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H

ace años, quizás veinte, conocí a André Gunder 

Frank, el conocido científico social de origen ale-

mán ya fallecido. En aquella época, yo estaba nota-

blemente influido por la obra de diversos autores “relativis-

tas” procedentes tanto de la arqueología o la antropología 

como de la propia filosofía de la ciencia.

Durante una cena, empecé a expresar a André la dificul-

tad de trabajar con los restos de culturas antiguas, dado que, 

al ser adaptaciones socioculturales (es decir, no biológicas) 

a diferentes contextos naturales, sociales e históricos, era 

muy difícil conocer realmente nada de ellas, salvo nues-

tras propias construcciones del pasado. Le comenté que 

solo sabíamos de “apariencias”, no de “realidades”. Y lo 

mismo creía que pasaba al estudiar desde una perspectiva 

antropológica ciertas poblaciones de otras partes del globo 

terrestre: nunca hablábamos de ellas, solo de nosotros; co-

nocer la realidad era imposible, en caso de que existiera... E 

incluso eso pasaba en ciencias como la biología o la física. 

Pensaba que el concepto cerdo o gravitación universal eran 

conceptos o constructos nuestros, frutos de nuestra manera 

de entender la naturaleza en un momento dado.

André no estaba de acuerdo, pero tampoco parecía que 

estuviera especialmente atento a lo que yo decía. Hasta 

que, en un momento dado, le dije que iba al lavabo. Levan-

tó entonces su vista y, más o menos, me dijo: “La puerta 

está cerrada, ¿podrás entrar a través de ese constructo o la 

abrirás antes de pasar?” Sonrió y acabó su frase: “Si tienes 

prisa, te recomiendo la segunda opción, pues la primera te 

provocaría un chichón que tendría muy poco de constructo 

ideal y mucho de objetivo”.

Nuestro entorno es conocible y mejorable

Quizás sí exista un mundo real de chichones evitables 

por mí, por los yanomamos o por los antiguos romanos, si 

uno adopta decisiones racionales en su manera de actuar y 

de entrar en los lavabos o moverse por un bosque, aunque 

sea posible que haya siempre algunos chichones inevitables 

(llevo muchos, de hecho).

Y sí, también es posible decir cosas sobre los otros del 

pasado o de otras culturas. De hecho, hay hipótesis o con-

jeturas acerca de ellos que pueden ser discutibles y mejo-

rables, pero que tienen más elementos de certeza que otras 

que casi ni siquiera son discutibles, dado lo que sabemos o 

se puede comprobar (como la influencia de los marcianos 

en la construcción de las pirámides de Egipto). Solo el es-

pecular sin base sobre lo que no se sabe, sin tener en cuenta 

lo que sí se conoce, permite seguir justificando ciertos ex-

Bunge y las pseudociencias

un acercamiento personal

Alfonso López Borgoñoz

1

“El Universo existe por sí mismo, puede ser explorado

y la mejor manera de hacerlo es científicamente.”

Bunge, 2007 

Mientras que en las artes o 

en la ficción todo vale, en la 

ciencia solo son admisibles 

las conjeturas razonables,

aquellas que se pueden 

controlar de forma tanto 

conceptual como empírica

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travíos de la mente muy poco productivos a nivel científico 

o tecnológico y, por tanto, social.

Entonces... ¿no nos podemos permitir hacer conjeturas? 

¡Claro  que  sí!  No  podemos  evitar  hacerlas.  Pero,  como 

Bunge señala, mientras que en las artes o en la ficción todo 

vale, en la ciencia solo son admisibles las conjeturas ra-

zonables, aquellas que se pueden controlar de forma tanto 

conceptual (compatibilidad con el grueso del conocimien-

to) como empírica.

Y eso es verdad en física y en el estudio de la historia o 

de otros pueblos. Todo el mundo en todas las épocas se ha 

reproducido según su sexo del mismo modo (más o menos 

divertido, eso sí es tristemente cultural), han debido inge-

rir alimentos (y, antes de ello, han debido proveerse de los 

mismos), y han dormido, nacido, crecido, enfermado, en-

vejecido, muerto... de forma más o menos igual en lo físico, 

aunque con variaciones culturales.

Aunque variados en lo cultural, en lo básico iguales... 

pero siempre con la posibilidad de establecer hipótesis so-

bre el funcionamiento de cada cultura de forma razonable.

Hasta los relativistas (incluso profesores de filosofía de-

dicados  a  ello)  prefieren  volar  antes  en  aviones  que  con 

capas de Supermán. Y su tasa de curación con terapias de 

eficacia comprobada es más elevada que cuando usan otras 

basadas en supersticiones no validadas de ninguna manera, 

que algunos de ellos defienden como posibilidad filosófica. 

Desgraciadamente, el sida existe y negarlo es un insulto 

grave para sus víctimas, ya que no ayuda en nada a aumen-

tar el bienestar de los afectados, cosa que la buena ciencia 

sí consigue.

El universo (la realidad) existe de forma independiente a 

la humanidad y es comprensible, aunque el conocimiento 

del mismo pueda mejorar (o empeorar, según a la universi-

dad a la que uno vaya). Bunge escribe que “el conocimiento 

objetivo apoyado en pruebas firmes y teoría válida es muy 

superior a las corazonadas subjetivas”, aunque hemos de 

tener en cuenta que “la ciencia no demuestra el realismo, 

ni podría hacerlo, porque toda proposición científica, sea 

ésta dato o hipótesis, se refiere solo a hechos de un tipo 

particular. La ciencia hace por el realismo algo más que 

confirmarlo: lo da por supuesto”.

Pero vivir bajo ese supuesto no lo hacen solo los científi-

cos o los tecnólogos, sino todo el mundo en su vida diaria, 

incluso los filósofos más relativistas. Y eso es lo deseable, 

no solo como amantes de la filosofía o de la ciencia, sino de 

la vida o la ética en general.

(foto: Wikimedia Commons)

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Como hemos comprobado, como estamos comprobando, 

las actuaciones no basadas en la ciencia, asentadas no so-

bre la realidad o principios comprobables sino en filosofías 

políticas concretas con objetivos concretos no siempre ex-

plicitados, pueden llevar a desastres internacionales, como 

confundir una política económica ideológica con la econo-

mía, como le pasaba a Marx y le ha sucedido a la economía 

“global” en los últimos años.

Existe un mundo social y natural que es cognoscible y 

claramente mejorable, y en el que podemos actuar de for-

ma racional tratando de equivocarnos lo menos posible en 

nuestras decisiones a través de la experiencia y consiguien-

do avances significativos en el campo de la física, la bio-

logía, la economía, la arqueología, la ética o el derecho, 

si conseguimos que lo que afirmamos esté planteado de la 

manera más razonable y comprobable posible.

Tal vez tuviera razón Einstein, al hablar de los axiomas 

morales, como recoge Bunge, cuando escribía: “Los axio-

mas éticos son fundados y puestos a prueba de manera no 

muy diferente a los axiomas de la ciencia. La verdad es lo 

que resiste la prueba de la experiencia”.

Escepticismo metodológico

Como fruto de estos intereses, comencé a colaborar ac-

tivamente en el debate contra las falsedades o errores con 

apariencia de verdad (o “imposturas intelectuales”, según 

denominaron más tarde Alan Sokal y Jean Bricmont en su 

libro de ese mismo título a ciertas posiciones defendidas 

desde el postmodernismo y el relativismo).

Al principio, mi intervención fue ligera, preocupado me-

ramente por las llamadas pseudociencias más livianas y 

triviales, en la tesitura de tratar de desmontar, por ejemplo, 

hipótesis sobre astronautas en el mundo maya basadas en 

datos no comprobables.

Cuando me introduje más, empecé a preocuparme por 

otros campos, al tratar de documentarme e informar sobre 

el peligro real que supone la profunda inexactitud de las 

“teorías” acerca de la validez y utilidad de muchas de las 

medicinas falsamente alternativas, o del creacionismo en 

cualquiera de sus formas y mutaciones para adaptarse a 

cada medio (casi de forma darwinista, lo que no deja de ser 

paradójico).

Me embarqué en el llamado movimiento escéptico, que 

en realidad nada tiene que ver con el escepticismo clásico 

de Pirrón o Sexto Empírico, que yo valoraba antes mucho 

—y cuya lectura en su vertiente clásica aún me encanta— 

ni con sus variantes de la época moderna, que negaban la 

posibilidad de todo conocimiento.

El mío era un escepticismo metodológico o científico, de 

duda  metódica  pero  no  sistemática.  Como  lo  define  per-

fectamente Bunge en un texto incluido en este libro, “es 

una posición tanto metodológica como práctica y moral. En 

efecto, quienes lo adoptan creen que es tonto, imprudente y 

moralmente erróneo afirmar, practicar o predicar ideas im-

portantes que no hayan sido puestas a prueba o, peor aún, 

que hayan mostrado de manera concluyente ser totalmente 

falsas, ineficientes o perjudiciales”.

Este tipo de escépticos, continúa Bunge, “creen todo 

aquello que haya sido probado o que haya mostrado que 

goza de respaldo empírico sólido. Descreen de todo aquello 

que choque con la lógica o con el grueso del conocimiento 

científico y sus hipótesis filosóficas subyacentes. El suyo es 

Mi duda, nuestra duda, 

no es sobre la posibilidad 

de conocer sino sobre 

las afirmaciones acerca 

de las cosas que no son 

comprobables. Sobre las 

pseudociencias, vamos.

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un escepticismo matizado, no un indiscriminado. Los es-

cépticos metodológicos sostienen numerosos principios y, 

sobre todo, confían en que los seres humanos harán progre-

sar aún más el conocimiento de la realidad. Su fe es crítica, 

no ciega. Se trata de la fe del explorador, no de la fe del 

creyente. No creen en aquello que no está respaldado por 

pruebas, pero están dispuestos a explorar las ideas nuevas 

y audaces si encuentran razones para sospechar que puedan 

tener posibilidades […]. Tienen la mente abierta, pero no 

la mente en blanco. Se apresuran a filtrar la basura intelec-

tual”. Y también: “Quienes ponemos en tela de juicio las 

creencias en los fantasmas, la reencarnación, la telepatía, la 

clarividencia, la telequinesia, la rabdomancia, las influen-

cias de los astros, la magia, la brujería, las ‘abducciones’ 

por ovnis, la grafología, la cirugía psíquica, la homeopatía, 

el psicoanálisis y otras por el estilo, nos llamamos a noso-

tros mismos escépticos. Pero al hacerlo queremos indicar 

que adoptamos la famosa duda metódica de Descartes. Se 

trata  de  una  desconfianza  inicial  respecto  de  las  percep-

ciones, informaciones y pensamientos extraordinarios. No 

quiere decir que los escépticos cierren sus mentes a los 

acontecimientos extraños sino que, antes de admitir que ta-

les sucesos son reales, desean que se los controle por medio 

de nuevas experiencias o razonamientos. Los escépticos no 

aceptan ingenuamente la primera cosa que perciben o pien-

san. No son crédulos, pero tampoco son neofóbicos. Solo 

son críticos. Antes de creer, quieren ver pruebas”.

Mi duda, nuestra duda, no es sobre la posibilidad de co-

nocer sino sobre las afirmaciones acerca de las cosas que no 

son comprobables. Sobre las pseudociencias, vamos.

Y para la lucha conceptual contra las mismas, la obra de 

Bunge es maravillosa por su claridad, amenidad, rigor, co-

herencia y facilidad de lectura. Y por atreverse a exponerla 

con generosidad y sin cortapisas ante cualquier público.

Víctima yo aún de autores encumbrados y oscuros, los 

escritos de Mario Bunge me han aportado siempre valiosas 

herramientas conceptuales con las que acercarme a los ob-

jetos de mi interés, señalando la importancia de establecer 

una nítida separación entre ciencia y pseudociencia.

Para él, negar la necesidad de definir bien lo que es cien-

cia no es correcto. Como escribió hace años, “ante la au-

sencia de una caracterización explícita y adecuada de la 

ciencia (y de su opuesto, lo que no es ciencia), ciertas teo-

rías y prácticas fraudulentas se pueden colar por las puertas 

de la ciudadela de la ciencia. Piénsese en la cosmología 

creacionista, el ‘creacionismo científico’, el determinismo 

genérico, el psicoanálisis o la utilización de las manchas de 

tinta para el diagnóstico de la personalidad y de la hipnosis 

para la recuperación de la memoria”.

A muchos no parece preocuparles grandemente el mundo 

de las pseudociencias. En las universidades y los medios 

académicos creen que es una forma de pensar inofensiva y 

propia del vulgo, de la plebe, pues “están demasiado ocupa-

dos con sus propias investigaciones como para molestarse 

por tales sinsentidos. Esta actitud, sin embargo, es de lo 

más desafortunada”.

Como el mismo Bunge señala, este tipo de falso cono-

cimiento es más dañino de lo que parece pues, al fin y al 

cabo,  el  método  científico  constituye  la  mejor  estrategia 

para conseguir las verdades más objetivas, precisas y pro-

fundas acerca de hechos de toda clase, naturales o sociales. 

No solo hablamos de las cosas, sino también de la gente y 

de sus relaciones.

Pero no solo es ciencia “de las cosas”, no solo se trata de 

diferenciar de la forma más correcta posible los conceptos 

físicos o químicos. Tras la búsqueda del conocimiento so-

bre nuestro entorno, en Bunge hay una seria reflexión ética 

acerca de la relación de los seres humanos con la naturaleza 

y con otras personas. Su realismo científico filosófico inte-

gral es “la filosofía que casi todo el mundo practica cuando 

intenta resolver sus problemas de todos los días. Única-

mente los filósofos pueden profesar el antirrealismo y esto 

solo cuando escriben o enseñan”. El falso conocimiento no 

sirve. No ayuda.

La defensa no es porque sí, sino porque cree importante 

“la posibilidad de construir una filosofía práctica científi-

ca. Ésta sería un código moral y una filosofía política di-

señadas para personas reales en sociedades reales, no para 

ángeles en utopías. Es decir, ese código estaría diseñado 

para individuos que se enfrentan a dilemas morales reales 

en sistemas sociales reales; personas con necesidades y as-

piraciones, así como con derechos y deberes”. Es más, “la 

filosofía política no es un lujo, sino una necesidad, ya que 

se la necesita para entender la actualidad política y, sobre 

todo, para pensar un futuro mejor. Pero para que preste se-

mejante servicio la filosofía política deberá formar parte de 

un sistema coherente al que también pertenezcan una teoría 

realista del conocimiento, una ética humanista y una visión 

del mundo acorde con la ciencia y la técnica contemporá-

neas”.

Mario Bunge es un referente en filosofía de la ciencia a 

nivel mundial, al que no le gusta hablar solo en las universi-

dades y ser leído solo por catedráticos en una torre de mar-

fil, sino que le preocupan los riesgos de la mera palabrería. 

Y esa preocupación la tiene tanto en círculos académicos 

como en revistas de divulgación, en la prensa, en congre-

Los escritos de Mario Bunge 

me han aportado siempre 

valiosas herramientas 

conceptuales con las que 

acercarme a los objetos de 

mi interés, señalando la 

importancia de establecer 

una nítida separación entre 

ciencia y pseudociencia.

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sos, etc.

André Gunder Frank, mencionado al comienzo de este 

prólogo, nació en Alemania. Sus padres huyeron de la Ale-
mania nazi ya en 1934, cuando él tenía solo cinco años. 
Como le sucedió a Sophie Scholl y a muchos otros alema-
nes, André me señaló que no hacía falta ser judío ni víctima 
directa de los peores crímenes del régimen hitleriano para 
darse cuenta de que realmente, de forma objetiva, aquello 
no podía ser bueno. Que no era relativo.

No todo es igual y hay que defender el mejor conoci-

miento crítico posible. Y eso es un poco lo que creo que 
defiende Bunge, y así lo muestra de forma insistente en sus 
obras.

Sobre este libro

Este libro surge del interés del editor, Serafín Senosiáin, 

y del mío propio en reunir en castellano los artículos más 
significativos  publicados  por  Mario  Bunge  dedicados, 
en general, a clarificar el principio de demarcación entre 
ciencia y pseudociencia, así como otros trabajos suyos que 
creemos relacionados.

En la selección de textos, originalmente publicados en 

inglés en su mayoría, nos ayudó el propio Mario Bunge, 

quien sugirió algunos textos que él consideró que mere-
cían estar incluidos. La facilidad de trabajar y colaborar 
con el autor en todo momento, desde hace ya tiempo, con 
respuestas rápidas, claras y acertadas, ha sido un motivo de 
satisfacción.

De todos los artículos seleccionadas en un primer mo-

mento descartamos, finalmente, por recomendación del tra-
ductor, Rafael González del Solar, el texto “The Scientist’s 
Skepticism” (titulado en español “El escepticismo del cien-
tífico”), el cual es solo un extracto del texto “Creencias y 
dudas de un escéptico”, que sí se incluye en el presente 
libro. El orden de los artículos, por otra de las muchas su-
gerencias acertadas de Rafael González del Solar, se basa 
en su organización temática y no cronológica.

Para acompañar los textos, hemos creído adecuado soli-

citar otros dos prólogos al propio Rafael González del Solar 
y a la profesora Cristina Corredor, que espero ayuden al 
lector tanto como a nosotros a acercarse a la figura y obra 
del filósofo argentino.

1. Reproducimos con permiso este prólogo extraído del libro “Las 
pseudociencias ¡vaya timo!” de Mario Bunge. ISBN: 978-84-92422-
24-1.