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A
partir del siglo XV el conocimiento
científico fue creciendo, primero len-
tamente y luego su desarrollo fue
acelerándose en forma progresiva. Comen-
zó entonces a influir gradualmente en la
sociedad y en el medio a través de sus apli-
caciones tecnológicas y sus consecuencias
económicas, sanitarias, políticas etcétera,
al punto de llegar en la actualidad a ser
uno de los factores que más influye en lo
que ocurre en este mundo. ¿Cuál es la
causa de que esta rama de la cultura, naci-
da con el Homo sapiens en forma indistin-
guible y penosamente desarrollada en un
principio, haya llegado a tener un papel tan
preponderante? El motivo reside en sus es-
peciales características, las cuales se fue-
ron perfilando gradualmente y diferencián-
dola del conocimiento vulgar que todos,
científicos y no científicos, adquirimos y
empleamos en la vida diaria.
Conocimiento vulgar
El conocimiento vulgar es imprescindible y
contribuye a que vivamos parte de nuestra
vida con cierta tranquilidad e, incluso, a
que la disfrutemos. Pero no nos da sufi-
ciente garantía de certeza en muchos as-
pectos. El conocimiento vulgar se adquiere
por la experiencia diaria, muchas veces sin
percatarse de ello, por información trasmi-
tida o por inferencias propias. Por lo regu-
lar, no es some-
tido a análisis de
acuerdo con de-
t e r m i n a d a s
reglas metodoló-
gicas y, a menu-
do, es condicio-
nado por esta-
dos emociona-
les, como conse-
cuencia de lo cual puede resultar, en esos
casos, totalmente subjetivo. Gran parte del
conocimiento vulgar está basado en sim-
ples creencias no confirmadas.
Este tipo de conocimiento se trasmite
casi siempre mediante un lenguaje relativa-
mente impreciso en el que los términos
pueden ser interpretados de diferentes ma-
neras. Las expresiones basadas en el cono-
cimiento vulgar tienen, para la vida diaria,
una aceptable probabilidad de ser verdade-
ras, pero no es nada despreciable la de que
sean falsas o de certeza dudosa. Por ejem-
plo, la expresión “Zaragoza está más cerca
de Madrid que Barcelona” es una afirma-
ción correcta mientras qué “los políticos
siempre mienten” es falsa
algunas veces
dicen la verdad
y “nunca un ordenador
podrá reemplazar la mente humana” no es
comprobable, demostrable ni refutable.
Conocimiento científico
A diferencia del conocimiento vulgar, el co-
nocimiento científico es el que ofrece las
mayores garantías de certeza. Tales garan-
tías no son absolutas, pero son las mejores.
A continuación, señalaré las características
de este tipo de conocimiento, refiriéndome
sólo a las ciencias fácticas, es decir, las
ciencias de los hechos, como la astronomía,
la física, la biología, la antropología, etcéte-
ra, porque es generalmente en el campo de
las ciencias fácticas donde irrumpen otros
tipos de conocimiento cuyas afirmaciones
son generalmente falsas o infundadas. De-
jaré de lado, por ese motivo, las ciencias
formales.
1) Objetividad. En primer lugar, el
conocimiento científico tiende a ser objeti-
vo. Esto significa que las ciencias fácticas
tratan de describir y explicar los entes y
hechos que es-
tudian como son
realmente; no
como a cada
uno le gustaría
que fuesen o se
le ocurra que
son. Para elimi-
nar en lo posible
la subjetividad,
los resultados obtenidos por la observación
o a partir de experimentos deben ser repro-
ducibles, de modo que las conclusiones de
un investigador puedan ser confirmadas
o
refutadas
por otros investigadores. Exis-
ten, además, otros recursos tendentes a
evitar la subjetividad, entre ellos, las prue-
bas estadisticas que permiten determinar
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(Invierno 1998-99)
el escéptico
¿Qué garantía
nos da la ciencia?
El conocimiento científico se ajusta a una serie de reglas tales
que nos da la máxima probabilidad de verdad; tan alta que en
su mayor parte puede considerarse prácticamente certeza
ANTONIO S
.
FRUMENTO
Una expresión como “existen tipos
de energía que no se pueden
detectar” no tiene cabida
en el campo científico como
principio ni como ley
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la probabilidad de que los resultados obte-
nidos en una investigación sean verdade-
ros.
2) Estructura. El conocimiento científi-
co está constituido por enunciados que
abarcan un campo relativamente amplio
del conocimiento, llamados principios y
afirmaciones, que se refieren a campos más
restringidos, llamadas hipótesis o leyes.
Una hipótesis, en el terreno de las ciencias
fácticas, es un enunciado referido a hechos
o fenómenos reales cuyo valor de verdad es
dudoso. Las hipótesis no dan ninguna ga-
rantía de verdad, pero, a menudo sirven
para orientar la investigación. Una ley es
un enunciado referido a hechos o fenóme-
nos que se considera cierto (véase el punto
5). Las leyes y los principios no tienen
excepciones. Basta que una supuesta ley o
principio no se cumpla en un solo caso, pa-
ra que la afirmación sea falsa. Si esto ocu-
rre, la supuesta ley y/o principio deben ser
desechados o modificados adecuadamente.
En algunos casos, esto se puede hacer
incluyendo la excepción en el enunciado.
Por ejemplo, la expresión “todos los metales
a 20º C y a 1 atmósfera de presión son sóli-
dos” tiene una excepción: el mercurio; por
lo tanto, es falsa. Pero la afirmación “todos
los metales, excepto el mercurio, a 20º C y
a 1 atmósfera de presión son sólidos” es
una ley. Por último, el conjunto de uno o
varios principios referidos a un campo de la
ciencia y las leyes que se infieren a partir
de ellos o que concuerdan con los mismos
constituye una teoría.
3) Metodología. Las ciencias fácticas se
basan en la observación y en la experimen-
tación, pero ésta no es su único sustento.
Además de la inducción, también emplean
el método deductivo y se basan en teorías
coherentes con la realidad conocida. En
muchos casos, se puede llegar a establecer
una ley por deducción a partir de una teo-
ría. Por ejemplo, la ley que dice que “la
fuerza centrípeta que se ejerce sobre un
cuerpo que describe un movimiento circu-
lar uniforme es igual al producto de la ma-
sa del cuerpo por el cuadrado de la veloci-
dad tangencial dividido por el radio de la
trayectoria” se puede deducir a partir de los
principios de la mecánica clásica. Pero
también se puede comprobar experimental-
mente y se hizo; no fuera que los hechos
refutasen alguna afirmación de la teoría.
4) Lenguaje. El lenguaje científico debe
ser preciso, es decir, cada término debe
tener un solo significado. Para eso es nece-
sario que a cada uno de los términos cien-
tíficos corresponda una definición. Las ex-
presiones del lenguaje científico no deben
encerrar ninguna ambigüedad. Por ejem-
plo, la palabra energía, empleada con acep-
ciones diversas en el lenguaje corriente,
tiene en el científico un solo significado. Un
concepto claro y preciso de energía no se
puede desarrollar en dos líneas.
5) Probabilidad de verdad. Las afirma-
ciones científicas, especialmente en el caso
de las adquisiciones más recientes, son só-
lo probablemente ciertas, aunque la proba-
bilidad es generalmente bastante alta. De
cualquier modo, en todo lo que ha servido
de base para el desarrollo de la civilización
actual, dicha probabilidad puede conside-
rarse prácticamente como certeza total. En
realidad, nadie pone en duda, por ejemplo,
el hecho de que los glóbulos rojos transpor-
tan oxígeno de los pulmones a los tejidos.
6) Refutabilidad. Las afirmaciones cien-
tíficas deben ser potencialmente refutables.
Esto significa que debe ser posible estable-
cer su falsedad si corresponde. Para ello,
toda afirmación debe ser suficientemente
precisa, no constituir una tautología y ser
contrastable mediante la observación y/o
la experimentación. Por ejemplo, una ex-
presión como “existen tipos de energía que
no se pueden detectar” no tiene cabida en
el campo científico como principio ni como
ley porque el mismo enunciado niega la po-
sibilidad de que su valor de verdad se con-
traste mediante la observación y/o la expe-
rimentación.
7) Evolución. La refutabilidad potencial
de los enunciados de la ciencia y el hecho
de que su certeza sea sólo probable, hacen
que los principios y las leyes científicas de-
ban ser permanentemente confirmados,
modificados o descartados. Por ello, el co-
nocimiento científico es cambiante y se en-
cuentra en permanente evolución. A veces,
ocurre que una comprobación de un inves-
tigador se contradice con leyes o principios
vigentes. En ese caso, sometida la compro-
el escéptico (Invierno 1998-99) 31
La evolución de la ciencia paleontológica ha hecho que las
actuales restauraciones de dinosaurios de museos como el de
Berlín no tengan nada que ver con las de hace un siglo.
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bación a un buen análisis crítico, confir-
mada por otros investigadores y verificado
que el experimento no estuvo mal hecho, se
deben descartar o modificar adecuadamen-
te los principios o leyes en conflicto. A lo
largo de la historia hubo, por este motivo,
varias revoluciones científicas. A los fines
de diferenciar el saber científico de otras
formas del conocimiento, esta capacidad de
cambio es de suma
importancia.
8) Coherencia.
Los enunciados de
las ciencias corres-
pondientes a dife-
rentes objetos de
estudio son cohe-
rentes entre sí. Por
ejemplo, ningún
enunciado de la
biología entra en contradicción con ningún
principio, ley o teoría de la física o de la quí-
mica. Si tal cosa ocurriese, se debería revi-
sar y modificar o descartar el enunciado o
las leyes y/o principios que entrasen en
contradicción.
9) Logros. Los actuales logros especta-
culares del conocimiento científico ponen
fuera de duda la alta probabilidad de ver-
dad de sus afirmaciones. Resulta inconce-
bible imaginar que existan el motor eléctri-
co, la radio, el transporte aéreo, los anti-
bióticos, la endoscopía, los ordenadores, la
resonancia magnética nuclear, los viajes
espaciales... y mucho, mucho más, y que
sean falsas las leyes y los principios cientí-
ficos en que se basan.
Esto es el conocimiento científico: un ti-
po de conocimiento que se ajusta a una
serie de reglas tales que nos da la máxima
probabilidad de verdad; tan alta que en su
mayor parte puede considerarse práctica-
mente certeza. Las características mencio-
nadas del conocimiento científico son el
factor que ha permitido nuestro actual gra-
do de desarrollo.
Los enemigos de las ciencias
El conocimiento vulgar, a pesar de sus
errores e imprecisiones, no es un enemigo
de la ciencia, como no lo son las artes ni los
deportes, por ejemplo. Pero, al margen del
conocimiento cien-
tífico, existen con-
juntos de afirma-
ciones que cons-
tituyen doctrinas
sobre diferentes
objetos de estudio
muchos de ellos
inexistentes
, que
no reúnen las con-
diciones del conoci-
miento científico, a pesar de lo cual sus cul-
tores sostienen que constituyen ciencias.
Tales doctrinas reciben el nombre de pseu-
dociencias.
Diversas afirmaciones de las pseudo-
ciencias forman parte del conocimiento vul-
gar y son bastantes las personas que las
comparten de buena fe. Pero existe una mi-
noría inescrupulosa que no cree en tales
pseudociencias a pesar de lo cual las predi-
ca y hace de las mismas un pingüe negocio
engañando a quienes, por no contar con
una capacidad entrenada de análisis críti-
co, no pueden defenderse. Además, contri-
buye a aumentar esa indefensión un perju-
dicial sector del mal periodismo
también
lo hay muy bueno
que fomenta la predis-
posición a creer sin analizar. La discusión
sobre las falencias y falacias de las pseudo-
ciencias queda para otra ocasión.
Antonio S. Frumento
es profesor de Biofísica de
la Universidad Autónoma de Barcelona.
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(Invierno 1998-99)
el escéptico
El conocimiento vulgar, a pesar
de sus errores e imprecisiones,
no es un enemigo de la ciencia,
como no lo son las artes ni los
deportes, por ejemplo
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