" (p.32). Pero en todo proceso de copia llega un momento en que alguna no es exactamente igual al original. En el caso de los genes, eso da lugar a mutaciones genéticas. Y este mismo fenómeno no solo es aplicable a los memes sino que en ellos es aun más frecuente. Dawkins reconoce además que el proceso de copia de los memes es menos preciso que el de los genes; cada nueva copia podría dar lugar a una mutación. Algunos memes mutantes no llegarán a reproducirse porque nadie los imita; otros tendrán una vida más o menos efímera, como por ejemplo las modas; y otros tendrán una vida larga, de lo cual un ejemplo típico es la idea de Dios. Los memes, como los genes, son así objeto de un proceso de selección con un mayor o menor potencial de supervivencia. Es muy significativo el meme de Dios. ¿Qué le garantiza a la idea de Dios su perpetuación y su capacidad de penetración en el entorno cultural? La capacidad de sobrevivir del meme Dios viene de su enorme atractivo psicológico. Proporciona de hecho una respuesta simple (superficialmente plausible) a cuestiones profundas y preocupantes relacionadas con la vida y la muerte. Entre otras cosas, las religiones sugieren que las injusticias terrenas serán reparadas por la justicia divina en otra vida. Los memes también pueden aumentar su poder de propagación asociándose entre sí. Las asociaciones, sean de repulsión (Dios y el infierno) o de atracción (Dios y el paraíso), se refuerzan mutuamente, aumentando así la probabilidad de propagación del meme de Dios en el acervo mémico. Tener fe es situarse en un estado de espíritu propicio para creer cualquier cosa sin prueba ninguna, incluso cuando los razonamientos lógicos o los hechos interfieren en las afirmaciones dogmáticas inherentes a esa fe. El meme de la fe es inmune al desánimo y a todo intento de racionalidad, asegurando así su perpetuación. Por supuesto, la ciencia no está a salvo de patinazos basados en una "fe ciega" en su poder absoluto pero, afortunadamente, el propio método científico obstaculiza la perpetuación de tal ceguera. El carácter biodegradable de las teorías científicas es un buen ejemplo de ello. Puesto que las creencias han contribuido a nuestra supervivencia en el transcurso de la evolución, no es extraño que sean biológicamente resistentes al cambio. Si existe un "instinto" de la fe, en expresión de Barrette18, se entiende que sea difícil resistirse a él, que sea más fácil creer que dudar, que el espíritu crítico y racional sea posterior en la historia de la humanidad y en el desarrollo del hombre y, sobre todo, que sea menos popular que el mito y el esoterismo. Puesto que estamos programados para creer, somos especialmente sensibles a las historias que responden a aquello que necesitamos creer19. De hecho, la creencia no solo prescinde más o menos voluntariamente de las demostraciones que probarían la existencia de los objetos de su fe, sino que, de existir una demostración científica, esos objetos dejarían de pertenecer al dominio de la creencia para pasar al dominio del conocimiento. Aunque la objetividad absoluta es imposible, es deseable tender a la objetividad en el campo de la adquisición de conocimientos. Es el mejor modo de evitar el dar por cierto otoño-invierno 2013 el escéptico 58 lo que queremos creer, o de evitar el encontrar lo que queremos encontrar en vez de lo que realmente hay20. Ahora bien, ¿qué hacen los enfoques que gravitan en torno a lo paranormal, a los niños de Acuario y a la new-age? Dan la impresión de que pueden reconciliar la subjetividad y la razón, de que querer creer y querer la verdad son totalmente compatibles. Pero es perder el tiempo: el esoterismo y la ciencia son terrenos irreconciliables que no pueden mezclarse en un mismo discurso. La esencia de esta oposición reside en los métodos que la humanidad debe seguir para obtener conocimientos fiables. El esoterismo, al igual que la mística, valora la experiencia subjetiva, mientras que la ciencia tiende a buscar incesantemente la objetividad. Algunos creyentes solucionan ese dilema convenciéndose de que íntimamente han descubierto la verdad. Pero la objetividad no surge ni de la opinión personal ni de la convicción íntima. Los conocimientos derivados de un criterio científico son resultado de un proceso esencialmente colectivo. Cuando hace ciencia, el investigador, aunque se guíe por su intuición, utiliza hipótesis, observaciones, métodos y resultados que son verificables. Lo fundamental del consenso que define la investigación científica reside en el carácter reproducible de los resultados. Dicho de otro modo, al contrario que otras formas de conocimiento, las afirmaciones de un investigador necesitan ser verificadas por otros investigadores. Ese criterio de verificabilidad implica, evidentemente, que los métodos de recogida de datos se divulguen explícitamente y se puedan reproducir21. Festigner define la disonancia cognitiva como un estado de incomodidad psicológica que sobreviene cuando dos elementos de conocimiento ­Festigner habla de cogniciones­ se contradicen. En el caso más habitual, sucede cuando una cognición (una opinión, una creencia) queda desmentida por un hecho o por otra información. De inmediato se produce el proceso llamado de reducción de la disonancia, que consiste básicamente en modificar uno de esos dos elementos. Lo más frecuente es que la reducción se haga negando o interpretando el elemento externo de manera que salvaguarde la coherencia de la representación La disonancia cognitiva interna, lo cual conduce a una cierta deformación de la realidad exterior. Cuando uno de los elementos es un comportamiento que no encaja en la idea que el individuo tiene de sí mismo o de sus actitudes y con mayor motivo si tiene lugar públicamente­ la disonancia es aun más incómoda y el comportamiento es más difícil de negar. Uno de los medios de reducir entonces la disonancia, o más exactamente de impedir que aparezca, consiste en buscar una causa extrínseca al comportamiento, o en otras palabras, en buscarle una explicación circunstancial que pueda exonerar al autor del comportamiento. Si eso no es posible, la reducción de la disonancia desembocará en una racionalización del comportamiento problemático: el individuo tratará de ajustar o de modificar sus valores, sus opiniones o su ideología para hacer congruente el comportamiento en cuestión. Serge Larivée es profesor de la Escuela de psicoeducación de la Universidad de Montréal desde 1977. Desde hace 30 años investiga sobre la inteligencia, así como sobre la epistemología, los fraudes científicos y las pseudociencias. Tiene en su haber más de 250 publicaciones. En 2002 recibió el Premio Escéptico, otorgado por los Escépticos de Québec. Artículo publicado inicialmente en AFIS Sciences et Pseudosciences nº 284. Traducido por Inmaculada León y revisado por Enrique García. 1- Schauble, L. (1990). "Belief revision in children. The role of prior knowledge and strategies for generating evidence". Journal of Experimental Child Psychology, 49, 31-57. 2- Maloney, D.P. & Siegler, R.S.. (1993). "Conceptual competition in physics learning". International Journal of Science Education, 15, 283-295. 3- Piaget, J. (1970). "Épistémologie des sciences de l'homme". Col. Idées, nº 260, Paris. Gallimard. 4- Dawkins (1996). "Le gène égoiste". Paris, Odile Jacob. 5- Hoffman, M.L. (1981). "Is altruism part of human nature?" Journal of Personality and Social Psychology, 47 (1), 140-146. 6- En el original francés aparecía el término en inglés "preachers" [N de la R] 7- Broch, H. (2000). "Les prisons de l'esprit". Agone, 23, 109-129. 8- Gazzaniga (1996). "Le cerveau social". Paris. Odile Jacob. 9- Festinger, L. (1957). "A theory of cognitive dissonance". Evanston, IL: Row & Peterson. Ver también Beauvois, J.-L. (1994). "Traité de la servitude libérale. Analyse de la soumission". Paris, Dunod. 10- Gazzaniga, op. cit. 11- Barrette, C. (2000). "Le miroir du monde". Sainte-Foy : Multimondes. 12- Lett, J. (1992). "The persistent popularity of the paranormal". Skeptical Inquirer, 16 (4), 381-388. 13- Parejko, K. (1999). "Selection for credulity: A biologist view of belief". Skeptic, 7 (1), 38-39. 14- La heredabilidad es un concepto matemático y estadístico que remite a la importancia de la influencia genética en la variación de un rasgo en el seno de una población determinada en un momento dado. 15- Lester, G.W. (2000). "Why bad beliefs don't die".Skeptical Inquirer, 24 (6), 40-43. 16- Op. cit. Ver también Durham, W.H. (1991); "Coevolution, genes, culture and human diversity". Stanford: Stanford University Press; Lumsden, C.J. & Wilson, E.O. (1981); "Genes, mind and culture: The coevolutionary process". Harvard: Harvard University Press; Sperber, D. (1996). La contagion des idées. Théorie naturaliste de la culture. Paris : Odile Jacob. 17- La teoría de los memes sigue siendo controvertida en sus detalles y Dawkins reconoce sus limitaciones actuales. Pero no por ello es menos útil, al menos para ilustrar nuestras palabras. 18- Op. cit. 19- Wolpert, L. (2006). "Born to believe. Six impossible things before breakfast: The evolutionary origins of belief"; New York: Norton. 20- Barrette, op. cit. 21- Bouveresse, J. (2007). "Peut-on ne pas croire? " Marseille: Agone; Larivée, S. (1997), "Quand l'expression «sciences humaines» est-elle une fiction sémantique ? " La capacidad de sobrevivir del meme Dios viene de su enorme atractivo psicológico. Proporciona una respuesta simple a cuestiones profundas y preocupantes relacionadas con la vida y la muerte. otoño-invierno 2013 59 el escéptico

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