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el escéptico
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EL FRAUDE EN LA CIENCIA:
UN TOQUE DE AUTOCRÍTICA
¿Cómo puede identifi carse una conducta engañosa en el campo científi co?
El lector podrá encontrar el original en: http://suplementos.laopinion.es/ciencia/material/pdf/2008/10/04102008.pdf
Luis J. Capote Pérez
Artículo
V
ivimos en el marco de una
cultura invadida por el fraude.
En los últimos tiempos, hemos
visto como los medios de comunicación
anuncian periódicamente el descubrimiento
de actividades engañosas, surgidas en
diversos campos de la actividad humana. La
literatura, las fi nanzas, la religión… nada
parece librarse de la presencia de personas
que, en un momento determinado, incurren
en comportamientos que pueden califi carse
como fraudulentos, sin que la ciencia sea
una excepción a esa regla. Sin embargo,
la asunción de esta realidad no implica, en
modo alguno, la veracidad de esa afi rmación
(tan repetidamente esgrimida desde el
mundo de las pseudociencias) según la
cual la ciencia o, más concretamente, los
científi cos, engañan a la sociedad. Como
se verá, también a la hora de enfrentarse
al fraude, la ciencia está muy alejada
de aquellas supuestas disciplinas que
pretender hacerse pasar por tal. ¿Cuáles
son las formas que adopta el fraude en el
ámbito científi co? Quienes han tratado la
materia distinguen tres modalidades, bien
diferentes entre sí:
En primer lugar podría citarse, muy alejada
de las restantes, la llamada “ciencia débil”,
cuya actividad, sin ser intrínsecamente
engañosa, tampoco resulta útil de cara al
avance del conocimiento, al plantear la
mera repetición de lo ya sabido.
En segundo lugar, tenemos una actividad
científi ca en la que, sin existir conciencia ni
voluntad de fraude, se acaba produciendo
un resultado engañoso, derivado del empleo
de técnicas inadecuadas o de una mala
interpretación de los datos de partida.
En tercer lugar, tenemos por último una
actividad dolosa, en el sentido de que en
ella laten el conocimiento y el deseo de
cometer un engaño, y donde se pueden
incluir comportamientos tales como la
manipulación de datos o la falsifi cación de
pruebas o restos arqueológicos.
Aunque se trata de situaciones bien
diferenciadas, cabe la posibilidad de que,
en un momento determinado, se pase
de un punto a otro, lo cual depende de la
actitud y el comportamiento de la persona o
personas implicadas en la propia actividad.
Un excesivo enamoramiento de las ideas
o el deseo de que los resultados de una
investigación coincidan con una visión
preconcebida de la solución a un problema
pueden ser los detonantes de esa variación.
resultados a corto plazo que puedan
explotarse en el mercado. Si se aúnan estas
causas con las anteriores, puede concluirse
que la tensión a la que llegan a estar
sometidos los científi cos explica que, en
determinados casos, se acabe produciendo
un comportamiento fraudulento.
¿Cómo puede identifi carse una conducta
engañosa en el campo científi co? Con
carácter indiciario, se puede sospechar
de la existencia de un comportamiento
de estas características a partir de ciertos
datos, como pueden ser: el descubrimiento
o resultado se anuncia en los medios de
comunicación antes de o en lugar de en
los foros científi cos habituales; se dan
afi rmaciones de carácter genérico, en lugar
de datos concretos y específi cos; en línea
con lo anterior, se echa mano de un lenguaje
mucho más sensacionalista (e impropio
de la literatura científi ca) planteándose
que el nuevo descubrimiento cambiará o
revolucionará un determinado campo; no
se da una información clara (o más bien,
se oculta) del mecanismo empleado para
alcanzar las conclusiones planteadas; se
apela, en muchos casos, al argumento de
autoridad, según el cual la persona apela
a su prestigio profesional para avalar la
validez de sus estudios; por último, cuando
se alzan voces escépticas, críticas o que,
simplemente, piden pruebas, el aludido
manifi esta sentirse perseguido o denuncia
la existencia de maniobras para silenciarle,
poniendo como ejemplo el caso de Galileo.
¿Existen medios en el campo científi co,
para enfrentarse a la existencia del fraude?
Como se planteaba al principio, en este
punto la ciencia marca las diferencias con las
pseudociencias. En tanto que éstas, prietas
las fi las, niegan la existencia del engaño,
aquélla, por su propia naturaleza y con su
propio método, permite el descubrimiento
de esos comportamientos que han acabado
en llamarse, no sin cierta razón, «ciencia
basura».
Entre los motivos para co-
meter fraude está la nece-
sidad imperiosa de publi-
car. Publicar es la base que
permite el acceso a becas y
puestos de trabajo”.
¿Qué puede mover a una persona que
desarrolla su actividad profesional
en el ámbito científi co a incurrir en
comportamientos encuadrables dentro los
supuestos planteados? Los motivos son
múltiples. Unos, son predicables de la propia
naturaleza de la actividad científi ca que,
por defi nición, tiene un acusado elemento
competitivo. La obtención de resultados
y su posterior publicación son la base que
permite el acceso a becas y puestos de
trabajo. Además, se trata de una profesión en
la que no existe, sobre todo en los primeros
años, una meta defi nida. Dejar de investigar
y de publicar los resultados durante un
período relativamente largo de tiempo
equivale a quedar fuera de los circuitos del
conocimiento y, en consecuencia, de los
medios para desarrollar la actividad.
También existen motivos externos, de
orden social, económico y hasta político.
En muchos casos, las investigaciones
vienen fi nanciadas por entidades públicas
o privadas que exigen, en muchos casos,