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Especial
Capítulo quinto del libro El psicoanálisis ¡vaya timo!
DEL MITO AL TIMO
Carlos Santamaría y Ascensión Fumero
P
ocas teorías han mostrado mayor ambición
con un cuerpo de conocimientos tan exiguo
como el psicoanálisis. La teoría psicoanalítica
es capaz, supuestamente, de explicar el desarrollo
humano, la implantación y desaparición de recuerdos,
las enfermedades mentales, las normas sociales, el
fundamento de cualquier manifestación cultural y
hasta por qué nos hacen gracia los chistes. Una de las
causas que pudo estar en la base de esta desmesurada
ambición fue la propia arrogancia de Sigmund
Freud. Con menos de 30 años, y cuando era lo que
hoy llamaríamos un estudiante de postgrado a las
órdenes de Jean-Martin Charcot, escribió una carta
a su prometida comunicándole que había cambiado
sus ideas, por lo que había decidido destruir todos sus
escritos anteriores para que sus biógrafos no tuviesen
información sobre sus planteamientos originales. En
su opinión, las generaciones futuras buscarían esa
información, pero el sufrimiento de sus defraudados
biógrafos no le causaba tristeza. Lo más curioso es que
Freud acertó: se han publicado multitud de biografías
sobre él y aquellos papeles destruidos hubiesen sido,
sin duda, objeto de estudio de sesudos eruditos.
Freud no se conformaba con lo que podía aportar la
ciencia. Había publicado algunos estudios científicos
sobre la médula espinal de las anguilas, los cangrejos
de río y las larvas de las lampreas, pero esta línea
de investigación no le hubiera reportado la fama
que obtuvo tras abandonar el camino del método
científico, ni tampoco, por supuesto, el dinero dejado
por pacientes, libros y conferencias.
El método científico es necesariamente lento: lo que
un investigador puede demostrar es siempre mucho
menos de lo que es capaz de imaginar y escribir.
Como hemos visto, Freud dispuso de un limitadísimo
conjunto de observaciones, pero en su correspondencia
de los últimos años llegó a decir que el psicoanálisis
podría haber evitado la Primera Guerra Mundial. Sus
seguidores tomaron buena nota de ese estilo y no se
dejaron amedrentar por lo limitado de sus datos a la
hora de construir explicaciones ambiciosas.
Lamentablemente, muchos de ellos no tuvieron la
capacidad creativa y literaria de Freud. En cualquier
caso, el psicoanálisis se presentó al mundo como
una disciplina capaz de responder directamente a los
problemas humanos. De hecho, los psicoanalistas
suelen criticar a la psicología científica por estar
«apartada» de los intereses reales de las personas.
No cabe duda de que la invención y la fábula pueden
despertar mayor interés popular que la descripción
de hechos contrastados, como hacen las disciplinas
científicas y cualquier acercamiento honesto a la
realidad. Por ejemplo, si un reportero riguroso se
limita a informar que un político entró en un coche
Portada original del libro. (Archivo)
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con una chica desconocida obtendrá menos fama que
si monta una historia sobre infidelidades amorosas
que expliquen acuerdos de gobierno o cualquier
otro asunto que se le pueda ocurrir. Siguiendo el
símil periodístico, el psicoanálisis vendría a ser
algo así como «psicología amarilla»: la narración de
explicaciones arbitrarias sin base real.
El movimiento psicoanalítico se ha constituido
más en una doctrina semireligiosa que en una
disciplina científica. Ya indicamos, al referirnos al
curioso parecido entre el complejo de Edipo y el
pecado original, que hay claros paralelismos entre
el psicoanálisis y la religión. Además, al igual
que una secta, el psicoanálisis forma sus propios
«sacerdotes», fuera del ámbito académico. Nadie
sale de la universidad con un título de psicoanalista:
el interesado deberá formarse en los ámbitos que las
sociedades psicoanalíticas estipulen.
El analista establecerá lo que es bueno y malo para
el paciente y lo que debe o no creer sobre sí mismo.
Para muchos psicoanalistas, las obras de Freud
constituyen un libro sagrado. Es probable que ellos
no recuerden haber sufrido el complejo de Edipo, y
no hallen razones para creer que durante una época
de su infancia obtuvieron placer sexual de naturaleza
oral o anal, pero estarán dispuestos a llevar a cabo un
acto de fe sobre todos esos supuestos e impondrán a
sus pacientes la misma penitencia.
En este libro hemos ofrecido argumentos en favor de
tres ideas esenciales. La primera es que las teorías del
psicoanálisis no tienen fundamento científico, ya que
en general son incomprobables, y en los casos en que
se han tratado de comprobar se han mostrado falsas o
irrelevantes. La segunda idea es que ni siquiera desde
el punto de vista más pragmático podemos sostener
que el psicoanálisis es al menos útil, bien sea para
el tratamiento de las neurosis, para el conocimiento
del desarrollo humano o para avanzar hipótesis que
pudieran contrastarse en investigaciones posteriores.
La tercera idea es que el uso del psicoanálisis ha
resultado en muchos casos perjudicial. Por ejemplo,
muchas personas han sufrido debido a los falsos
recuerdos implantados por el analista sobre abusos
recibidos por parte de sus seres más queridos, y éstos
experimentarán no menos amargura al conocer tales
recuerdos, por más que ellos sepan de su falsedad.
Por otra parte, la aportación del psicoanálisis a
otras disciplinas ha introducido no poca confusión.
No es infrecuente que antropólogos, filólogos o
historiadores piensen que las teorías psicoanalíticas
están demostradas científicamente por provenir de
una disciplina relacionada con la ciencia médica,
cuando, como hemos visto a lo largo del libro, la
ciencia en el psicoanálisis es sólo apariencia.
Para terminar, abordemos lo que nos parece el
verdadero enigma del psicoanálisis, que no es,
desde luego, ninguno de los que suelen plantear los
psicoanalistas. Es posible que usted haya pensado en
él mientras leía este libro, y podríamos enunciarlo
así: ¿qué hace que algo tan escaso de fundamento,
tan poco útil y hasta dañino, haya alcanzado tan alto
nivel de popularidad? Para abordar esta cuestión no
es necesario acudir a estrategias distintas de las que
usamos para indagar sobre la popularidad de otras
pseudociencias.
Como la astrología, el psicoanálisis nos dice cosas
relevantes sobre nosotros mismos apelando a
ideas presuntamente científicas que estarían detrás
de sus afirmaciones. Además, tales ideas no son
comprobables por quien las lee. Tan fuera del alcance
de cualquiera de nosotros está comprobar nuestros
complejos ocultos como la influencia de Marte en
nuestro afán de superación.
Lacan considera a Freud, junto a Marx y Nietszche,
cofundador del «partido de la sospecha». Lo que tienen
en común los miembros de este partido es el empeño
por desenmascarar los vicios ocultos de la burguesía.
Marx habría revelado la avaricia del capitalismo,
Nietszche el resentimiento de la moral cristiana que
Carlos Santamaría y Ascensión Fumero. (Archivo)
Especial colección «¡Vaya Timo!»
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impedía el surgimiento del superhombre, y Freud la
profunda depravación sexual oculta tras la respetable
apariencia de la burguesía de su tiempo.
El propio Freud dio origen a una especie de teoría
de la conspiración supuestamente orquestada contra
el psicoanálisis, y se refiere en diversas ocasiones
a la resistencia que habría de encontrar su teoría.
Sin embargo, lo que sucedió realmente fue que
el psicoanálisis se popularizó desde el principio.
El argumento de la conspiración no es exclusivo
del psicoanálisis, y suelen aducirlo también los
ufólogos que dicen que los gobiernos ocultan datos
sobre avistamientos ovni, o los defensores de las
medicinas «alternativas» que se quejan de la falta de
reconocimiento que reciben por parte de la «ciencia
oficial». En realidad, apelar a conspiraciones suele
ser bastante útil como herramienta retórica para crear
intriga.
El hecho de que el psicoanálisis empezara a aludir
continuamente al sexo en una época de honda
represión sexual fue, tal vez, su mejor elemento de
propaganda. Como adolescentes, los miembros de
aquella sociedad se vieron profundamente fascinados
por unos libros y unas conferencias que les hablaban
de lo que no se podía tratar en otros ámbitos. El
entorno médico y cultural en que comenzaba a
propagarse el psicoanálisis le servía de coartada para
abordar asuntos intratables en otros ambientes. El
propio Breuer, coautor junto con Freud de su primer
libro sobre la histeria, llegó a decir que el principal
objetivo del desmedido énfasis de Freud en la
sexualidad había sido épater le bourgeois (es decir,
provocar a los burgueses). Parece que lo consiguió, y
que despertó en ellos un gran interés.
El psicoanálisis se atreve, además, a abordar la
explicación de cualquier fenómeno, lo que evita
que los clientes se sientan desilusionados por lo que
reciben a cambio de su dinero. Las explicaciones
que escucha quien se somete al psicoanálisis no son
triviales o anodinas sino, por el contrario, bastante
llamativas. A una persona adicta al alcohol que acuda
a una consulta ordinaria se le darán explicaciones
simples y un tratamiento en el que participará en gran
medida gracias a su propia voluntad. Si acude a un
psicoanalista, oirá posiblemente que el origen de su
problema está en un lejano confl icto de la infancia, que
una vez superado hará desaparecer su alcoholismo. El
segundo método es mucho más atractivo que el primero
y, además, en la mayoría de los casos, tendrá como
consecuencia que el paciente podrá seguir bebiendo.
A todos nos gusta sentirnos especiales, pensar que
nuestro comportamiento se debe a razones profundas
y que el mundo está regido por intenciones ocultas.
Cualquier novela o película que incluya estos elementos
suele tener éxito. Parece que el psicoanálisis no lo ha
tenido menos. Freud construyó una especie de religión
laica para los nuevos tiempos y un mito del que, como
predecía Ludwig Wittgenstein ya en la primera mitad
del siglo XX, nos será muy difícil desembarazarnos:
el mito del diván.
Sigmund Freud. (Archivo)
Un diván, mueble asociado al psicoanálisis. (Archivo)