Entrevista a Jorge J. Frías en "Entre Probetas"

Enviado por noticias el Sáb, 06/12/2014 - 09:00

El espacio de radio 5 "Entre Probetas" que presenta José Antonio López-Guerrero entrevistó el pasado miércoles 3 de diciembre a Jorge J. Frías, vicepresidente de ARP-SAPC y director de la revista El Escéptico.

En la entrevista Frías habla de los objetivos generales de la asociación, de las actividades que promueve, y de los contenidos de la revista El Escéptico.

El programa puede escucharse online o descargarse en la web del programa:

http://www.rtve.es/alacarta/audios/entre-probetas/entre-probetas-sociedad-para-avance-del-pensamiento-critico-03-12-14/2887553/

Vídeos de la charla "¿Por qué creemos en cosas raras?"

Enviado por noticias el Jue, 04/12/2014 - 09:00

Gracias al trabajo, como siempre, de Juan Pablo Fuentes, ya está disponible en youtube la charla "¿Por qué creemos en cosas raras?", de Eparquio Delgado, perteneciente a la pasada edición de Escèptics al Pub, celebrada el 8 de noviembre de 2014.

La charla está dividida en dos partes:

http://youtu.be/mnK-1x5CC4I

http://youtu.be/hbYZ5bvZuhA

Más vídeos de Escèptics al Pub en su canal youtube.

Más información de los eventos de Escèptics al Pub en su web http://www.esceptics.com/

Vídeos de la charla "Radiocomunicaciones: verdades y mitos"

Enviado por noticias el Mié, 03/12/2014 - 09:00

Ya están disponibles en youtube los vídeos de la 29ª edición de Escèptics al Pub Barcelona, del sábado 25 de octubre de 2014, "Radiocomunicaciones: verdades y mitos" por Víctor Pascual del Olmo.

La charla está dividida en dos bloques:

http://youtu.be/TL043iKIGTM

http://youtu.be/kl3zpViCvUA

Todos los vídeos de las charlas de Escèptics al Pub Barcelona pueden verse en su canal youtube.

Más información sobre estas charlas en su blog http://www.esceptics.com/

Asociación JINTE:"La política española en materia de I+D ha sido nefasta"

Enviado por El Escéptico Digital el Mar, 02/12/2014 - 00:00
Sección
Artículos
El Escéptico Digital - Edición 2014 - Número 276

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Aula Cultural “Radio Campus” de la Universidad de La Laguna

(Entrevista concedida por miembros de la asociación de jóvenes investigadores de Tenerife).

¿Qué es JINTE?

La Asociación de Jóvenes Investigadores de Tenerife − JINTE es una organización sin ánimo de lucro cuyos objetivos son defender, divulgar y dignificar la labor del investigador, principalmente de aquellos afincados en Canarias, haciendo especial énfasis en el trabajo que llevamos a cabo los investigadores en formación. JINTE se funda a mediados del año 2013, tras la alarma que se produjo en noviembre de 2012 con la amenaza del cese de la financiación pública para los investigadores en formación, que finalmente no se materializó. Lejos de bajar la guardia, un grupo de estudiantes de doctorado nos organizamos con el fin de cubrir un vacío existente: agrupar al colectivo de estudiantes predoctorales y posdoctorales de Canarias para formar una voz común y así tener representatividad y participación en la sociedad Canaria.

¿Quiénes pueden formar parte de la asociación?

La asociación acoge principalmente a investigadores en formación (predoctorales) y recién doctorados, los denominados postdoctorales, de Canarias. No obstante, pueden formar parte de ella y colaborar todas aquellas personas que compartan nuestros fines y es por ello que tenemos también entre nuestros miembros a estudiantes de máster, profesores de universidad e investigadores seniors, así como cualquier persona afín sea cual sea su profesión u origen.

¿Qué balance pueden hacer de su actividad?

Nuestra valoración es muy positiva. Llevamos poco más de un año funcionando como asociación y ya rondamos los 100 miembros. Además, nuestras actividades de divulgación han permitido darnos a conocer a la sociedad y a las administraciones públicas. Seguimos luchando por ganar representatividad y tener voz en distintos foros, dentro y fuera del entorno universitario, así como actuando de interlocutores con organismos y entidades de gestión y promoción, tanto de investigación como de divulgación. JINTE ha participado en distintas ferias y foros de divulgación científica organizados por el ITC y la Agencia Canaria de Investigación, Innovación y Sociedad de la Información, así como organizado tres ediciones de la Feria de los Jóvenes Investigadores, celebradas consecutivamente desde 2012 en la Plaza de la Concepción de San Cristóbal de La Laguna y una edición de unas jornadas para la orientación de los estudiantes de posgrado. Recientemente, JINTE se ha federado y forma parte de la Federación de Jóvenes Investigadores − Precarios, de ámbito nacional y está promoviendo la creación de una asociación similar que aglutine a los jóvenes investigadores de la provincia de Las Palmas.

¿Cuál es, hoy por hoy, la perspectiva de una persona que quiera dedicarse a investigar en España?

Lamentablemente para el joven investigador que vive en España, el futuro ahora mismo es muy incierto. Si ya de por sí la carrera investigadora es ardua y eminentemente vocacional, las continuas trabas presupuestarias y administrativas a las que nos vemos sometidos dificultan mucho el normal desarrollo de nuestra labor, limitándola o incluso imposibilitándola en algunos casos. Somos testigos de continuos recortes en financiación e inversión pública destinados a la formación de jóvenes investigadores y para la incorporación y desarrollo de la carrera de los nuevos investigadores. España cuenta con centros de investigación punteros, con investigadores de primer nivel, tanto pasados como presentes, y es triste ver cómo se están cortando las raíces del sistema de I+D+i, imposibilitando el aprovechamiento y el desarrollo de nuevos talentos, y hablando únicamente del aspecto funcional, disminuyendo las posibilidades del necesario recambio generacional.

¿Qué opinión les merece la política en materia de I+D que se ha desarrollado en este país? ¿y en Canarias?

Hablando claro, es nefasta. Se han cargado lo que llevó años construir, con la consecuencia de haberlo hecho casi que para nada. Las políticas en I+D+i han de ser continuistas, no vale meter dinero en investigación en años de bonanza y después desmantelar el sistema, entonces habrán investigaciones que se queden a medias, grandes investigadores que se irán fuera y perderemos para siempre posibles beneficios para la sociedad que no llegarán.

¿Llegaremos algún día a ver una lista en la que España no ocupe los últimos lugares?

Si hablamos de calidad investigadora no estamos en los últimos lugares. De hecho, España se encuentra en el puesto número 12 del ranking de investigadores más influyentes a nivel mundial. Lo malo es que muchos de ellos no están investigando para nuestro país, sino para otros. Somos muy buenos formando investigadores, pero muy malos estabilizandose, venimos a ser una especie de cantera de cerebros para el mundo. Y en cuanto a otros aspectos, si logramos convencer a nuestros gestores (políticos) de que la investigación ha de ser cuestión de estado, en un futuro podremos estar seguro en primera línea.

¿Qué mensaje querrían hacer llegar a las personas que ostentan la responsabilidad de elaborar los presupuestos generales cada año?

Que sin I+D no hay futuro, sin investigación no hay desarrollo. Que la investigación es una inversión, no un gasto, y que sus resultados se ven a medio-largo plazo, metiendo tijera hoy, hipotecamos nuestro mañana.

¿Se hace buena investigación en la Universidad española? ¿Y en la canaria?

Como mencionamos antes, las universidades españolas generan muy buenos investigadores. Y además sacan adelante proyectos muy interesantes y competitivos, el problema es la limitación que supone el recorte de recursos.

En relación a la Universidad de La Laguna, el año pasado la Fundación BBVA y el Instituto Valenciano de Investigaciones Económicas (Ivie) presentaron U-Ranking, una clasificación de las universidades españolas en función de sus resultados y productividad. En esa lista la Universidad de La Laguna está en la posición 27 de 48 en cuanto a volumen de investigación, aunque medido como productividad per capita nos vamos al penúltimo puesto. El potencial está ahí, solamente hay que apostar por él.

¿Qué habría que hacer para formar parte o colaborar con JINTE?

Pues actualmente estamos en Facebook, twitter y tenemos página web. Pueden mandarnos un correo a [email protected] indicándonos la intención de asociarse y les enviaríamos el formulario de alta. Y si quieren saber de nuestras actividades o sobre nuestra organización no duden en bucear en nuestra web www.jinte.org o contactarnos a través de las redes sociales.
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Los caras de Bélmez, en EEEP Compostela

Enviado por noticias el Lun, 01/12/2014 - 11:07

En agosto de septiembre de 1971, María Gómez Cámara -vecina de Bélmez de la Moraleda, Jaén- descubrió en el suelo de la cocina de su casa una extraña mancha. No era nada habitual, ya que parecía pintada a mano y recordaba extrañamente al Santo Rostro que se venera en la catedral de Jaén.
Lo curioso llegó después. El rostro fue picado pero, a los pocos días volvió a salir. Y no sólo una sino varias veces. Por si fuera poco, la habitación se llenó de teleplastias, dibujos de origen desconocido, que parecían querer contar una historia de terror.
El diario Pueblo se hizo eco de la noticia y tras publicar -entre otras cosas- que en la habitación se podían grabar extrañas voces y que los rostros no tenían ninguna explicación científica llegó a un extraña conclusión: todo había sido un fraude.
Así quedó la cosa hasta 1997, cuando la revista Enigmas publicó unas actas notariales que demostraban que la habitación había sido precintada por un notario y, sin posilble intervención humana, los rostros seguían saliendo. Lorenzo Fernández e Iker Jiménez, autores del articulo, fueron incluso más allá: la teoría de que todo era un fraude había sido impuesta por el gobierno de Franco al diario ante el miedo que suscitaba el caso a las autoridades religiosas. Tres informes del CSIC avalaban esa tesis.
Más de 40 años, las Caras de Bélmez siguen siendo un misterio. ¿O no?

Javier Cavanilles es periodista free lance y, durante 15 años, fue redactor del diario El Mundo en la Comunidad Valenciana, la mayor parte de ese tiempo como redactor de Sociedad.
En 2007 publicó el libro “Los Caras de Bélmez” y, en 2009, “El Tarot ¡Vaya Timo!” (Ed. Laetoli).
Entre 2007 2012 escribió en elmundo.es el blog “Desde el Más Allá… más o menos”.

Los menores y la religión

El Escéptico Digital - Edición 2013 - Número 269

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Andrés Carmona Campo

(Artículo publicado originalmente en la bitácora Filosofía en la Red).

¿Pueden tener religión los menores? La pregunta tiene sentido y, además, consecuencias, sobre todo después de la curiosa sentencia de la jueza del Juzgado de Primera Instancia número 26 de Sevilla que obliga a que un menor haga la primera comunión según el rito católico, pese a la oposición de su madre y del propio menor.

La respuesta a la pregunta obliga a elegir entre dos puntos de vista distintos: uno ilustrado y otro comunitarista. Por el primero, la religión es una opción individual y personal que puede tomar cada cual de forma libre y voluntaria si así lo desea. Por el segundo, la religión es una pertenencia o identidad que no se elige sino en la que se nace y que constituye a las personas. Desde luego, no da igual una que otra. La primera es una perspectiva mucho más racionalista, liberal y respetuosa de la autonomía personal y los derechos individuales, la otra es más romántica, comunitarista y tendente a la heteronomía moral y la identidad colectiva.

Lo anterior podría expresarse de otra forma preguntándonos si, respecto de la religión, uno nace o se hace: para el comunitarista lo primero, para el ilustrado lo segundo. Este argumentará que la libertad de conciencia y religiosa exige la libertad de elegir y cambiar de religión para el sujeto del derecho. Aquel responderá que, sin negar ese derecho, también es cierto que, de hecho, todo el mundo nace en el seno de una comunidad (religiosa o no) aunque luego pueda cambiar de religión o ideología abandonando esa comunidad por otra. El comunitarista dirá que el planteamiento ilustrado presupone unos individuos ideológicamente neutros que, en algún momento, se plantean las cuestiones metafísicas, transcendentes y de sentido, y que luego eligen, objetando que eso no ocurre así de hecho: todos los individuos nacen en una familia que les educa en un marco ideológico concreto (religioso o no) y que luego de mayores eligen seguir en él o abandonarlo.

En cierto modo ambos llevan razón, y por eso los dos se equivocan. Lo que pasa es que el ilustrado se mueve en el ámbito normativo o del deber ser, mientras que el comunitarista está en el plano del ser o lo que es de hecho. El comunitarista describe lo que efectivamente ocurre, mientras que el ilustrado señala lo que debería ocurrir. El comunitarista cae en la falacia naturalista clásica: el paso del ser al deber ser, justificar lo que de hecho ocurre simplemente porque ocurre. Claro que, por otra parte, el ilustrado cae en el idealismo: pretender que lo que debería ser puede darse en la realidad tal cual automáticamente y sin problemas, lo que no está garantizado de ningún modo[1].

En este texto no somos neutrales: estamos del lado ilustrado. Pero no queremos caer en el idealismo. De esta forma, vamos a entender el ideal ilustrado como un ideal normativo o regulativo que sirva como instancia crítica desde la que juzgar la realidad y pensar formas realistas de acercarnos a ese ideal que siempre será asintótico, tendencial, pero en cuyo intento progresaremos hacia algo mejor o por lo menos nos alejaremos de algo peor.

El art. 18 de la Declaración Universal de Derechos Humanos (DUDH) establece que “toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión” y que “este derecho incluye la libertad de cambiar de religión o de creencia”. Este último añadido es necesario para compensar una lectura meramente comunitarista del artículo. El problema es hasta qué punto ese derecho puede ser efectivo si, previamente, a los individuos se les educa o adoctrina en un marco de pensamiento determinado. Es decir, si a alguien se le enseña que él ES ateo porque ha nacido en una familia atea cuyos padres son ateos, y cuyos principios ateos se los han enseñado desde pequeño por su bien y con todo el cariño y amor del mundo, cuando sea mayor, difícilmente podrá no sentirse una especie de traidor o desagradecido a sus amorosos padres si rechaza ese ateísmo que le enseñaron y abraza la fe católica, por ejemplo. Es evidente que hay ahí un chantaje emocional fuerte. Pero, por otra parte, también será difícil imaginar a una familia totalmente neutra y aséptica hacia esas cuestiones últimas de la existencia y que jamás hablen con sus hijos sobre ellas hasta que sean adultos y ellos elijan por sí mismos; o que les expliquen todas las opciones con la máxima neutralidad. Exigir esto de las familias sería pedir un imposible.

Como Aristóteles ya nos enseñó que la virtud está en el justo medio, tal vez sea ahí donde esté la clave. Las familias pueden educar perfectamente a sus hijos en las ideas que consideren mejores para ellos, entre otras cosas porque no pueden dejar de hacerlo. Para un padre ateo de buena fe (curiosa expresión) enseñarle a su hijo que no existen seres divinos y que lo que otros llaman Jesús, Alá o Vishnú es exactamente lo mismo que hablar de Zeus, Atenea o el ratoncito Pérez, es una responsabilidad amorosa hacia su hijo exactamente igual que la de enseñarle que tiene que mirar a derecha e izquierda antes de cruzar la calle. Y su hijo le escuchará y le hará caso, pero muy pronto, desde que entre en la escuela pública, conocerá a otros niños que sí que dirán que creen en Jesús, Alá o Vishnú con el mismo convencimiento con el que él dirá que no cree. Además, sus profesores les enseñarán a todos ellos que unos creen en unas cosas, otros en otras, y otros en ninguna, en qué consiste cada una, su desarrollo histórico, etc. Y después, hacia la adolescencia o más tarde, tanto el hijo del ateo, como el del cristiano y los demás, decidirán si siguen pensando lo mismo que sus padres o prefieren pensar otra cosa, precisamente porque tendrán con qué comparar y una formación crítica que les permitirá eso.

Ahora bien, hemos de advertir que lo anterior es bastante idealista (aunque no totalmente, por eso es realista pensar que es plenamente posible). Hemos descrito un contexto en el cual se conjugan la libertad de conciencia del menor, la libertad de los padres para educarlos en sus propias ideas, y la Educación Pública como formadora de conciencias críticas e individuos autónomos. Unas instancias y otras se conjugan y compensan. Y en todo momento hemos supuesto la educación. El problema es que en la realidad se confunde la educación con el adoctrinamiento. Y eso es lo que hay que evitar: los padres no pueden confundir educar a sus hijos con adoctrinarlos. La educación implica la crítica: la posibilidad de que el educado pueda recibir no solo una parte de la información, sino también la contraria o crítica con ella. No necesariamente de parte de los propios padres (que puede que ni la sepan) pero sí, por lo menos, de la sociedad y la Educación Pública. Es con toda esa información de un lado y de otro con la que el menor podrá, conforme crezca, ir formando su propio juicio de forma libre y autónoma. Pero, para eso, las familias deben estar abiertas a la sociedad. Sin embargo, y para desgracia de muchos menores, no todas las familias son así. Algunas pretenden justo lo contrario: impedir que sus hijos conozcan toda la información, precisamente para que no puedan elegir de modo libre sino condicionado y sesgado. Sería el caso de unos padres ateos que no solo les enseñaran a sus hijos el ateísmo en su casa y con su ejemplo, sino que, además, los llevaran a colegios privados-concertados con ideario explícitamente ateo, o incluso que no los llevaran a colegio alguno sino que los educaran en casa (homeschooling). Y, por si fuera poco, que los llevaran a clases particulares de ateísmo desde los siete u ocho años y los confirmaran como ateos poco antes de la mayoría de edad. Aquí ya no se trata de que esos padres estén educando a sus hijos conforme a sus propias ideas, es que estarían haciendo todo lo posible para que esos niños no pudieran aprender ninguna otra cosa además de esas ideas. Y eso sí que vulneraría claramente la libertad de conciencia de esos menores.

De todas formas, podemos estar tranquilos porque ni hay colegios privados-concertados ateos, ni clases particulares de ateísmo ni nada de eso; es más, los padres ateos no suelen inculcar su ateísmo a sus hijos, por lo menos no explícitamente más allá de su ejemplo de no practicar ninguna religión. Pero sí que hay padres religiosos que hacen todo eso que hemos dicho: que les enseñan su religión a sus hijos, que celebran con ellos sus ritos (ya sea la navidad, semana santa, ramadán o Yom Kipur…), que los apuntan a colegios privados-concertados religiosos o a la asignatura de religión en la escuela pública (o no los llevan a la escuela y los “educan” en casa), que los llevan a la catequesis previa a la primera comunión y la confirmación (o equivalente en otras religiones), que se los llevan a misa (o al culto, o a la mezquita o sinagoga…), etc. Son estos niños quienes deben preocuparnos, bueno, no ellos, sino sus padres, ya que están siendo víctimas de una violación de sus derechos por parte de quienes deberían protegerles y evitar que les pasara eso.

Subyace en esos padres (si es que merecen ese calificativo más allá de lo biológico) que confunden a las pequeñas personas que son sus hijos con sus propiedades, y un hijo nunca puede ser una propiedad. Desde luego que con mi casa, con mi coche o con mi colección de sellos puedo hacer lo que yo quiera, pero no con mis hijos. Los niños son sujetos de derechos y la educación de los hijos debe buscar su formación integral como adultos libres, autónomos y responsables. A los padres les corresponde gran parte de la responsabilidad de educarlos para que así sea. Para que sean personas libres y no copias o clones suyos. El padre (o la madre) debe estar orgulloso y sentirse plenamente satisfecho viendo cómo su hijo crece siendo él mismo, gracias a él, y no viendo cómo se desarrolla una copia suya más o menos perfecta. Richard Dawkins le agradece eso mismo a sus padres: “Agradezco a mis propios padres que tuvieran la idea de que a los niños no había que enseñarles tanto qué pensar, sino cómo pensar”[2].

Aclaremos en este punto algo que hemos dejado caer antes de pasada, pero que es importante. Hemos dicho que los niños en la escuela conocerán a otros niños que dicen ser católicos, protestantes o ateos. El matiz es importante: que dicen que son, no que sean. Y es que un niño puede decir que es católico o musulmán, pero solo es eso, que lo dice, otra cosa es que lo sea o que tengamos que comportarnos con él como si de verdad lo fuera. De nuevo, todo depende de si entendemos la religión de modo ilustrado o comunitarista. Si pensamos que la religión es algo que se elige o que de forma voluntaria y autónoma se acepta, es evidente que los niños no pueden tener religión exactamente por la misma razón que no pueden tener ideología política: porque no pueden entender lo que eso significa. Richard Dawkins lo expresa así:

“Creo que todos deberíamos hacer una mueca de dolor cuando oímos que un niño pequeño es etiquetado como perteneciente a una religión particular o a otra. Los niños pequeños son demasiado jóvenes como para decidir sus puntos de vista sobre los orígenes del Cosmos, sobre la vida y sobre la moral. El propio sonido de la frase “niño cristiano” o “niño musulmán” nos debería dar tanta dentera como las uñas arañando una pizarra (…) Nuestra sociedad, incluido el sector no religioso, ha aceptado la ridícula idea de que es normal y correcto adoctrinar a niños pequeños en la religión de sus padres, y colocarles etiquetas religiosas –“niño católico”, “niño protestante”, “niño judío”, “niño musulmán”, etc.-, aunque no acepta otras etiquetas comparables: no se dice niño conservador, niño liberal, niño republicano, niño demócrata. Por favor, por favor, mejoren su conciencia acerca de esto y súbanse por las paredes cuando lo escuchen. Un niño no es un niño cristiano, ni un niño musulmán, sino un niño de padres cristianos o un niño de padres musulmanes. Esta última nomenclatura, por cierto, sería una pieza excelente para la mejora de la conciencia de los propios niños. Una niña de quien se dice que es “hija de padres musulmanes” inmediatamente se dará cuenta de que la religión es algo que ella puede elegir –o rechazar- cuando sea lo suficientemente mayor como para hacerlo”[3].

Para un comunitarista no es así: para él, los niños tienen religión igual que tienen un color de piel o una nacionalidad. Ya nacen en esa religión y pertenecen a ella, aunque puedan abandonarla después. Para ellos, la religión no es una cuestión ni individual ni intelectual, sino comunitaria y emocional. No es algo que se piensa sino que se vive, no es algo que se adquiere sino en lo que se está. Es algo que constituye y hace a la persona. Es tal esa identificación que parece que transciende al individuo y sobre lo que él no tiene autoridad. De ahí que abandonar la religión de los padres sea algo así como una traición por parte de los hijos.

Desde luego que cada adulto puede entender la religión como quiera, al modo ilustrado o al comunitarista, pero la cuestión no es esa, sino cómo debe entenderla el Estado y las leyes. Y aquí sí soy radical: debe hacerlo de un modo ilustrado, sin ninguna duda. El Estado de Derecho no debe considerar la religión al modo comunitarista, o por lo menos no si lo que quiere es ser un Estado de Derecho moderno que garantice la libertad de conciencia y los derechos individuales. A efectos del Estado, la religión debería ser una cuestión de elección puramente individual, producto de la propia decisión y, en ese sentido, un acto de libertad, no de pertenencia ni adscripción involuntaria. Siendo así, el Estado no debería reconocer ninguna identidad religiosa a los menores, precisamente porque son incapaces de poder formarse un juicio autónomo e informado sobre la trinidad, la divinidad de Cristo, la virginidad de María o las relaciones entre Brahma, Shiva y Vishnú. O dicho de otra forma: por los mismos motivos por los que no se les permite votar: porque todavía no pueden comprender las diferencias entre conservadores, liberales, socialdemócratas, comunistas… Y a nadie se le ocurriría reivindicar el derecho de su hijo menor de edad a votar a tal partido porque en esa familia han sido de ese partido de toda la vida. El Estado debe distinguir entre el derecho de los padres a tener una religión, en tanto que adultos, y el derecho de sus hijos menores a su libertad de conciencia y a no ser identificados con una religión a efectos legales. Podrán ser educados (que no adoctrinados) en esa religión, pero no ser considerados de ella a ojos de la ley hasta que sean adultos. Por la misma razón, todos los ritos religiosos en los que intervengan menores (y en los cuales no se les mutile ni haga ningún daño) deben ser ignorados totalmente por la ley, irrelevantes a efectos legales. El bautismo de un menor no puede tener ningún valor a ojos del Estado, y en ningún sentido podría “medirse” el número de católicos en función del número de bautizados. Si así fuera, los jueces no habrían tenido ninguna duda en el caso del menor que se negaba a recibir una transfusión de sangre porque decía ser testigo de Jehová igual que sus padres. El caso es que si no la recibía moriría, que fue lo que pasó finalmente. Que un adulto se niegue a un tratamiento médico después de ser debidamente informado, es su derecho, que un menor se niegue por motivos religiosos debería ser irrelevante a efectos legales y primar su derecho a la vida[4].

Por último, aunque no menos importante, son las consecuencias que la percepción ilustrada de la religión como elección personal tiene para otros casos conflictivos. Nos referimos a cuestiones que están en el fondo de otros debates como los del “acomodo razonable” y que tienen que ver con los costes de la religión: ¿quién debe asumir esos costes? Aunque este será tema de otra entrada en el blog, adelantamos ya un poco: si la religión es una cuestión de elección personal, parece claro que sus costes lo serán para quien la elige, no para el conjunto de la sociedad. Pero si la religión no es eso sino algo identitario y comunitario, más parecido al color de la piel con la que nacemos que a la ropa que nos ponemos, los costes no deberían recaer en el creyente, ya que, en cierto modo, no elige su religión como no elige el color de su piel. Así, por ejemplo, si en un colegio se ofrece un menú estándar, pero los padres de un menor solicitan uno especial por motivos religiosos (kosher o halal) que resulte más caro que el estándar, ¿debe prorratearse la demasía y ofrecer todos los menús al mismo precio (encareciendo un poco más el estándar y reduciendo los religiosos hasta igualarlos) o deben ofrecerse sin más los menús religiosos más caros que el estándar? ¿Deberían los padres elegir entre hacer cumplir a su hijo con su religión y pagar más por eso, o que no cumpla y pagar menos? ¿Sería un caso de discriminación que los padres religiosos pagaran más por el menú de su hijo ya que es más caro? ¿Debería igualarse el precio de todos los menús para que todos los padres pudieran elegir el de sus hijos solo en función de su conciencia sin interferencia del precio (pero cargando el sobrecoste en el menú estándar que comen los no-religiosos)?. A efectos jurídicos, ¿la religión es una preferencia, totalmente respetable, pero preferencia al fin y al cabo, cuyo coste recae en quien la elige, o es otra cosa, una identidad que, en cierto modo al menos, no se elige sino que se tiene o a la que se pertenece de una forma esencial y constitutiva de la propia persona? Dejémoslo aquí y luego seguiremos.

Bibliografía:
Dawkins, Richard (2007). El espejismo de Dios. Madrid: Espasa-Calpe.

Andrés Carmona Campo. Licenciado en Filosofía y Antropología Social y Cultural. Profesor de Filosofía en un Instituto de Enseñanza Secundaria.

URL: http://www.filosofiaenlared.com/2014/11/los-menores-y-la-religion-andre…
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EED
El Escéptico

El pan "Runner" y la estupidez alimentaria

El Escéptico Digital - Edición 2013 - Número 269

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Mikel López Iturriaga

(Artículo publicado originalmente en la bitácora El comidista).

¿Pensabas que lo habías visto todo en márketing gastronómico? ¿Que no se podía ir más allá en la creación de alimentos extraños con reclamos inverosímiles? Te equivocabas. SantaGloria, una cadena de panaderías con 26 establecimientos en Barcelona, Madrid, Valladolid y Andorra, ha subido el listón, y mucho, en la locura por dar con inventos que suban las ventas. Su último lanzamiento se llama "pan runner", diseñado "para los que hacen deporte de forma regular, quieren reducir su consumo de hidratos de carbono o simplemente quieren cuidarse", según se afirma en su página web.

Como producto de mercadotecnia típicamente contemporáneo, el pan runner lo tiene todo, y supera la anterior genialidad de esta misma empresa, el pan gin tonic. Llega avalado por el rostro de un cocinero mediático como Jordi Cruz, jurado de Masterchef y chef del restaurante ABaC. Se apunta a una moda en plena efervescencia, como la de correr (perdón, la del running, que en inglés mola más). Utiliza el reclamo de lo saludable, autentica plaga con la que la industria trata de cautivar al consumidor más desinformado. Y por supuesto, no tiene reparos a la hora de vender unas cuantas verdades a medias.

El runner no es más que un pan de harina de trigo y de soja, potenciado con proteínas de origen vegetal, semillas, salvado, malta y fibra de manzana. SantaGloria incide en que tiene tres veces más proteínas que el pan común, "que ayudan a la regeneración de los músculos después de la actividad física", 3-4 veces más fibra y un 75% menos hidratos de carbono que el pan integral normal. Éste último dato no deja de ser chocante, como bien señala el especialista en pan y también corredor Ibán Yarza: "Sin entrar en discusiones de qué necesitan los runners (he corrido varias maratones en mi vida, y si alguien me llama eso le arreo con las Asics en todos los morros), normalmente la gente hace fondo, y para correr 10, 21 o 42 kilómetros necesitas gasolina. Es decir, carbohidratos".

La dietista-nutricionista Raquel Bernácer también se pregunta si este pan tiene algún sentido. "¿Para qué tanta proteína y tan poco hidrato de carbono? La alimentación occidental ya es suficientemente rica en proteínas como para añadir más, y los corredores tambien han de reponer hidratos de carbono. ¿Cómo lo hacen con este pan? Y la pregunta del millón: ¿qué necesidad esta cubriendo que no cubre una alimentacion tradicional bien planificada?".

SantaGloria subraya la riqueza en ácidos grasos Omega-3 de este pan, que cifra en un 2,6%. Sin embargo, hace menos énfasis promocional en otro dato bastante peculiar en un producto "para gente que se cuida": el runner tiene un 14,5% de grasa, nueve veces más que el pan normal, que tiene 1,6. "Es importante fijarse en la calidad de estas grasas", puntualiza Bernácer. "El contenido de grasas insaturadas de este pan, reconocidas como 'cardiosaludables', es mucho mayor que el de saturadas. En cualquier caso, si pensamos en que estaria sustituyendo a un pan tradicional, en términos de aporte de grasa no tiene nada que envidiarle a una tostada con un chorrito de aceite de oliva y unos boquerones, por ejemplo". Así que ya sabéis, no me comáis el pan runner con panceta, torreznos y tranchetes, que el solito ya contiene suficientes lípidos.

Los fabricantes tampoco destacan que se trata de un pan con alto contenido en gluten, porque como bien dice Yarza, a éste se le conoce como "Satanás, ETA y el ébola" juntos y conviene denominarlo con el nombre "proteína de trigo" (el gluten no es la única proteína de este cereal, pero sí la principal). Por cierto, Jordi Cruz no se enteró bien del asunto, porque hace dos semanas decía esto en La Vanguardia: "Es un pan con muy poco gluten, algo que últimamente procuro descartar de mi dieta en la medida de lo posible". Desde SantaGloria reconocen que el cocinero se confundió "entre el gluten y el índice glucémico, que es muy bajo (24) comparado con una baguette (95) o un pan integral tradicional (65)".

El panadero Javier Marca no alcanza a entender el beneficio de tanta proteína. "Es una más de las absurdas tendencias en el fantástico mundo del cuidarse: vivan las proteínas, mueran los carbohidratos, abajo el gluten (que es proteína). Claves fáciles para gentes influenciables. Triste". Ibán Yarza, por su parte, destaca el curioso parecido a este respecto entre el runner (26,5% de proteína) y el "pan glutinado" del siglo XX (25%), que se defendía como dietético en tiempos en que el gluten todavía no había sido demonizado por jipitruscos, gwynethpaltrows y tontolabas de todo el planeta (y no, no me refiero a los celíacos, porque ellos sí tienen un motivo real para no tomarlo).

Cabe preguntarse si, además de poseer tantas bondades nutricionales, el pan runner es comestible. Yo lo probé ayer y me recordó a esos negrísimos panes "alemanes" con kilos y kilos de semillas que se empezaron a vender en los ochenta en los supermercados, envueltos en su bolsita de plástico transparente. Te tomabas una tostada fina y te llenaba como si te hubieras zampado un antílope, efecto de saciedad similar al que imagino persigue el pan runner. "A mí me recuerda al Silueta multisemillas, pero con más chicha", dice Yarza. "Es extremadamente esponjoso, la miga es tenaz y húmeda, incluso grasienta. Parece más un bollo que pan, y el sabor de la masa, con tantas semillas, queda algo oculto".

Más allá de su sabor, que podrá gustar más o menos en función de tu tolerancia al alpiste, este producto es relevante como símbolo de la estupidez alimentaria que nos invade. "Es la enésima vuelta de tuerca a la tontería extrema", afirma Javier Marca. "Los próximos productos serán un pan para macroeconomistas imberbes y otro para votantes capricornio de Podemos. Lo curioso es que los ingredientes serán los mismos, porque la soja también sirve para desarrollar la capacidad de sumar y crecer el pelo y para incrementar el índice de cansinez".

Es el signo de los tiempos: la palabrería nos empuja a creernos comidas con efectos milagrosos en nuestra salud, como la "bebida láctea articular" de Central Lechera Asturiana o los Activia de Danone. La vagancia mental lleva a los periodistas y a los blogueros palmeros de turno a repetir como loros los mensajes de las marcas sin cuestionar su veracidad. Y al final, el atolondramiento del consumidor permite a la industria alimentaria colar productos más caros con un valor añadido real más que dudoso.

El pan runner cuesta unos ocho euros el kilo; panaderías pequeñas y artesanas de verdad, como Cloudstreet Bakery o Panic, hacen panes equiparables con harinas ecológicas molidas a la piedra por cinco. Pero da igual: lo importante es que éste lo bendice Jordi Cruz, que tiene dos estrellas Michelin y además es muy mono, y tomándolo te vas a sentir más deportista.

Documentación: Mònica Escudero.

URL: http://blogs.elpais.com/el-comidista/2014/10/el-pan-runner-y-la-estupid…
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El Escéptico