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H

abitualmente cuando escribo sobre pseudome-

dicinas los comentarios jocosos me los suelo in-

ventar. Pero cada vez con mayor frecuencia los 

pseudomédicos me evitan semejante trabajo. Es el caso de 

tres artículos aparecidos en la revista Mente y cerebro (Nº 

62, septiembre-octubre 2013), una franquicia de Scientific 

American. El primer artículo, «Búsqueda del trastorno en el 

inconsciente», tiene como autora a la médica (especialista 

en medicina laboral) y periodista, Dunja Voos. El segun-

do artículo, «Efectos del psicoanálisis en el cerebro», vie-

ne firmado por Anna Buchheim (catedrática de psicología 

clínica), Manfred Cierpka (director médico del Instituto 

de Investigación Cooperativa Psicosomática y Terapia de 

Familia), Horst Kächele (también catedrático, aunque no 

queda claro de qué) y Gerhard Roth (catedrático de investi-

gación cerebral). Por último, el tercer artículo se titula «La 

psicoterapia a examen» y sus autores son Carsten Spitzer 

(psiquiatra y psicoterapeuta), Rainer Richter (psicólogo y 

psicoanalista), Bernard Löwe (especialista en medicina in-

terna y psicoterapeuta) y Harald Freyberger (profesor de 

psiquiatría y psicoterapia). Visto el cartel, analicemos la 

faena.

UN CASO CLÍNICO PARA EMPEZAR

Como buena periodista, Dunja Voss, comienza su defen-

sa del psicoanálisis con una historia clínica cuya protago-

nista es «Cristina F».

Cristina F (nombre ficticio) sufre ansiedad. Se despier-

ta por las mañanas con una sensación desagradable en la 

barriga. De camino a la universidad comienza a sudar, las 

preocupaciones se le agolpan en la mente. Estas sensacio-

nes forman ya parte de su rutina. […] Esta estudiante de 

química se siente insegura y perdida.

Con este conjunto de síntomas, «Cristina F» es diagnos-

ticada de «trastorno de ansiedad generalizada» por su mé-

dico de cabecera, el cual, ni corto ni perezoso,

le propone otra opción [en vez de ir al neurólogo (sic)]; 

le indica que allí sólo recibirá la prescripción de un medi-

camento, nadie indagará las causas de su malestar. “Prue-

ba mejor la terapia psicodinámica”, le aconseja. En este 

La revista 

Mente y Cerebro

y el

 

nuevo engaño 

del psicoanálisis

Víctor Javier Sanz Larrínaga

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tipo de tratamiento, el paciente y el terapeuta  intentan 

averiguar juntos qué pensamientos y deseos inconscientes 

subyacen al trastorno.

El argumento (clásico hombre de paja) es el mismo que 

el de los homeópatas y acupuntores. La medicina científica 

(la misma que ha incrementado la calidad y esperanza de 

vida como nunca hasta la fecha lo había conseguido ningu-

na otra medicina) es incapaz de tratar las verdaderas cau-

sas de las enfermedades, es materialista, reduccionista y se 

conforma con atacar los síntomas. Que semejantes meme-

ces aparezcan en una revista homeopática o psicoanalítica 

nada tiene de extraño, para eso están. Pero que aparezcan 

en una revista internacional de prestigio (al menos hasta 

ahora), que se supone divulga la ciencia, la cosa es más 

grave de lo que suponía.

    Sigamos, que ahora viene lo mejor. Según Dunja Voos, 

la práctica psicoanalítica ha experimentado una transfor-

mación desde los tiempos de Freud. El paciente no necesita 

tumbarse: la terapia funciona igual de bien si se encuentra 

sentado.

¡Qué enorme avance, ahora te engañan cara a cara y mi-

rándote a los ojos! Opino, modestamente, que ello se debe 

a que la censura (que es el elemento psíquico que se en-

cuentra entre el yo y el ello), al estar sentado el paciente, se 

relaja más fácilmente y las representaciones inconscientes 

fluyen con más facilidad a la consciencia. Por si fuera poco, 

nos ahorramos un pastón al prescindir del diván, aunque 

Woody Allen tendrá que modificar el atrezzo de sus pelí-

culas si quiere ponerse al día. Por último, aunque no tengo 

pruebas suficientes, en casos difíciles yo aconsejaría reali-

zar la sesión haciendo el pino. Este cambio de paradigma 

tendría consecuencia imprevisibles.

    Una vez que «Cristina F», o sea, nuestra paciente, está 

confortablemente sentada,

determina el tema y el ritmo de la sesión. Pronto recono-

ce que la carrera de química no le satisface. En realidad 

cursa los estudios por sus padres más que por su propio 

interés. ¿Podría esconderse allí el motivo de su angustia? 

Sus  quejas  somáticas  ¿le  sirven  de  excusa  inconsciente 

para no seguir estudiando? En ese caso, lograría lo que 

secretamente desea sin ofender a sus padres. Por sí sola, 

nuestra paciente no hubiese llegado a plantearse la idea 

de que la relación con sus progenitores es demasiado es-

trecha.

¡Qué genial, qué agudeza! ¡Imposible que un médico de 

cabecera hubiera llegado a semejante conclusión! ¡Al fin, 

en efecto, tenemos la causa verdadera de su ansiedad: la 

paciente estaba haciendo algo que no le gustaba para no 

desairar a sus padres y ello le producía ansiedad! ¡Qué sería 

de la medicina sin los psicoanalistas!

Por cierto, siguiendo estrictamente el método psicoana-

lítico, el diagnóstico etiológico propuesto por Dunja Voos 

habría que completarlo. Y aquí entra en juego mi vena de 

psicoanalista. Lo que realmente le sucede a la paciente es 

que no había superado el «complejo de Electra» (término 

propuesto por Carl Gustav Jung para dar réplica al comple-

jo de Edipo en la mujer) y como la “química” tiene nombre 

de mujer, podemos entonces hablar de “la madre quími-

ca”, lo que le retrotrae a la paciente a una fijación infantil 

no superada. El resultado es una reavivación del conflicto 

inconsciente amor-odio hacia “la madre química”, que se 

manifestaba en forma de ansiedad generalizada. Además, 

en el laboratorio de química, en donde no queda más reme-

dio que hacer los trabajos prácticos, son muy frecuentes las 

probetas, que, como cualquier avezado psicoanalista sabe, 

son un claro símbolo fálico, lo cual sobredetermina el sín-

toma ansiedad, no olvidemos que la buena de «Cristina F» 

tampoco había superado la «envidia del pene», algo propio 

de toda mujer, Freud dixit. No le podría decir al lector si 

estas argumentaciones son serias o jocosas, el lenguaje del 

inconsciente tiene estos inconvenientes.

En cualquier caso, hecho el diagnóstico, hay que pasar a 

la terapia.

LA EFICACIA CLÍNICA DE LA TERAPIA PSICOANALÍTICA

Recordemos -antes de seguir con la crítica- que la terapia 

psicoanalítica es una psicoterapia verbal que consiste en re-

cuperar para la consciencia ideas, sentimientos y pulsiones 

(de naturaleza sexual) reprimidas en el inconsciente y que 

son la causa última de los trastornos mentales. La vivencia 

consciente de tal rememoración conlleva la curación, es 

decir, la desaparición de los síntomas. El método para lo-

grar tal rememoración es la asociación libre. Dicho método 

consiste en que el enfermo, a partir de una idea que se le 

ofrece, vaya asociando libremente (y expresando) durante 

las sesiones todo lo que se le ocurra sin ningún tipo de filtro 

o restricción, aun cuando el material le parezca incoheren-

te, impertinente o falto de interés, de tal modo que llegue 

así a extraer los recuerdos (reprimidos) que se buscan. La 

interpretación de los sueños y de los actos fallidos (olvi-

dos,  lapsus linguae, etc.) son métodos complementarios 

muy valiosos, según el psicoanálisis.

Pues bien, ¿cómo se establece si un tipo de terapia fun-

ciona?, se pregunta Dunja Voos tras resolver el enigmático 

caso de «Cristina F». Nuestra médica-periodista lo tiene 

claro:

en la actualidad se exige a las psicoterapias que satis-

fagan los principios de la medicina basada en pruebas 

experimentales, de la misma manera que los tratamientos 

somáticos.

¡Pero bueno, qué dice esta señora! ¡Emplear métodos 

El argumento es el mismo que 

el  de  los  homeópatas  y  acu-

puntores: la medicina cien-

tífica  es  incapaz  de  tratar  las 

verdaderas causas de las en-

fermedades, es materialista, 

reduccionista y se conforma 

con atacar los síntomas.

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propios de la reduccionista medicina científica! ¿No había-

mos quedado que la medicina científica no podía llegar a 

las “causas verdaderas” de la enfermedad? ¿Para qué en-

tonces emplear sus métodos?

Unas pocas líneas más abajo se lo piensa mejor y afirma 

que en terapias

como el psicoanálisis, resulta más difícil llevar a cabo 

este tipo de investigaciones. No se puede exigir a personas 

con trastornos mentales graves que esperen durante meses 

o años un tratamiento porque forman parte de un grupo 

de control. Además, medir sus miedos o angustias resulta 

una tarea laboriosa, pues pueden manifestarse de diversa 

maneras… La variedad de síntomas es tan amplia como las 

trayectorias vitales que los provocan.

No me queda más remedio, Sra. Voos, que confirmar sus 

sospechas: es imposible realizar ensayos clínicos rigurosos 

con el psicoanálisis, puesto que: 1) no se pueden formar 

grupos control con placebo (a ver cómo diablos se simula 

la rememorización consciente de una representación in-

consciente de tal manera que el enfermo no sepa que no es 

una rememorización auténtica, es decir, curativa, efectiva), 

2) no se pueden formar grupos homogéneos que sirvan de 

comparación, ya que en el psicoanálisis, como en la ho-

meopatía, no hay enfermedades sino enfermos (biogra-

fíastrayectorias vitales, según su terminología), y 3), no 

existen aparatos científicos -las escalas son aproximacio-

nes para andar por casa, no para hacer mediciones exactas 

con las que computar- que nos midan los sentimientos y 

las emociones conscientes, y mucho menos las representa-

ciones y pulsiones inconscientes. Medir lo inconsciente y 

dibujar círculos cuadrados son una y la misma cosa.

(foto: El psicólogo, por Adn!-Daniel Urbina- www.flickr.com/photos/21735045)

La terapia psicoanalítica es una 

psicoterapia verbal que consis-

te en recuperar para la cons-

ciencia ideas, sentimientos y 

pulsiones (de naturaleza se-

xual)  reprimidas  en  el  incons-

ciente y que son la causa últi-

ma de los trastornos mentales.

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    Pero, como dice el refrán, “la alegría dura poco en casa 

del pobre”, así que, unas pocas líneas más abajo, la Sra. 

Voos, se lo vuelve a pensar y afirma que sí es posible hacer 

estudios científicos con el psicoanálisis, y como prueba de 

ello nos aporta un metaanálisis (Shedler, 2010) en el que se 

valoran ochos metaanálisis.  Ni que decir que los resultados 

fueron de cine 3D:

la terapia psicodinámica resultaba efectiva en numero-

sos trastornos mentales, entre ellos, depresiones y psicopa-

tologías relacionadas con la ansiedad.

Para que el lector entienda esta nueva vuelta de tuerca 

de la Sra. Voos, los metaanálisis de los metaanálisis, te-

niendo en cuenta el escaso rigor de los ensayos clínicos de 

que constan, tienen el mismo valor que las encuestas pre-

electorales hechas por encargo. Con lo fácil que hubiera 

sido presentar un estudio que cumpliera todos los requisitos 

clínicos arriba mencionados y respetara los principios fun-

damentales del psicoanálisis (mayormente para saber que 

lo que se valora es el psicoanálisis y no cualquier sucedá-

neo light).

Frau Voos alude también en su artículo a un par de estu-

dios de consumo interno. En ellos se “prueba” que las tera-

pias psicodinámicas de larga duración curan más y mejor 

que las de breve duración. La verdad es que el tiempo cura 

muchas enfermedades.

LOS EFECTOS CEREBRALES DEL PSICOANÁLISIS

Antes de meternos en esta discusión hay que advertir que 

el psicoanálisis se fundamenta en lo que en filosofía de la 

mente se llama «dualismo mente-cerebro», que postula la 

existencia de dos sustancias: la mente o espíritu y el cerebro 

o materia. Ambos, como son buenos amigos y residentes en 

el mismo lugar, interaccionan sin problemas. Según Des-

cartes el lugar de residencia es la «glándula pineal»; según 

Freud, el ello (el ello, de naturaleza inconsciente y sede de 

los instintos, es la instancia del aparato psíquico freudiano 

en donde se produce la conversión de lo orgánico en psíqui-

co y que a la vez sirve de depósito de la energía psíquica 

generada). Así pues, si algún efecto tiene el psicoanálisis 

sobre el cerebro, será porque el espíritu, de manera fantas-

mal (tipo poltergeist), influye sobre la materia. La cosa no 

es muy científica que se diga, pero

Con este objetivo [Anna Buchheim y colaboradores, de la 

Universidad de Innsbruck, nos recuerda Dunja Voos] anali-

zaron el cerebro de los sujetos mediante imágenes por reso-

nancia magnética funcional al principio de la terapia, tras 

siete meses y después de un año y tres meses. Los primeros 

análisis revelaron que las áreas cerebrales responsables 

del miedo y la ansiedad mostraban una menor actividad 

después de siete meses de tratamiento. De esta manera, las 

técnicas de neuroimagen permitían conocer parte del efec-

to del psicoanálisis.

Esta estratagema de Dunja Voos (llamada actualmente 

“neuropsicoanálisis”, cuyo fin consiste en reconciliar al psi-

coanálisis con los nuevos avances de la neurociencia del ce-

rebro) nos introduce en el segundo de los artículos de Mente 

y Cerebro: «Efectos del psicoanálisis en el cerebro». Por 

cierto, ¿no dijo el médico de cabecera de «Cristina F» que la 

paciente no tenía que ir al neurólogo porque las causas de su 

mal no las podía diagnosticar y solucionar tal especialista?

El experimento descrito en este segundo artículo consis-

te en lo siguiente. Para empezar, como es de rigor, se esta-

blecen dos grupos de individuos: uno para recibir la psico-

terapia específica (grupo experimental) y el otro el placebo 

(grupo control). Ahora bien, el método de obtención no es 

precisamente muy ortodoxo, ya que los grupos son elegi-

dos a dedo (no aleatoriamente), uno con 20 pacientes de-

presivos y otro con ¡20 personas sanas! Al principio tuve 

que leer varias veces la frase, no sea que el inconsciente 

freudiano me estuviera jugando una mala pasada. Pero no, 

he aquí como prueba la frase exacta:

Además de la veintena de sujetos con depresión, reclu-

tamos a otros tantos individuos sanos (de edades, sexo y 

formación equivalentes) como sujetos de control.

Evidentemente, los psicoanalistas son fraudulentos, no 

tontos. Para poder hacer una comparación (entre ambos 

grupos) del efecto terapéutico del psicoanálisis, a los pa-

cientes sanos del grupo control, mediante dos técnicas 

psicológicas  ad hoc, se les genera a nivel cerebral unos 

patrones neurobiológicos facticios (o artefactos), es decir, 

que simulan artificialmente los patrones neurobiológicos 

reales de la depresión. La denominación es mía. Los térmi-

nos empleados por los autores son los siguientes:

 Nos basamos en dos técnicas de evaluación: el diagnós-

tico psicodinámico operacionalizado (OPD, por sus siglas 

en inglés) y el sistema de dibujos proyectivo del apego del 

adulto (AAP). Los estímulos del primer método, con el que 

se analizan los rasgos para determinar ciertos patrones 

relacionales, debían servirnos para generar un patrón 

neuronal típico de la depresión, a saber, la hiperactividad 

en las regiones límbicas y subcorticales. A semejanza de 

los pacientes con depresión, los probando sanos presen-

taban modelos relacionales adversos que experimentaban 

como problemáticos y dolorosos, pero no un cuadro de-

presivo.

Así pues, se está comparando una enfermedad real con 

una facticia o artefacta, para lo cual sólo se tiene en cuen-

ta el patrón neurobiológico cerebral como fundamento de 

la comparación (lo mismo sucede en homeopatía cuando 

se compara la enfermedad real con la “enfermedad arti-

ficial”  generada  por  la  administración  de  los  productos 

Es imposible realizar ensayos 

clínicos rigurosos con el psi-

coanálisis, puesto que no se 

pueden formar grupos control 

con placebo ni se pueden for-

mar grupos homogéneos que 

sirvan de comparación.

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homeopáticos en dosis elevadas en el hombre sano). Eso 

es tan absurdo como comparar un eritema (mancha roja 

cutánea) solar con un eritema producido por un vulgar ras-

cado, por una infección subcutánea, por una micosis o por 

una psoriasis. Todos esos procesos cutáneos tienen, cier-

tamente, un parecido en el color, pero todo lo demás es 

absolutamente diverso; de hecho, se trata de enfermedades 

diferentes, y cualquier tratamiento común es una mala pra-

xis denunciable. Pero incluso aunque -volviendo a nuestro 

caso- comparáramos depresiones, miedos o angustias rea-

les, se debe probar, ante todo, que las causas o el origen de 

tales alteraciones psíquicas son producto del inconsciente 

freudiano (regresiones, complejo de Edipo no resuelto, 

etc.), ya que sólo así podemos decir que estamos hablando 

de psicoanálisis.

En suma, es un experimento sin distribución aleatoria 

y sin grupos homogéneos de comparación, más aún, uno 

de ellos está compuesto de individuos sanos debidamente 

artefactados para parecer enfermos. El experimento es un 

vulgar fraude destinado a justificar el psicoanálisis.

Recurriendo de nuevo a mi vena freudiana, un experi-

mento psicoanalítico real o verdadero sería de la siguiente 

guisa. Como es obvio, se partiría de enfermos depresivos 

reales de etiología psicoanalítica, es decir, con pruebas de 

que la depresión es generada por el inconsciente freudiano. 

A continuación, se establecerían aleatoriamente dos gru-

pos, uno experimental, al que se le aplicaría un psicoaná-

lisis real, y otro de control, al que se le suministraría un 

psicoanálisis placebo o simulado, por ejemplo, mediante 

sesiones con rememoración consciente de representacio-

nes inconscientes acompañada de una transferencia tam-

El neuropsicoanálisis actual 

consiste simplemente en una 

reinterpretación  de  nulo  va-

lor científico de los modernos 

estudios de neuroimagen me-

diante falsas analogías con 

conceptos psicoanalíticos.

(foto: Freud - Exploring the unconscious mind, por Enrico - www.flickr.com/photos/[email protected]/228705707/)

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bién falsa o simulada (que equivaldría a la pastilla placebo 

en los ensayos farmacológicos).

Evidentemente, todo esto es una pura ficción que muestra 

que el psicoanálisis es imposible de evaluar. Y si experi-

mentos como el de Anna Buchheim y colaboradores tienen 

algún valor, no es, desde luego, el de probar la realidad del 

psicoanálisis.

Así pues, el neuropsicoanálisis actual consiste simple-

mente en una reinterpretación -de nulo valor científico- de 

los resultados neurobiológicos a la luz de los conceptos psi-

coanalíticos (pulsión, represión, Edipo, etc.), para lo cual 

se buscan falsas analogías (por coincidencias accidentales) 

entre los conceptos del psicoanálisis y los datos neurobio-

lógicos procedentes de los modernos estudios de neuroima-

gen y de las lesiones del cerebro (que los neuropsicoana-

listas se encargan de “seleccionar”), con el fin de hacernos 

creer que el psicoanálisis es validado por la neurociencia. 

He aquí un ejemplo (tomado del artículo que estamos co-

mentando) de esta reinterpretación:

La disminución en la actividad de la corteza prefrontal 

medial constituía un claro signo de que los pacientes ya no 

recurrían, en la misma medida que al principio, a mecanis-

mos de represión

Semejante mecanismo neurobiológico (inhibitorio) nada 

tiene que ver con la represión psicoanalítica, que es un pro-

ceso psíquico en el que están implicados el ello, el yo, el 

superyó, la censura, la libido y la evolución de la misma. 

Todo lo cual (perteneciente al orden del alma o psique) de 

ninguna manera puede ser probado por los datos neurobio-

lógicos. Si existiera algo parecido al neuropsicoanálisis 

podríamos  producir,  mediante  técnicas  neurofisiológicas, 

represiones, manipular la censura, liberar a la consciencia 

contenidos  reprimidos,  modificar  complejos  de  Edipo  no 

resueltos, etc.

Respecto a las neuroimágenes de los supuestos efectos 

del psicoanálisis, lo fundamental que hay que saber es que 

no son específicas de ellos, ya que se confunden o sola-

pan en gran parte con las neuroimágenes de experiencias 

y procesos totalmente diferentes. Las áreas cerebrales no 

siempre están dedicadas a tareas concretas, es decir, no hay 

áreas específicas de la ansiedad y del miedo. Se trata de 

zonas muy extensas de la corteza cerebral que carecen de 

especificidad y que se superponen en gran parte con zonas 

correspondientes a otros procesos (o funciones concretas). 

De momento, carecemos de datos que nos indiquen cuán 

selectivamente activa es un área determinada. En el caso 

que nos ocupa, la prueba más evidente la ofrece el propio 

experimento, puesto que se consiguen patrones neurobioló-

gicos (neuroimágenes) semejantes tanto con depresión real 

como con depresión facticia, es decir, con y sin enfermedad 

real. Los propios autores llegan a reconocer que:

Parte de las regiones cerebrales observadas en este es-

tudio se hallan implicadas en otras psicopatologías. Junto 

a la corteza cingulada anterior, la amígdala y el hipocam-

po, algunas zonas del tálamo y del lóbulo frontal muestran 

con frecuencia una elevada actividad en los trastornos de 

ansiedad (fobia social, entre otras), así como en las depre-

siones o las compulsiones. Se presume que su denominador 

común es una perturbación en la regulación emocional: el 

lóbulo frontal no es capaz de mantener bajo control a la 

amígdala (centro de las emociones), de manera que esta 

última reacciona con hipersensibilidad. Las causas exac-

tas permanecen, por ahora, en la oscuridad.

Por tanto, para valorar las neuroimágenes hay que en-

cuadrarlas en el conjunto de la neurociencia: la neuroana-

tomía, neurofisiología y neuropatología. No tiene el mismo 

valor diagnóstico la imagen de un tumor o de un hematoma 

intracerebral, que la imagen de la actividad metabólica en 

una determinada zona que es común a una gran multitud 

de procesos psicobiológicos (al menos, insisto, por ahora y 

con las técnicas de ahora). Es importante advertir que los 

acupuntores y meditadores emplean el mismo truco para 

probar, respectivamente, la efectividad de los pinchazos y 

de la meditación.

EFECTOS SECUNDARIOS (ADVERSOS) DEL PSICOANÁLISIS

Para los autores del tercer artículo de Mente y Cerebro 

que ahora comentamos, la terapia psicoanalítica (que puede 

generalizarse al resto de psicoterapias) presenta, al igual 

que los denostados y peligrosos fármacos de la medici-

na científica, un buen número de efectos secundarios, así 

como un agravamiento de los síntomas tratados. Dejemos 

hablar a los autores:

En la actualidad, no existen dudas de que la psicotera-

pia puede ayudar a muchas personas. Sin embargo, hoy 

como antes, no está suficientemente claro cuándo, cómo y 

a quién beneficia. La terapia no siempre ayuda; en el peor 

de los casos, incluso puede resultar perjudicial.

Puedo estar de acuerdo en que la psicoterapia, como 

cualquier otra actividad (jugar al fútbol, oír música, dar un 

paseo o leer cómics), puede «ayudar» (física o psicológica-

mente) a las personas. El problema es que no es lo mismo 

«ayudar» que curar (eliminar la enfermedad). Para colmo, 

esa ayuda no se sabe cuándo, cómo y a quién le va a tocar, 

como en la lotería. ¿Alguien se imagina que eso sucediera 

con los antibióticos o los anestésicos? En resumen, parece 

ser que el beneficio de la psicoterapia se da al azar, es decir, 

carece de efectividad sistemática. Finalmente, admiten los 

autores que la psicoterapia además de azarosa puede ser 

perjudicial.

¿Cuál es el grado de dicho perjuicio? Para unos, el por-

centaje de fracasos y efectos secundarios es muy reducido. 

Para otros, sin embargo:

Los estudios demuestran la existencia de efectos nega-

En el colmo del cinismo, los 

psicoanalistas consideran el 

agravamiento de los síntomas 

como parte del proceso de cu-

ración.

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primavera 2014

tivos entre un 20 y un 40 por ciento de los casos tratados. 

Al menos así lo confirman Norman y Ann Macaskill, de los 

Servicios Comunitarios y de Salud Mental de Leeds y de la 

Universidad de Sheffield Hallam, respectivamente… Entre 

las consecuencias no deseadas destacaban  los problemas 

matrimoniales y los episodios depresivos. […]

En todas las modalidades de psicoterapia se encuentran 

efectos no deseados y nocivos. Estos van desde agrava-

mientos de los síntomas hasta cambios persistentes en la 

personalidad.

Está claro, pues, que existen efectos secundarios o em-

peoramiento de los síntomas en un buen porcentaje de ca-

sos (los datos oscilan -según el estudio considerado- entre 

el 10 y el 25 por ciento de los casos tratados), algunos de los 

cuales son serios. Los terapeutas, sin embargo, infravaloran 

esa cantidad de fracasos, de hecho, rara vez se preocupan 

del problema. En el colmo del cinismo, los psicoanalistas 

consideran el agravamiento de los síntomas como parte del 

proceso de curación.

Por último, según los autores del artículo, resulta difícil 

saber por qué fracasa un tratamiento. Después de analizar 

varios estudios, concluyen que los problemas de los pacien-

tes y las aptitudes de los terapeutas no constituyen las úni-

cas piezas clave: también influye la «química», el feeling 

entre ambos.

Pero aún hay más. En todo este estudio, se pasa por alto 

una cuestión fundamental: el hecho de que evaluar el riesgo 

de un tratamiento en términos absolutos posee un valor li-

mitado. El riesgo -que evidentemente existe, como ha que-

dado claro- debe ser evaluado en relación a sus potenciales 

beneficios. El beneficio en el psicoanálisis está tan débil-

mente probado que puede considerarse nulo. De lo que se 

deduce que cualquier complicación o cualquier efecto se-

cundario, por raros que puedan ser, influyen significativa-

mente en la relación riesgo/beneficio.

CONCLUSIÓN

El psicoanálisis, por mucho que lo publicite descarada-

mente la revista Mente y Cerebro, sigue siendo pseudocien-

tífico (en sus teorías), ineficaz (en la clínica) y peligroso 

(en  su  práctica);  en  consecuencia,  debe  erradicarse  de  la 

práctica médica científica.

Puedo estar de acuerdo en 

que la psicoterapia, como 

cualquier otra actividad, pue-

de «ayudar» a las personas. El 

problema es que no es lo mis-

mo «ayudar» que curar.