ARMENTIA FRUCTOSO JAVIER
ADIÓS, MARTIN GARDNER
Edición 2010 - Número 7 (240) - 3 de julio de 2010
Javier Armentia Fructuoso
(Artículo publicado originalmente en la bitácora Por la boca muere el pez)
Hay que decirle adiós, a quien fue maestro de muchos. Y permítanme hacer algo que odio en las necrológicas, dado que esto no lo es, ni un obituario ni nada. Ya he comentado alguna vez por aquí el certero juicio que el también maestro Javier Ortiz hacía sobre este subgénero del periodismo: que era horroroso que el autor se dedicara a hablar de sí mismo cuando se supone que debería haber hablado -al menos respeto al muerto- del recientemente finado. Como Gardner, aunque no en la prensa española, era hombre bien conocido, hay numerosos textos que respetan ese quehacer de difuntos. Yo me quedo con la pena y les cuento el rollo de "mi vida con Gardner".
En el año 76 , a finales, nacía en España "Investigación y Ciencia", la versión española de Scientific American. Mi hermano mayor comenzó a comprarla desde casi el principio (siempre ha quedado el hueco en la colección de los dos primeros números). La suscripción la mantuvo un tiempo nuestro padre y luego yo... aunque ya no es como hace veintitantos años, cuando llegaba cada mes y leía con interés cada artículo (Abro paréntesis: si han leído alguna vez SciAm ya saben que siempre se pueden leer la primera página y media de cada artículo, que suele estar escrita para humanos convencionales y los pies de los magníficos dibujitos; con eso suele sobrellevarse que de la mitad al final uno no entiende habitualmente nada, que es precisamente lo que el propietario de la investigación parece haber deseado desde el principio: que sepamos que el conocimiento en ese área específica avanza, pero que lo hace gracias a él, al autor... si suena a crítica al tipo de divulgación de la revista, que suene, pero gracias a ella me enteré de gran parte de lo poco que sé del mundo científico. E incluso cuando el artículo era sobre un tema que no me llamaba nunca la atención, siempre encontré que al leer la primera columna me acababa enganchando. En eso no puedo sino reconocer que ese estilo -que clonó sin conseguirlo Mundo Científico, mucho más irregular- conseguía enganchar al lector. Al menos al que no había salido corriendo nada mas ver el tocho que cada mes aparecía.)
De las secciones, que eran parte obligada para la lectura, la de Taller y laboratorio me impresionaba porque era el profesor Franz de Copenhague pero en serio, con esos dibujos maravillosos (que durante una época incluso copié, punteando con diferente densidad para las sombras y los volúmenes), y que me hicieron pensar que en EEUU existía algo así como el cielo del bricolaje científico, porque todo se podía comprar u obtener sin problema. Luego conocí los Radioshack y demás, y sigo maravillándome, incluso ahora que con Internet eso también puede llegar -via China, ahora- a tu domicilio.
Pero sin duda la que más me hizo soñar era la de Martin Gardner. Sus Juegos matemáticos eran el plato de cada mes. Aprendí de matemáticas lo que nunca me habían enseñado, descubrí la topología antes de que en primero de físicas un matemático (junto con los alumnos de primero de matemáticas) nos presentara ese sorprendente mundo en el que una esfera era un vaso y un donuts una taza, o que era posible pintar un mapa con cuatro colores, aunque solo fuera cierto tipo de mapas. O que había grafos y simplex y miles de técnicas matemáticas que se convertían en historias y en problemas y sus soluciones. Cierto, ahora hay muchísima y muy buena divulgación matemática (los matemáticos siempre han sabido ser muy buenos en esto, quizá todos, salvo los pocos que tienen un problema de introversión extremo y que son los que acaban retratados/caricaturizados en el imaginario de la tv, el cine y demás). Y Martin Gardner no era el primero en adentrarse en ese juego de hacer de la matemática subyacente al mundo un mecanismo de conocimiento, y de entretenimiento. Pero sí lo hizo para mí. Y era un fan declarado. Gracias a él tuve noción de probabilidades condicionadas y estadísticas bayesianas, algo que sonaba a ciencia ficción y que me hizo, ya desde entonces, desconfiar de toda estadística que no de cuenta de las distribuciones poblacionales (sistemáticamente, el premio a la choricería más grande siempre se la llevó Tráfico y sus causas de accidente y jóvenes y fines de semana... pero de eso también hemos hablado más de una vez, así que sigamos).
Ganas me dan de levantarme y acudir a cualquiera de los tomos de esos Juegos Matemáticos. Me acuerdo de que me la dio con queso también a mí cuando se quiso reir de los economistas con su curva de Laffer, ese enmarañado absurdo como lección de lo que no se debe creer cuando uno hace modelos de sistemas complejos (nunca escucharon su lección, no sólo Reagan, que con su reaganomics seguía cualquier absurdo pseudocientífico y esotérico. Es curioso porque no puedo dejar de asociar a Gardner con la revista, a pesar de que no duró mucho en ella -en la versión española, en SciAm fueron como 35 años. Su retiro se produjo en 1981 y fuese Gardner y llegó Hofstadter con sus Temas metamágicos (que en inglés era un anagrama del nombre de la sección de Gardner, muy propio el homenaje), y solo la gran valía del recién llegado hizo menos traumático el fin de una era. (Por cierto, una entrevista con Douglas Hofstadter hablando de Martin Gardner está en un podcast de SciAm, muy recomendable).
Ya en esa época Gardner me había cautivado y en un viaje a Inglaterra me hice con una versión paperback muy setentuna, en tipografía y colores morados de la portada, creo que de Dover, de "Fads and fallacies", un libro que me dio a conocer el mundo del escepticismo científico. De la mano de Gardner llegué al Skeptical Inquirer y a Randi y a otros autores y al mundo del CSICOP, del escepticismo del que me consideré parte desde el primer momento que supe que en él estaban Gardner, Asimov y Sagan, una especie de trinidad de la divulgación de la ciencia que me marcó enormemente. Al cabo de años descubrí que en España había unos tipos que tenían una asociación escéptica, que dirigía un tal Félix Ares que, ya ven, por esas cosas de cómo se le quedan a uno las ideas, tiene un toque gardneriano innegable.
Por supuesto, las versiones en castellano en Alianza de sus libros sobre escepticimo, eso de "La ciencia: lo bueno, lo malo y lo falso" (que era el Fads and Fallacies reconvertido, publicado con treinta años de retraso en nuestro país, lo que dice mucho de nuestro país, claro), y los otros que continuaron, recogiendo los artículos del SI siguen siendo una referencia necesaria en el magro panorama editorial del pensamiento crítico. Por supuesto, he ido adquiriendo las muchas recopilaciones de sus juegos matemáticos que en Salvat o Labor se fueron haciendo con los artículos publicados en su larga carrera. Y reconozco que gracias a Martin Gardner entendí un poco más el universo entre perverso y maravilloso del reverendo Charles Dodgson, y que su Annotated Alice está más que anotada en mi biblioteca. Bueno, por supuesto, el Snark también y también algún otro libro.
Mientras tanto, claro, cada tres meses llegaba la revista Skeptical Inquirer y con la misma pasión que había leído a Gardner hablando de matemáticas, asistía a su trabajo de racionalización de supersticiones, engaños o chaladuras tan variadas como hacía desde sus Notes of a Fringe Watcher. Trimestre a trimestre fui sabiendo de algunos de esos controvertidos temas, como el desmelenado asunto del Libro de Urantia, que tanto ha aprovechado en sus intertextualizaciones Juan José Caballo de Troya Benítez. Lo interesante de la revista es que los temas que trataba Gardner eran actuales y no exentos de controversia. Con ello asistí a interesantes debates e incluso a algún patinazo de Gardner que me mostraron que, ante todo, uno debe ser escéptico de sí mismo. He de reconocer que no siempre Gardner me parecía igualmente atinado, pero aún así, encomiable su labor y recomendable su trabajo.
El único pero que he tenido con Gardner es su religiosidad tan poco estructurada y tan poco creíble. "Los porqués de un escriba filósofo" supuso un enorme desencanto para mí. Posiblemente a otro autor no se lo habría perdonado nunca, pero a él... ¿cómo desdeñar a alguien que era como un padre? Tras leer varias veces el texto, que me pareció el Gardner más farragoso, más complaciente con la irracionalidad y menos brillante que nunca, entendí que él tenía todo derecho a reservar para sí, y para quien quisiera leerle, esa confianza en un Gran Padre que de alguna manera le reconfortaba. Bueno, Unamuno pecaba del mismo pecado y aún así sigue siendo un escritor fantástico, me dije más de una vez. Más me preocupó luego irle viendo haciéndose parte de ese movimiento que han dado en llamar Nuevo Misterianismo (New Mysterianism wikipediando), porque dejando en los temas de la mente y del cuerpo espacios para supuestas complejidades irreductibles, se dejaba la puerta abierta para que en lo de la vida se hiciera lo mismo y entonces los creacionistas del diseño inteligente usarían la misma llave para colárnosla. A Dios se le ha ido apartando adecuadamente de todos los sitios donde la mirada de la ciencia y la razón se ha colocado, y me parece una buena práctica. Establecer cotos, simplemente porque nos sorprenda lo que no entendemos aún, es injusto para una herramienta tan poderosa.
Siempre pensé que Gardner podría haber contrapuesto poderosos argumentos en contra de estas ideas mías, pero lo cierto es que me quedé sin leerle un texto convincente de este su mundo personal (pero público) del teísmo. Ello no quita para que siguiera (y siga, que seguiré siempre) admirando a este impresionante divulgador científico, defensor del pensamiento crítico y del escepticismo científico. Él ha muerto ahora, sin duda en una vida larga y que deja mucho material para seguir inspirando a mucha gente.
Y me da pena saber que nunca más le volveremos a tener ni por aquí ni por un allá que simplemente es una hipótesis que no se sigue. Es lo que tiene la muerte.
A los lectores, perdonen por este relato que llega un poco tarde, pero con tanto viaje no tuve tiempo de sentarme y ver por qué estaba triste tras saber de la muerte del maestro Gardner.
IRRESPONSABILIDAD MANIFIESTA
Edición 2010 - Número 6 (239) - 5 de junio de 2010
Javier Armentia Fructuoso
(Artículo publicado originalmente en Diario de Noticias - Milenio y extraído de la bitácora Por la boca muere el pez)
Hace unos meses comentaba lo de las timopulseras holográficas: tenemos tal incultura que nos cuelan el tocomocho en cuanto mencionan cosas como las energías naturales, el equilibrio universal y zarandajas pseudocientíficas. Está claro que si en un anuncio aparece un tío con gafas y bata blanca, el producto adquiere aura de respetabilidad y que si los famosos exhiben una marca, la misma se vende más. Los viejos mecanismos siguen funcionando. Ahora las asociaciones de consumidores se suman a la denuncia de estos productos milagreros. Ya era hora, y ojalá tengan suerte. Aplicando la ley con firmeza todos esos productos de los que se afirman maravillosos resultados para nuestro bienestar deberían retirarse de los escaparates, en tanto en cuanto no demuestren que sus promesas son verdaderas y que su publicidad no es engañosa.
Cierto: nos quedaríamos sin la mitad de esos productos que incluso ponen "de venta en farmacias". Sería un alivio, sobre todo cuando uno se entera de que casi toda la homeopatía que se sigue vendiendo con el aval de esas farmacias y de los colegios médicos está en situación cuando menos irregular y la Agencia del Medicamento lo deja pasar simplemente porque es una cosa popular y de buen rollo. Leo el necesario libro “La homeopatía ¡vaya timo!”, del médico Victor J. Sanz y no entiendo cómo semejante patochada se sigue tomando por medicina. Y eso no es nada en comparación con quienes venden, en nuestra misma ciudad, terapias presuntamente energéticas que, dicen, curan el cáncer porque al fin y al cabo la medicina oficial no sabe nada. Y eso lo hacen, con irresponsabilidad manifiesta, médicos colegiados. Unos y otras venden productos milagro, terapias falsas, todo mientras la administración mira hacia otro lado, quizá porque con tanto vendendor de bálsamos de fierabrás la gente no llena las colas de la sanidad pública.
¿EL PAÍS HOMEOPÁTICO? - NO SIEMPRE
Edición 2010 - Número 3 (237) - 3 de abril de 2010
Javier Armentia Fructuoso
(Artículo publicado originalmente en la bitácora Por la boca muere el Pez)
Olvidóse de la grafología, como preveíamos, pero sí ha metido el diente al artículo o publirreportaje de la homeopatía que incluyó el pasado 6 de marzo. La Defensora de los lectores de El País escribe hoy su artículo "Homeopatía, de la creencia a la evidencia". Veamos qué nos cuenta Milagros Pérez Oliva, que bajo el titular declara (y avanza el necesario tono de racionalidad de todo el texto):
En periodismo médico no cabe equidistancia entre la evidencia científica y las teorías no demostradas. Los productos homeopáticos se aprueban sin estudios de eficacia.
Si me hubieran consultado, habría añadido: y en casi 200 años, la homeopatía ha sido incapaz de demostrar ninguna efectividad por encima del placebo... Leamos qué nos cuenta:
"Homeopatía, ¿quimera o ciencia?". Así se titulaba el reportaje publicado en la sección de Vida y Artes el pasado 6 de marzo. Aunque el subtítulo marcaba distancias al afirmar que "10.000 médicos en España prescriben productos de esta especialidad, cuestionada por científicos y facultativos", un considerable número de éstos se ha dirigido a la defensora para protestar. Según Manuel Collado, "con un tono de pretendida equidad, rigurosidad y lleno de opiniones expertas", se induce a pensar que la homeopatía es una alternativa médica avalada científicamente, cuando no es así. Seis folios plagados de citas me envía José Manuel Fernández Menéndez, médico, para rebatir un trabajo que "con la apariencia de un informe riguroso, ponderado y ecuánime, y desde una aparente distancia objetiva, da por buenas las más flagrantes falsedades". Por su parte, el catedrático Fernando Cuartero, subdirector del vicerrectorado de investigación de la Universidad de Castilla-La Mancha, me pide que investigue esas falsedades.
Seamos condescendientes, titular con interrogación o hacer mención en el subtítulo que está cuestionada, no deja de poner en evidencia que el resto del artículo de Garriga se decantaba por pretender que incluso cuestionada o vilipendiada o sin apoyo científico, merecía la pena. Y eso era la mayor falsedad, como decían los críticos citados (que son sólo una fracción de los muchos que escribimos quejándonos). Sigamos:
Así lo he hecho. He de decirles, en primer lugar, que el autor del reportaje, Josep Garriga, ha trabajado a fondo el tema y se ha documentado extensamente. Si el resultado es criticable, no es desde luego por falta de esfuerzo. "Era consciente de que me metía en un terreno resbaladizo y pantanoso que no deja a nadie indiferente. Por este motivo, no me extrañó el extenso y riquísimo debate que el artículo generó en ELPAIS.com, con más de 600 comentarios a favor y en contra, y las innumerables cartas al director que se han recibido", explica. "Preparé el reportaje durante casi un mes y admito que no conocía nada sobre este tema, pero tenía varias cosas claras. Primera, debía hablar con ambas partes, partidarios y detractores. Segunda, no adoptaría ninguna conclusión, sino que debería ser el lector quien llegara a ella. Y tercera, sólo hablaría con licenciados en medicina especializados en homeopatía".
Garriga define, precisamente, lo que es mal periodismo en un tema como éste, de libro, vamos. Porque resulta curioso -perdónenme, en la era Google es imposible- que uno no llegue rápidamente a textos definitorios sobre la pseudomedicina homeopática, como el estudio y el editorial de The Lancet de 2005. Uno no puede escribir un artículo de homeopatía sin mencionar algo así, o, en los últimos meses, los informes y las conclusiones del parlamento británico, bien claras y desmontando el chiringuito "todo por la pasta" de la venta farmacéutica de las pildoritas de placebo homeopático.
La tontería esa, tan de facultad de periodismo (todo hay que decirlo) de que no llegaría a una conclusión, dejándole al lector hacer ese trabajo es simplemente ofensivo a la inteligencia. Porque justifica una equidistancia que es completamente injusta. Y ya lo de que sólo hablaría con "licenciados en medicina especializados en homeopatía"... ¡¡es el sesgo más estúpido de todos!! ¿Qué le va a contar un médico especializado en homeopatía, teniendo en cuenta que la especialización académica está montada desde la creencia en la homeopatía y avalada y subvencionada por los laboratorios que venden esos chuches? Aparte de historiadores de la medicina, pocos médicos se preocupan por esa historia... Sigamos:
Garriga no está de acuerdo con algunos lectores muy incisivos, "que comparan la homeopatía con la brujería, la quiromancia o la imposición de manos". Y lo argumenta así: "Nada menos que seis universidades españolas de indudable prestigio realizan o han realizado másteres en homeopatía; el Colegio de Médicos de Cataluña tiene una sección sobre homeopatía y la Organización Médico-Colegial (OMC) considera su práctica un acto médico. Y aunque la homeopatía carezca de evidencia científica, la propia Sociedad Catalana de Medicina Familiar y Comunitaria la recomienda para nada menos que 30 patologías. Incluso un Nobel de Medicina como Luc Montagnier, a quien entrevisté personalmente en Barcelona, la avala en los términos que cito en el texto".
Garriga demuestra un buen conocimiento del manual de razonamiento falaz, pero lejos de tenerlo en cuenta para evitar argumentos populistas, recursos a la autoridad y demás, los usa, qué ingenuo, en provecho propio. El que haya seis universidades (son más, por cierto) que tengan formación homeopática sólo es testimono de qué mal están las cosas en la Universidad en cuanto a criterio científico y cuánta pasta sueltan Boiron et al. para conseguir esa presencia. La recomendación de la Sociedad Catalana de Medicina Familiar es simplemente un recurso a la autoridad, porque ese aval que da a 30 remedios homeopáticos no está basado en una sola pieza de evidencia científica publicada en revistas de referencia. Algo que, ¡joder!, en un mes hasta un periodista "de la línea de enmedio" puede descubrir, o sospechar por la ausencia de datos fetén. Lo de Montaigner, en fin, lo de siempre. Pero como le ha entrevistado... parece más veraz. Pues no, no cuela.
Garriga sí reconoce un error, que lectores como Manuel García Alonso, Xavier Cugat y Fernando Frías consideran grave, pues ampara la conclusión final del artículo, que es la siguiente: "Pero convenza o no, la homeopatía cuenta cada día con mayor número de adeptos, no sólo entre los pacientes sino entre los médicos. El número de pediatras que optan por estos tratamientos se ha disparado (...) sobre todo por el perfil de seguridad de los medicamentos". El error está en la última frase: "Y sí, son medicamentos, no chuches, según todas las directivas europeas y la Agencia Española del Medicamento. Como tal se venden en las farmacias. 'Efectivamente, estamos hablando de medicamentos con eficacia demostrada en estudios científicos y ensayos, al igual que sucede con los medicamentos convencionales, los alopáticos', comentan representantes de la Agencia Española de Medicamentos. Si no, no estarían en el mercado", concluye el artículo.
Pues no, no es así, como se ha encargado de aclarar Cristina Avendaño, directora de la citada agencia, en un escrito a EL PAÍS. Ninguno de los productos homeopáticos que se venden en las farmacias españolas ha demostrado eficacia en ensayos clínicos ni estudios científicos acreditados. Estos productos han accedido al mercado por una vía excepcional en la que sólo se les exige pruebas de seguridad y de calidad en la composición. Por eso no se les reconoce indicación terapéutica alguna, pues para ello tendrían que demostrar su eficacia con estudios científicos acreditados.
Olé Yamato, (ya recomendé hace unos días el estupendo análisis del chanchullo legal de las homeochuches que ha hecho en El fondo del asunto, así que repetimos recomendación. Lean atentamente si son periodistas de la Equidistancia). Y ya puestos, el análisis de Esther Samper en su Medtempus es certero al apuntar las fuentes interesadas de ese discurso que vendía Garriga. El artículo de Cristina Avendaño está en este enlace, y comprendo que la Agencia del Medicamento, conocedora del extraño limbo legal al que quieren meter mano, intente nadar y guardar la ropa (lean a Yamato sobre el tema), dejando para mañana lo que tenían que haber hecho hace años, es decir, regular bien qué es medicamento y qué no, y cómo se atesta la efectividad. Ahí éste y anteriores gobiernos han jugado a lavarse las manos esperando a que las directivas europeas llegaran y les aliviaran de la responsabilidad. Mientras tanto, claro, los laboratorios y todo el mercado homeopático ha seguido siempre haciendo presión y colando artículos laudatorios en prensa generalista.
Un detalle: la defensora reconoce la línea de argumentación que hemos mantenido desde esta pecera y desde las posiciones de ARP - Sociedad para el Avance del Pensamiento Crìtico (véase la carta que mandó en nuestro nombre Ismael Pérez Fernández), haciendo mención a The Lancet y a las revisiones Cochrane, esto es, a la medicina basada en hechos.
Un examen de los correos que mantuvo Josep Garriga y el portavoz de la agencia indica que el error estuvo inducido por la forma en que ésta facilitó la información al redactor, pero la consulta de un mayor número de fuentes ajenas a la homeopatía podría tal vez haberlo evitado. Varios lectores lamentan que el artículo no cite el editorial de la revista The Lancet, de agosto de 2005, en el que, tras la revisión de más de 100 artículos científicos, concluye que la homeopatía no ha demostrado ser más efectiva que un placebo. Parecidas conclusiones pueden encontrarse en las revisiones realizadas por la Cochrane Lybrary.
Victor Luque Martín pregunta en qué fuentes se basa el autor para afirmar que cada vez más médicos prescriben fármacos homeopáticos. El artículo no los aporta. Algunos lectores critican además que se haya dado credibilidad a la teoría de que el agua en la que se diluyen las sustancias activas de la homeopatía conservaría sus propiedades incluso cuando ya no quedara en ella, tras el proceso de dilución, ninguna molécula de las mismas. Y cuestionan que Luc Montagnier, premio Nobel de Medicina, haya podido dar apoyo científico a esa teoría: "De creerle deberíamos tirar a la basura el conocimiento de física y química de los últimos 500 años. Uno esperaría que un descubrimiento tan revolucionario apareciera en la portada de Nature o Science", dice Rodrigo J. Carbajo, del Centro de Investigación Príncipe Felipe de Valencia.
Ignacio García-Valino señala que Montagnier no ha publicado semejante teoría en ninguna revista científica acreditada y remite a la página de Science-BasedMedicine - http://www.sciencebasedmedicine.org/?p=2081 - para aclarar el entuerto. Allí se dice que Montagnier es coautor de un estudio que nada tiene que ver con la homeopatía y que lo único que indica es que ha observado cierta capacidad de producir ondas electromagnéticas de baja frecuencias en procesos de dilución en agua.
Temas todos que obvió Garriga al escribir su pieza, por más que resulta muy muy difícil investigar el tema durante un mes y no descubrir una mención a Avogadro y su número enorme. El asunto de Montaigner ya lo habíamos tratado por aquí, con la referencia similar...
Sigamos, porque ahora Milagros Pérez Oliva (que ya se había demostrado inflexible sobre la forma artera de colar promoción de un medicamento -o una medicina- bajo el disfraz de información periodística) lo borda, con una merecida mención al texto al que antes me refería de ARP-SAPC:
Más allá de los errores concretos, el artículo presenta un problema de planteamiento general: en periodismo científico no cabe la equidistancia entre teorías demostradas y teorías por demostrar. Lo expresa bien un escrito de la Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico remitido por Ismael Pérez Fernández: "Bajo la apariencia de un texto periodístico imparcial y objetivo, termina ensalzando la homeopatía como un tratamiento que, en general, funciona aunque no se conozca su modo de actuación (...). Se trata de un patinazo seudocientífico fruto de una falacia periodística muy frecuente en nuestros tiempos, según la cual si una persona dice que la Tierra es redonda y ligeramente achatada por los polos y otra cuadrada y hueca, hay espacio para el debate y todas las opiniones son respetables. El título del artículo podría ser La tierra, ¿esfera o cubo?".
Habría añadido una mención a la estupenda crítica del Agente Smith (Periodismo muy diluido) por aquello de rescatar de lo mejorcito del movimiento escéptico que se ha escrito al hilo del artículo de Garriga. Pero veamos, que la defensora llega a las conclusiones. Y sería bueno que las aplicaran a "periodistas" de su grupo, que viven precisamente de explotar el mal periodismo, cagarse en la comprobación de veracidad de las afirmaciones y demás malas artes. Y me refiero explícitamente a gente como Iker Jiménez. Ya, como no escribe en El País, no es ministerio de la Defensora, pero les mancha la imagen de la misma manera... Lean:
Éste es, en mi opinión, el meollo del problema. Para evaluar la veracidad y pertinencia de las teorías sobre las que informa, el periodismo científico necesita aplicar mecanismos de verificación y control de calidad. Los diarios rigurosos suelen adoptar el sistema de validación del que se ha dotado la propia comunidad científica: para dar credibilidad a una teoría, es preciso que haya sido publicada en una revista de prestigio, dotada de un sistema de revisión por pares (peer review).
Si el periodismo de versiones tiene los desastrosos efectos que vemos en el ámbito de la política, en el de la biomedicina las consecuencias pueden causar graves daños. No cabe la equidistancia entre la ciencia y lo que no lo es. Entre la medicina basada en la evidencia y una disciplina que no ha superado los requisitos de evaluación del método científico, por mucho que el autor del reportaje, los responsables de la sección que lo supervisaron y esta misma defensora conozcamos a mucha personas que, habiéndose sometido a la homeopatía, aseguran haber mejorado de sus dolencias. Una cosa es la percepción y otra la demostración. Y tampoco es lo mismo un catarro que una neumonía.
Los médicos que la aplican merecen todos los respetos, pero la evidencia científica no es una cuestión de opiniones, y si se busca el rigor científico, no se puede tratar igual a lo que es manifiestamente diferente ni dar la misma autoridad a quien no la ha acreditado en la misma medida.
Salimos estos días de un congreso sobre comunicación social de la ciencia en donde se habló, precisamente, de esta responsabilidad del periodismo científico (y del periodismo en general) a la hora de transmitir información. Leamos de nuevo, y pongamos en negrita, a ver si se enteran:
la evidencia científica no es una cuestión de opiniones, y si se busca el rigor científico, no se puede tratar igual a lo que es manifiestamente diferente ni dar la misma autoridad a quien no la ha acreditado en la misma medida.
Olé, olé y olé. De la misma forma que no hemos tenido nunca empacho en quejarnos de las barbaridades que cuelan en El País (y en otros diarios, independientemente del grupo editorial al que pertenezcan, un ejercicio fundamental que todos deberían seguir a pie de letra), nos encanta poder suscribir este análisis. Ya era hora de que en El País se dijeran estas frases y se dejaran de templar gaitas con una pseudociencia popular (entre médicos y farmacéuticos también) como es la homeopatía.
Ojo, esto traerá cola y ya estoy viendo la oleada de cartas de colegios médicos y de todos los facultativos que viven de la homeopatía. No van a tardar. Así que, de la misma forma que antes solicité cartas de protesta al periódico, estaría fenomenal que también enviáramos cartas en defensa de la defensora. Seguiremos atentos, que aún no han preparado nada en la página de Boiron, ni de Biótica, ni de Praxis, ni de Iberhome, Heel, Homeolab, DHU... en fin, ya saben, esas industrias tan tan preocupadas por la salud y el equilibrio energético de todas y todos.
Esperen, les dejo que disfruten del domingo. Pero recuerden:
la evidencia científica no es una cuestión de opiniones, y si se busca el rigor científico, no se puede tratar igual a lo que es manifiestamente diferente ni dar la misma autoridad a quien no la ha acreditado en la misma medida.
EL PAÍS GRAFOLÓGICO
Edición 2010 - Número 3 (237) - 3 de abril de 2010
Javier Armentia Fructuoso
(Artículo publicado originalmente en la bitácora Por la boca muere el Pez)
Si es que son legión... en cuanto se lía uno a hacer cosas van las fuerzas del desorden pseudocientífico y siguen creciendo como brotes verdísimos, con los aliados más conspicuos, los más erróneos... Por más que la ciencia va dejando cada vez más clara su postura sobre, por ejemplo, la inutilidad de gastar dinero en terapias como la homeopatía que no tienen valor terapéutico y que incluso el parlamento británico (el comité de ciencia y tecnología de la Cámara de los Comunes, en concreto, según informaba BBC) lo rubrica, por aquí no paran de montar cursos y másters y demás para promoción de la homeopatía (vale, y es el mismo Reino Unido cuya justicia quiere empapelar a un escéptico como Simon Singh -FB- por libelo por atreverse a decir que la quiropráctica o quiropraxis es una tomadura de pelo pseudocientífica y ya se sabe que hay mucha gente viviendo del cuento).
Por más que semana a semana se vea cómo manipula, se equivoca o miente o se inventa las historias para mayor gloria suya, la troupe de Iker Jiménez sigue siendo invitada por las universidades para hacer sus actos más vocingleros: ahora la Camilo José Cela, cuyo departamento de criminología le regala dos días para hablar de su peculiar estilo de "periodismo de investigación" (lo cuenta él, muy ufano y contentísimo de conocerse, como suele).
Las universidades siguen tomadas una vez y otra por este tipo de propuestas (en FB había una causa para desterrarlas: contra las pseudociencias en la Universidad por si alguien quiere perder un momento su tiempo) y seguirán así. Entre otras razones porque estas cosas son populares, y como no hay contestación, no duelen. Lo terrible es que a un Rector no le importe un bledo que se promocione la pseudociencia en la universidad que preside. Lo vergonzante es que los colectivos universitarios implicados en la pérdida de credibilidad que ello supone no digan ni mú.
Pero ello se ve superado con creces por los medios de comunicación que, una vez y otra vez, ceden su espacio para la promoción directa (talmente un publirreportaje) de estupideces como la grafología. El pasado domingo El País Semanal (ese colorín...) colocaba un artículo de Jesús Ruiz Mantilla titulado "La escritura del horror" en donde sin una sola mención a la razonable duda que puede despertar la tesis de la grafología, esto es, que mirando la forma en que uno escribe se puede saber algo de la personalidad o de qué manera se hace, se dedica por el contrario a promover la especie de que si se hubiera tenido cuidado en hacer análisis grafológicos se habría conseguido -acaso- neutralizar a los grandes tiranos del siglo XX. Lean por ejemplo:
Ojalá el pueblo alemán hubiese hecho caso al grafólogo Ludwig Klages cuando antes de que Adolf Hitler subiera al poder predijo que podría llevarle al desastre.
Así, la primera frase en la frente. Podría haber comentado, claro está, que Klages fue también muy cercano al nazismo en sus comienzos, o que se inventó una de las escuelas más prolíficas de la grafología europea. Que, claro está, cuando su movimiento irracionalista empezó a ser incómodo al régimen, se produjo la ruptura y Klages habló fatal de la escritura de Hitler (pero no antes, qué cosas, ...)
Lejos de mostrar la menor posibilidad de crítica, el artículo habla, para colmo, de la CIENCIA grafológica. Impresionante ejercicio de manipulación con la proyección amplia de un periódico muy vendido. La grafología es un timo (léase por ejemplo, la entrada correspondiente en el Skeptic's Dictionary, la recopilación de Marisol Collazos, artículos varios en las publicaciones de ARP Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico, algún texto mío, ... incluyendo un carteo de hace dos años con un grafólogo que como suele pasar sabía muchísimo del tema).
¿Y todo ello para qué? Para que de nuevo estemos como siempre: llevo la semana explicando a un montón de gente que a) la grafología es tan útil para conocer los rasgos de la personalidad humana como el tarot, escrutar el vuelo de las aves o la astrología, y que b) el que El País acoja semejante pseudociencia no es precisamente un respaldo de autoridad para la grafología sino la constatación del mal periodismo que también pueden hacer los grandes medios de comunicación. Por supuesto, la gente resulta ser más bien escéptica del a) que del b). Eso sin contar la gente que además de creerse lo que lee en El País se cree lo de los signos zodiacales.
País.
(Por supuesto, la defensora del lector de El País, Milagros Pérez Oliva, debería conocer que ese tipo de reportajes no son precisamente el tipo de periodismo que declara defender su ideario y libro de estilo y esas zarandajas. En el enlace, información para acceder a ella).
URL: http://javarm.blogalia.com/historias/66057
EL VIAJE (ESPACIAL) DE LA PRIMERA DAMA
EL ESCÉPTICO DIGITAL
Edición 2009 - Número 8 (234) - 7 de noviembrede 2009
Javier Armentia Fructuoso
(Artículo publicado originalmente en la bitácora Por la boca muere el Pez)
Para no dar crédito, lo que leo en El País sobre Miyuki Hatoyama, la mujer del nuevo presidente de Japón:
Miyuki fue abducida "por un ovni triangular" cuando dormía. "Mientras mi cuerpo estaba dormido, creo que mi alma viajó a Venus", asegura Miyuki en un libro que publicó hace un año y cuyo contenido ha salido, ahora que ella es primera dama, a la luz.
"Era un lugar muy bonito, muy verde", escribe Miyuki, de 66 años, en Cosas muy extrañas con las que me he encontrado. Cuando despertó, le confesó a su ex marido que acababa de regresar de Venus. "Habrá sido un sueño", le respondió, descreído, su ex pareja. "Mi actual esposo tiene una forma de pensar muy distinta al anterior. Seguramente él habría dicho: "¡Eso es fantástico!", asegura la esposa del líder del Partido Demócrata, conocido en el distrito Nagatacho de Tokio como el alien por sus ojos saltones, aunque según su esposa el mote le viene de su nueva forma de hacer política. "Siempre cuesta entender algo nuevo", dice ella.
Lo más normal del mundo. El problema es que si una persona se despierta tras soñar que viaja a Venus y en vez de darse cuenta de que era un sueño acaba dos decenios después escribiendo un libro sobre el tema, es que hay algo que no va bien. De nada vale decir lo obvio, que Venus no es nada verde, ni lo era hace 20 años, porque lo relevante es cómo alguien puede creerse realmente un viaje a Venus, aunque no sea a ritmo de Mecano, ni montado en un barco de esos de sushi variado, los moria wase esos que siempre me da vergüenza cuando me los colocan en la mesa.
Pregunta tonta: ¿por qué una gente puede decir estas cosas en público y no pasa nada mientras que si dice, no sé, que le encanta practicar sexo con dominación u otros fetiches pasa a ser considerado un peligroso social? (Bueno, y si simplemente te gusta ir desnudo por la vida, te conviertes en un delincuente en muchos ayuntamientos que tienen esa manía de prohibir cosas que son lícitas sin más).
