laicismo

Gonzalo Puente Ojea, en Público TV

Gonzalo Puente Ojea participó ayer jueves en una mesa redonda sobre Laicismo y Confesionalidad en el programa Enclave Tuerka de Público TV. El debate puede verse en el siguiente enlace:

http://www.publico.es/publico-tv/program/59/video/187927/enclave-tuerka-jueves-24-de-abril

En 2012 ARP-SAPC otorgó el premio Mario Bohoslavsky a Gonzalo Puente Ojea por su lucha a favor del pensamiento crítico y la razón. Hace un mes, durante la Asamblea Ordinaria 2014 se celebró el acto de entrega del citado premio.

Es autor de numerosos libros, como Ideología Histórica. La formación del cristianismo como fenómeno ideológico (1974), Elogio del ateísmo. Los espejos de una ilusión (1995),  La cruz y la corona. Las dos hipotecas de la Historia de España (2011), y recientemente Ideologías religiosas. Los traficantes de milagros y misterios (2013). También es autor de La religión ¡vaya timo! (2009), que publica Laetoli en colaboración con ARP-SAPC.

Semana confesional

 

Semana confesional

Cada año se suceden, con motivo de la semana santa, una serie de hechos que contravienen la aconfesionalidad del Estado, vale decir, la igualdad de los ciudadanos ante la ley y el respeto a la libertad de conciencia de estos mismos ciudadanos. Repasemos los más conspicuos:
* Pregoneros públicos. No es raro encontrar como pregoneros a autoridades y cargos públicos —civiles y militares— proclamando mensajes netamente religiosos.
* Procesiones escolares. El llamado ‘viernes de Dolores’, en particular, abundan las procesiones infantiles: colegios públicos y concertados sacan a los niños, incluso los de educación infantil, disfrazados de penitentes (e incluso de miembros de las fuerzas de seguridad del Estado) a procesionar por los patios escolares y por las calles. No es la única actividad escolar confesional relacionada con la semana santa.
* Cargos públicos en procesión. En muchas de las procesiones de la semana participan, y de forma muy ostensible, autoridades, cargos públicos y miembros uniformados de las fuerzas armadas y de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado. Es evidente que esas personas pueden participar en los actos religiosos que deseen, pero sólo a título personal, nunca institucional.
* Indultos piadosos. Se indulta cada año a una veintena de presos a instancias de cofradías y hermandades católicas; en las procesiones que éstas organizan participan luego los presos liberados.
* Calles tomadas. Las procesiones ‘toman’ los núcleos de muchos municipios durante toda una semana. En este tiempo se limita de una forma extremada la libre circulación de los ciudadanos y se genera a diario mucho ruido y residuos; el ruido perturba de una forma a todas luces excesiva la tranquilidad de los ciudadanos en sus propias casas.
* Gasto público. Las procesiones y otros actos religiosos de semana santa suponen un gran coste para el erario: movilización policial, limpieza de basuras y cera (que se derrama sobre aceras y calzadas con total impunidad, con el riesgo que supone)… A esto hay que sumar las subvenciones directas a las cofradías y hermandades, y otros tipos de gastos, como los dedicados a la construcción de palcos y la habilitación de calles.
* Medios cofrades. Los medios audiovisuales públicos dedican muchas horas a eventos netamente religiosos. Una cosa es informar sobre esos eventos, y otra emitirlos de una forma exhaustiva y con comentarios proselitistas confesionales (por ejemplo, de sacerdotes).
 

Como se ve, los ciudadanos quedamos en clara desigualdad por razón de las creencias que alberguemos. Los extensos privilegios señalados arriba, para quienes profesen la fe católica; los demás, ciudadanos de segunda, sometidos al proselitismo y el abuso confesionales. El interés turístico y comercial no puede justificar el evidente y grave desequilibrio.
Por la libertad de conciencia de los ciudadanos, por sus derechos básicos de uso y disfrute de los espacios públicos (calles y plazas, medios audiovisuales) e incluso privados (por los efectos el ruido), por el buen empleo del erario (en pro del bien común, no favoreciendo a los adeptos a unas ciertas creencias) y por una educación no doctrinaria, hay que denunciar la conculcación de la aconfesionalidad del Estado —y, por tanto, de la misma democracia— que se produce durante la semana santa. Esa mutilación de derechos (educativos, económicos, etc., etc.) también se produce, por desgracia, el resto del año, pero durante esta semana es especialmente visible, y hasta abrumadora, porque afecta más a algunos aspectos de la vida cotidiana. La semana santa pone en clara evidencia que el Estado necesita conquistar la laicidad (en aras de la igualdad y la justicia) para poder alcanzar la integridad y la salud democráticas.

Europa Laica, 16 de abril de 2014

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