Monográfico COVID-19 y pensamiento crítico

Monográfico COVID-19 y

pensamiento crítico

 

Cuando a finales de verano mis compañeros de junta me propusieron coordinar un conjunto de escritos sobre, dentro, o alrededor de la pandemia, me pareció un terrible error. La propuesta, aclaro. La idea sin duda es muy acertada.
Al cabo del tiempo, porque esto comenzó hace ya bastantes semanas y, a pesar de mi -ejem- escepticismo inicial, lo más sorprendente es haber conseguido que compañeros que tienen seguramente tantas o más cosas que hacer que cualquiera de nosotros hayan dado su tiempo para contribuir a esta creo que jugosa colección de visiones y relatos sobre lo acontecido estos largos meses y que, por favor tengámoslo muy en cuenta, todavía no ha terminado.
Les dejo ya con todos ellos y recuerden, parafraseando al sargento Esterhaus: tengan cuidado ahí fuera.

(Manuel Castro, Vicepresidente de ARP-SAPC y coordinador de este monográfico)

Crónicas víricas desde Montreal

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Crónicas víricas desde Montreal

 

José María Mateos

 

Me llega un e-mail de Manuel Castro el 2 de octubre, preguntándome si puedo escribir unas líneas para una edición de El Escéptico especial COVID-19. Justamente el día anterior el gobierno provincial de Quebec imponía nuevas restricciones en Montreal, donde me encuentro. En este artículo intentaré explicar brevemente cómo se ha vivido por aquí la respuesta al virus. Como la memoria es frágil, y más en un año que parece querer concentrar demasiados acontecimientos históricos, tiraré de hemeroteca allí donde vea que mi cabeza no llega.

 

En el momento de sentarme a escribir, 4 de octubre, Canadá ha tenido 164.471 casos y 9.462 muertes, según los datos del gobierno. La población total es de unos 35 millones de personas, y aproximadamente un tercio se reparte entre Toronto, Montreal y Vancouver.

 

Como en el resto del planeta, la primera ola llegó primero poco a poco, y después de golpe. En febrero, cuando todavía pensábamos que 2020 iba a ser un año convencional, con su película de James Bond y sus ejecuciones sumarísimas en Estados Unidos, a lo más que llegábamos en mi trabajo era a recargar cada cinco minutos la web del Johns Hopkins y a preguntar, medio en serio medio en broma, si había algún plan previsto por si el virus cruzaba el océano. Luego llegó Italia y a mediados de marzo nos encontramos trabajando desde casa; desde que nos dijeron que podíamos teletrabajar si queríamos al cierre total de la oficina no pasó ni una semana. Reconozco mi situación privilegiada: ni mi empresa ha quebrado (de momento) ni ha tenido que reducir sueldos ni plantilla.

 

La respuesta tanto del gobierno federal como de las distintas provincias y territorios1 fue similar a la que se vio en otras partes del mundo que se tomaron el problema en serio: improvisar a salto de mata con la información que se tenía en ese momento para intentar controlar la primera ola, y después ya se vería. A nivel económico, la administración de Justin Trudeau puso en marcha el CERB / PCU (Canada Emergency Response Benefit / Prestation canadienne d'urgence), un subsidio de 2.000 dólares al mes para todo aquel que hubiese perdido su trabajo a causa de la pandemia. Desde su entrada en vigor hasta junio de este año (luego tuvo varias prórrogas (2)) lo solicitaron 8 millones de trabajadores. Las medidas federales también incluyeron préstamos con una parte a fondo perdido a negocios, subsidios para pagos de salarios y varios programas más (fr).

 

El confinamiento en Quebec, que fue el que yo viví, fue estricto, pero no llegó a los límites vistos en España. Se detectó el primer caso en la provincia el 12 de marzo y el día 16 se anunció el cierre de escuelas y universidades. A la semana llegaron medidas más duras. Las limitaciones incluían el cierre de todo negocio no esencial (los restaurantes podían seguir abiertos, pero únicamente para recogida de pedidos o envío a domicilio), prohibición de reuniones tanto en interior como en exterior de personas que no estuviesen ya viviendo en la misma casa y cierre de parques infantiles (pero no parques en general), entre otras. Al menos se podía salir a la calle y dar un paseo, lo que es muy importante en una región en la que durante varios meses al año no se puede estar en la calle más que unos minutos debido al intenso frío. Los montrealenses viven prácticamente en balcones, jardines, terrazas y parques desde el deshielo primaveral hasta que el otoño se recrudece allá por noviembre.

 

La peor parte se la llevaron las residencias de ancianos. La situación fue de un descontrol tal que tuvo que intervenir el ejército, que posteriormente publicó un informe que subrayaba la falta de medios. En mayo, el 82 % de las muertes en Canadá se habían dado en residencias.

 

La gestión de la pandemia ha dejado imágenes inusuales. Doug Ford, el primer ministro de Ontario, que es posiblemente la cosa más parecida a Trump que tenemos por estas tierras, controló la situación inicial sorprendentemente bien, aunque sus decisiones posteriores le han devuelto a sus orígenes. Hablamos de un político tan nefasto que durante la última campaña electoral el Partido Conservador hizo esfuerzos para dejarlo al margen, como si la cosa no fuese con ellos2.

 

Y luego, claro está, aquí también tuvimos nuestra inevitable ración de conspiranoia, que básicamente ha sido un refrito de todos los grandes éxitos que tocan nuestros vecinos del sur. Si ha habido algún tema nuevo, no lo he oído: que si las mascarillas no funcionan, que si son una afrenta a la libertad individual, que si la vacuna va a ser un método de control, que si el 5G, que si Bill Gates, que si 1984. No les voy a contar nada que no hayan visto ya. El primer ministro de Quebec, François Legault, comentó en una rueda de prensa que debe de ser el mismo tipo de gente que cree que Elvis vive.

 

¿Y ahora, qué? Ahora, a esperar la segunda ola y ver si durante este tiempo hemos aprendido algo y hemos sido capaces de prepararnos y de asignar más recursos allí donde hacen falta. Durante el verano la situación se ha normalizado en la medida de lo posible; incluso alguna arteria comercial del barrio se ha peatonalizado para promover el consumo en terrazas y que la gente pueda pasear con más espacio libre. Ahora que la curva está subiendo otra vez, y como dije al principio del artículo, se ha comenzado a aplicar una nueva tanda de restricciones en Montreal: las reuniones vuelven a estar prohibidas; bibliotecas, bares, cines y museos, cerrados; restaurantes solamente para llevar, etc. Los colegios, no obstante, siguen abiertos, pero se espera que mañana se anuncien nuevas restricciones que afectarán a actividades deportivas y gimnasios.

 

Cuídense allí donde estén. No quiero dejar pasar la oportunidad para remarcar, a pesar del medio que publica esto, que lo de Trump tiene pinta de que ha sido el karma.

 

Y por si se lo están preguntando: sí, aquí también se terminó el papel higiénico. La barbarie no conoce fronteras.

1Canadá se divide en 10 provincias y tres territorios; la diferencia entre una denominación u otra depende de qué mecanismo se emplea para transferirles competencias. El poder en las provincias parte de documentos constitucionales, mientras que en los territorios depende del Parlamento.

2Los tres últimos enlaces llevan a The Beaverton, un medio satírico que sería el equivalente a El Mundo Today por aquí, y que muchas veces conviene consultar para saber por dónde van los tiros.

Informar en una pandemia

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INFORMAR EN UNA PANDEMIA

Inmaculada León Cobos

A principios de enero de 2020 las agencias y los corresponsales empezaron a informar de una rara neumonía en Wuhan, China. El primer muerto se produjo el 11 de enero.

No sabíamos de la gravedad de la infección pero en poco tiempo había dejado de ser local: llegaron casos importados a Japón, a Hong Kong, a Tailandia… Era evidente que personas infectadas podían viajar en avión con pocos o ningún síntoma y propagar el virus en su lugar de destino. Sin embargo, aún no sabíamos bien cómo se transmitía la enfermedad y hasta qué punto era grave.

Poco a poco, los medios de comunicación fuimos informando más ampliamente sobre el tema. Muchos periodistas descubrieron que no tenían agenda para ello. Empezó la búsqueda de virólogos y epidemiólogos. Llegaron las comparaciones con la gripe estacional. Y llegaron los mensajes de calma de las autoridades.

Surgió en las redacciones una división entre quienes pensaban que se debía dedicar más espacio a hablar de la evolución y expansión de la nueva enfermedad y quienes consideraban que se estaba exagerando su importancia y alarmando a la gente. Entre el secretismo chino, los mensajes cambiantes de las autoridades, la prudencia de los científicos y la persistencia de cierto descrédito de la OMS, remanente de crisis anteriores, los periodistas teníamos claro que no pisábamos terreno firme.

Esa discrepancia desapareció pronto. Por un lado, la realidad se impuso: los contagios y las muertes aumentaban, y cada vez se daban en más países. Por otro, hablar de la nueva enfermedad hacía ganar audiencia. Audiencias y medios nos retroalimentamos y el tema creció hasta desplazar, en marzo, con el confinamiento, a todos los demás. Solo la pandemia era noticia.

 

INFORMACIÓN EN TIEMPOS DE CRISIS

Los periodistas especializados en salud marcaron la pauta en las redacciones. No sucede muy a menudo que la especialización en sanidad, o en ciencia en general, se valore más que ninguna otra en un medio generalista. En el panorama informativo global ganaron puntos los medios especializados online; también los blogs, canales de YouTube y cuentas en RRSS de médicos, biólogos, genetistas, expertos en salud pública…

La OMS declaró emergencia sanitaria internacional por lo que entonces se solía llamar “el nuevo coronavirus” el 31 de enero, un mes después de que China le hubiera notificado oficialmente la aparición de una neumonía rara. El 11 de febrero le dio el nombre de COVID-19 (Coronavirus Disease 2019), causada por el SARS-CoV2, el segundo coronavirus responsable de un Síndrome Agudo Respiratorio Grave y el primero en originar una pandemia: la OMS la declaró el 11 de marzo.

En esas fechas explicábamos qué es un coronavirus, qué significaba la declaración de pandemia y cuáles eran los criterios para hacerla; informábamos del posible origen del virus y de las probables vías de contagio. Esas informaciones convivían con las de enfermos, hospitalizados, ingresados en UCI y fallecidos. A mediados de marzo ya se hablaba de hospitales desbordados y servicios funerarios que no daban abasto.

El 9 de marzo Italia confinó a toda su población, algo que había hecho previamente solo en la zona norte del país. Aquellos comentarios de que el confinamiento estricto de la ciudad china de Wuhan solo era posible en un país más autoritario y con menos respeto a las libertades que Occidente cayeron en el olvido. Otros estados siguieron a Italia; España, una semana después. Los medios se volcaron en contar todas las facetas del encierro.

El confinamiento complicó aún más el trabajo de los periodistas. Aunque éramos un servicio esencial y podíamos movernos, no era el caso de muchas de nuestras fuentes. Proliferaron las entrevistas por Skype y el teletrabajo despejó las redacciones para reducir el riesgo de contagios (que, pese a todo, se han seguido produciendo).

 

LA INFORMACIÓN OFICIAL

En esta pandemia cada país ha tenido sus referentes en la presentación de los datos, la explicación de la gestión sanitaria y la respuesta a las infinitas preguntas de los informadores. En España esa figura es Fernando Simón, médico epidemiólogo y director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias.

El papel protagonista de Simón ha llevado a muchos ciudadanos y algunos periodistas a considerarlo la fuente suprema de conocimiento sobre la COVID-19. Por eso mismo ha recibido muchas críticas. La población espera afirmaciones tajantes, directrices infalibles. Pero desde las autoridades sanitarias y políticas se han dado informaciones confusas y contradictorias sobre el número de casos, el grado de control de los contactos, las vías de contagio, las medidas de prevención (mascarillas no, recomendables, obligatorias), las pruebas diagnósticas, las restricciones…

Y a raíz de que nuestras fuentes, ya sean políticos, médicos o investigadores, se hayan ido contradiciendo en algunos casos, rectificando o matizando en otros, los medios hemos emitido y publicado informaciones cambiantes. También la simplificación necesaria ha hecho desaparecer en muchas noticias los matices y prevenciones que introducían esas fuentes.

 

LOS “OTROS MEDIOS” Y LA DESINFORMACIÓN

Esta pandemia ha surgido en un momento en que los bulos, la desinformación y las pseudociencias ya llevaban tiempo identificados como problemas serios de la sociedad actual. Por eso nos ha pillado con las estructuras de detección y denuncia ya preparadas. Eso no quiere decir que se haya impedido o reducido su aparición, pero sí que los periodistas (diría que también buena parte de la población) estábamos -estamos- muy atentos no solo a entender las cosas bien para explicarlas sin errores, como habitualmente, sino a que “no nos la colaran”. Sin embargo, la cada vez más frecuente exigencia de inmediatez en nuestro trabajo nos ha hecho pagar muchos peajes.

Un apunte importante: no es lo mismo la información que la especulación o que la opinión. El público conoce, o debería conocer, el grado de rigor del medio al que acude. Esta pandemia ha sido vista por muchos como la ocasión para captar audiencia, pero por pocos como una prueba a la que someter a nuestra ética profesional.

Hablo, claro, de los medios de comunicación tradicionales. Sin embargo, si algo caracteriza estos últimos años es la difusión de información (y desinformación) por otro tipo de medios: redes sociales, servicios de mensajería instantánea, webs con apariencia de periódicos digitales…

Desde la aparición de esta enfermedad se ha vivido, paralelamente, una auténtica “infodemia”, en la que la desinformación se ha sumado a los problemas puramente sanitarios.

Distintos equipos de verificación han desmentido centenares de bulos. Newtral tiene un interesante gráfico sobre su temática y protagonistas. Maldita.es llevaba desmentidas a fecha de redacción de este texto 787 “mentiras, alertas falsas y desinformaciones sobre COVID-19”, además de 15 teorías conspirativas. En Verifica RTVE hay multitud de informaciones desmentidas, al igual que en EFEVerifica.

La avalancha de falsedades parece imposible de frenar. Casi no habrá persona en este país que no haya leído o escuchado alguna, pues de las redes saltan a las conversaciones y se reproducen en los medios, aunque, por desgracia, no siempre para desmentirlas.

Virus, ciencia y sociedad

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Virus, ciencia y sociedad

Marisa Marquina San Miguel

¿Cuántas causas no inventamos para las desgracias que nos ocurren?"  Michel de Montaigne

 

Estas líneas pretenden ser una pequeña reflexión sobre algunos aspectos relacionados con la pandemia generada por la COVID-19.

Hasta donde se conoce hoy se trata de una enfermedad infecciosa causada por el coronavirus SARS-CoV-2. Esta vez un virus desconocido, con graves repercusiones para la salud, ha alcanzado latitudes y poblaciones que no habían vivido algo parecido en propia piel. ¿Dónde han quedado la seguridad y la certidumbre de las sociedades avanzadas? ¿Hay algún asidero que permita avanzar a la sociedad con realismo, respetando los hechos, sin fantasía de progreso?

No es momento de dar lecciones, y menos sermones desde púlpito alguno. Sí lo es de aprender, y mucho, sobre la vulnerabilidad del ser humano, la importancia del conocimiento y la necesidad de extender y poner en práctica el mismo, tratando de evitar que prejuicios e intereses interfieran en la asignación de prioridades y en la toma de decisiones. Pero se ha de ser cauto, pues la mente pura, la tabula rasa a veces sin preconcepciones imaginada es probablemente la proyección de un ideal, una hipótesis de trabajo que agrada presuponer más que una efectiva posibilidad.

Desde que comienza a rodar la interacción entre el cerebro y el entorno se produce un proceso de realimentación que es único en cada persona e inaccesible en su mayor parte para los demás. Se trata de un proceso del que aún se desconocen muchas variables, posiblemente la mayoría, por más que la ciencia continúe trabajando para averiguar claves con las que tratar de esclarecer en algún grado la relación mente-cerebro y su moldeado a través de la experiencia. La conducta humana, en tanto que resultado de acciones individuales diversas, puede ser desconcertante. La aparición de este virus y la evolución de la pandemia que ha generado han desnudado la frágil racionalidad en la que se asienta la vida en las sociedades que en muchos casos se autoetiquetan como “avanzadas”. No hay suficiente evaluación externa de esto, y quizá sí una suposición de arrogancia sobre una racionalidad aún no alcanzada.

Han pasado solo unos meses, aunque muy intensos, desde que se comenzó a escuchar el eco de la existencia de un nuevo virus. A través de imágenes y audios de diversos dispositivos llegaban noticias, primero incipientes y lejanas, que parecían mostrar que el el nuevo virus afectaba una vez más a sociedades asiáticas. Pero poco a poco esta percepción fue cambiando porque el virus fue llegando a países que desde hacía décadas no habían vivido algo parecido.

La ciencia, por boca de personas expertas en virología, epidemiología, salud pública y materias adyacentes comenzó a hablar sobre el proceso que podía estar en ciernes. Esta expresión científica inicial aconteció en un contexto de desconocimiento respecto a las características del virus que comenzaba a expandirse, lo que no tardó mucho en desencadenar críticas -más o menos incisivas- a la ciencia y a su capacidad de dar pronto con la solución a un problema que rompía la ¿lógica? de la vida cotidiana (al menos tal y como estaba configurada hasta la declaración de la pandemia y la adopción de las medidas que en los distintos países se fueron tomando para frenar la expansión del virus).

Pasado el “susto inicial”, no tardó en aparecer una “jauría de mensajes” sobre el virus, sus orígenes, su composición y estructura, su potencial infectivo y patógeno (…) junto a lo que había que hacer para frenar su propagación y, con ella, las dañinas consecuencias para la salud de las personas y el tejido económico y social. El pensamiento crítico no puede, no debe quedar en silencio frente al ruido mediático que ha irrumpido en la sociedad con ostentosa arrogancia y supina ignorancia mientras, en el caso de España, la atención sanitaria se desbordaba, los hospitales llegaban a colapsar y el número de personas que enfermaban y morían, muchas en la soledad de quien tiene la capacidad de infectar, crecía sin misericordia terrenal alguna en la que cobijarse de la mezquindad.

Si arriesgado es considerar que se conoce lo suficiente cuando se ha dedicado parte de la vida a estudiar algo, es de sumo peligro extender opiniones y recetas sobre lo que hay que hacer para frenar a un virus que se estaba investigando sobre la marcha, o bien para convivir con él sin asignarle mayor importancia puesto que, al fin y al cabo, de algo se ha de morir. La carencia de pensamiento crítico en diversas capas de la sociedad (carencia que no es atribuible únicamente a las menos formadas de ella) ha contribuido a hacer crecer la incomprensión sobre lo que la pandemia estaba y está suponiendo.

La utilización de las herramientas que proporciona la tecnología, sin referencias informativas, sin filtro analítico, sin posibilidad mínima de contrastación ha acrecentado la incertidumbre y ha conducido a una parte importante de la población (que probablemente coincide con la más vulnerable) a un padecimiento que, con unos mínimos de racionalidad y respeto al principio de realidad, podría haber sido menor.

Pese a lo vivido durante estos meses del 2020, es probable que solo se esté comenzando a experimentar las graves consecuencias de esta pandemia. Es tiempo especial para valorar que el pensamiento crítico no debe ser considerada una herramienta de análisis solo para mentes eruditas, ni un lujo para ser practicado por unos pocos. Debe ser una capacidad que se cultive para fomentar la autonomía de pensamiento -también y de forma especial- de quienes, conociendo menos, con esa capacidad pueden desarrollar criterio para no dejarse llevar por la frivolidad de mensajes espurios. Al tiempo, pueden llegar a comprender que la ciencia proporciona conocimiento, limitado sí, pero riguroso como ninguna otra construcción humana.

Que la ciencia llegue, con claridad y humildad, a la ciudadanía es un reto que, acompañado de entrenamiento en pensamiento crítico, mejorará la vida humana. Es difícil dudar de esto.

Un guion para Berlanga. COVID-19 y la política nacional

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Un guion para Berlanga.

COVID-19 y la política nacional

Elena Campos Sánchez. Investigadora posdoctoral asociada a proyecto Grupo de Inmunología Viral. Centro de Biología Molecular Severo Ochoa (CBMSO, CSIC-UAM). Presidenta Asociación para Proteger al Enfermo de Terapias Pseudocientíficas (APETP)

 

Quién nos iba a contar que unos nanómetros de tamaño, lo que mide el virus SARS-CoV-2, nos iba a demostrar lo esperpéntico de nuestra democracia actual. Vivimos momentos cuya puesta por escrito resulta más propia de un guion de Berlanga; con la diferencia de que la mordaz ironía y las ácidas sátiras habituales constituyen la cruel realidad, superando la ficción del cineasta.

Hace unos días, el Reino Unido amanecía estupefacto ante la alarma de haber perdido el rastreo de 30.000 infectados por coronavirus debido a un error humano, inconsciente de que el copy-paste entre archivos CSV y Excel no es infinito, y este último se limita a un total de 1.048.576 filas, nada más y nada menos1. Ante tal desacierto, una se cuestiona... ¿alarmados? ¿Y nuestros 2000 muertos resucitados en 24 horas2? Supera eso, Berlanga; ni los Monty Python con Brian.

Tal ha sido el caos vivido durante estos meses, que hablar de «fuentes oficiales» es casi sinónimo de «tome el dato con pinzas y desempolve calculadora y gafas de cerca». Esto es gravísimo; tanto como peligroso.

Indudablemente, el peor drama se ha vivido en el sistema sanitario y, por ende, por todos los fallecidos, víctimas directas o indirectas de la pandemia (es decir, infectadas por SARS-CoV-2 o afectadas por el colapso sanitario y la pérdida de oportunidad terapéutica). «Se veía venir», nos repetimos, rememorando los recortes y privatizaciones que veníamos acumulando independientemente del color político gestor. Podría verse venir, sí. Y no hemos hecho nada por evitarlo.

De regreso al ámbito pandémico, tampoco hemos superado el baile de cifras oficiales, siete meses después. 43.556 paisanos españoles por encima de lo previsto fallecieron en sesenta días, entre el 10 de marzo y el 9 de mayo de 20203. No se ha confirmado que «un accidente de tráfico enorme» fuera parte de la causa4. Además, duele observar que cuatro días antes del establecimiento del estado de alarma nacional (iniciado el 14 de marzo y que llegó hasta junio), ya había exceso de mortalidad en España5. Exceso de mortalidad que volvía a contabilizar (al menos, hasta que los muertos desaparecieron) un total de 2.540 fallecimientos entre el 27 de julio y el 15 de agosto (a 24 de agosto). Hoy, 10 de octubre, he vuelto sobre la última actualización de estos informes de mortalidad fechada a 6 de octubre y, sorpresa, se ha devuelto la vida a 502 personas fallecidas en dicho periodo, de coña6. No sabemos cuánto tiempo durará este dato, ya que ni los difuntos parecen estarlo: si desde el Gobierno se restaron 2.000 fallecidos en mayo7, desde el Instituto de Salud Carlos III los resucitados vienen por fascículos (ver tabla adjunta). Se desconoce el procedimiento milagro o «fármaco resucitador»:

Exceso de mortalidad por todas las causas, observada entre el 13 de marzo y el 10 de octubre de 2020. Fuente: Instituto de Salud Carlos III. Informes MoMo8

Fecha de emisión del Informe

Exceso (en Número) de fallecidos informado

24 junio de 2020

44.536

29 junio de 2020

44.546

6 julio de 2020

44.285

13 julio de 2020

44.008

19 julio de 2020

44.118

28 julio de 2020

43.938

24 agosto de 2020

46.096

21 septiembre de 2020

47.190

6 octubre de 2020

47.259

Exceso de mortalidad de 13 de marzo a 7 de octubre de 2020 a tiempo real9

44.520

 

La verdad es que restar importancia al uso de mascarillas motivado por la ausencia de stock de las mismas10, o comprar material sanitario a través de empresas de cosmética y jabones11,12, en lugar de a distribuidores consolidados de dicho material, auguraba consecuencias. Se llega a dudar entre si se nos miente o se nos toma por tontos, considerando mentir el hecho de faltar a la verdad mediante incoherencias argumentales evidentes. Al menos aún no nos han recomendado inyectarnos desinfectante, a lo Donald Trump; aunque tampoco es que se persiga contundentemente a quienes lo hacen; solo se les advierte13. Como atender a un guion de película mala.

Grotesco, ya que nos dirigen porque los hemos votado. Hemos depositado nuestra confianza en su gestión. Da prácticamente igual la administración que se mire.

Como extremeña, sigo los datos de mi región y de mi pueblo. El Servicio Extremeño de Salud (SES) refería un único caso de coronavirus activo a 25 de septiembre14, cuando un día antes ya iban ocho confirmados por PCR informados por el alcalde a partir de pruebas realizadas en el centro de salud, ente público y competencia del SES15. Esto sin comparar con lo reportado por el Ministerio de Sanidad a partir de los datos hipotéticos remitidos desde las autonomías… que por supuesto no coinciden, al menos en lo referente a la Comunidad de Madrid. Comunidad de Madrid, orgullosa de un hipotético descenso del 66.% en los contagios cuando era un descenso de la aceleración; quizás derivado del hecho de dejar de examinar a los contactos no convivientes, lo que evidentemente revierte en un descenso del crecimiento del número de positivos, junto a la pérdida de su trazabilidad16. Detección precoz en toda regla. Comprensión de lo que supone una pandemia.

Comunidad de Madrid y sus localidades que se debaten entre los modos ON, OFF y stand-by. En menos de 60 segundos (viernes 9 de octubre) entendimos el motivo de Schödinger para elegir un gato: apelativo de madrileño, confinado sin confinar: opción 1, zona sanitaria, vía Consejería de Sanidad; opción 2: por municipio, a partir de la orden Ministerial, luego mediante estado de alarma… ¿Quién ganaría la carrera publicando en el Boletín Oficial (BO)? Saquemos el crono, o esperemos tomando un café. Tal es la absurdidad, que podrían permitirte o no ir a comprar fuera de tu zona sanitaria (que en Madrid puede implicar cruzar la calle) en función de qué boletín se publicase antes y hasta que el BOE desbancara al BOCM. ¿Por qué y para qué se perdió tiempo impugnando la orden ministerial previa para volver a la misma casilla de salida? Y lo peor: en esas horas de total incertidumbre práctica, de haber sufrido un infarto o accidente grave, hubieras sido con bastante probabilidad una nueva víctima, ante el bloqueo circulatorio que se provocó. Quedaba la opción helicóptero.

Ante tal guerra de guerrillas política, innegable a día de hoy, y lejos de pretender justificarla lo más mínimo, habría que cuestionarse: ¿de verdad nos sorprenden las actitudes pasotas o el resurgir mediático de ciertos movimientos negacionistas? Si no hay quien se aclare, ni tampoco manera de hacer un seguimiento certero de la situación; si tenemos diecisiete autonomías cada una con su proceder, tal que pareciera estar hablando de realidades distintas... Y el papel de la judicatura, ¿cómo lo entendemos? Invito a leer la opinión de colegas internacionales17.

Vivir en la contradicción normativa no contribuye, en absoluto, a la adherencia de la población hacia las medidas preventivas que se le puedan pedir. Además, ¿para qué?, cuando la falta de ejemplo modélico se evidencia día tras día, tras día y tras día, solo con fijarnos en nuestros queridos políticos. ¿Cómo contener la desconfianza (social e individual) hacia las fuentes pretendidas como seguras, objetivas u oficiales ante la manifiesta y absoluta inconsistencia de los mensajes emitidos por parte de quienes se supone están en la cúspide gestora? Cuánto tardaremos en recuperar lo perdido. Cuánto más aguantaremos esta falta de respeto y empatía. No es que hubiera ausencia de planificación en la primera ola, lo cual podría aceptarse; es que no hemos aprendido nada. Seguimos prácticamente igual. La evasión de responsabilidades corre más que la patata caliente del Grand Prix.

Recordando meses atrás, curioso resultó ver cómo se apelaba a la ciencia cual bote salvavidas. Grande. Como el Titanic, se mantiene medio hundida, pero aún flota. Y ahí vimos a nuestros gestores y políticos asiéndose a ella. Confiándole ganar la maratón, tras haberla dejado morir de inanición. El 6 de mayo de 2020 asistimos a una intervención memorable en el Congreso de los Diputados. Nuestros políticos, por fin, hablaban de ciencia y utilizaban nombres de reconocidos investigadores… eso sí, como armas arrojadizas. Inaudito. Ahora todos creían en la ciencia, y esta nos iba a sacar del atolladero18. Mejor dicho: fue la excusa bienintencionada para mantener el estado de alarma. Tras venirse demostrando científicamente que a los investigadores nos sobra con poco, álguienes (y perdóneme la RAE) estimaron preciso destinar 76 millones de euros para proteger al sector cultural, y 30 para salvar a la humanidad19,20. ¿Herencia cultural? Clara declaración de intenciones. Tal era la situación de emergencia sociosanitaria y la necesidad imperiosa de que la ciencia trabajara a destajo que una de las primeras medidas fue someter a los investigadores a las mismas pautas de confinamiento estricto que al resto de trabajadores no esenciales: teletrabajo. Sin olvidar que la burocracia que afea a este país no cesa ni en tiempos de emergencia sanitaria.

Por cierto, las referencias constantes a la ciencia y a nuestros científicos emitidas desde el Congreso duraron poco; aunque algo más que el caso hecho a sus propuestas, publicadas en la prestigiosa revista de ciencia médica The Lancet por activa, en agosto21, y por re-activa, un mes después22. Tremenda la paciencia y el estoicismo de nuestras Margaritas del Val.

Para recordar: primero, los impuestos salen de tu esfuerzo; segundo, la única forma de frenar los contagios es controlar el vector de transmisión: nosotros. Hoy, por antinatural que parezca, el mayor gesto de cariño, amor y respeto por alguien consiste en vestir mascarilla y guardarle la distancia.

 

18 Intervención de Adriana Lastra y réplica del Presidente del Gobierno. 6 de mayo de 2020. https://www.youtube.com/watch?v=Lf1RJBYbU7Q

Pandemia y salud mental

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Pandemia y salud mental

Iria Veiga.  Médica Psiquiatra

 

Cuando se va a cumplir un año de la irrupción del coronavirus en nuestras vidas, con la modificación abrupta y dramática de nuestras rutinas y expectativas a corto y medio plazo, podemos empezar a evaluar las consecuencias sobre nuestra salud mental de esta situación. La pandemia no ha hecho sino poner de relevancia las deficiencias y debilidades de nuestro sistema sanitario y de nuestra estructura como sociedad, pero los problemas ya estaban ahí. La progresiva acentuación de las diferencias sociales y económicas que ya se venía dando desde la crisis de 2008, con un deterioro general de las condiciones de trabajo, la dificultad de acceso a la vivienda y de enmancipación de las personas jóvenes, la nueva categoría de trabajadores pobres y la reducción de recursos destinados a las personas dependientes formaban el substrato socioeconómico para que muchos ciudadanos no pudieran afrontar fácilmente las consecuencias tanto económicas como psicosociales del confinamiento. Por otro lado, un sistema sanitario sobrecargado, con elevada eventualidad y sin tiempo para formación o investigación, que funcionaba ya al límite antes de la pandemia, no podía absorber el exceso de demanda que supuso el coronavirus.

¿Cómo afecta esta situación a la salud mental de la población? Aquí sería útil establecer dos grupos bien diferenciados. Por un lado podemos hablar de la población general, y por otro de aquellas personas que ya padecían trastornos psiquiátricos antes de la pandemia.

 

Malestar psíquico en la población general

 

Con respecto al primer grupo, todo los estudios hasta el momento coinciden en que los sentimientos de depresión y ansiedad han aumentado durante la pandemia. Si bien se trata de datos muy preliminares, la consistencia de los trabajos parece otorgarles credibilidad, además de que la observación parece coincidir con el sentido común más básico. ¿Pero es esto un problema de salud mental o una reacción lógica y normal ante una situación compleja, peligrosa e imprevisible? Sentirse angustiado o triste ante el curso de los acontecimientos, la pérdida de las relaciones sociales y el ocio, la disrupción de la vida familiar y las rutinas del día a día es una reacción normal y no debe ser patologizada, pero en grupos de especial vulnerabilidad puede acabar produciendo patología. Será la situación psicosocial del individuo la que marque la diferencia entre la reacción adaptativa normal y el riesgo de desarrollar un auténtico trastorno. Las personas que han visto seriamente afectada su economía por la pandemia, hasta el punto de no poder cubrir necesidades básicas, o aquellas que conviven en familias ampliadas en pisos pequeños, con las dificultades de manterner confinamientos si es necesario, son potenciales futuros pacientes psiquiátricos. Ser mujer también es por sí mismo un factor de riesgo, dado que el cuidado de personas dependientes recae casi en su totalidad sobre ellas. Por otro lado, los tímidos avances por la igualdad han saltados por los aires durante la pandemia, dejando de manifiesto lo superficial del cambio de actitud. Con las dificultades que ha acarreado esta situación, se ha producido un retroceso en la corresponsabilidad en las tareas domésticas, en las responsabilidades familiares y en la conciliación. Ante una situación en la que ambos miembros de una pareja heterosexual se encontraban confinados y teletrabajando, era mucho más probable que fuera la mujer en solitario la que intentase compatibilizar el horario laboral y el cuidado de los hijos y las tareas domésticas, con el estrés y el desgaste que esto conlleva. Como ejemplo, el dato curioso de que durante el confinamiento, la cantidad de artículos que las mujeres investigadoras enviaban a revistas científicas sufrió una drástica reducción, mientras que el volumen de publicaciones de sus pares masculinos aumentaba.

 

Trastorno mental y pandemia

 

Capítulo aparte merecen las personas que ya padecían algún tipo de trastorno psiquiátrico antes de la pandemia. Se trata de un colectivo particularmente vulnerable, con unas tasas de desempleo que rozan el 80% y en muchas ocasiones recibiendo la renta mínima. Las enfermedades mentales graves e incapacitantes (trastorno bipolar y depresión grave, esquizofrenia...) suelen debutar al inicio de la edad adulta y los afectados no suelen desarrollar una carrera laboral que les permita una cotización razonable. Además, en contra de la idea general de que las personas con enfermedades mentales tienen mejor salud fisica, su salud general suele ser peor, con peores hábitos de vida y alimentación y una utilización más tardía e irregular del sistema sanitario. Esto puede deberse en parte a una peor percepción de su propio estado físico, pero también al estigma y el rechazo que perciben también entre los propios profesionales. Durante la pandemia, las personas con trastornos psiquiátricos se han encontrado más desprotegidas que nunca. Muchos psiquiatras y psicólogos nos hemos visto obligados a realizar las consultas de forma telefónica, lo que nunca puede sustituír a la presencialidad. Los servicios sociales y otro tipo de recursos, como centros de día y asociaciones de pacientes han tenido que suspender su actividad, que en muchos casos era la única oportunida de socialización para mucha gente. Esto se ha traducido en un peor control de síntomas y en algunos casos en descompensaciones y hospitalización.

 

¿Quien cuida al cuidador?

 

Por último, podríamos hablar de la salud mental de los propios profesionales sanitarios y en concreto de los que tratan con los trastornos mentales. De los pocos recursos que se han habilitado para tratar de paliar el estrés y el desgaste provocado por la situación ha sido un número de atención telefónica (de nuevo) para profesionales de la salud. El resto de iniciativas han sido voluntaristas y puntuales, a pesar de denuncias por parte de organizaciones como ANPIR (Asociación Nacional de Psicólogos y Residentes) advirtiendo del aumento de la demanda y la necesidad de dotar de más medios. La Sociedad Española de Psiquiatría, por su parte, edita un tríptico con recomendaciones generales y vagas como cuidarse, descansar y comer bien. En esta pandemia, los profesionales hemos sentido no ya la falta de cuidado, sino el auténtico desprecio por nuestra salud y nuestras vidas por parte de las administraciones, lo cual es incompatible con una buena salud mental. Muchos compañeros de Atención Primaria, ante lo desbordante de la sobrecarga asistencial y la imposibilidad de atender correctamente el volumen de trabajo, han tomado la durísima decisión de abandonar su vocación. No se ha resuelto tampoco la alta eventualidad de los contratos de trabajo y los cupos no hacen más que aumentar, por lo que nos enfrentamos a un deterioro acelerado de las condiciones de trabajo y por lo tanto de nuestra salud y calidad de vida.

 

Consideraciones finales

 

El coronavirus no ha hecho más que destapar las malfunciones del supuesto mejor sistema sanitario del mundo. Un sistema sobrecargado y maltratado por décadas de continuos recortes y privatizaciones más o menos encubiertas, que funcionaba a costa de la sobreimplicación de los profesionales, mal pagados y peor contratados. Esta tendencia no era exclusiva del sistema nacional de salud, sino que se trata de una tendencia general de recorte de prestaciones y servicios, de lo que se ha dado en llamar “estado del bienestar”, que no es más que la protección de los derechos básicos de la ciudadanía. La salud, la vivienda, la educación, la alimentación y la energía no pueden ser tratados como bienes de lujo ni como servicios con los que se puede especular, porque son los pilares que cohesionan una sociedad. Ante una crisis como esta, son los elementos que marcarán la diferencia en la respuesta social y posterior recuperación ante una situación dramática y excepcional ante la que no poseemos certezas absolutas.

 

autores: 

Webinar vs. Covidiotas

Sección: 
Monográfico COVID-19 y pensamiento crítico

Webinar vs. Covidiotas

 Emilio J. Molina

 

El pasado 14 de octubre de 2020 el CSIC llevó a cabo en la plataforma de YouTube un seminario online sobre vacunas y covid-19.

Unos ponentes de lujo proponían, como en otras ocasiones, acercar la realidad científica de las investigaciones sobre el desarrollo de vacunas contra esta enfermedad a quienes quisieran asistir, gratuitamente, y plantearles cualquier duda vía el chat de la propia plataforma.

A priori cualquiera entendería que es un evento inmensamente de agradecer, por el tiempo y esfuerzo que supone en gente que, al nivel en el que están (y más en este contexto), no van precisamente sobrados de tiempo ni de energías. Sin embargo, la noche antes del mismo se detectó, en uno de tantos canales de Telegram de adeptos de Pàmies, la siguiente llamada al boicot:

 

 

Unas horas antes del inicio del evento, el chat ya empezaba a presentar a los primeros alborotadores, y quien esto escribe se dedicó a recopilar sus excrecencias (a falta de otro calificativo mejor) para su posterior análisis de discursos. La recopilación se detuvo aproximadamente poco después del inicio del evento, en cuanto la moderación empezó a borrar sistemáticamente las entradas de varios de ellos y la labor de documentación se volvió incompatible con la de respuesta informativa a las provocaciones de dichos trolls. Aún así, el documento de más de veinte páginas de texto contiene una serie de eslóganes o mantras que son interesantes de reseñar, y que he intentado resumir agrupadamente a continuación:

  • No a las vacunas.

  • La teoría de las vacunas no se sujeta con nada.

  • La composición al detalle de las vacunas es secreta.

  • Llevan todo tipo de compuestos perniciosos (tungsteno, titanio, hafnio, vanadio, estroncio, bismuto, cromo, polisorbato 20 u 80, MRC-5, abortos de fetos humanos, restos animales, mercurio, aluminio...) que provocan cáncer, epilepsia, problemas cardíacos, renales, infertilidad, parálisis, diabetes infantil, leucemia, alergias, enfermedades «raras», enfermedades autoinmunes, abortos, problemas neurológicos, «quedarse sin sentimientos», Alzhéimer, Párkinson, síndrome de Guillain-Barré…

  • Las vacunas bajan las defensas.

  • Las vacunas causan autismo / Un familiar sufrió autismo por la vacuna.

  • Las vacunas son causantes de muertes. En la India, de parálisis por la de la polio.

  • Vacunas del VPH se usaron para esterilizar a niñas en India y África.

  • Vacuna=tiro en la cabeza.

  • Una vacuna mató a mi sobrina y tuvieron que pagar por las consecuencias.

  • Los mayores que se han vacunado de la gripe han muerto más.

  • La vacuna de la gripe no acabó con la gripe.

  • Hay que actualizar las vacunas cada 6 meses para asegurar que te hagan daño.

  • Las vacunas no funcionan en los cuerpos biológicos (¿?).

  • ¿Por qué en EE.UU. las vacunas están consideradas legalmente como «inevitablemente inseguras»?

  • Una vacuna con solo meses de prueba no puede ser segura ni eficaz. No somos ratas de laboratorio.

  • Para vacunarte te infectan con el patógeno porque se crea de células de personas inmunizadas, ¿qué pasa si mi sistema de defensa no puede contra la infección?

  • La vacuna no evita el contagio del virus, sino su desarrollo en el cuerpo, pero el virus lo puedes tener… y por tanto, lo puedes contagiar. De hecho, el virus lo tienen todos los vacunados porque se lo inoculan precisamente con la vacuna. Por tanto, son los millones de vacunados los que contagian a los pocos no vacunados, y por eso son estos (los no vacunados que desarrollan la enfermedad) los primeros en ser visibles. Por lo demás, si fuera cierto que son los «no vacunados» los que contagian a los vacunados demostraría que la vacuna no es fiable… porque si fuera fiable los únicos perjudicados serían, obviamente, los no vacunados.

  • Si tan efectivas son las vacunas, que se realicen debates entre médicos no defensores de ellas y que se realicen estudios de doble ciego.

  • ¿Cómo van a validar una vacuna de ARN si en veinte no se pudo?

  • Vacunas recombinantes no, gracias.

  • Rotundamente NO a la vacuna del covid. Es transgénica.

  • La retrotranscripción puede llevar a una inserción potencialmente mutagénica, que cambie la funcionalidad del ADN receptor. Validación 0.

  • Estas vacunas cambian nuestro ADN y ARN.

  • Si dicen que el virus mutó o va a mutar, ¿funcionará la vacuna?

  • Los voluntarios presentan efectos secundarios como fiebre y cuadros graves, ¿quién me asegura que no me pasará nada?

  • Muchos médicos desaconsejan las vacunas.

  • Deberían invitar a la Dra. Chida Brandolino a debatir con ustedes.

  • La vacuna no es necesaria para curar una enfermedad que no existe, ya hay tratamientos preventivos y naturales que benefician el sistema inmunitario y no es necesario vacunarse.

  • ¿Por qué hacer una vacuna de un virus que no está aislado? ¿Cuál es la finalidad real?

  • El virus no ha sido codificado ni secuenciado, no hay vacuna que exista para tener efectividad. Cada año el virus corona es diferente. No hay un fundamento válido para una vacuna.

  • ¿De qué nos salva la vacuna? Porque dicen que se puede contraer covid-19 varias veces si se exponen a la bacteria o al patógeno, entonces ¿eso quiere decir que hay que ponérsela varias veces?

  • La mejor vacuna es el sistema inmunitario fuerte y de de forma natural, propio del sistema biológico, así fue por millones de años y no hay un virus que lo doblegue. Buena alimentación, vitamina C y D, tomar el sol, sin estrés y que se vacune quien la promueva.

  • Las vacunas/mascarillas/confinamiento/distanciamiento social violan el principio de «inmunidad de rebaño».

  • La inmunidad de grupo se genera precisamente sin vacunas. Se genera sí o sí de forma natural, no con confinamiento.

  • Las vacunas son para exterminar de a poco a la humanidad. Están diseñadas para causar daño. Siguen múltiples agendas.

  • Las vacunas tienen nano chips (sic) para separar mi alma de mi cuerpo.

  • Johnson & Jonhson suspendió la vacuna en Colombia. Esto es evidencia de que es un veneno mortal para la humanidad.

  • Los fármacos son la tercera causa de muerte en el mundo después de enfermedades cardíacas y del cáncer. Con estas vacunas, serán la primera.

  • Mis hijas no están vacunadas y están sanas.

  • Las vacunas son el único medicamento que se administra a niños y bebés sanos. ¿Cómo se demuestra que cierta enfermedad desaparece debido a la vacuna?

  • La declaración de Helsinki sobre consentimiento informado va contra la obligatoriedad que tratan de imponer.

  • Ponéoslas vosotros / que se las pongan los políticos/Soros/Kill Gates (sic) primero.

  • Mucha gente se ha recuperado sin vacunas del coronavirus, solo es un negocio.

  • Se supone que los niños son inmunes a la covid-19 y son la supuesta clave, ¿por qué se quiebran la cabeza buscando una supuesta vacuna? Esto suena a plandemia.

  • Las vacunas jamás erradicaron ninguna enfermedad. No hay ninguna prueba real de que alguna vacuna haya obtenido resultados positivos contra ninguna enfermedad.

  • El sistema y los políticos son cómplices de la mafia y el negocio de la enfermedad.

  • La NASA, al igual que la OMS, son una estafa. Todo lleno de actores, que siguen lo que las Deep State les dice. Estamos despiertos.

  • Ustedes indican que según la ONU las vacunas son buenas. La ONU y la OMS ya no son un referente creíble. Grupo de corruptos profarmacéuticas.

  • Vacunas agenda de control del NWO (Nuevo Orden Mundial).

  • ¿Qué se siente al ser un títere de un títere?

  • Estoy seguro de que ellos no se ponen vacunas. El médico de Kill Gates (sic) dijo de él que no permitió que sus hijos se vacunaran.

  • Los muertos son menos que el año pasado por gripe normal. Es todo una mentira para causar miedo.

  • Si acaso existe, tiene una mortalidad más baja que la gripe común. Entonces, ¿tanta historia para qué?

  • Las farmacéuticas han pedido inmunidad por cualquier daño causado por las vacunas. Las productoras de vacunas y profesionales de la salud están eximidos por ley de responsabilidad en caso de lesión o muerte. ¿Quién se responsabiliza de los daños que cause a la población?

  • El negocio es mantener a la gente enferma.

  • Intereses económicos que esconden algo detrás, como micropolvo y nanotecnología.

  • Me preocupa la idea de depender de fármacos dentro de mi cuerpo, no lo considero seguro y que tengan intereses reales en la salud.

  • Si las vacunas fueran algo natural gratuito no habría tanto interés en venderlas y ponerlas.

  • Mejor todos a curarnos con homeopatía y herbolaria.

  • ¿Por qué tanto interés en vacunar a todos los hispanohablantes?

  • La vacunación no es obligatoria. ¿Qué intereses hay?

  • La vacunación es obligatoria [usuario de Argentina].

  • ¿No hicieron un juramento al ser médicos?

  • Os pagan por decir mentiras sobre las vacunas, sois cómplices de genocidio.

  • No se vendan por dinero, digan la verdad: las vacunas son veneno.

  • ¿Son conscientes del karma que van a tener que pagar por hacerle esto a toda la gente?

  • ¿No les da vergüenza ser todos unos títeres de personas que ni son reales, son arcontes creados por nosotros mismos? Es como ser esclavo de tu imaginación.

  • Oh, tranquilos, preparen esos bots que aquí les esperamos… Ya estuvimos un año entero en encierro forzado, ¿qué son 28 minutos más? Se respiran juicios de Núremberg a la legua.

  • Vamos a ver, estafadores: ¿cuánto mide el virus del sarampión? (Uy, no, que ese no existe). ¿Y el de la gripe? No habéis visto un virus en vuestra vida, ¡estafadores!

  • Os pagan por cabezas muertas.

  • Roma no paga a traidores. Recuerden eso cuando sus líderes les den la espalda.

  • La gente buscará responsables cuando todo se destape.

  • Recordarán sus rostros cuando los efectos negativos sean innegables.

  • ¿Están dispuestos a asumir lo que les ocurrirá cuando acabe esta farsa?

  • Cuando sea obvio para todos la farsa que están haciendo, ¿cómo se van a esconder? Porque somos muchos…

  • Van a ser acusados por crímenes de lesa humanidad. ¿Asumen esa carga los vacunadores?

  • Cuando la gente se entere de esta farsa vamos a salir todos juntos de cacería.

  • Somos una legión.

  • No olvidamos.

  • Asesinos.

  • Infórmate, investiga.

Todo esto entre profusión de bendiciones y luz y muchas, muchas faltas de ortografía (que he ahorrado al lector), emoticonos y mayúsculas.

Como se puede ver, hay una gran variedad de recelos: desde quien parece no estar del todo seguro de que la vacuna vaya a ser funcional y segura, hasta quien niega directamente la enfermedad; los que desconfían de la vacuna y los que desconfían del sistema en su conjunto; los que no han entendido bien algún concepto complejo relacionado con el desarrollo de las vacunas de última generación y los que no han entendido bien la vida, así en general. Gente que parece mostrar dudas muy sensatas (dentro de un desconocimiento comprensible) y gente que muestra haber perdido el oremus hace bastante tiempo.

En todos ellos permea la sensación (para varios, certeza) de que nos ocultan algo. Muestran carencias básicas en asuntos de ciencia, si no es que directamente les importa un pimiento por considerarla corrupta. Y no solo de ciencia: también de historia (y, salvo muy escasas excepciones, de lengua).

Muestran una manipulación clásica de tipo sectario denominada «inversión de términos», presentando a las fuentes fiables como corruptas, a quienes velan por nuestra salud como asesinos, los esfuerzos para curarnos como intentos de envenenarnos. Por contra, dibujan a charlatanes como fuentes fiables y a sus remedios absurdos o insuficientes como la panacea. Se presentan como «los despiertos», tildando de aborregados al resto. Instan a los demás a investigar.

Son inmunes a las incoherencias dentro de su propio discurso: la enfermedad no existe pero la previenes o curas con una vida sana. Mueren por la vacuna de la gripe pero la covid-19 ha sido lanzada premeditadamente por la entidad X como plandemia. Y no sabemos los componentes de la vacuna pero están llenas de malvados químicos, lo cual ha demostrado una organización científica; pero a la ciencia no hay que creerla porque está corrupta.

Además muestran, en su ignorante irresponsabilidad, el más descarado de los egoísmos: y qué si el coronavirus mata, no es para tanto. A los míos y a mí no me van a vacunar. El resto, que se apañe.

Lo más irónico de todo quizá sea que, en varias ocasiones, mientras ellos enarbolaban agitadamente en el chat sus premisas falsas, los profesionales estaban dando en ese momento la información que les hubiese permitido, de haber tenido el más mínimo interés real, aprender cómo son las cosas en la realidad.

En definitiva, os invito a ver el seminario, pero os recuerdo la regla número uno de internet: no leas los comentarios (en este caso, el chat)

https://youtu.be/3s3OlTAG9b0

La pandemia a ambos lados de la barrera sanitaria

Sección: 
Monográfico COVID-19 y pensamiento crítico

La pandemia a ambos lados

de la barrera sanitaria

 

Vicente Baos Vicente. Médico de Familia

 

La pandemia del coronavirus SARSCoV2 ha impactado en nuestras vidas de todas las maneras posibles. Nadie ni nada es ajeno al impacto, pero sí hay dos situaciones en las que la presencia del virus y su enfermedad COVD19 es muy evidente: los que la han sufrido en sus propias carnes (en sus diversos grados) y los sanitarios encargados de atender la avalancha de pacientes, de gestionar sus fases clínicas, del seguimiento de las secuelas. Y yo, lamentablemente, puedo hablar desde los dos lados de la barrera sanitaria, como enfermo y como médico de familia de la atención primaria pública madrileña.

 

El trabajo clínico también ha cambiado mucho. Antes de marzo de 2020, las consultas de medicina de familia de los centros de salud públicos eran un hervidero de pacientes. Con unas citas de 45-50 pacientes diarios en un turno de 7 horas, por cada centro pasaban cientos de pacientes de todo tipo. Juntos los que tenían síntomas respiratorios -en febrero es la época con gran número de catarros, bronquitis y gripes -; los pacientes crónicos - sobre todo ancianos-; numerosos acompañantes sanos, niños, etc. El médico de familia, el pediatra, las enfermeras, los administrativos, todos compartíamos un entorno muy infeccioso, y por supuesto lleno de aerosoles contaminados. Siempre había sido así, pero nadie se planteaba los contagios de los numerosos virus respiratorios en centros con tanto tránsito de personas. No era tan grave sufrir varios catarros sin complicaciones, nadie se planteaba otra opción. Llegó el nuevo virus, se difundió en pocas semanas en muchas personas asintomáticos o con síntomas indistinguibles de otros virus respiratorios, aunque había algún dato alarmante en personas más afectadas de “gripe” que ingresaban en mayor número que otros años. Y con los antecedentes de Italia, el tema era alarmante.

 

A mí no me dio tiempo a pensar mucho más. El 8 de marzo me sentí mal, el 16 ingresaba en el Hospital Puerta de Hierro, tres días después estaba a punto de ingresar en la UCI para ventilación mecánica, usaron todos los medicamentos disponibles, los que han demostrado ya su inutilidad y los que sí (corticoides) y el 26 de marzo salía del hospital muy tocado pero vivo y sin haber estado en la UCI. Mi experiencia como enfermo de COVID la he contado aquí

https://www.vozpopuli.com/altavoz/next/Covid-19-relato-medico-propia-experiencia_0_1341767497.html

 

Mis compañeros del centro de salud estaban desbordados por la cantidad de pacientes de todo tipo, por la atención a las residencias de ancianos de la zona donde ya era vigente la orden de no trasladar a los hospitales a los que tuvieran mal pronóstico, porque estábamos de baja varios compañeros y enfermeras por la COVID19, aunque yo fui el único que requirió ingreso. Todo con un confinamiento domiciliario duro donde solo trabajaban los servicios esenciales.

 

Afortunadamente me recuperé sin secuelas y 4 semanas después de salir del hospital estaba de nuevo en la consulta. Una consulta diferente, donde los pacientes no estaban, hablábamos por teléfono y se tomaban decisiones de visitas presenciales y a domicilio en los casos imprescindibles. El primer día que me incorporé, la primera paciente que atendí (era paciente mía de muchos años) fue en un domicilio donde la encontré en estado preagónico. En pocas horas había entrado en ese estado. Murió a causa de un probable tromboembolismo pulmonar secundario a una trombosis venosa profunda que no habían pedido ayuda antes porque entendían lo mal que estaba la situación y no quería “molestar”. Las víctimas secundarias a la pandemia, los muertos por “exceso de mortalidad” de otras patologías no directamente relacionadas con la COVID19, son unas de las víctimas más olvidadas de la pandemia. Son una estadística mal definida en un conjunto trágico.

 

Cuando se vio una luz al final del túnel fue en el mes de junio. Los nuevos casos bajaban, los pacientes y los sanitarios nos habíamos adaptado a las nuevas formas de comunicación (teléfono, envío de fotos de lesiones por el correo electrónico) y se iba recuperando las visitas presenciales a los pacientes con síntomas imposibles de valorar por teléfono o a las personas más vulnerables que te pedían que les vieras en “persona” como el mayor favor que les podías hacer: permitir el cara a cara entre un médico y sus pacientes, lo que antes era lo normal se había convertido en algo inalcanzable.

 

Avisamos a las autoridades sanitarias de que teníamos problemas con las líneas telefónicas, muy escasas para la gran cantidad de llamadas entrantes y salientes del centro de salud, convertidas ahora en eje asistencial. Hasta el mes de noviembre no se han aumentado en mi centro con nuevos terminales. Usábamos nuestros propios teléfonos para no colapsar las líneas de entrada. Pedimos ayuda y refuerzo de profesionales (residentes que habían finalizado, contratos estables). No llegó nada y la necesidad de tener vacaciones para descansar era importante. El verano fue una pesadilla. Desde mediados de julio, la “segunda ola” comenzó en forma de marea alta, cada vez más casos nuevos, sin rastreadores, sin refuerzo. Cada vez más hasta llegar a finales de septiembre, con Madrid en la más alta incidencia nacional. El verano, la “nueva normalidad”, hay que fomentar la actividad económica, las fiestas, los desplazamientos masivos nos volvieron a meter en la vorágine que seguimos viviendo.

 

Los centros de salud trabajan al máximo ritmo, cada vez se atienden más pacientes “presenciales”. No hay duda de que la comunicación cara a cara es mejor pero también es cierto que la consulta telefónica agiliza y facilita acciones que antes provocaban un desplazamiento innecesario al centro: información de resultados normales, comentarios sobre evolución de patología sin riesgo, acciones burocráticas… Hay pros y contras pero creo que se está encontrando un equilibrio que no perjudique a la población ni a los profesionales.

 

Mientras la incidencia de la enfermedad siga siendo tan alta, debemos seguir con este modelo que busca reducir la interacción de numerosas personas en espacios reducidos compartidos entre enfermos y sanos, posibles o COVID confirmados, niños y ancianos. Esto hay gente que no lo reconoce pero es inevitable que sea así.

 

Los pacientes COVID se diagnostican rápidamente gracias al acceso ilimitado de pruebas diagnósticas, algo en lo que hemos avanzado enormemente. En primavera solo conocíamos los casos graves, ahora vemos la enorme variabilidad de daño del virus. Desde el asintomático, al leve, moderado, severo, a la muerte. Un virus capaz de tal espectro e imprevisible, salvo la edad y las enfermedades de riesgo, en sus manifestaciones es una terrible amenaza. Y sigo atendiendo pacientes que no eran de alto riesgo y acaban en la UCI y ancianos que sobreviven sin secuelas como un paciente mío de 93 años.

 

En cada paciente, sobre todo si está claramente afectado me reconozco a mi mismo. El otro día, revisando las radiografías de un paciente mío ingresado en la UCI reconocía mis propias radiografías y pensé en lo afortunado que fui.

 

Nos queda bastante por ver, sufrir y aprender. Como sociedad, como individuos y como profesionales. Reconozco una gran excitación intelectual ante esta enfermedad y sus consecuencias. Conocer, entender, comprender y aplicar es el reto para los que amamos el pensamiento crítico y este tiempo está lleno de nuevos retos.

 

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Coronavirus: cuando el enemigo está en casa

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Monográfico COVID-19 y pensamiento crítico

Coronavirus: cuando el enemigo está en casa