Las facultades de teología deben desaparecer

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DOSSIER
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Dossier Las facultades de teología Gabriel Andrade deben desaparecer M uchos científicos saben que investigar el cerebro es más importante que investigar el alma; que vale más la pena intentar descubrir una nueva especie de insecto, que intentar descubrir a un nuevo demonio; que es más urgente estimar los riesgos de un choque de meteorito o el calentamiento global, que estimar la fecha de llegada del Anticristo. Pero, extrañamente, estos mismos científicos quieren dejar las cosas en su santo lugar. Y, si bien a muchos probablemente les parecerá una tontería el tipo de cosas que se estudian y discuten en las facultades de teología, no desean sabotearlas. Siempre y cuando haya recursos financieros destinados a los laboratorios, no hay mayor objeción a que los teólogos tengan sus facultades. Deseo retar este conformismo por parte de los científicos. Los científicos sí presentan objeción a la alquimia, la parapsicología, la astrología o la homeopatía, pero extrañamente callan frente a la teología. Hoy, la teología ya no es lo que fue en la Edad Media: la reina de las ciencias. Pero, con todo, se sigue considerando una ciencia; o al menos, se considera una disciplina que, si bien no es propiamente científica, merece el mismo respeto académico que se le confiere a la filosofía. Y si bien la teología está muy lejos de compartir los criterios más elementales de la ciencia o de una disciplina académicamente respetable, en muchísimas de las grandes universidades de Occidente, desde Harvard y Cambridge hasta Salamanca y Oxford, se incluyen facultades de teología que conceden títulos universitarios con el aval del Estado, en muchos casos supuestamente laico. La palabra `teología' significa el `estudio de Dios'. Pero, inmediatamente aparece la primera dificultad con esta disciplina: ¿cómo podemos estudiar algo que nadie ha visto, oído, olido, tocado o sentido? La mayoría de los teólogos considera que no necesitamos percibir o inferir a Dios para estudiarlo. Antes bien, según ellos, debemos tener fe en algunas cosas que se han dicho sobre él. Y, a partir de la fe en esos postulados, podemos organizar nuestro conocimiento respecto a Dios. Podemos, incluso, abstraer inferencias sobre Dios, no propiamente a partir de la observación de algunos Alegoría de la teología. Detalle de la cara sur del pedestal de la estatua de Carlos IV de Luxemburgo en Praga. (foto: Wikimedia Commons) 31 el escéptico hechos en el mundo, sino a partir de la aceptación de algunas creencias por fe. En eso consiste la teología. Fue así como el teólogo del siglo XI, Anselmo de Canterbury, definió a la teología como `fides quaerens intellectum', la fe en busca de intelecto. La teología, lo mismo que la biología, la física o la química, pretende ser una actividad racional, y para ello, pretende emplear el intelecto. Pero, a diferencia de la biología, la física o la química, la teología no pretende partir de observaciones sobre el mundo. Nunca he visto un experimento o laboratorio teológico. La teología parte de la premisa de que Dios se ha revelado a un grupo de personas, y que esa revelación divina ha quedado registrada en las escrituras sagradas. Eso es, por así decirlo, la `materia prima' de la teología. El resto, es una elaboración sistemática de las doctrinas que supuestamente proceden de la revelación original. Urge apreciar la diferencia fundamental entre una ciencia genuina, como la biología o la astronomía, de una disciplina claramente no científica, como la teología. Ninguna ciencia genuina acepta ninguna doctrina sobre las bases de la autoridad. ¿Sabemos que ocurre la evolución por selección natural sencillamente porque san Darwin así lo dice? ¡No! Cualquier persona que observe la sobrepoblación, la variabilidad y la herencia, así como las evidencias que proceden de los fósiles, el ADN y las semejanzas anatómicas, podrá verificar por cuenta propia que, en efecto, la evolución por selección natural ocurre. Los científicos sí presentan objeción a la alquimia, la parapsicología, la astrología o la homeopatía, pero extrañamente callan frente a la teología. Pero, no ocurre lo mismo con la teología. ¿Cómo sabemos que Dios es una esencia en tres personas? No hay nada que podamos observar en el mundo, que nos permita suponer que Dios, si acaso existe, es una esencia en tres personas. Los teólogos han ofrecido complejísimas explicaciones sobre la naturaleza exacta del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Pero, al final, ninguna de estas explicaciones reposa sobre hechos que cualquier persona puede observar por cuenta propia. Todas estas explicaciones derivan de una aceptación por fe de la enseñanza sobre la Trinidad. La teología, a diferencia de la ciencia, es dogmática. Un dogma es una creencia que, según quienes la promulgan, no El rector y un vicerrector de la UGR en la apertura de curso de la Facultad de Teología. el escéptico 32 puede ser cuestionada ni sometida a verificación. Se trata, más bien, de una creencia que debe aceptarse sobre las bases de la fe. Los científicos que aceptan la evolución por selección natural no lo hacen por el mero hecho de que El origen de las especies así lo dice; en cambio, los teólogos que aceptan que Dios es una esencia en tres personas sí lo hacen por el mero hecho de que la Biblia así lo dice. El científico prescinde de la fe en su conocimiento del mundo: todo cuanto pretende conocer, lo hace por la observación directa, o por alguna inferencia racional derivada de algunos hechos observados directamente. El teólogo parte de la fe para intentar conocer a Dios: todo cuanto pretende conocer procede de algunas enseñanzas dogmáticas. Aceptar un dogma, o creer algo sobre las bases de la autoridad, es sumamente problemático. ¿Por qué debo aceptar la autoridad del Papa, en vez de la del Patriarca de Constantinopla? ¿Por qué debo aceptar como revelada la Biblia, y no el Corán? Si deseamos que nuestros enunciados sean tomados en serio, debemos ofrecer alguna justificación para ellos. Y, apelar a la autoridad, o al sentimiento subjetivo de la fe, no sirve como justificación. Nuestras opiniones deben estar respaldadas con algún indicio que permita suponer que, en efecto, son verdaderas o plausibles. De lo contrario, nuestras opiniones serían charlatanería, meras especulaciones que no merecen ser tomadas en serio. Por supuesto, hay teólogos muy inteligentes que han sistematizado muy elocuentemente sus enseñanzas. Pero, el hecho de que unas enseñanzas estén muy bien sistematizadas y guarden coherencia interna no las hace racionales, mucho menos verdaderas. La mitología griega puede ser muy sistematizada, pero no por ello sus narrativas son reales. Pues bien, la teología es algo así como un conjunto de cuentos fantásticos. Estos cuentos pueden ser muy bellos y muy interesantes, pero no son reales. Proceden de la imaginación de quienes los narran, no de una investigación rigurosa de la realidad. Las enseñanzas de la teología son inventos (muy ingeniosos, por lo demás), pero no se refieren a algo real. Por ello, la teología está mucho más cerca de la literatura fantástica o de ciencia ficción, que de la filosofía o la ciencia. Es por ello que el teólogo no tiene cabida en la academia. Es fácil, no obstante, confundir a la teología con otras disciplinas que sí son pertinentes, y merecen un sitial en la academia. La historia de la teología, enmarcada en la historia de las ideas, es sumamente importante. Pero, urge apreciar que la teología no es lo mismo que la historia de la teología. La comparación con la astrología es ilustrativa. Hay estudios muy serios sobre la astrología, pero éstos se hacen desde una perspectiva histórica: ninguno de estos estudiosos efectivamente cree que los astros inciden sobre el destino. Pues bien, el estudio de la teología sería aceptable si fuese estrictamente histórico. Con todo, el problema es que las facultades de teología no pretenden limitarse a estudiar la historia del discurso sobre Dios. Los miembros de las facultades de teología quieren estudiar la historia del discurso sobre Dios, para luego ellos mismos pronunciarse sobre Dios. La investigación aceptable de los fenómenos religiosos es aquella que parte de lo que podemos llamar un `secularismo metodológico'. No es académicamente aceptable estudiar una sesión de evangélicos pentecostales asumiendo que, realmente el Espíritu Santo se está apoderando de quienes Urge apreciar la diferencia fundamental entre una ciencia genuina, como la biología o la astronomía, de una disciplina claramente no científica, como la teología supuestamente empiezan a hablar otras lenguas. Los profesores de mitología griega no creen en los dioses del Olimpo. Pues bien, los profesores de los textos bíblicos tampoco necesitan creer en los dogmas de la religión cristiana. De hecho, el no formar parte de la religión cristiana les permite enriquecer su estudio, en la medida en que se libran del velo protector frente a la crítica racional. Lamentablemente, la opinión común es que los expertos en los textos bíblicos deben ser teólogos. Y, con esto, se confunde el `estudio de Dios' (teología), con las disciplinas encargadas de estudiar los textos y fenómenos religiosos. Urge saber distinguir entre el estudio de la representación de Dios (y, acá abarca la sociología, la psicología, la antropología, la crítica literaria), y el estudio de Dios propiamente. El primer tipo de estudio es sumamente pertinente, el segundo debe desaparecer de las universidades. Es lamentable que aun en universidades del calibre de Harvard, no exista una distinción departamental entre "Estudios de la religión" y "Teología". De nuevo, es urgente elaborar esa distinción. La relación entre el estudiante secular de la religión y el teólogo es más o menos la misma que la existente entre el biólogo y la rata de laboratorio. En ambos casos, los principios metodológicos de la ciencia sirven a los primeros para estudiar a los segundos. El teólogo puede ser objeto de estudio en una universidad, pero él mismo no debe ser parte del personal académico de la universidad. Las universidades han ido expulsando cada vez más las cátedras dedicadas a la enseñanza de supercherías. Cuando, en alguna ocasión, una universidad ofrece un curso sobre homeopatía, la comunidad de escépticos salta inmediatamente a protestar. Pero el silencio es ensordecedor cuando se trata de la teología. Hay objeción a la enseñanza universitaria de que las dosis diluidas de un mal sirven para curar a ese mismo mal; pero, no hay objeción a la enseñanza universitaria de que el creador del universo se hizo hombre hace veinte siglos, o que la madre de ese mismo creador subió al cielo en carne y hueso. Por eso, mi esperanza no es sólo que comprendamos que muchas de estas creencias son irracionales, sino también que los Estados no deben dirigir fondos públicos a enseñarlas en las universidades públicas; ni siquiera deben ofrecer su aval institucional en los títulos de teología. Por supuesto, no propongo perseguir a nadie que enseñe teología. Pero esta enseñanza debe hacerse del mismo modo en que se enseña la astrología, la alquimia o el feng shui: en centros privados que no cuenten con ningún aval universitario. 33 el escéptico

 

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