Busque, compare, y si encuentra algo mejor? cambie de opinión

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Busque, compare, y si encuentra algo mejor... cambie de opinión
ADELA TORRES
Consideremos la siguiente historia. Cualquier parecido con la realidad no es pura coincidencia. Hace ya algunos años, me independicé y me fui a vivir sola a un piso en un barrio muy agradable de Valencia. Allí tuve que enfrentarme a todos los problemas inherentes a cualquier joven que hasta el momento ha llevado una vida regalada en casa de sus padres, y debo decir que no me las apañé demasiado mal. Recuerdo una ocasión en la que fui al mercado con una amiga que me aventajaba en varios años en esto de la independencia. Comprar nunca ha sido una de mis actividades favoritas, así que ir en compañía aliviaba un poco el tedio del proceso. Pero, a los pocos minutos de ir recorriendo los pasillos del supermercado, empujando nuestros respectivos carritos, pude ver cómo ella iba abriendo unos ojos como platos. --¿Qué pasa? --pregunté, siguiendo su mirada de espanto, que estaba clavada en el contenido de mi carrito. ¿Tendría miedo de las latas de atún que estaba yo cargando en ese momento? --¿Qué estás haciendo? --replicó ella, en el susurro horrorizado de un monje que acaba de contemplar cómo alguien profana una reliquia sagrada. --Estoy comprando latas de atún --expliqué, innecesariamente. --¿Pero qué dices? ¡No has visto si son en aceite vegetal o de oliva! ¡No has leído la etiqueta para ver si los atunes habían sido capturados con redes de arrastre que matan a los delfines! ¡Ni siquiera has mirado la fecha de caducidad! Todos estos reproches fueron hechos en un volumen ascendente, hasta el punto de que al final los clientes volvían la cabeza hacia donde estábamos y (me pareció) me dedicaban miradas de odio. Yo, que no tenía idea de que comprar atún implicara tan complicadas negociaciones previas, me quedé de una pieza. --Pero son latas, ¿qué puede importar la fecha de caducidad? --dije, tratando de mirar con un ojo la dichosa fecha en alguna de las latas del carrito. Mi amiga movió la cabeza de lado a lado, con tristeza, como ante la cama de un enfermo terminal. --Siempre hay que mirar la fecha de caducidad. A veces ponen las latas casi caducadas más a mano para que gente como tú se las lleve. No cuesta nada mirarlo y te puedes ahorrar más de un disgusto, por no hablar de dinero. Reconocí la prudencia del argumento. No era consciente, entonces, de la sutil perfidia que puede darse en el mundo de las grandes superficies. --Y también tienes que fijarte --siguió mi amiga, con el tono amable de quien enseña a sumar a un niño algo tonto-- en si el atún está en aceite vegetal o de oliva. © 2002 MICROSOFT CORPORATION De oliva es más

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caro, pero cuando dicen aceite vegetal casi nunca sabes qué aceite es, si de soja, de girasol, de colza o mezclado. Y mira bien la lista de ingredientes por si el atún lleva conservantes no autorizados o no es atún claro de primera calidad como dice en la etiqueta, que nunca te puedes fiar. Y tienes que buscar siempre el simbolito ese que asegura que no han usado las redes esas que matan a los delfines. A esas alturas yo ya estaba más que un poco asustada y deseando poder tomar notas de todo. --¿Y esto hay que hacerlo con el atún o con todo?-- pregunté con un hilito de voz. A ese paso, la compra de la semana me llevaría... toda la semana. --Con todo, por supuesto.-- dijo ella muy seria-- Tienes que fijarte muy bien porque, si no, te dan gato por liebre y acabas gastándote más dinero del que deberías. Me miró con una sonrisa algo conmiserativa. --Es un poco complicado-- dijo-- pero merece la pena. No se puede ir por la vida como vas tú. Reconozco que el tonito de superioridad que usó me resultó algo antipático, pero tras un tiempo de reflexión, tuve que reconocer que mi amiga tenía toda la razón del mundo y yo estaba equivocada. Mi manera de comprar hasta la fecha había sido irresponsable y me ponía en una posición vulnerable ante cualquier intento de abuso del consumidor. Tras un breve período de aprendizaje, que, al fin y al cabo, no fue tan gravoso para mi entendimiento, me acostumbré a leer las etiquetas, a prestar buen ojo a las balanzas, a apreciar la diferencia entre "contenido en zumo 5%" y "100% zumo de naranjas recién exprimidas", entre leche pasteurizada y UHT, y otros tantos conocimientos arcanos que es necesario adquirir cuando se es ama de casa. Aprendí a examinar cuidadosamente las frutas y verduras en busca de taras y a tomar nota de la posición del producto en la estantería. Me hice una experta. Pocos hay ahora que me puedan tomar el pelo cuando voy al mercado, y se lo debo a mi amiga, que me enseñó la adecuada actitud mental que hay que tener cuando vas a realizar

una transacción comercial. Fue una enseñanza muy provechosa, que le agradezco. Hace algún tiempo, volví a ver a mi amiga. En un momento dado de la larga conversación que mantuvimos, me comentó que últimamente se sentía demasiado irritable, se cansaba con facilidad, estaba baja de ánimos y había ganado peso. Probablemente, le dije, era por su nuevo trabajo, que le exigía muchas horas de esfuerzo y le obligaba a unos horarios de comidas irregulares durante los que tragaba rápidamente un bocadillo o una hamburguesa. --No, no es eso-- me dijo, muy segura-- Es que resulta que tengo obstruidos los meridianos. Durante un instante de pánico, pensé que no me había enterado bien de su nuevo trabajo y que se había hecho cartógrafa, pero no era el caso. Se refería a los meridianos energéticos que supuestamente recorrían su cuerpo y probablemente también el mío, y el de todo hijo de vecino. Me interesé por los detalles. Al parecer, mi amiga había ido a una feria naturista y allí un caballero muy amable le había dicho que si no le importaba le gustaría leer su aura. Esto, lejos de ser una proposición indecente, resultó ser todo un hallazgo para mi amiga. El caballero entrecerró los ojos, se concentró, le dijo que notaba que tenía los meridianos obstruidos y le preguntó si se había notado algo diferente últimamente. Mi amiga dijo que no. --¿Seguro? ¿No has notado que te cansas enseguida, que te levantas de mal humor, como si no hubieras dormido lo suficiente? --Ahora que lo dice... --¿Y la cabeza? ¿Sufres de dolores de cabeza? --Pues la verdad es que sí... --¿Cambios de humor bruscos? ¿Tienes una cierta tendencia a perder los nervios por tonterías, sobre todo al anochecer? --A veces, pero... --Lo que yo te decía: tienes una obstrucción en el flujo del Qi. No te preocupes, es totalmente reversible. Además, estás de suerte, yo te puedo ayudar. Poseo algunos modestos conocimientos de acupuntura y aromaterapia, y te aseguro que en cosa de nada te encontrarás como nueva. ¡Notarás como si hubieras perdido veinte años! Dejando aparte que eso hubiera dejado a mi amiga en la, sin duda, enérgica pero poco recomendable edad de nueve años, el caballero le dio cita para desatascar la obstrucción meridiana y, mientras tanto, le vendió ciertos productos que ayudarían sobremanera en la recuperación del, como él lo llamó, "estado alfa de energía". Consistían en unas botellitas de esencias aceitosas de diferentes flores y una caja con seis botellas de litro de un misterioso producto llamado O-800. Mi amiga se sintió aliviada

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probable es que te esté timando. No se puede ir por la vida como vas tú. Ella se mostró herida por mi cruel escepticismo, me acusó de no estar abierta a nuevas experiencias, me aseguró de nuevo que a ella le estaba funcionando de maravilla y que se sentía mucho mejor, más relajada y purificada, y se marchó con la cabeza muy alta y hecha una furia. Purificada puede que sí, pensé, pero relajada, ni en broma. La cosa no pasó a mayores y en nuestra siguiente conversación pude hacerle ver, de manera mucho más diplomática, que había estado pagando una fortuna por la misma sustancia que salía del grifo de su casa, si quitamos el sabor a cloro. Ella lo admitió, pero añadió que algo le estaba haciendo y que, de todas formas, las sesiones de acupuntura eran fabulosas y era increíble lo mucho que su nivel de energía había subido. Resultó que cinco sesiones no fueron suficientes, y ya iban por la decimocuarta, pero mi amiga decía que merecía la pena, y además el simpático acupuntor le regalaba, en cada visita, un suplemento energético de zinc que en el mercado, al parecer, se vendía carísimo. En la cuestión del caballero acupuntor y su tratamiento, y usando el símil de las latas de atún, mi amiga había dejado de mirar las fechas de caducidad, había dejado de prestar atención a la calidad del aceite y había mandado a hacer gárgaras a los delfines. Enfrentada a evidencias irrefutables de la total vulgaridad de un producto milagroso, había mirado hacia otro lado y se había refugiado en vaporosas excusas de bienestar emocional. Sometida a un lento pero continuo sangrado de su cuenta corriente, había creado una realidad en la que los beneficios obtenidos, reales o no, merecían el sacrificio monetario. ¿Es tonta mi amiga? En absoluto. Es una persona No existe un rechazo inmediato contra quien normal, perfectamente cuerda, muy inteligente y analiza cuidadosamente las etiquetas de los centrada. Terminó con éxiproductos normales, pero sí contra quien analiza to una difícil carrera unicuidadosamente las etiquetas de los productos versitaria y es capaz de aplicar sus conocimientos alternativos y los descarta como inútiles, con buen tino y profesiopotencialmente peligrosos y posibles estafas nalidad. Y, aun así, aplica excelentes reglas de pensamiento crítico a la com--Ni siquiera te has molestado en leer la etiqueta -- pra de latas de atún y las tira por la ventana cuando se añadí, lanzada--. No te has detenido a pensar en qué sig- trata de los llamados productos alternativos. Todos los filnifica lo del 800% de oxígeno añadido, en ningún mo- tros lógicos que usa en transacciones como la compra de mento te has planteado si esos vagos síntomas que un piso o de un coche, o en su trabajo o para juzgar la describes son reales o producto de la sugestión, y estás validez de determinado electrodoméstico, desaparecen pagando un montón de dinero a ese señor, que lo más como humo cuando de lo que se trata es de aplicar el misal saber que su condición tenía remedio y pagó gustosa las 23.000 pesetas (oferta promocional) que le cobró el caballero por estos productos. Me mostró una de las botellitas de esencia, que llevaba en el bolso, y cuyo penetrante aroma floral podía olerse hasta en Oslo. También llevaba, mediada, una de las botellas de O-800. --Tengo que beberme como mínimo una de ésas al día --me explicó con entusiasmo--, y la verdad es que desde que lo hago me encuentro mucho mejor. Y, antes de dormir, echo unas gotitas de esa esencia en un quemador y me relaja muchísimo. No sabes lo que me alegro de haber conocido a ese señor. Mañana voy a ir a la acupuntura para lo de los meridianos. Me dijo que sería cosa de cinco o seis sesiones máximo, y como nueva. Pregunté delicadamente cuánto cobraba el caballero por cada sesión. --Quince mil. Me parece barato, ¿a ti no? Me dijo también que la siguiente caja de O-800 me la dejaría con un 30% de descuento, ¡imagina! Examiné la botella. La etiqueta decía O-800 en letras de cuidado diseño, y debajo, "La bebida totalmente natural que repone sus necesidades energéticas, ¡con 800% más oxígeno que el agua mineral normal! ¡Reponga energía! ¡Purifique su organismo!". En letra pequeña, se leía que el mágico elixir no llevaba conservantes, ni colorantes, ni azúcar añadido y que además era bajo en sodio y no aportaba calorías, por lo que "ayudaba a cuidar la línea". Un recuadro con letras microscópicas advertía de que se trataba de un "suplemento nutricional". En resumen, mi amiga estaba bebiendo simplemente agua, cosa que, en mi sorpresa, le hice notar quizá con demasiada brusquedad.

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so airada. La crítica será tomada como un insulto a su inteligencia, o como una muestra de la cerrazón mental del criticón. Pareciera que, más que su agudeza como consumidores, estamos cuestionando su religión, la religión del "por si acaso", del "daño no me va a hacer", del "hay muchas cosas que todavía no sabemos". Y lo hacemos, por supuesto, de la misma manera que mi amiga cuestionó mis hábitos de compra. Y, de la misma manera que sus críticas me hicieron reconocer el error de mis métodos, y posteriormente corregirlo, esperamos con nuestros argumentos hacer ver las falacias que constituyen la base de estas pseudociencias, y aguardamos, quizá con demasiado optimismo, que eso lleve a un cambio de opinión por parte Todo lo que podemos hacer es ofrecer las del creyente. ¿Es mucho pedir el aplicar el mismo rasero, utilizar las mismas heherramientas críticas disponibles y dejar rramientas mentales, para un caso y para que el interesado las use, en lugar de dárselo el otro? ¿Qué privilegio pueden invocar esas pseudociencias, que buscan recotodo masticado. No podemos forzar un nocimiento oficial, para no tener que socambio de opinión, de la misma manera que meterse a las reglas de validación que son no podemos forzar un cambio de religión tan útiles en los demás campos de la vida? Ninguno. Ninguno en absoluto. Es imprescindible que se aplique el mismo Esto es, para mí, lo auténticamente sorprendente. La escepticismo ante una lata de atún potencialmente pogente no es tonta: al contrario. Muchas personas mues- cha que ante un producto milagroso totalmente inútil: hay tran una saludable suspicacia cuando se les pide un de- que informarse, preguntar, evaluar el resultado y decidir sembolso económico. Las reclamaciones por insatisfac- si, después de todo, merece la pena pagar varios miles ción con lo adquirido están a la orden del día. Pero existe de pesetas por un frasco de agua destilada o un brazauna especie de punto ciego cuando el dinero se invier- lete de cobre. A riesgo de que suene desesperanzador, diré que todo te en tratamientos u objetos más o menos esotéricos. Existe una especie de tolerancia benigna ante los horósco- lo que podemos hacer es ofrecer las herramientas crítipos de los periódicos (¿por qué? ni siquiera son cas disponibles y dejar que el interesado las use, en luespecialmente entretenidos). Nadie reclama cuando la gar de dárselo todo masticado. No podemos forzar un campredicción del astrólogo de turno no se hace realidad, aun- bio de opinión, de la misma manera que no podemos que todos comentan a la hora del café aquel día en que forzar un cambio de religión. Es el interesado el que debe su horóscopo se reveló acertado. Si se aplican exacta- decidir, y llevar a cabo el proceso mental necesario de mente los mismos parámetros críticos a un vendedor de manera consecuente, porque ésa es la única manera de coches usados y a un vendedor de milagros de la Nue- conseguir que el cambio de opinión tenga validez real y va Era, en el primer caso recibirás felicitaciones por tu no sea simplemente el cambio de un sistema de dogmas agudeza y sentido común por no dejarte timar, y en el se- por otro, cosa que, como defensores del pensamiento crígundo caso recibirás feroces críticas por no tener la men- tico, deberíamos tratar de evitar a toda costa. Todo lo que podemos hacer, y ese todo es realmente te abierta y querer aplastar las ilusiones de la gente. Los creyentes en todas estas diferentes ramas alter- mucho, es apuntar los fallos, las contradicciones, la irranativas tienen bastantes puntos en común. Si se hace no- cionalidad presente a nuestro alrededor, y ofrecer una vitar a estas personas que sus preconcepciones parten de sión lo más completa y objetiva posible de todas esas áresupuestos erróneos, que los productos supuestamente mi- as en las que la falta de pensamiento crítico reina lagrosos que consumen son, en el mejor de los casos, ino- indiscutible. Si al hacerlo conseguimos que alguien, quiperantes, o que la teoría que defienden está en contra- zá, eche un vistazo a la fecha de caducidad, habremos dicción directa con los resultados que ellos mismos salvado unos cuantos delfines por el camino. Y echar un obtienen en su trabajo o aplican a su vida cotidiana, la segundo vistazo a las etiquetas es, también, una manerespuesta más normal será una reacción hostil e inclu- ra fascinante de aprendizaje. é mo rasero a ese recoveco social en el que se han refugiado las paraciencias. Yo no soy más inteligente que mi amiga, y no me costó mucho darme cuenta de que ella tenía razón en el mercado. Ella, sin embargo, tiene que vencer una resistencia mayor para reconocer que yo tenía razón en el asunto del agua y el acupuntor. No existe un rechazo inmediato contra quien analiza cuidadosamente las etiquetas de los productos normales, pero sí contra quien analiza cuidadosamente las etiquetas de los productos alternativos y los descarta como inútiles, potencialmente peligrosos y posibles estafas.

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