Ascenso de lo irracional

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Ascenso de lo irracional En sociedades presididas en principio por la racionalidad, cuando ésta se diluye o se disloca, los ciudadanos se ven tentados a recurrir a formas de pensamiento prerracionalistas IGNACIO RAMONET rruinado por el cataclismo bursátil de octubre de 1987, un pequeño inversor se colgó unos días más tarde en Madrid, en un parque1. Para explicar su gesto, el desesperado dejó una carta en la que denunciaba los abusos y el canibalismo de los agentes de cambio de la Bolsa respecto a los pequeños ahorradores. Contaba también cómo, después de haber decidido suicidarse el 28 de octubre, se había dado una prórroga y había decidido someterse de alguna manera al juicio de Dios: A dieron también, en noviembre de 1987, los notables católicos de una ciudad italiana. Hicieron celebrar al cura local una misa solemne a fin de conjurar la caída en las cotizaciones2. ¿Cómo no dirigir los ojos a Dios cuando todo se hunde alrededor de uno? ¿Cuando las propias ciencias económicas se revelan incapaces de aportar correcciones lógicas a las furiosas desreglamentaciones de la economía mundial? Desreglamentaciones y distorsiones que los especialistas no dudan en calificar de irracionales. Imagen de la web de la secta suicida Puerta del Cielo. Tuve como la iluminación de que Dios existía y que, tal vez, mi destino no era el suicidio. Consagró entonces el resto de sus ahorros a comprar billetes de lotería y a jugar a la bonoloto. Para ver si Dios ponía algo de su parte y me ayudaba a salir. Pero el cielo permaneció desesperadamente silencioso. La suerte no le sonrió, y el hombre acabó ahorcándose. Recurrir a Dios para salvar la Bolsa y hacer remontar las acciones es lo que deciLa crisis económica actual provoca, por su brutalidad, efectos de pánico y de desequilibrio mental en distintos ámbitos. En sociedades presididas en principio por la racionalidad, cuando ésta se diluye o se disloca, los ciudadanos se ven tentados a recurrir a formas de pensamiento prerracionalistas. Se vuelven hacia la superstición, lo esotérico, lo ilógico, y están dispuestos a creer en varitas mágicas capaces de transformar el plomo en oro y a los sapos en prínel escéptico (Otoño 1998) 43 cipes. Cada vez son más los ciudadanos que se sienten amenazados por una modernización tecnológica brutal y se ven impelidos a adoptar posturas recelosas antimodernistas. Puede constatarse que la actual racionalidad económica despreciativa hacia el hombre favorece el ascenso de un irracionalismo social. Ante tantas transformaciones incomprensibles y tantas amenazas, muchos creen asistir a un eclipse de la razón. Y se ven tentados por la huida hacia una imagen irracional del mundo. Algunos se vuelven hacia paraísos artificiales como la droga o el alcohol, o hacia paraciencias y prácticas ocultistas. ¿Es sabido que en Europa cada año más de 40 millones de personas consultan a videntes o curanderos? ¿Que una persona de cada dos afirma ser sensible a los fenómenos paranormales? Sectas iluministas, similares a la de los davidianos de Waco, a la del Templo Solar, a la Puerta del Cielo, se multiplican, así Cada vez son más los ciudadanos que se sienten amenazados por una modernización tecnológica brutal y se ven impelidos a adoptar posturas recelosas antimodernistas Cartel del Frankenstein de James Whale de 1931. 44 (Otoño 1998) el escéptico como numerosos movimientos milenaristas que podrían contar con más de 300.000 adeptos en Europa. Michel Foucault, en sus cursos en el Colegio de Francia, solía decir que la verdad, contrariamente a lo que se cree, no es absoluta, estable ni unívoca. La verdad tiene una historia -afirmaba- que, en Occidente, se divide en dos periodos: la edad de la verdad-rayo y la de la verdad-cielo. La verdadrayo es la que es desvelada en una fecha precisa, en un determinado lugar y por parte de una persona elegida por los dioses; como, por ejemplo, el oráculo de Delfos, los profetas bíblicos o, aún hoy, el Papa hablando ex cathedra. La verdad-cielo, por el contrario, se establece para todos, siempre y en todas partes: es la de Copérnico, Newton y Einstein. La primera era ha durado milenios; y la pasión de la verdad revelada ha suscitado multitud de celadores, oleadas de heresiarcas e incansables constructores de inquisiciones. La segunda era, la de la verdad basada en la razón científica, comienza por así decirlo en el siglo XVIII, pero también tiene sus grandes sacerdotes; y Michel Foucault no excluía que un día éstos, en defensa de su propia visión de las cosas y de sus prerrogativas, recurran a argumentos poco diferentes de los adeptos de las eras oscuras. Pudo verificarse lo anterior con motivo del Llamamiento de Heildelberg3, firmado por 264 científicos, de ellos 52 premios Nobel, denunciando a la ecología como emergencia de una ideología irracional que se opone al progreso científico e industrial. Llamamiento hecho público con motivo de la Cumbre de Río de junio de 1993, en un momento en el que la gente se preguntaba precisamente si el hombre no se encontraba amenazado por la ciencia4. Preguntas tanto más pertinentes cuanto que, bajo el pretexto del progreso industrial, las catástrofes ecológicas no han cesado de repetirse en los últimos años en todo el planeta, como las de la Isla de las Tres Millas (200.000 personas evacuadas), de Seveso (37.000 contaminadas), de Bohpal (2.800 muertos y 20.000 heridos), de Chernóbil (300 muertos y 50.000 irradiados), de Guadalajara (200 muertos y 20.000 sin casa), de la sangre contaminada, de las hormonas del crecimiento, del amianto, de las vacas locas, del tabaco, del diésel... Los más diversos cataclismos de nuevo tipo (en los últimos veinte años hubo, por ejemplo, alrededor de mil mareas negras y más de 180 accidentes químicos graves, que costaron la vida a unas 8.000 personas y heridas a más de 25.000) contribuyeron a arruinar la esperanza de los que esperan de la ciencia moderna que haga entrar a la humanidad en una nueva edad de oro. El Llamamiento de Heildelberg, en el que algunos han creído percibir las premisas de un nuevo cientificismo5, no cambia nada, ni disipa la suspicacia y la desconfianza hacia la tecnología. De hecho, son muchos los ciudadanos que consideran que la alianza del capital, la industria y la ciencia constituye una traición a la ética de esta última, y que una concepción mercantil del progreso es responsable de algunos de los problemas más graves a escala planetaria. Compromisos apáticos y recomendaciones átonas no harán más que retrasar las inevitables apuestas y la toma de las decisiones más difíciles, mientras que el planeta permanece a la deriva, hacia una catástrofe ecológica global6. Mientras, los ciudadanos siguen asistiendo, angustiados, a la desaparición de los bosques, la devastación de los pastos, la erosión de la tierra, el avance de los desiertos, la rarefacción del agua dulce, la contaminación de los océanos, la explosión demográfica, la extensión de las pandemias y la pobreza. Son cada vez más las personas que siguen convencidas de que la ciencia ya no puede hacer nada por el planeta ni por ellas, y de que el progreso, cuando está pilotado exclusivamente por el interés mercantil, es, en definitiva, la madre de todas las crisis. Retorno a lo irracional En el transcurso de las precedentes crisis económicas de los países más industrializados, se asistió a movimientos masivos de retorno a lo irracional. El continente europeo conoció también, durante la gran depresión de los años treinta, un momento en el que los mitos arcaicos resurgieron con un dinamismo esencialmente instintivo y emocional. La derrota del modernismo, la crisis económica, el desasosiego social y la aspiración identitaria provocaron entonces una especie de desencanto del mundo y favorecieron, especialmente en Alemania, una fascinación por lo irracional que fue capitalizada por la extrema derecha. Muchos de los ciudadanos alemanes -escribe el ensayista Peter Reichel- querían abstraerse de un presente que no entendían y prefirieron precipitarse en un universo engañoso7. En la Alemania de los años veinte, la derrota militar seguida de la hiperinflación y de la bancarrota provocaron una fuerte inclinación hacia las prácticas ocultistas, lo sobrenatural y lo maravilloso. Como lo muestra, entre otros hechos, el gran éxito popular de películas expresionistas como El gabinete del doctor Caligari, Nosferatu, El Golem, El doctor Mabuse, M el vampiro negro y Metrópolis... Analizando estas imágenes demoníacas, el historiador Sigfried Kra- cauer mostró en qué medida fue directo el camino que condujo de Caligari a Hitler8. Ya en 1930, el escritor Thomas Mann ponía en guardia a los ciudadanos contra los riesgos políticos de una época de miseria cultural, mientras en torno a él se multiplicaban las ideologías escapistas, las sectas, las prácticas parapsicológicas y se oscurecía la razón. Su mago (de la novela Mario y el mago), un hipnotizador, es una alusión clara a Benito Mussolini. Traumatizados por la complejidad de la crisis, empobrecidos, desorientados, los ciudadanos alemanes abandonaron su voluntad, su libre arbitrio, su confianza en el proceso racional, por la deriva de lo irracional, y poco a poco se dejaron ganar por el oscurantismo y el culto al jefe: Las masas empezaban a pensar que las mayores calamidades que les agobiaban no podrían encontrar solución mediante razonamientos lógicos sobre la realidad, sino empleando medios que la eluden, como los de la magia, ya que ciertamente es más cómodo y menos penoso soñar que pensar9. El campo estaba abonado -diría Thomas Mann- para la fe en Hitler. En Estados Unidos, el pánico creado por el crack bursátil de 1929 (que comenzó el 23 de octubre y duró hasta el 13 de noviembre) y por la terrible depresión que provocó iba a suscitar igualmente un aumento del irracionalismo. Allí también el cine apareció como el mejor testigo de este turbio gusto del público. Hollywood aprovechó para lanzar una serie de filmes fantásticos y de terror de extraordinario éxito popular. Los personajes de pesadilla de Frankenstein, Drácula, La momia, King Kong, La isla del doctor Moreau... iban a exorcizar los espantos de las víctimas de la crisis. El encantamiento del cine (es el comienzo del sonoro) disipa entonces y transforma las angustias de una mediocre vida cotidiana, como lo ha mostrado magistralmente Woody Allen en La rosa púrpura del Cairo (1985). Son muchos los que consideran que la alianza del capital, la industria y la ciencia constituye una traición a la ética de esta última El comienzo de la década de los treinta es también en Estados Unidos el tiempo de los charlatanes pseudorreligiosos como Elmer Gantry, el héroe de la novela de Sinclair Lewis. La época de una floración insólita de los juegos, las loterías de todas clases, los horóscopos (aparecen por vez primera en la prensa francesa en 1935) y de concursos absurdos como los maratones de danza que denunciará Horace McCoy en su célebre novela ¿Acaso no matan a los caballos? (1935), que sirvió de guión a la película Danzad, el escéptico (Otoño 1998) 45 Las niñas de Garabandal en uno de sus éxtasis marianos. danzad, malditos. Paro, bajos salarios, quiebras innumerables, bancarrotas ruinosas, la crisis y la depresión se abaten con una violencia inusitada sobre los ciudadanos estadounidenses confiados y despreocupados. Para su mayor desgracia, van a constatar la increíble incompetencia de sus dirigentes políticos y la incapacidad de éstos para afrontar la tormenta económica y para dominar los peligros. En primer lugar, el propio presidente de Estados Unidos Herbert Hoover, un ultraliberal que reconocía en 1930 que jamás creí que nuestra forma de gobierno fuera a resolver de manera satisfactoria los problemas económicos por una acción directa, ni que pudiera gestionar con éxito las instituciones económicas10. Y sobre todo el secretario del Tesoro, Andrew Mellon, que no duda en gritar a la cara de catorce millones de parados: ¡Viva la crisis! Ésta purgará -añade- la podredumbre que infecta al sistema. El coste de la vida, demasiado elevado, y el nivel de vida, excesivo, bajarán. La gente trabajará más duro y llevará una vida más moral. Los valores bursátiles encontrarán un nivel de ajuste, y la gente emprendedora recogerá los restos abandonados de los menos competentes11. Ante estas declaraciones, que las víctimas de la crisis y del paro perciben como cínicas, la duda se instala entre ellas, así como el escepticismo y la desconfianza respecto a la clase política. En tales circunstancias, los principios mejor establecidos vacilan, amenazan con hundirse. Y proposiciones antiparlamentarias, antidemocráticas, que antes hubieran sido La asociación televisión-deporte-nacionalismo conjuga los tres fenómenos principales contemporáneos de masas, las tres fascinaciones centrales de este fin de siglo rechazadas enérgicamente, encuentran numerosos oídos receptivos. En los años 1971-1973, al final de un periodo de treinta años de crecimiento y prosperidad, el retorno del espectro del paro y de la recesión hace reaparecer, en el campo del imaginario sociocultural, nuevas ficciones de crisis, como por ejemplo las películas con catástrofe: Terremoto, 747 en peligro, El coloso en llamas, La aventura del Poseidón, etcétera12. Estas historias señalan con bastante precisión la entrada de las sociedades industriales en una nueva era de angustia social. En el transcurso de los últimos veinticinco años, a medida que se degradaba la situación económica y aumentaba el número de los excluidos y de los abandonados por la crisis, las sectas modernas se multiplican, así como las nuevas supersticiones. Como si en el lento movimiento de las mentalidades, entre el terreno ganado por la racionalidad técnica y el perdido por las religiones tradicionales, quedara una especie de tierra de nadie que ocuparían las nuevas creencias o las formas arcaicas de religiosidad. La nueva pobreza y las confusas angustias que ella suscita explican, por ejemplo en Europa, el renacimiento extraordinario de las peregrinaciones. Y, como en las peores épocas de desesperación popular, ciertos fieles creen ver de nuevo incluso apariciones de la Virgen María. En abril de 1982, en La Talaudière (Indre), una adolescente aseguró haber visto a la Virgen13. Rápidamente, como locos, acudieron millares de peregrinos y de enfermos de todo el país, y también de Bélgica, Países Bajos, Suiza, Italia... Se reunían en el jardín donde se produjo la aparición y esperaban una señal del cielo... En septiembre de 1984, María reapareció en Montpinchon (Normandía), donde tres testigos creyeron verla radiante, con los cabellos rubios y los brazos extendidos14. Allá también llegaron rápidamente miles de peregrinos desamparados, con la esperanza de que se produjera una nueva aparición. Si no se produce, acudirán en peregrinación, al igual que otras 300.000 personas cada año, a Kerinizen (Finistère), donde aún vive una vieja dama visionaria, JeanneLousie. Durante treinta años la Virgen se le habría aparecido setenta y una veces y le habría dicho: Yo quiero recristianizar Francia a fin de que se convierta en la luz de los pueblos paganos...15. Otros peregrinos (un millón y medio de media por año) se dan cita en el 140 de la rue du Bac de París, en la capilla de la medalla milagrosa. Esta meda- 46 (Otoño 1998) el escéptico También el espectáculo del deporte, en estos tiempos de neoscurantismo, se convierte en un opio del pueblo . Permite descargar la agresividad contenida, interiorizada; se plantea como una especie de sustituto de la guerra. Cierto que por otros medios, pero es la metáfora de la guerra, del enfrentamiento, de la violencia. Y todo ello desde un principio, cuando los griegos inventaron los Juegos Olímpicos como una especie de tregua que prolongaba los enfrentamientos, pero bajo una forma ritualizada, sostenida en pruebas basadas en las disciplinas militares: carrera a pie, salto, lucha, lanzamiento de jabalina, de martillo, etcétera. ¿Es casual que una de las pruebas más emblemáticas -la maratón- recuerde la célebre batalla ganada por el general ateniense Milcíades contra los persas en 490 antes de Cristo? En Roma, también durante la antigüedad, los juegos eran, por definición, justas mortales en las que se enfrentaban entre sí los gladiadores, guerreros de elite, ofreciendo a las masas de las gradas el espectáculo de la muerte en directo. En el medievo, lo que más se asemejaba al deporte moderno era el torneo, en el que se enfrentaban caballeros con armadura. Los aullidos de dolor, las heridas, los huesos quebrados, los estertores de los caballos, la sangre... tales eran los ingredientes de aquellos espectáEl fútbol levanta pasiones desaforadas en todo el mundo. culos coloristas, de los que únicamente las corridas de toros, con su mezcla de bravura, violencia forma, aún sin confesarlo, los criterios de y crueldad, pueden darnos una idea. una racionalidad científico-tecnológica que El deporte, tal como hoy lo conocemos, no siempre da respuesta a sus obsesiones se inventa en Inglaterra hacia mediados del inmediatas (paro, sida, sangre contaminasiglo XIX, precisamente para ayudar a evada, vacas locas, cáncer, soledad, inseguricuar de la sociedad la violencia en su fordad, etcétera). Habiendo erigido como emma más brutal. El deporte se propone explíblema de las sociedades liberales el eslocitamente canalizar las tensiones, particugan que gane el mejor, cada cual busca larmente exacerbadas con el desarrollo del demostrarse a sí mismo, más allá de las conmundo industrial, confiriéndoles una fortingencias sociales objetivas, que puede ser ma simbólica, ritual; encuadrándolas con un ganador, un triunfador. Y esto por meleyes y reglamentos. Así, el choque, el endio de los juegos de azar. frentamiento, serán lícitos, el combate tenEl azar ocupa entonces el lugar de lo sadrá lugar, pero según leyes y normas que grado. Y es, a la vez, fascinante y terrorífieviten por lo general (el boxeo es una exco. Alrededor de nosotros proliferan toda cepción) herir al adversario. clase de loterías y juegos de pronósticos deHay asociaciones que predican también portivos... Y se asiste a la explosión, espeel desarrollo de las prácticas deportivas con cialmente delirante, de los juegos-concurel fin de formar mejor a los jóvenes para los so propuestos por almacenes, marcas de retos que les esperan en el seno de los ejérciproductos, publicaciones y diarios. Por no tos que participan en las conquistas colohablar de las numerosas emisiones de teleel escéptico (Otoño 1998) 47 lla es la que la Virgen, durante una aparición el 27 de noviembre de 1830, habría hecho grabar para conceder grandes gracias y que llevaba al cuello Bernadette Soubirous en 1858, cuando ella misma vio a la Virgen en Lourdes, a la entrada de una gruta a la que acuden a rezar cada año más de cuatro millones de peregrinos... Este renacimiento de la religión popular16, del culto a los santos sanadores, animado por la jerarquía más conservadora de la Iglesia, coincide precisamente con el retorno de los tiempos duros; cuando hay que remitirse a confiar en la Providencia y, literalmente, a confiar en los milagros 17. Pero se cree con más fuerza aún en los viejos mitos paganos del destino, de la fortuna; y, tres mil años después de los caldeos, se invoca el poder de los astros que rigen, con una voluntad inflexible, todo el Universo. Aún sabiendo que estas creencias son incompatibles con el espíritu científico, los ciudadanos, intimidados por los riesgos de los nuevos tiempos, se adhieren a razonamientos absolutamente ilógicos y a supersticiones abracadabrantes. Desafían de esta visión que derraman, ante los ojos pasmados de tantos excluidos, una insólita lluvia de millones sobre los felices agraciados... Deporte, dinero y medios niales en África y Asia, partiendo del princice un fenómeno idéntico hacia el final de pio de que un buen deportista es un buen los años cincuenta, cuando la televisión se convierte en un medio importante difunguerrero. diendo las pruebas de dos deportes reyes: Pero, con el desarrollo de la gran prenrugby y ciclismo. En Italia y España, se trasa, el deporte se convierte también en un tará de fútbol y ciclismo. Estos deportes y espectáculo sobre el cual los ciudadanos la promesa de poder verlos en tiempo real, transfieren muy pronto las pasiones naciode seguir en directo las llegadas del Tour nales. Deporte de masas, medios de masas de Francia, van a favorecer la expansión de y regímenes de masas forman una tríada la televisión como medio de masas y opio inseparable en la Europa de los años treindel pueblo elevado al cuadrado. ta. El deporte sirve de propaganda, partiLa televisión añade un complemento vicularmente a los regímenes mussoliniano sual que permite captar mejor la complejiy hitleriano. Más tarde, los regímenes de dad y la riqueza de la prueba deportiva. Para tipo estalinista imitarán este sistema y no retransmitir un encuentro, se sitúan ya sodudarán en meterse en las peores práctibre el terreno una quincena de cámaras, es cas de selección, de adiestramiento, de decir, hay quince miradas diferentes que sicondicionamiento y de dopaje para fabricar guen el balón, la accampeones y hacer de ción, las estrategias de ellos los portaestanataque, de defensa, etdartes de su política. cétera. Mientras que el Más recientemente, espectador desde las se ha constituido otra gradas no cuenta más tríada igualmente perque con sus dos ojos niciosa: financieros, para verlo todo; y esto deportistas, medios. se revela insuficiente El dinero se ha converpara ver el partido destido en el motor esende todos sus ángulos, cial del deporte. Por al ralentí, desde muy medio de la publicidad cerca, etcétera. que difunden las cadeLa mediatización nas de televisión del deporte favorece su cuando retransmiten politización. Históricadeportes como el fútmente, la organización bol, el tenis, el hockey, de las grandes prueel rugby... bas deportivas ha resEl dinero y la telepondido de forma gevisión lo han aceleraneral a presupuestos do todo. El éxito de las ideológicos. Por ejemretransmisiones deplo, la restauración de portivas a través de la los Juegos Olímpicos, pequeña pantalla está en 1896, reflejaba la ligado esencialmente a ideología de su fundala especificidad misma dor, Pierre de Couberde la televisión. Cuantin, que tenía una condo se desarrolló la tecepción muy aristolevisión, en los años treinta, únicamente Los nazis y el ocultismo son un asunto recu- crática de la sociedad. Y, aunque se trataba podía trabajar en dirrente en las revistas esotéricas. de un proyecto humarecto a causa de sus nista, en algunos de limitaciones tecnolósus textos se percibe claramente que se tragicas. Habrá que esperar a 1957, con la inta de una cuestión de sociedad de elite, blanvención del magnetoscopio por parte de la ca y masculina. No puede hablarse realmensociedad Ampex, para que pueda ganar solte de mediatización del deporte a finales del tura y funcionar a partir del diferido y el siglo XIX, cuando renacen los juegos, pero montaje magnético. Existe pues, en sus iniya entonces las ideas de disciplina, esfuercios, una fuerte adecuación entre los aconzo, organización, pueden ser recuperadas tecimientos con vocación de ser transmitipor el discurso político. dos en directo y la televisión. Y entre estos Pudo verse la explotación política que hiacontecimientos, los que se imponen más zo del fútbol el fascismo italiano. Los años rápidamente son las competiciones deporveinte fueron los de la construcción de grantivas. des estadios en Italia, que organizó un camLa expansión de la televisión como mepeonato mundial, elaboró la puesta en esdio de masas está íntimamente ligada a la cena de los encuentros y explotó al máximo difusión de ciertos deportes. En Estados las victorias del equipo nacional, presentaUnidos, esta expansión se da en los años do como un auténtico sustituto de la nacuarenta y cincuenta gracias a la difusión ción misma, encarnando sus cualidades intensiva de tres deportes: fútbol americaprincipales. De esta forma, Mussolini inteno, béisbol y boxeo. En Francia, se produ- 48 (Otoño 1998) el escéptico gró la organización del deporte en un discurso político retomado rápidamente por Hitler y los nazis, y que desembocaría en la organización de los Juegos Olímpicos de Berlín, en 1936, que fueron, recordémoslo, los primeros juegos televisados. Otro ejemplo: el de los Estados comunistas y la excesiva importancia política otorgada por estos regímenes a las victorias deportivas, en particular en lo que se refiere a las competiciones internacionales. En el siglo XX, deporte y política aparecen íntimamente unidos. Se plantea también el problema de los seguidores de los equipos deportivos. Y puede observarse a grupos de extrema derecha que se constituyen para glorificar a determinados equipos de fútbol. Para ellos, su equipo es, como de alguna forma lo era para Mussolini, la encarnación de los principales valores de su comunidad. Ciertos hinchas se tatúan, incluso sobre el rostro, los colores nacionales. Incorporan, en el sentido profundo del término, inscribiéndolos en su cuerpo, los colores de su equipo. Y, en períodos turbios como los que vivimos, todas estas actitudes, que podrán parecer meramente folclóricas en tiempos normales, pueden desembocar en la xenofobia y en el rechazo a los que se calificará de débiles porque no pertenecen al grupo poseedor de fuerza suficiente para la victoria. La presión del espectáculo a escala planetaria es tal que algunos que pertenecen a minorías políticas quieren aprovecharse de esta caja de resonancia gigantesca para expresarse. Algunas de estas exhibiciones políticas son banalizadas. El primer gesto del campeón, cuando atraviesa la meta, consiste habitualmente en precipitarse hacia su bandera nacional para envolverse literalmente en ella. Esto se convierte en un ritual, en una norma. No hay un solo campeón que no corra hacia el abanderado para hacer una vuelta de honor envuelto en los colores nacionales. La asociación televisión-deporte-nacionalismo conjuga los tres fenómenos principales contemporáneos de masas, las tres fascinaciones centrales de este fin de siglo. Y esto constituye en sí mismo uno de los hechos políticos importantes de nuestro tiempo, y una componente irracional, una evasión de la dureza social de la época. Lo irracional alcanza, así, a la política. ¿No ha podido verse durante las elecciones en el Reino Unido y en Francia la aparición de un Partido de la ley natural proponiendo con gran seriedad desarrollar la meditación trascendental y animando al vuelo yóguico para salir de la crisis? El antiguo ministro francés de cultura, el socialista Jack Lang, ¿no hizo construir en la ciudad de Blois, de la que es alcalde, un Centro Nacional de las Artes de la Magia y la Ilusión? Únicamente el dinero da la felicidad, se ha repetido en los últimos años, en la época del dinero rey y del neoliberalismo triunfante, cuando el único objetivo digno en la vida era enriquecerse. El ciudadano ordinario no tenía otra posibilidad de alcanzar el Paraíso que ganando en una de las múltiples tómbolas mágicas. Pero para ganar es necesario tener suerte, lo que, astrológicamente hablando, es una cuestión de buena estrella. La incertidumbre ante el futuro y el frenesí por los juegos han conducido así, a las hordas de aspirantes a la fortuna, hacia las nuevas generaciones de magos, La incertidumbre ante el futuro y el frenesí por los juegos han conducido así, a las hordas de aspirantes a la fortuna, hacia las nuevas generaciones de magos, de videntes, de `extralúcidos' de videntes, de extralúcidos . Por teléfono, por videotexto o simplemente ante las cámaras de televisión, éstos predicen el provenir, precisan las cifras de la fortuna o los colores de la suerte... Más de 20.000 brujos modernos, videntes, astrólogos y otros arúspices oficiales, con la ayuda de unas decenas de morabitos llegados de África, apenas dan abasto en Francia para responder a la angustiosa demanda de unos 4 millones de clientes habituales. El esoterismo se encuentra en plena expansión: la mitad de los franceses consulta regularmente su horóscopo, y la tira- Expediente X, la serie de Chris Carter, ha demostrado que una parte importante del público tiene serias dificultades para distinguir ficción y realidad. el escéptico (Otoño 1998) 49 da de las revistas de astrología no deja de aumentar (dos de ellas superan los 100.000 ejemplares). El boom de esta industria de la adivinación (tarots, cartas, talismanes, quiromancia, sanadores, radiestesistas) corresponde a una regresión profunda del individuo. De esta forma se empieza por admitir que el cielo del nacimiento puede determinar, de forma absoluta, la biografía. Así, el destino astral interpretado por el vidente reemplaza en estos tiempos de supersticiones la lectura de los caminos de la Providencia efectuada antaño por los clérigos. El cine, una vez más, refleja adecuadamente la nueva fascinación por los hechiceros y los ángeles, los demonios y las maravillas. Las películas recuerdan con regularidad, y a veces con talento, la actualidad de los temas que eluden frontalmente la razón y la verdad. El oscurantismo seduce cada vez más a ciertos espíritus desalentados por la complejidad de las nuevas realidades tecnológicas, conmocionados por el irracional horror económico. A favor de este oscurantismo se han expandido ya a través del mundo revoluciones conservadoras y diversos fundamentalismos: islamista en Irán, puritano en Estados Unidos, ultraortodoxo en Israel, etcétera. órdenes que un liberalismo descarnado no deja de suscitar. Aquí y allá, y especialmente en Europa occidental, se instala ya una especie de xenofobia tranquila que mil (malos) argumentos tratan de justificar. La sinrazón se nutre de la ignorancia y la credulidad, de los mitos y las pasiones, de la fe y de espantos. Son éstos el alimento de toda religión, de toda superstición. Y el traumatismo económico que sufren actualmente las sociedades europeas puede transformar estos alimentos en elixires para una nueva barbarie. El nazismo enraizó en un Alemania desconcertada, supo aprovechar el impacto de la depresión económica, de la mutación convulsiva del capitalismo y del traumatismo nacional. Es una mezcla explosiva a la que Europa se ve de nuevo confrontada. ¿Sabrán los ciudadanos movilizarse para evitar que se reproduzca tan nefasto precedente? Referencias El País (Madrid), 7 de Noviembre de 1987. Le Monde (París), 22 de Noviembre de 1987. 3 Le Monde (París), 3 de Junio de 1992. 4 Cf. Lhomme en danger de science? Manière de Voir (París), Nº 15 (Mayo 1992). 5 Jacques Robin: Des sientifiques en mal décologie. Libération (París), 13 de Junio de 1992. 6 Cf. The Financial Times, 15 de junio de 1992. 7 Peter Reichel: La fascination du nazisme. Odile Jacob. París 1993. Pág. 20. 8 Sigfried Kracauer: De Caligari à Hitler . Flammarion. París, 1987 (Hay traducción española con el mismo título: Ediciones Nueva Visión. Buenos Aires 1961). 9 André Gisselbrecht, en su introducción a Mario et le Magicien. Flammarion. París 1983. 10 Citado por Jean Heffner: La Grande Dépression. Gallimard-Julliard (Col. Archives, Nº 64). París 1976. 11 Ibídem. 12 Cf. Ignacio Ramonet: La golosina visual. Editorial Gustavo Gili. Barcelona 1983. 13 Le Monde (París), 18 de Abril de 1982. 14 Le Monde (París), 22 de Septiembre de 1984. 15 Le Nouvel Observateur (París), 14 de Agosto de 1987. 16 La Virgen María habría aparecido igualmente, en el transcurso del último decenio, en El Cairo, Rusia, Italia, España, Argentina, Yugoslavia... 17 Según un sondeo publicado por Le Monde el 1 de Octubre de 1986, el 46% del conjunto de los franceses cree en los milagros. 18 Le Monde (París), 1 de Noviembre de 1987. 19 Cf. nota 9. 1 2 La sinrazón se nutre de la ignorancia y la credulidad, de los mitos y las pasiones, de la fe y de espantos. Son éstos el alimento de toda religión, de toda superstición Y podría mañana, cuando la recesión que amenaza haya amplificado su espantos, desencadenar las pulsiones destructivas más graves. Será tentador buscar chivos expiatorios para las dificultades crecientes. Algunos políticos los señalan ya: Al igual que el pueblo romano, corremos el riesgo de ser invadidos por pueblos bárbaros, como los árabes, los marroquíes, los yugoslavos y los turcos -declaraba un antiguo ministro belga de Interior, Joseph Michel-, gentes que llegan desde muy lejos y que no tienen nada en común con nuestra civilización18. Ideas seniles que pueden renacer de esta forma en cuerpos más jóvenes y convertirse en populares. En los años treinta, el novelista Thomas Mann presintió el peligro: El irracionalismo, que deviene popular, es un espectáculo horroroso. Se presiente que acabará resultando fatalmente una desgracia19. En el clima actual de pesimismo cultural, y mientras resurgen las cuestiones nacional y social, de nuevo circulan por Europa las fuerzas de la extrema derecha. Permanecen al acecho de las decepciones de todos los Ignacio Ramonet es director Le Monde Diplomatique. Este artículo forma parte de Un mundo sin rumbo. Crisis de fin de siglo [Un monde sans cap], libro de Ignacio Ramonet publicado por la Editorial Debate (Col. Temas de Debate) en 1997, y se reproduce con autorización del autor. 50 (Otoño 1998) el escéptico

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