EDITORIAL

Edición 2012 - Número 258

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La labor de fomento del pensamiento crítico y del escepticismo rara vez conoce descanso. Cada poco tiempo hay noticia de una nueva terapia "alternativa" o de un nuevo fenómeno paranormal que se nace, crece, se desarrolla y pasa a formar parte del catálogo de supercherías. Las apariencias cambian pero el objetivo de dar gato por liebre permanece. Como de costumbre, las alarmas saltan cuando se pretende vestir esas prácticas bajo una apariencia que no les corresponde y bajo un paraguas que les es ajeno: el de las instituciones públicas, especialmente las académicas. Cuando la ciencia que se desarrolla en España se ve sometida a feroces recortes que amenazan con llevarla a un estado de abandono, cuando las universidades públicas son igualmente atacadas poniéndose en peligro su vocación de servicio público, las pseudociencias tienen la oportunidad de pagar su acceso y venderse como lo que no son. Iniciativas como "La lista de la vergüenza" del Círculo Escéptico o las constantes denuncias desde el Aula Cultural de Divulgación Científica de la Universidad de La Laguna o el grupo Uni-Laica de la Universidad de Granada son indicativas de la necesidad de combatir el oscurantismo todos los días.

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