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Editorial

M

odificar un editorial que ya estaba terminado es especialmente duro en casos como este. Pensábamos
empezar recordando a nuestro socio de honor, el profesor Gustavo Bueno, fallecido este verano a la edad de 91 años,
dándole las gracias por toda una vida dedicada a la filosofía y al
pensamiento crítico. Pero con el número cerrado y empezando
su maquetación, nos enteramos de la triste noticia del fallecimiento también, este en un accidente, de nuestro compañero
Sergio López Borgoñoz, activísimo miembro de ARP-SAPC,
del movimiento escéptico y gran aficionado a la divulgación
científica, además de integrante de esta redacción. Así, sin tiempo de reacción, no podemos menos que aprovechar estas líneas
para mandar un fuerte abrazo a su familia e invitaros a disfrutar
de la última contribución que nos envió para su sección «Mundo
escéptico»; un texto que, como todos los suyos, es una invitación
a reflexionar, en este caso sobre los límites éticos de la ciencia;
algo así como una referencia velada al Génesis, al plantearnos
si debemos probar de cierto fruto del árbol del conocimiento.
Y como el mejor homenaje que podíamos hacerle a Sergio es
seguir adelante, nos diremos lo que seguramente nos hubiera
dicho él: «¡Venga, gandules, a trabajar, que es para hoy!».
Pasemos, pues, a presentar el número, que incluye un extenso dossier dedicado a los movimientos sectarios, en especial
los de nuevo cuño. Veremos cómo ahora, de hecho, en lugar de
sectas se empieza a usar el término de movimientos con riesgo
de deriva sectaria, lo que es ya una advertencia de partida para
desterrar la idea manida de unos grupos místico-esotéricos de
gente extravagante e irreflexiva. El ejemplo arquetípico de esto
último podría venir dado por el personaje de nuestra portada:
una joven hippy con aspecto de andar fuera de la realidad. Dicha portada, así como algunas ilustraciones interiores de corte
similar, se han elegido por motivos puramente estéticos, y no
representan más que un semblante muy concreto del problema.
Como veremos en los distintos artículos, los nuevos gurús
no se nos presentan en túnica y recién llegados del lejano Oriente con su marchamo religioso. Ahora pueden ser individuos
mucho más cotidianos, personas bondadosas que se acercan
ofreciéndonos ayuda ante nuestros problemas (reales o imaginarios), que nos inspiran confianza y simpatía, pero que, tras
nuevas corrientes alimentarias, educativas o sanitarias, actividades de ocio, deportivas, culturales, etc., esconden una trampa
mental que absorbe al adepto para sacarle su dinero, su tiempo
y su voluntad aprovechando esos momentos de debilidad que
todos atravesamos en alguna ocasión.
Un rasgo común de estos movimientos, y parte de su atractivo, es su carácter alternativo y contracultural. Así, las sectas
pseudoterapéuticas se presentan como una alternativa a la medicina; las teorías de la conspiración descubren una historia, una

otoño 2016

sociología o unas instituciones políticas alternativas; y por supuesto, las sectas clásicas son una alternativa a las religiones dominantes. Eso no tendría que ser malo de por sí. Sin ir más lejos,
nosotros arrastramos unas siglas, ARP, de la antigua denominación de Alternativa Racional a las Pseudociencias. Y es que
el escepticismo tiene también mucho de alternativo a eso que
«todo el mundo sabe» o, mejor dicho, que da por cierto; unos
aguafiestas, vaya. Además, decimos trabajar con el objetivo de
ayudar a la gente. ¿Seremos un movimiento de riesgo sectario?
La respuesta la encontramos en eso de racional y en especial en
ese pensamiento crítico de nuestro nombre (y de nuestra actividad; al menos esa es nuestra intención). Las sectas ofrecen justo
lo contrario: explicaciones y mundos fantasiosos, alejados de la
realidad, en los que aíslan a sus adeptos; ahí reside su peligro.
No cabe duda de que salir de esos mundos es muy difícil,
pues lo allí vivido afecta a la salud mental y física. A ello hay
que añadir que la legislación española no parece ayudar demasiado a combatir estos abusos de la debilidad, al considerar que
prima la libertad religiosa y «de elección». Pero si se pudieron cambiar las leyes referentes a la violencia de género (otra
situación análoga de abuso y anulación de la voluntad en una
relación en la que se podría alegar que la víctima se embarcó,
en principio, voluntariamente), podríamos aspirar a lo mismo
en el caso del abuso sectario, como ya sucede en otros países de
nuestro entorno.
Con un dossier tan extenso, apenas nos ha quedado espacio
para otros asuntos, y eso que hemos aumentado el número de
páginas (lo cual esperamos que continúe en el futuro, señal de
que son muchas las aportaciones interesantes que recibimos).
No obstante, disfrutaremos del divertido relato autobiográfico
de un médico que pasó años en ese «lado oscuro» que es la
homeopatía. Además, nos recordarán el viejo aforismo de que si
queremos peces... hay que tomarse molestias.
En las secciones, también Félix Ares, con su «De oca a oca»,
plantea cuestiones éticas a raíz del uso de la inteligencia artificial
y la toma de decisiones cotidianas por parte de máquinas, con el
ejemplo de los nuevos coches autopilotados. En la sección «Red
escéptica internacional» recibiremos la visita del escepticismo
organizado portugués, que empieza a dar sus primeros aunque
muy firmes pasos. Un movimiento que ha empezado impulsado
en buena medida por mujeres, curioso, cuando lo comparamos
con la escasa presencia femenina en el escepticismo español, el
eterno asunto pendiente.
Y con unas cuantas recomendaciones de lectura en nuestro
Sillón escéptico y una invitación a que nos enviéis vuestros relatos al II Concurso Félix Ares de Blas, concluye este número
45 de El Escéptico.

5 el escéptico

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