La necesidad de creer

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La necesidad de creer El escepticismo, como movimiento, no sólo está en contra de los abusos del derecho a creer; está a favor de que creer sea efectivamente un derecho, no una obligación TONI CANTÓ na de las preguntas más habituales que todo escéptico habrá escuchado, al departir con personas de iguales o similares opiniones, es: ¿Cómo es posible que la gente crea en todas esas tonterías?. O por precisar: ¿Cómo es posible que, después de siglos de revolución científica, la gente aún viva presa de un misticismo más propio de la Edad Media?. Efectivamente, es difícil de comprender. En un mundo en el que la vía racionalista y científica al conocimiento ha demostrado su validez y superioridad sobre cualquier otra, las estadísticas parecen coincidir en que alrededor del 90% de la población general y el 40% del mundo científico mantiene algún tipo de creencia religiosa o trascendente. Esos porcentajes, más de mil millones de personas en el mundo desarrollado, utilizan sistemáticamente los logros de la ciencia y la tecnología para mejorar su calidad de vida, tanto en aplicaciones de utilidad evidente como bajo la lógica del consumo. U El escepticismo es la eficaz barrera que se interpone entre la luz de la razón y la oscuridad de la Edad Media ¿Por qué, entonces, las creencias religiosas o trascendentes no han retrocedido al unísono con el avance de la ciencia y la tecnología? Sin duda, más de mil años de control de las grandes religiones monoteístas occidentales sobre los aspectos más ínfimos de la vida cotidiana, la ignorancia en cualquiera de sus formas y la solución de compromiso hallada por las nuevas religiosidades de carácter sincrético tienen mucho que decir al respecto. Pero no deja de resultar chocante que en el mundo occidental, donde la inmensa mayoría de la población ha renunciado en todo o en parte a la moral y el control de las grandes religiones, existe escolarización obligatoria hasta casi la mayoría de edad y la gente suele enorgullecerse de un cierto cinismo ante todo tipo de confianza, la religión tradicional y las nuevas religiosidades gocen de semejante audiencia social. Aquél pensamiento propio de los revolucionarios de la ciencia y de otros tipos según el cual las viejas creencias irían desapareciendo conforme el saber científico y tecnológico ocu28 (Invierno 1998-99) el escéptico pase su lugar se ha demostrado erróneo. No cabe la menor duda de que las deficiencias educacionales y ese cierto desprecio por la cultura general que se ha establecido en nuestra sociedad, opuesto a la admiración por la cultura que caracterizaba a muchos de nuestros mayores, han contribuido al mantenimiento de la religión tradicional y a la expansión de las nuevas creencias. No es intención del autor afirmar que todo tipo de creencia trascendente sea una manifestación de incultura e ignorancia; pero es cierto que la creencia de las personas cultas tiende a ser más compleja, sofisticada y filosóficamente justificada que la fe del carbonero que hallamos tan frecuentemente. No obstante, en mi opinión, todas estas consideraciones, escuetamente resumidas, a las que suele achacarse la persistencia del pensamiento mágico y religioso en la sociedad son claramente insuficientes. No es que no tengan relación, que la tienen; es que su éxito no se explica sin un componente psicológico fundamental: la necesidad de creer. Y es que el racionalismo científico adolece de una debilidad fundamental a los ojos de millones de personas: no consuela. Es preciso gozar de un poderoso esquema filosófico para sentirse reconfortado por un sistema de pensamiento que no pretende justificar nada ni dar ningún sentido en particular a la vida, a la alegría y a la tragedia. La mayor fortaleza del racionalismo científico, su desapego a las consideraciones subjetivas y su independencia de los estados psicológicos, se convierte así en su mayor debilidad para una sociedad compuesta de seres humanos ansiosos por encontrar sentido a su vida o consuelo a sus males. En efecto, cuando un ser querido agoniza en una cama de hospital, suele servir de bastante poco conocer con todo lujo de detalles los procesos biológicos y clínicos que están acabando con él. Lo que tantos seres humanos necesitan es una esperanza, un sentido; algo que se encuentra en la resurrección de la carne, la reencarnación o la convicción de que bondadosos seres de luz extraterrestres vendrán a recogerle al otro lado del portal de Moody. He dicho bien, convicción. Tal esperanza no se plasmará si no se adquiere, de un modo absoluto y acrítico, la total convicción de que así será. La sala de espera de una UCI no parece el lugar más adecuado para el debate teológico. Este hecho se extiende al mal de amores, a las dificultades laborales de quien no entiende que ya no hay sitio para su laboriosa especialidad en el nuevo mundo de la alta tecnología y la globalización, al abismo que se abre al contemplar la pavorosa perspectiva de nuestra propia muerte y, en general, a cualquier angustia vital. La fe, en cambio, ofrece una respuesta una pseudorrespuesta que, para desempeñar su función, requiere ser aceptada sin crítica. Y aquí surge una pregunta: ¿debemos los escépticos ponernos en contra de tal creencia? Es preciso ser exquisitamente cuidadosos en la respuesta, pues de la misma depende el qué es del movimiento escéptico. Derechos fundamentales Tanto el artículo 16º de la Constitución española como el 18º de la Declaración Universal de Derechos Humanos garantizan la libertad de creencia. De estos textos, se desprende que uno puede creer en los Pitufos si lo considera adecuado. También se desprende el derecho de cualquier ser humano a no ser molestado por su creencia o ideología, y el derecho a difundirlas. No, no es la labor de los escépticos estar en contra de este derecho que siempre defendimos, entre muchas razones porque, en otros tiempos, conocimos en carne propia el precio de disentir de la creencia o ideología oficiales. Tanto el movimiento escéptico moderno como las declaraciones de derechos humanos beben en las fuentes del racionalismo, el enciclopedismo y la Ilustración. No sólo es que los escépticos nos contemos entre los más convencidos defensores de los derechos humanos; es que, en buena parte, los inventamos nosotros frente a las fuerzas teocráticas del Antiguo Régimen y la Santa Alianza. No será preciso recordar en manos de quién acabaron sus días tantos escépticos y racionalistas; cualquier visita a un cementerio civil tierra no con- sagrada, tierra maldita nos ofrecerá una historia trágica de la ciencia y el librepensamiento. El movimiento escéptico no necesita en absoluto oponerse a un derecho legítimo. Porque lo que nos une no es sólo aquello contra lo que luchamos los abusos del derecho a creer: el fraude paranormal, la manipulación de la credulidad, el desprecio por la ciencia y la cultura, la peligrosa aceptación acrítica de verdades morales absolutas, sino también aquello por lo que luchamos. Luchamos, precisamente, a favor del racionalismo científico. Sí, somos racionalistas y eso que llaman cientifistas. Queremos que el racionalismo, el pensamiento crítico, el amor por la cultura y el método científico se extiendan por el cuerpo social como se han extendido por todos los espacios del conocimiento válidos y útiles. Queremos que nadie tenga que recurrir a obsoletas deidades ni a alucinados cuentos orientales para encontrar un sentido a la vida y al sufrimiento. Nos gustaría que creer fuese realmente una opción y no una necesidad, una obligación. El escepticismo, como movimiento, no sólo está en contra de los abusos del derecho a creer; está a favor de que creer sea efectivamente un derecho, no una obligación. Aunque el escéptico individual pueda limitarse a dudar, el escepticismo como movimiento actúa a favor del racionalismo. Ésta es su grandeza. No nos limitamos a perseguir a los oscuros personajes que se enriquecen con la credulidad e ignorancia ajenas; no nos basta con poner en evidencia a ridículos gurus. Queremos que nadie vuelva a vivir atemorizado por seres inexistentes. Queremos que nadie vuelva a ser obligado jamás a aceptar una moral ajena. Queremos que las maravillas de la ciencia y la tecnología sean cada vez mayores y estén al alcance de cada vez más gente. Queremos que nunca nadie vuelva a gobernar por la gracia de Dios. El escepticismo, así, es la eficaz barrera que se interpone entre la luz de la razón y la oscuridad de la Edad Media. Europea o asiática; nos da igual. Suscríbase a THE SKEPTICAL INTELLIGENCER La revista trimestral de 70 páginas editada por la británica Asociación para la Investigación Escéptica (Aske). Suscripción anual: £15 Escriba a: Aske 15 Ramsden Wood Road Walsden, Todmorden, Lancs, OL14 7UD, Reino Unido el escéptico (Invierno 1998-99) 29

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