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“Me gustaría hacer notar que las recientes misiones Ma-
riner y Viking han demostrado más allá de toda duda ra-
zonable la existencia de una civilización marciana con un
muy alto nivel tecnológico. Camuflar completamente, en
un periodo de muy pocos años, el sistema planetario de
canales es en sí mismo un extraordinario logro de inge-
niería. Pero lo superan hazañas científicas como a) pre-
decir los lugares de aterrizaje de las Viking y b) descon-
taminar las zonas implicadas tan minuciosamente que
haya sido eliminado todo rastro de materia orgánica. Com-
prendo que los célebres expertos Erich von Däniken y
Charles Berlitz estén ahora compitiendo por presentar es-
tas sensacionales conclusiones al mundo”. Cuando hace
veinte años leí estas líneas de un afamado divulgador cien-
tífico y autor de ciencia ficción, me sorprendieron; aunque
no tanto como lo último que ha caído en mis manos de
Antonio Ribera (Barcelona, 1920).
Entronizado en el Olimpo de la ufología hispana desde que
publicó El gran enigma de los platillos volantes en 1966,
los numerosos dislates de Ribera han sido sistemática-
mente ignorados por quienes se consideran sus discípulos.
El maestro tiene bula para afirmar que Ezequiel vio una
nave extraterrestre, que alienígenas del planeta Ummo lle-
van varias décadas entre nosotros, que en la prehistoria se
disparaban balas, que hay doce regiones misteriosas
como el triángulo de las Bermudas, que somos el producto
de un experimento genético alienígena y que fue abduci-
do por extraterrestres en su más tierna infancia.
Si cualquiera de esas cosas la sostiene, por ejemplo,
Juan José Benítez, la ufología seria no duda en calificar-
le de sensacionalista. Pero, a Ribera, no. Nada de eso se
le echa en cara. Así, uno de los patronos de la Fundación
Anomalía, que aglutina a los representantes de la ufología
crítica española
, considera que Abducción (1998), el ené-
simo libro en el que vuelve a contar las mismas historias
–plagadas de medias verdades– de siempre sobre huma-
nos secuestrados por extraterrestres, es un “interesante es-
tudio, muy recomendable para iniciarse en la comprensión
de este controvertido asunto”. Esa misma manga ancha
hará que un muro de silencio se levante ante las últimas,
por ahora, palabras del pionero de los ovnis en España
centradas en una obsesión marciana que le viene de an-
tiguo.
Antonio Ribera ha defendido desde hace décadas la
idea de que los ovnis proceden de Marte y de que las épo-
cas de mayor número de observaciones –de oleadas, en
jerga platillista– se corresponden con las de mayor proxi-
midad entre el planeta rojo y la Tierra. La teoría la formuló
por primera vez el ufólogo gallego Óscar Rey Brea en
1954, pero el autor catalán la asumió como propia y aca-
bó conviertiéndose en su principal abanderado.
El tiempo ha demostrado que las oleadas de ovnis no
tienen nada que ver con la distancia que separa a Marte
de nuestro planeta, y que tampoco hay ni ha habido una
civilización marciana como la que defendían hace medio
siglo Ribera y otros ufólogos de su generación. Claro que
eso no ha servido para que el maestro despierte de la en-
soñación en la que se sumió a mediados de la pasada cen-
turia. Es más, tras la lectura del último libro de Graham
Hancock, el Von Däniken de los años noventa, Ribera ha
ahondado en su particular sueño de la razón.
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Los
marcianos
de
LUIS ALFONSO GÁMEZ
JPL/NASA
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EL ENIGMA DE CLAVIUS
Así, en el artículo que firma en el número de marzo de la
revista Karma.7
1
, recuerda un episodio que uno creía per-
dido en el baúl de los recuerdos y que contó por primera
vez en El gran enigma de los platillos volantes. En 1965,
Ribera se sorprendió ante una imagen del planeta rojo to-
mada por la Mariner 4. La foto correspondía al cráter Ma-
riner, de 151 kilómetros de diámetro y situado en las in-
mediaciones de la fosa
Sirenum, en el hemisferio
sur marciano. “Yo había vis-
to con anterioridad aquella
imagen. Luego recordé
cuándo y dónde: en un
atlas de Astronomía, y re-
presentaba el gran circo
Clavius, de la Luna”, reme-
mora. El ufólogo pidió en-
tonces a Josep M. Oliver,
presidente hoy en día de la
Agrupación Astronómica de
Sabadell, que le ayudará a
realizar un estudio compa-
rativo de ambos paisajes.
Fruto de esa colaboración
fue un texto en el que des-
tacaban la extraordinaria si-
militud entre el cráter lunar
y el marciano. La comuni-
cación que Ribera y Oliver
presentaron en la Segunda
Semana Astronáutica Na-
cional, celebrada en Barce-
lona en 1966, concluye de-
sechando que estemos ante
una simple coincidencia:
“Abrigamos la viva sospe-
cha de que no es éste el
caso, y de que la explica-
ción es muy otra, incluso
descartando la hipótesis
–inadmisible– de fraude.
Quizás únicamente el envío
de astronaves tripuladas a
Marte consiga resolver el
misterio. Pues misterio hay”.
¿Lo hay?
Ribera sostiene todavía
que sí. “Hallamos –escribe
más de tres décadas des-
pués en Karma.7 respecto a las similitudes entre ambos
paisajes– nada menos que 32 concordancias, lo cual que-
ría decir que sólo había una posibilidad de concordancia
entre 2.128 (seguida de 56 ceros) agrupamientos posibles
de dichas características topográficas”. Quizá tenga en
mente la tercera de las posibles explicaciones que le dio
en una carta Aimé Michel, el patriarca de la ufología fran-
cesa
: que alguien “se divirtió reproduciendo sobre un as-
tro el paisaje de otro astro”. Y no hace falta que precise-
mos quién es ese alguien: píntenlo de verde, pónganle
antenas y móntenlo en un utilitario volante con forma de
platillo.
Pero ¿qué piensa, y pensaba en la época, Josep M. Oli-
ver, a quien el ufólogo ibérico pone poco menos que como
avalista de la autenticidad del misterio? “Mi opinión so-
bre la similitud entre las dos fotografías es ahora la mis-
ma que entonces: una curiosa casualidad, y nada más”,
me indicó el presidente de la Agrupación Astronómica de
Sabadell el pasado 8 de marzo. Oliver añadió que su par-
ticipación en el estudio “consistió en realizar los dibujos,
ya que profesionalmente soy diseñador gráfico e ilustra-
dor”, que considera el parecido entre ambos paisajes algo
“curioso” y que, además de no compartir la tesis de su
amigo Ribera, el cálculo de probabilidades –que corrió a
cargo de una tercera persona– “es erróneo, ya que está
mal planteado”. Así pues, de misterio nada.
Como no tiene nada de enigmático el hecho de que
muchas expediciones a Marte se hayan saldado en sona-
dos fracasos. De las treinta misiones enviadas al planeta
rojo desde 1960, menos de un tercio puede considerarse
un éxito, recordaba recientemente Ed Weiler, administra-
dor adjunto para Ciencias del Espacio de la NASA. Sin-
ceramente, si hay algo que a muchos nos sorprende es la
capacidad del ser humano para enviar un ingenio producto
de su tecnología hasta un mundo que se encuentra, en el
mejor de los casos, a más de 55 millones de kilómetros de
la Tierra.
A Ribera, sin embargo, le sorprende lo contrario. “Mar-
te es el planeta que ha suprimido más sondas rusas o
americanas enviadas a su superficie o sus satélites”, dice.
Como prueba de esa malévola intencionalidad del vecino
planeta, de esa perseverancia marciana por frustrar los in-
tentos de exploración humana, cita el caso de la Fobos 2,
destruida mientras procesaba imágenes de Fobos. La úl-
tima imagen que envió a la base fue la de una enorme y
desconcertante sombra elíptica, de varios kilómetros de
longitud, sobre la superficie marciana”. Ceba así el falso
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Antonio Ribera
La verdad no es algo que
vaya a estropear un buen misterio
al padre de la ufología española
El cráter lunar Clavius.
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misterio de que la sonda fue derribada por una nave ex-
traterrestre a la que correspondería la sombra, que en rea-
lidad es una deformada del satélite Fobos, como explicó
en su momento Alexandr Selivanov, uno de los científicos
del proyecto.
Pero, claro, la verdad no es algo que vaya a estropear
un buen misterio al padre de la ufología española, que,
para su penúltimo golpe de efecto, recurre a El misterio
de Marte
(1998), libro de Graham Hancock, a quien pre-
senta como un “gran divulgador científico americano”. Se
trata, obviamente, de un curioso americano, ya que Han-
cock nació en Edimburgo (Escocia), pasó parte de su in-
fancia en India y luego regresó al Reino Unido, donde vive
en la actualidad. Respecto a su categoría como divulgador
científico, también hay quien piensa que Campo de ba-
talla: la Tierra
–el engendro de John Travolta a mayor glo-
ria del sectario L. Ronald Hubbard– es una gran película.
¿SOMOS MARCIANOS?
Ribera asume, siguiendo la estela de autor americano, que
“hace unos 10.000 años parece ser que tres gigantescos
asteroides colisionaron con una cara de Marte, lo cual pro-
vocó una verdadera catástrofe cósmica”. A partir de ahí,
monta una película increíble con el fin de que encajen en
un mismo puzzle todas las piezas imaginadas por los au-
tores pseudocientíficos sobre el planeta rojo. Nos dice
que, hasta ese momento, Marte había sido un mundo con
“una abundante vida entre la que se contaba una vida hu-
mana
” que construyó, entre otras cosas, la esfinge y las pi-
rámides de Cydonia, monumentos que desaparecieron
misteriosamente cuando la Mars Global Surveyor carto-
grafió la región. Me queda la duda –espero que Ribera nos
la aclare algún día– de si también esa civilización fue la
autora de la figura de la rana Gustavo de la región de Alba
Patera, una imagen sobrecogedora que daría la razón a
quienes defienden desde hace décadas la existencia de
pequeños marcianos verdes.
El ufólogo catalán cree que sus imaginados vecinos del
planeta rojo vieron venir la cósmica pedrada y se prepara-
ron para poner pies en polvorosa. Dice que “crearon gran-
des refugios subterráneos, que permitieron a una minoría
sobrevivir... y trasladarse más tarde al planeta azul”. A jui-
cio de Ribera, “esto podría explicar” los orígenes de la ci-
vilización egipcia, que “parece importada, según me co-
mentó un día Thor Heyerdahl”, el mismo aventurero nórdico
que ahora promociona un fraudulento parque arqueológi-
co en Tenerife –el de las pirámides de Güímar– argumen-
tando que los monumentos piramidales de ambos lados del
Atlántico datan de la misma época. Es una pena que los
neandertales desaparecieran antes de la pretendida llegada
de los marcianos, porque, si no, Ribera podía culpar a los
emigrantes alienígenas de su extinción.
Asteroides, extraterrestres, catástrofes cósmicas, de-
sapariciones misteriosas de sondas-robot, migraciones in-
terplanetarias... Que lo que diga responda o no a la reali-
dad es, desde hace décadas, lo de menos para el
considerado padre de la ufología española (así se explica
por qué le ha salido esa hija como le ha salido).
Sin embargo, por si no era bastante con las fantasías
marcianas, Ribera añade al final de su columna: “¿Sabe
el lector que en estos mismos momentos un asteroide, lla-
mado Eros, del tamaño de la isla de Menorca, se dirige en
rumbo de colisión
hacia la Tierra?”. Sobrecogedor, ¿ver-
dad? ¿Lo sabía usted? Yo no. Pero tampoco me preocupa.
Se trata sólo de una falsedad más en una página repleta
de ellas. Por ahora, no seguiremos los pasos de los dino-
saurios. Eros, en el que el 12 de febrero se posó la son-
da Near-Shoemaker –si decimos aterrizó, alunizó y amar-
tizó
, ¿no habría que decir en este caso erotizó?–, no va a
chocar contra nuestro planeta. Quizás a Ribera se lo ha-
yan contado los marcianos o quizá con esta página de Kar-
ma.7
haya querido tomar el pelo a sus lectores.
Como Arthur C. Clarke cuando en 1978 publicó, como
carta al director en The Skeptical Inquirer, la chanza so-
bre Marte y las sondas robot Mariner y Viking reproducida
al principio de estas líneas. Años después de la broma del
autor de 2001, una odisea del espacio, Enrique de Vicente
esgrimió ante mí la misiva de Clarke como prueba de que
el padre de HAL 9000 creía en una cuasi todopoderosa ci-
vilización marciana. Cuando le saqué de su error, el rostro
del actual director de Año Cero demudó. Me gustaría que
Ribera hubiera hecho lo mismo que Clarke con su artícu-
lo titulado El misterio de Marte; pero me temo que no es
así.
é
NOTAS:
1. Ribera, Antonio [2001]: “El misterio de Marte”. Karma.7
(Barcelona), Nº 325 (marzo), 90.
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El cráter Mariner, en Marte.
JPL/NASA
Me queda la duda –espero que
Ribera nos la aclare algún día–
de si también esa civilización fue
la autora de la figura de la rana
Gustavo de la región de Alba Patera